EL GÉNERO Y LA ESPERANZA DE VIDA

Que las mujeres son más longevas que los hombres es un fenómeno relativamente moderno, pues a principios del siglo XX no existían estas diferencias. Por entonces, la reducción de la mortalidad infantil fue decisiva para ampliar la esperanza de vida, pues las ganancias se libraron a edades tempranas y no como en la actualidad que se libran a edades avanzadas.

Todo parece indicar que los principales factores en la mejora en la esperanza de vida de las mujeres durante el siglo XX, aparte de las tendencias que afectan también a los hombres (nutrición y salubridad), pudieran atribuirse al descenso de la fecundidad, las mejoras en la atención al parto y la dedicación de las mujeres a tareas reproductivas.

Pero más allá del hecho de haber disminuido la mortalidad entre los españoles, se encuentra el debate sobre género y esperanza de vida proveniente de la distinción entre cantidad y calidad de vida, de manera que la diferencia de género en años por vivir no derivaría en ninguna ventaja para las mujeres si se tradujera en años vividos con enfermedad o discapacidad, o con impedimentos para desenvolverse de forma autónoma. Así lo muestran dos indicadores útiles, no para medir cuánto se vive, sino cómo se vive. Son indicadores sobre la esperanza de vida libre de enfermedad crónica y la esperanza de vida en buena salud, y ambas ofrecen resultados más favorables a los hombres.

Si esto es cierto, la diferencia en la autonomía de hombres y mujeres no sería real, sino completamente artificial o construida socialmente, en referencia a las expectativas sociales que pesan sobre uno y otro género, puesto que, si hay enfermedades sociales que se imponen como causas fundamentales de mortalidad, también habría dependencias sociales construidas en función del género.

El planteamiento objetivo sería conocer si estas variaciones entre las expectativas de vida de hombres y mujeres son diferencias, es decir, si se deben a su mera condición biológica de ser hombres y mujeres; o si por el contrario son desigualdades, es decir, si es una cuestión de género acerca de cómo se ha organizado históricamente el trabajo reproductivo.

¿Cómo explicar que ahora las mujeres sean más resistentes que en 1900? La respuesta es que la razón de que la esperanza de vida varíe entre los sexos con el tiempo, se encuentra en los procesos de construcción histórica.

Hasta la primera mitad del siglo XX se atribuyeron las diferencias a que los hombres trabajaban duro y en condiciones penosas; e incluso se creyó que la incorporación de la mujer a la vida laboral acortaría distancias, pues al abandonar la seguridad del ámbito de lo doméstico participaría de los riesgos y peligros propios del ámbito de lo público, reservado hasta entonces a los hombres. Se postulaba que las mujeres, al participar en el trabajo productivo, de alguna manera se masculinizaban adquiriendo hábitos y conductas masculinas, fumando, bebiendo, conduciendo automóviles, sometiéndose a la doble jornada en el trabajo, etc.

Estos argumentos se basan en la pretendida existencia de un efecto protector de la reclusión doméstica de las mujeres (las reinas del hogar); y la asunción de postulados androcéntricos, ya que plantea dos justicias distributivas diferentes, una para el trabajo productivo y otra para el reproductivo. Tratar de explicar la eventual pérdida de la salud de las mujeres por su participación en el sistema productivo, es como intentar argumentar que la culpa es de la víctima por abandonar las tareas reproductivas que socialmente se le habían reservado. Una explicación más justa, consistiría en preguntarnos por la responsabilidad de los varones en la reproducción, lo que podríamos llamar el síndrome de inhibición doméstica de los varones.

La pretendida masculinización de las mujeres, su acceso a la producción está matizada precisamente por el mantenimiento de su vinculación al ámbito doméstico. La doble jornada o jornada interminable, sería el factor más certero en la profundización sobre las desigualdades en las expectativas de vida.

Así pues, si añadimos un poco más de justicia a nuestras sociedades y a nuestras casas, consiguiendo no sólo democracia en lo político sino democracia en lo doméstico, se podría lograr una mejoría sensible en las expectativas de vida. La ganancia en términos de salud y esperanza de vida para ambos géneros sería enorme.

EL PROCESO DE ENVEJECIMIENTO

El envejecimiento es un fenómeno universal al que se ha prestado atención en todas las épocas y en todas las culturas y civilizaciones, cada una de las cuales ha destacado diferentes cualidades, algunas coincidentes (la sabiduría fruto de la experiencia, la prudencia derivada del conocimiento profundo de la naturaleza humana); otras, fruto de la distinta posición adoptada por la sociedad civil o la cultura religiosa, sin excluir fenómenos atávicos como la burla del anciano decrépito y rijoso (tan frecuente en la sátira romana), o el abandono de los que no podían valerse por sí mismos (en especial en sociedades cazadoras-recolectoras prehistóricas o en pueblos nómadas). Nuestro conocimiento acerca de este proceso y nuestras actitudes, ni son nuevas, ni provienen de nuestra propia experiencia o de las aportaciones sociológicas en exclusiva, ni son reflejo de una sociedad especialmente evolucionada, o patológicamente desequilibrada; en realidad, son el resultado de la experiencia cultural, económica y científica desarrollada por la sociedad a lo largo de la historia.

Desde el mismo momento en que nacemos comienza el proceso de envejecimiento, que consiste en la etapa de desarrollo biológico que va desde la plenitud del ser vivo hasta su definitiva consunción. Lo específico del hombre en este proceso de declinación está en las manifestaciones sociales, afectivas, culturales, etc. que lo acompañan y que le hacen diferente. Esto es: no todos los seres humanos envejecen de la misma forma ni a la misma velocidad, pues la situación socio-económica, la cultura general y las experiencias vividas, así como el cuidado de la salud (física y mental) influyen decisivamente en todos los momentos vitales del ser humano, lo que condiciona específicamente su futuro. Hay, pues, una posibilidad de intervenir preventivamente desde distintos campos, desde luego desde la medicina (educación para la salud, medicina preventiva, etc.), pero también desde los que atañen a factores cada día más involucrados en lo que venimos llamando calidad de vida. En definitiva, no sólo se puede envejecer más tarde, sino que se puede envejecer mejor.

La evolución demográfica aporta datos sobre el creciente aumento de la proporción de personas mayores en nuestra sociedad, el aumento de hogares unipersonales, el aumento de mujeres que viven solas y de la proporción de los muy mayores (> 80 años y centenarios). La gran mayoría de las personas mayores viven en sus casas, y la mayoría se encuentran en condiciones de independencia suficientes para el desarrollo de las actividades de la vida diaria, por lo que no necesitan de ayuda de otros.

Durante las últimas décadas, la vida familiar, y en particular los modos de vida familiares, han experimentado transformaciones importantes que van unidas a las transiciones demográficas y al aumento significativo del número de mujeres que se incorporan al mercado de trabajo. Estos cambios acompañan la transformación gradual de las expectativas sociales en torno a la vejez y a la familia. La diversidad de formas familiares, normas y conductas ha aumentado. Esto ha producido un cambio en los modos de vida y las relaciones familiares. De hecho, las personas viven actualmente en familias intergeneracionales que son cualitativa y cuantitativamente muy diferentes a las del siglo XX, que si bien fue el siglo de la juventud, acabósiendo el de la vejez. El siglo XXI ha heredado del anterior el culto a la juventud, la despreocupación por el futuro y las soluciones prácticas para cualquier tipo de problema, incluido el de la vejez y las enfermedades degenerativas terminales, que han pasado a ser un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados.

En este contexto, los cuidados de larga duración se presentan como el reto más importante al que se enfrentan los gobiernos, principalmente por las implicaciones que tienen para las familias y los servicios. Las políticas familiares deben orientarse y ser aplicadas en todo lo referente al cuidado de las personas mayores, a la conciliación de la vida familiar y laboral y al desarrollo de servicios que respondan a una demanda creciente.

LAS CUIDADORAS

Si bien el sector de los cuidados está cambiando entre los colectivos más relevantes de personas mayores dependientes y personas con discapacidad, en sus diferentes grados y vulnerabilidad, incidiendo en la profesionalización de los cuidadores, lo cierto es que el cuidado informal sigue siendo preponderante, y este está personificado en las mujeres cuidadoras. Al día de hoy y dentro del ámbito doméstico, se muestra la especificidad de la experiencia femenina frente a la vejez a través de las actividades relacionadas con el cuidado de los otros, o con el denominado apoyo informal.

La concepción estereotipada a este respecto nos presenta a las personas mayores y, sobre todo a las mujeres, como receptoras de los cuidados. Tal y como se deduce de la mayor longevidad de las mujeres, éstas tienen más probabilidades de necesitar atención que los varones; sin embargo, esta es sólo una parte de la verdad porque los mayores y, otra vez sobre todo las mujeres, son parte activa y aún muy activa en la prestación de ayuda a otros miembros de la familia.

Las mujeres no sólo han seguido proporcionando la mayor parte de la asistencia, sino que cuando la dependencia de las mujeres era más severa o cuando la ayuda consistía en la realización de tareas con un contenido más íntimo, las mujeres han asumido los cuidados en exclusiva. Además, mientras que los varones necesitados de ayuda pueden recibirla en el ámbito de su propio hogar y de su propia esposa, sin que la situación implique más cambios y rupturas que las derivadas del deterioro de las capacidades, entre las mujeres la situación es muy distinta. Lo más seguro es que cuando necesiten la ayuda no puedan contar ya con el esposo, bien porque ha fallecido o porque su propio estado de salud no lo permite; y en ese caso, el cuidado deberá ser asumido por otra persona, probablemente por una mujer inmigrante.

No obstante, cada día que pasa es mayor la conciencia social y política sobre los problemas de desamparo que experimentan las mujeres cuidadoras de personas dependientes y, desde la ética del cuidado se aboga por el reconocimiento y la visibilización del trabajo que aportan las mujeres en la atención a la dependencia. El enfoque ético del problema del cuidado, ha priorizado sobre todo la necesidad del reconocimiento específico del trabajo de las mujeres, no sólo por su aportación fundamental, sino por los supuestos valores asociados a dichas prácticas y la necesidad de universalizar dichos valores, reconociendo los derechos de las mujeres. Tal y como ocurre con el trabajo del hogar no remunerado, que también se considera como parte integrante de la fuerza de trabajo dedicada a la prestación de cuidados sin recibir una retribución económica a cambio, pero no se reconoce como un trabajo formal con derechos y prestaciones legales.

LOS CUIDADOS

El Ayuntamiento de Barcelona antes de responder sobre qué son los cuidados nos indica que las personas somos seres vivos vulnerables e interdependientes. Nacemos con una fragilidad extrema. Tardamos un año en levantarnos, dos en comunicarnos mediante el lenguaje y cuatro en poder vestirnos solas para protegernos del frío. Nuestra vulnerabilidad y dependencia son la razón por la que vivimos en comunidad. Para sobrevivir, dependemos del tiempo, los trabajos y los afectos que otras personas nos dedican.

Todos y todas necesitamos recibir cuidados de manera permanente a lo largo de la vida, de tipo e intensidades diferentes, dependiendo del momento del ciclo vital en que nos encontramos, y de las capacidades de autocuidado y atención a los demás que tenemos en cada etapa de la vida. Aunque la infancia, la vejez y los momentos de enfermedad requieren cuidados físicos específicos y más intensivos, las personas necesitamos afectos y atención emocional de manera permanente, incluso cuando somos adultas sanas e independientes. Hay que pensar en la necesidad de cuidados no como una situación de excepcionalidad, sino como una característica inherente a la naturaleza humana, en que todos y todas tenemos el derecho, pero también el deber, de recibir y proveer cuidados.

Pero lo cierto es que cuando se necesita atención de un miembro de la familia se recurre normalmente a otra mujer, tal y como se ha regulado en las sociedades tradicionales y patriarcales, donde siempre se esperaba que fuera una mujer quien cuidara a los demás miembros de la familia sin por ello percibir remuneración alguna.

Desde una perspectiva sociológica, el cuidado es una actividad basada en patrones sociales. Estos patrones afectan tanto al cuidado familiar como al cuidado formal y justifican los bajos salarios percibidos por los trabajadores que son principalmente mujeres y, cada vez más, inmigrantes.

Si gran parte de la carga asistencial demandada por las personas dependientes recae sobre los familiares, principalmente sobre la mujer, es a consecuencia de un proceso de socialización que colocaba como modelo a seguir el de la diferenciación y la desigualdad entre los sexos, destinando a la mujer el papel doméstico, secundario y poco valorado. Se asume así que las mujeres trabajan en empleos relacionados con el cuidado, no sólo como resultado de su proceso de educación y de las expectativas sociales, sino debido a las menores oportunidades de conseguir los trabajos mejor remunerados, más prestigiosos y con mayor poder de los varones. Las mismas creencias y experiencias que hacen atractivo el cuidado para las mujeres, lo devalúan como trabajo remunerado al ser percibido como trabajo poco cualificado.

Los cuidados suponen una responsabilidad social absolutamente generizada y naturalizada, que afecta sobre todo a las mujeres adultas, y que se apoya en una visión social diferente de lo que es el trabajo realizado por los hombres, y en una separación cultural de lo racional que queda ligado a los hombres y a lo público, mientras que lo emocional y lo privado es asociado a las mujeres. Las tareas de cuidado se dejan bajo la responsabilidad de las mujeres por un supuesto instinto natural. De hecho, en general, el cuidado ni siquiera es considerado un trabajo, sino como algo que hacen las mujeres de manera natural porque va ligado a los sentimientos y los afectos. Todo ello me permite catalogar el concepto de cuidado como una construcción social, desde una perspectiva dominante que es la del patriarcado.

A VUELTAS CON LA NATALIDAD

Andaba yo preocupado con los gastos que supone la crianza de un hijo, mucho más acuciantes en las familias monoparentales por la falta de empatía de la Administración, que si bien por un lado se asusta ante lo que ellos llaman invierno demográfico, apenas actúan para mejorar la situación de las madres en disposición de tener un hijo y criarlo, pues ante las dificultades económicas derivadas de empleos precarios o mal pagados, de acceso a una vivienda digna, o de seguridad emocional, se suma la incertidumbre en la capacidad económica para criar un hijo, es decir, alimentarlo, vestirlo y darle educación, cuidar su salud y medio ambiente, sin un ápice de colaboración institucional en ese largo periodo que va desde el nacimiento hasta cierta independencia juvenil.

Más allá de la supuesta gratuidad del sistema educativo o del sistema de salud, o los mil euros que recibe la madre por nacimiento, no hay ayudas económicas reales para la crianza y desarrollo de los hijos y, no, no hay empatía por parte de la Administración, que sigue pensando que el descenso de la natalidad es un fenómeno propio de una sociedad moderna que deja en manos de las mujeres la decisión de tener un hijo casi al límite de su edad fértil, allá por los 45 años.

Para enfrentar la cuestión de la natalidad hay que partir del aparente antagonismo que es el envejecimiento. Desde un punto de vista positivo, el envejecimiento se considera como un éxito de la sociedad que a su vez se combina con un punto de vista negativo que es la disminución de las tasas de natalidad, es decir el número de nacimientos vivos por cada 1.000 habitantes durante un año determinado (en La Rioja 6,18 hijos).

Y aquí está la paradoja, pues un aumento de la esperanza de vida y, por tanto, descenso de la mortalidad, ha traído aparejado el descenso de la natalidad, del número de nacimientos, los cuales son cada vez más dilatados en el tiempo vital de las familias o de las mujeres. Y es que no hay un control de natalidad tan eficaz como el aumento de la educación y el trabajo de las mujeres fuera del ámbito doméstico.

El éxito del envejecimiento proviene de la mejora de la asistencia sanitaria y el progreso de la medicina, en la superación de enfermedades y la contención de las epidemias, auténtico obstáculo que frenaba el descenso de la mortalidad, principalmente la infantil. También, el envejecimiento y el aumento en las expectativas de vida han posibilitado un mayor conocimiento y conciencia sobre la planificación y el control de la natalidad permitiendo un cambio en las expectativas que los padres depositaban sobre los hijos, pues estos ya no son considerados como el seguro de vejez.

Además, esto está permitiendo por una vez, y puede que definitivamente, el aumento del nivel educativo y de la actividad profesional de las mujeres, las cuáles reclamaban la igualdad de género y la corresponsabilidad en la crianza y cuidado de los hijos, o mejor dicho del hijo deseado.

En este contexto de baja natalidad, el presidente del Gobierno de La Rioja, Gonzalo Capellán, propuso en el último pleno del Parlamento regional matar moscas a cañonazos, es decir, la ampliación de la edad máxima para acceder a tratamientos de fertilidad en la sanidad pública de los cuarenta a los cuarenta y dos años, olvidando que además de parir un hijo hay que criarlo, y esto sí que necesita ayudas institucionales.

EL ESTIGMA DE LA ENFERMEDAD MENTAL

Si hay algo que caracterizó al siglo XX fue la exaltación de la juventud, pese a que acabó dando el relevo a un siglo XXI cuya característica principal es el envejecimiento mundial de la población. Sin embargo, este nuevo siglo deudor del pasado, ha heredado el mismo culto a la juventud, a la imagen del cuerpo juvenil, saludable, que hace del mismo un icono cultural hacia el que se dirigen todas las miradas. La imagen y su tratamiento identitario es el dispositivo a partir del cual se organizan, no sólo las relaciones sociales sino la autoestima. Así, buena parte de la población desea retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición. La cirugía cosmética contra el envejecimiento pretende conseguir personas sin edad, en un proceso de reforma continua en el que a veces se pierde ante el espejo incluso la propia identidad. 

En esta dirección se buscan soluciones prácticas para cualquier tipo de problema asociado a la vejez, incluidas las enfermedades degenerativas, que si hasta ahora se ocultaban o se consideraban una cuestión familiar, hoy son ya un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados. Sin embargo esta preocupación social por las enfermedades mentales, no se han resuelto satisfactoriamente los procesos de construcción identitaria de las personas afectadas, manteniendo como en el pasado un estigma que en ocasiones alcanza a los familiares del enfermo.

Si definimos la presencia del estigma a través de tres dimensiones (estereotipos, prejuicios y discriminación) observamos cómo en nuestra sociedad, varias o todas estas dimensiones se encuentran presentes cuando se identifica a una persona como afectada por una enfermedad mental. El estigma, a lo largo de la historia, además de estas dimensiones ha estado ligado fundamentalmente a la discriminación y la exclusión, marcando negativamente al enfermo mental y a su entorno personal y familiar.

En el pasado, las enfermedades mentales han sido tomadas como manifestaciones de carácter mágico o religioso, incluso no identificándolas como enfermedades y atribuyéndoles ese carácter espiritual de posesión por otros espíritus que se manifestaban a través de la persona poseída, en realidad el enfermo mental, al que despersonalizaban, es decir, le arrebataban su identidad.

En la actualidad, el estigma que sufren las personas aquejadas de una enfermedad mental obra sobre ellos despersonalizándolos y aislándolos de su entorno, pues ya no reciben el mismo trato. En general, las personas rechazamos aquello que por desconocido o por imprevisto tememos o nos produce incertidumbre. La ausencia de seguridad que mostramos por el modo de pensar, sentir y obrar de un enfermo mental, consigue la pérdida de relaciones y el aislamiento del mismo tras su inevitable estigmatización. Además, ante la vergüenza y la humillación del enfermo y sus familiares, provocamos que uno y otros adopten una posición de ocultamiento de la enfermedad o del enfermo, aislándolo y profundizando en el estigma con el que se le vincula y aumentando su sufrimiento. De este modo, la estrategia de ocultamiento utilizada a menudo por enfermos mentales o por su entorno familiar, no sólo no ha evitado el estigma sino que ha profundizado en el mismo. Otras estrategias igualmente frecuentes suelen ser la negación del problema, la normalización del mismo a través de intentar ver a los otros como semejantes, y la evitación de aquellas circunstancias que llamarían la atención sobre las diferencias del enfermo y que provocarían la estigmatización del mismo.

En general se desconoce el origen de las enfermedades mentales, y cuando se allega cierto conocimiento, este está contaminado por historias y narraciones de todo tipo más próximas al mito que a la realidad. Se hace uso de categorías como las de normalidad, demencia o cordura que permiten explicar las conductas y el comportamiento de las personas y por extensión reconstruyen su identidad. En estos casos, el etiquetaje es el instrumento utilizado para la identificación de las personas con una enfermedad mental, despersonalizándola, pues dejan de ser sujetos con características propias de la normalidad y se convierten en sujetos aquejados de una patología.

Para los familiares, las conductas, los comportamientos, la pérdida de memoria, la necesidad de cuidado continuo, entre otros, son algunos de los atributos que vuelven diferentes y extrañas a las personas enfermas, que dejan de ser ellas mismas ya que ni siquiera logran autoidentificarse. Al enfermo se le reconoce porque deja de comunicar su realidad personal, sus necesidades, sus intereses; y deja de expresar sus sentimientos, sus afectos o sus gustos para ser sujetos identificados exclusivamente con la posesión de una enfermedad.

Una vez que la persona atraviesa el umbral de lo considerado como normal, deja de ser identificado por su vida o su personalidad para ser tratado como sujeto de una enfermedad despersonalizadora y deshumanizadora que le impide ser él mismo. Y es en este punto cuando el sujeto toma la forma de un cuerpo sin voluntad al que hay que conservar y cuidar. El punto en que deja de ser uno mismo para ser la persona que sus cuidadores deciden que sea; una persona que piensa y actúa por intermediación de sus cuidadores, de acuerdo con la interpretación que hacen estos de su identidad. Hay quien señala que esta forma de actuar de los cuidadores, de carácter despersonalizador para el paciente, puede llegar a considerar el enfermo como carente de las necesidades de las que podría disponer en una situación de normalidad, anulándolo y no dándole satisfacción a cuanto pudiera necesitar realmente. Esta actitud, además se ve reforzada por el discurso del propio colectivo médico que apoya la despersonalización del sujeto enfermo con su diagnóstico.

Algunos cuidadores proceden a tomar la parte por el todo; es decir, hacen extensiva la enfermedad mental al conjunto de la persona, inutilizándola como ser autónomo, independiente y con características propias. Es como si toda su identidad social fuera determinada por la parte significada en el diagnóstico médico. Toman la categoría médica como punto de partida para interactuar y explicar lo que sucede a la persona enferma, relegando la voz del paciente a su cuidado.

Sin embargo, esto no ha ocurrido con la demencia senil, que como nuevo síndrome patológico se inventó la medicina con el fin de representar los desvaríos de la vejez. En este caso, las representaciones populares sobre la enfermedad y el enfermo fueron inicialmente contrarias al etiquetaje médico, pues los desvaríos se encuentran dentro de lo considerado normal dentro de la vejez; y encuentran que es propio de los viejos chochear, desvariar, perder memoria, hacer cosas extrañas. Para los familiares, los aquejados con demencia tienen una enfermedad, pero no entran en la categoría de enfermos, pues la salud de su cuerpo es la normal, la reconocida como normal dentro de las circunstancias personales.

LA BUENA MUERTE

Con un gran alarde de inhumanidad se despachó la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, al justificar que en plena pandemia los mayores en residencias no se derivaran a hospitales, porque se iban a morir igual y no se iban a salvar en ningún sitio. Pero ha obviado que no es lo mismo morir en un hospital sedado y con cuidados paliativos que hacerlo en una habitación solo, asustado y entre dolores insoportables. Si hay que morir (no está claro que así tuviera que ocurrir para los 7.291 mayores residentes cuando entre los que sí fueron hospitalizados se salvaron el 65%), que sea siempre con el objetivo de una buena muerte.

Hoy día parece que podemos elegirlo todo, menos la forma y el momento de morir (salvo entre los suicidas). Por medio se encuentran los familiares y los profesionales de la medicina que se inmiscuyen en el proceso de morir de las personas. La muerte no sólo implica al que se va sino también a los que se quedan. Y los que se quedan tratan de burlar a la parca, como si quien se va a morir no fuera capaz de tomar la decisión acertada o deseada, es decir, la buena muerte.

La antropóloga María Catedra señalaba que la buena muerte sucede a una cierta edad, cuando el individuo ha completado su ciclo vital (morir de viejo), y el desenlace ocurre sin enfermedades ni violencias, es decir, de una manera “natural”. Los que mueren de viejos no padecen una enfermedad específica, sino que simplemente se terminan, es decir, se acaban. Este tipo de muerte de vejez, o natural, representa a nivel humano la continuación del ciclo general de la naturaleza. Con la vejez empiezan a desaparecer los miedos a la muerte, aunque, dependiendo de las circunstancias, se dan diferentes actitudes. Así ciertos ancianos pierden la consciencia total de su próxima muerte, en cuyo caso “no la sienten”; otros, en cambio, se resignan e incluso aceptan la idea y, por último, los que padecen fuertes dolores “piden la muerte”.

En realidad, se oponen dos clases de muerte: la buena y la mala muerte. Una buena muerte se caracteriza, entre otras cosas, por la rapidez del desenlace, por la inmediatez, por lo inesperado, mientras que la muerte mala significa semanas, meses o aun años de lenta agonía. La buena muerte, o la muerte feliz, es la que sobreviene sin estridencias durante el sueño, sin que se entere el afortunado. Es una muerte sin dolor, corta o inesperada, una muerte sin agonía. Porque aún en el caso de que sea una muerte violenta, deseamos que ésta se produzca de manera rápida y sin dolor, porque lo que realmente nos asusta, no es tanto la propia muerte, como el dolor, el sufrimiento o la agonía.

LAS ABUELAS

Esta mañana me he despertado con una desgraciada noticia, arribada en un mensaje telefónico, que decía escuetamente: «Mi abuela ha muerto esta madrugada«. Y he sentido profundamente esta muerte a pesar de que no la conocía y que tan sólo tenía una información distraída en el tiempo que hablaba de una metástasis.

Desde hace muchos años las abuelas y los abuelos han sido mis principales informadores acerca de cómo era el mundo que desconocía y de como este se había configurado con ellos como actores principales. Viajaba por las aldeas y pueblos más o menos ocultos, más o menos insólitos, y cuando me veían portando un cuaderno de notas no se imaginaban que yo les iba a inquirir por su actividad cotidiana, por las cosas de cada día, por aquellas cosas a las que nadie ni ellos mismos prestaban interés. Y eso es lo que hizo que me granjeara su amistad, principalmente el de las abuelas, pues hasta entonces nadie les había concedido importancia, ni había manifestado el interés que yo demostraba con mis preguntas por sus quehaceres habituales, por sus ritos y ceremonias. Gracias al reconocimiento y al apoyo que me brindaron en cuantas aventuras investigadoras intervinieron aquellos viejos, creo que nació en mi este afecto especial por ellos, por sus cosas, por su memoria, por sus actividades, por su vida.

Pero este afecto por las cosas de los viejos yo creo que no hubiera sido sincero si no hubiera participado del cariño y el amor con que me obsequiaron mis abuelas desde mi más tierna infancia. Tuve como todos dos abuelas: la paterna y la materna, pero ambas fueron polos opuestos en el desarrollo de mis sentimientos y mis emociones. Porque si una me dedicó en exclusiva todos sus afanes y todos sus sentimientos, la otra apenas me dedicó el tiempo suficiente para las reprimendas y desahogos con los que exteriorizaba sus frustraciones vitales.

Mi abuela materna (la yaya) residía de continuo en casa de mi madre desde que falleciera el abuelo, sin que eso alterara la que había sido su residencia en los últimos años cuando procedentes de Barcelona llegaron como en otras ocasiones para pasar tan sólo una temporada, pero se quedaron hasta su muerte. Esta abuela era el polo opuesto de la otra en todos los sentidos, era gorda y la otra estaba en los huesos, pero la gran diferencia estaba en las manifestaciones de carácter afectivo, pues era seca, un poco agria en sus formas y hasta un tanto amargada en la relación que mantenía con su hija, mi madre. Era muy tacaña, nunca puso una moneda en mi mano para comprar pan, ni tampoco un billete en las manos de mi madre para ayudar en la economía doméstica. Todo lo ahorraba, pero de espíritu miserable, lo guardaba en una gran faja a la que había cosido un doble fondo donde introducía los billetes. Las operaciones financieras las hacía a puerta cerrada adelantándose a los demás en el baño, donde se deshacía de la impedimenta con el fin de desvestirse, volver a colocarse la faja de ahorros y calzarse el camisón. Esta miseria la conservó durante toda su vida y sólo cuando falleció descubrimos con qué envolvía su cuerpo. Mi madre pese a tantas miserias que tuvo que aguantar con una madre nada ejemplar, repartió con sus hermanos aquel tesoro inaudito que forjó en aquellos años de convivencia en la casa de su hija.

No obstante su tragicómica vida le guardaba un respeto reverencial, pues así disponía sus encuentros en los que apenas tenía cabida el diálogo o los sentimientos. Gustaba reírse de mis locuras, pero aparentando siempre contrariedad por mi modo de entender la vida, incluso por denotar interés por su pasado, por los distintos miembros de una familia extensa entre los que contaba con una bisabuela centenaria. Pues bien, por entonces conocía a una de sus hermanas, una tía-abuela a cuya casa acudía en la Semana Santa, porque disponía de un balcón privilegiado desde el que contemplaba los magníficos cuadros de penitentes encadenados, encordados y crucificados que se disponían en orden procesional. Ya he dicho que no pude arrancarle mucho acerca de su pasado en el pueblo, ni tampoco de su estancia en Barcelona. Toda la información que logré fue intermediada por mi madre, la cual respetuosamente guardaba el mismo silencio para las cosas de su madre, y para las cosas de antes (los avatares de la guerra) por imposición de la abuela.

Pero por otra parte, estaba mi abuela paterna, la cual perdió en un lapso de tiempo muy corto a su único hijo varón y a su marido, y quedó al cargo de tres hijas y de paso al único nieto varón (por entonces yo tenía cuatro años). Quizás fue la muerte temprana de mi padre o quizás fue el hecho de ser el único varón que quedaba en la familia, el caso es que esta abuela me tomó con un empeño especial, y en mí depositó todas sus gracias. Fue una mujer trabajadora que ya al punto de la mañana salía caminando hasta el entonces hospital militar (hoy juzgados), donde ella trabajaba como jefa de la cocina que alimentaba a los pacientes encamados. Alguna vez me acerqué con ella para verla trabajar y aquel mundo me parecía irreal, pues en la mesa de trabajo junto a las cocinas centrales se apiñaban más de doscientos moldes de flanes de huevo que mi abuela había dejado preparados el día anterior. Tenía dos ayudantes que hacían las labores más rutinarias como pelar patatas, cortar verduras, limpiar pescado, trocear carne o todo aquello que mi abuela disponía en ese rancho diario que alimentaba al hospital militar. Por la tarde, una vez recogida y limpia la cocina desandaba el camino matutino y llegaba a casa, donde inmediatamente organizaba las cenas, no sólo de la familia, sino también de los chóferes de la Estellesa (la línea de autobuses que unía Logroño con Pamplona), y que pernoctaban a media pensión en casa de la abuela.

La abuela paterna ya he dicho que era el polo opuesto de la materna. Era capaz de quitarse el alimento de la boca para dármelo en exclusiva. Preparaba los platos y los postres que más me gustaban, aquellos en los que mi abuela podía descubrirme una arruga de felicidad; y no contenta con esto, siempre estaba pendiente de darme un achuchón de besos en cuanto me descuidaba. Con el tiempo me aficioné a vivir en casa de la abuela, en parte porque a mi madre no le importaba compartir los afectos y los cariños con esta mujer que le devolvía la imagen de quien un día fue su esposo, y en buena medida porque hacía más feliz a la abuela las pocas horas que podía estar a su lado.

Recuerdo que en casa de la abuela había un patio donde el abuelo había construido un gallinero para más de doscientas gallinas con las que yo me divertía experimentando los más crueles juegos. También había árboles frutales y flores, y cuando aburrido de juegos en la calle me acercaba a este otro mundo,  surgía en mi el hombre que tanto echaron en falta las mujeres que tuvo la casa de la abuela. Arrancaba rastrojos, preparaba ramos de flores, limpiaba el gallinero, recogía los huevos, subía a la higuera y desprendía los higos más dulces. Un universo infantil que el Ayuntamiento expropiaría con los años, para dar salida a las nuevas edificaciones que se apelotonaron en las traseras de la casa de mi abuela, una vez las monjas de la Enseñanza vendieron el solar-huerta que tenían al otro lado de la tapia.

Cuando llegaba la noche, tras pedir permiso en casa, me quedaba a cenar y dormir con la abuela. Dormíamos en una camita estrecha abrazados. Mi abuela decía que yo era como una estufa: «Este hijo me da más calor que una estufa«, y es que siempre he desprendido mucho calor de mi cuerpo y a mi me encantaban sus manos y sus pies fríos que templaban mis infantiles ardores. Claro que la abuela se despertaba muchas noches con accesos de tos, provocados según ella por los bronquios, culpables de su mala salud y que atemperaba todos los años tomando las aguas termales en Cestona. En aquellas ocasiones esperaba su vuelta con interés porque siempre se acordaba de comprar las famosas galletas obleas de Marquina, unas galletas que se deshacían como el aire en el paladar.

No serían los bronquios los culpables de su muerte, sino la inesperada situación de soledad a la que se vio arrastrada, cuando ya jubilada desaparecieron de casa sus hijas y hasta cierto punto su nieto, que ya adolescente buscaba lejos de la casa familiar otros amores, sabiendo que dejaba atrás a las mujeres con las que había crecido en un entorno de afecto y cariño. Yo creo que cuando llegó la ambulancia no era consciente de la gravedad de su enfermedad. Como un pajarito expiró a las pocas horas de su estancia en el hospital y no pude hablar más con ella. Una vida de cariño y afecto, una vida entregada a los demás, una vida de trabajo sin descanso, una vida de generosidad sin límites. Una vida de la que soy deudor. Gracias abuela.

LA APARIENCIA Y EL ESPEJO

Ya no me molesto en contestar y explicar la realidad a quienes se equivocan, cuando se dirigen a mi hijo de dos años con mensajes de este cariz: “qué bien estás paseando con el abuelito” o “qué bien te lo pasas con el abuelo”. Y es que, para algunos, mi apariencia es la de un abuelo y no la de un padre. Así que, si bien tengo una edad muy superior a la de su madre, nada menos que veinte años, lo cierto es que cuando me miro al espejo, no veo trazas de envejecimiento más allá de alguna arruga o alguna cana más. Además, el contacto con el peque me rejuvenece psíquicamente, de tal modo que no aprecio los achaques que considero propios de un viejo.

Por otra parte, no miro a los padres jóvenes que se reúnen con sus criaturas en los parques y espacios infantiles como mis iguales, pero sí busco entre mis coetáneos las huellas del envejecimiento. La pinta que tienen y que ven mis ojos, me indica que están envejeciendo muy mal, pues mi aspecto es mucho mejor, o al menos eso me parece. Quizás esa es la cuestión, que el aspecto es cosa que nos parece, pero no es.

En ocasiones he escuchado comentarios de carácter machista acerca de la mujer más joven emparejada con hombre de edad, a la que se le supone algún interés que nada tiene que ver con los sentimientos de amor o felicidad. Y viceversa, también cuando la mujer es de edad y el hombre es mucho más joven. De este modo, los prejuicios que se instalan en nuestra conciencia tienen mucho que ver con la apariencia, con el aspecto de las relaciones entre personas y, sin embargo, somos incapaces de apreciar la realidad que nos representa la mirada al espejo, porque este nos devuelve la figura y el semblante real que nos acompaña en nuestro deambular por la vida. Somos incapaces de aguantar el reflejo que nos devuelve esa mirada al espejo, y preferimos atenernos a la apariencia que los demás tengan a bien asumir como real y verosímil.

VACIADA SIN REMEDIO

Desde que en 2016 el escritor Sergio del Molino publicara su ensayo “La España vacía” sobre la despoblación del mundo rural, este adjetivo similar al concepto de deshabitado o desocupado, se ha utilizado como referente en la agenda política de ayuntamientos y comunidades para proyectar y desarrollar planes con los que atender la situación de la despoblación rural, pero también como marca de identificación de nuevas agrupaciones políticas que concurren en periodo electoral. Incluso hemos llegado al punto de disponer en el Gobierno de la nación de un ministerio para el reto demográfico y la despoblación.

Tenemos que numerosos y diversos agentes políticos están empeñados en ofrecer soluciones a la pérdida de población del medio rural, ya de por sí muy envejecida. Sin embargo, podemos observar que cuando llegan los meses estivales los pueblos se llenan de vida, con personas de todas las edades, ocupando el conjunto de viviendas disponibles en cada localidad, incluso aquellas que fueron abandonadas en su totalidad pero que hoy han comenzado a recuperarse y dotarse de servicios básicos con los que reiniciar su vida, efímera ciertamente, durante los meses de verano.

Esta aparente contradicción entre el periodo estival y el resto del año nos muestra en primer lugar la falta de vivienda para nuevos moradores que quisieran realizar sus actividades, no necesariamente las tradicionales, en cualquier localidad rural, toda vez que los herederos de esa España vaciada demandan por sus ruinas, corrales, pajares o bodegas, el mismo precio que si estuvieran en el medio urbano. Y ya, si son las casas las que pretenden vender, generalmente con los muebles de quien las habitó hasta fallecer, que ni el pudor les asusta para mostrar en las webs de Idealista o Fotocasa, su precio alcanza lo exagerado, toda vez que casi siempre necesitan reformas que tengan en cuenta la calidad de vida de una vivienda urbana.

Así pues, difícilmente se logrará repoblar nuevamente el ámbito rural si no se da la posibilidad de que nuevos habitantes la integren, pues son los propietarios del vacío los que lo impiden al convertirlo en un producto más del mercado, en este caso inmobiliario.