EL ALGORITMO

Hasta hace unos años, para saber qué le gustaba a una persona había que conocerla. Hoy día, el algoritmo, una cosa que no conoce nuestro nombre y que nunca hemos visto, sabe de nosotros más que muchos amigos, tiene clarísimo qué nos gusta y nos entretiene y hasta nos hace perder el tiempo sin provecho ni descanso.

Todo empieza de manera inocente. Un día buscamos en internet cómo cuidar una planta. Al día siguiente, nos ofrece vídeos sobre rosales y, finalmente, un tutorial de veinte minutos sobre cómo cultivar tomates en la terraza. El algoritmo ha decidido que somos agricultores, precisamente nosotros, que apenas conseguimos que sobreviva un cactus.

Lo admirable es esa confianza que tiene en sus propias conclusiones. Uno puede haber mirado un producto por simple curiosidad, pero el algoritmo no contempla esa posibilidad. Para él, curiosidad significa intención de compra. Si buscamos una bicicleta, probablemente nos propondrá también un casco, unas mallas y, puestos a soñar, una bicicleta de alta montaña. Así, poco a poco, el algoritmo va construyendo un retrato de nosotros y empieza a conocernos mejor de lo que nos gustaría.

Sabe qué vídeos vemos, cuáles ignoramos, dónde nos detenemos y cuánto tiempo permanecemos mirando una foto. Nosotros creemos que estamos navegando libremente por internet, pero en realidad vamos avanzando por un camino que alguien ha preparado cuidadosamente para nosotros.

Y quizá ahí esté la verdadera ironía: todavía creemos que elegimos. No es que el algoritmo nos obligue a elegir; simplemente consigue que algunas opciones aparezcan delante de nuestros ojos una y otra vez, hasta que terminamos creyendo que las hemos escogido nosotros. Precisamente se ha demostrado cómo los bot, o programas informáticos que realizan tareas automáticas y repetitivas, influyen en el comportamiento electoral, tal y como ha ocurrido con el éxito de la extrema derecha en numerosos países.

El verdadero problema no es que el algoritmo sepa demasiado de nosotros, sino que nosotros sepamos cada vez menos de por qué elegimos lo que elegimos. Él aprende de nuestros clics; nosotros deberíamos aprender de nuestros propios hábitos.

Acabo de escribir esta columna, y el algoritmo ya me está recomendando siete formas de recuperar mi libertad de decisión. La primera incluye comprar una bicicleta eléctrica.

LAS COLAS DE INMIGRANTES

De entrada, confieso que estoy totalmente de acuerdo con los datos científicos que desde hace tiempo certifican el valor económico y social que la población migrante está influyendo en la sociedad española, en su crecimiento, y en su bienestar. Y de ahí también mi interés en rechazar todo tipo de bulos y mensajes xenófobos y racistas que partidos y organizaciones de derechas extienden como método de afiliación ideológica y voto cautivo. Bulos y mensajes que, a modo de slogan, se asientan sobre la prevalencia de las dimensiones de identidad nacional-cultural (“prioridad nacional”, “moros”), la competencia por recursos limitados (educación, sanidad y vivienda), el trabajo y la seguridad ciudadana.

Sin embargo, no son los discursos, ni los mensajes los principales medios de extensión de la xenofobia y el racismo, pues nuevas formas de producción se están extendiendo por el mundo a través de metáforas con las que simplifican el discurso sobre la población migrante mediante imágenes y símbolos en medios digitales.  Y es que en un mundo cada vez más hipervisual, lo icónico ha merecido muy poca o casi ninguna atención en el ámbito de las migraciones, a pesar de ser éste, un campo de conocimiento e intervención política especialmente iconizado, donde las metáforas visuales aparecen como condensación de las imágenes socio-políticas que se generan en torno a la inmigración.

Con ocasión del proceso de regularización administrativa extraordinaria para personas migrantes, cuyo plazo de solicitud comenzó el 16 de abril y estará abierto hasta el 30 de junio, hemos podido observar las largas colas que se formaron en oficinas de la Seguridad Social, Ayuntamientos, en ciertas oficinas de correos y por supuesto y de manera endémica ante las oficinas de extranjeros.

Las colas son un dispositivo institucional de regulación del acceso a un lugar, porque presuponen la existencia de un servicio y de unos usuarios. Pero las colas ante las oficinas de extranjeros por los trámites administrativos, forman parte del trabajo de categorización propio de la administración, y expresan prácticas de poder sobre dichos usuarios, que deben soportar la experiencia social de la espera en una cola. De este modo, las colas son la imagen mediática recurrente, que encierran toda la complejidad de la construcción, en la sociedad receptora de inmigrantes, de la categoría social del extranjero.

ARRAIGO NACIONAL

Qué hartazgo las explicaciones e incontables contradicciones que manifiestan los partidos de derechas que gobiernan en Extremadura y Aragón, al tratar de definir lo que entienden por arraigo nacional, y que marcan como principio de coalición en estos y en futuros gobiernos. El eslogan con el que se arropan es el de la prioridad nacional, de los españoles, de los que se sienten o se encuentran vinculados a España, de los que han arraigado en la cultura española.

Pero la cultura española no es algo estático, ni estable, sino cambiante e interactivo. Por esto, frente a quienes pretenden convencernos del carácter monolítico y homogéneo de las propias identidades y esencias nacionales (sean éstas cuales sean), hay que afirmar el carácter histórico, contingente, complejo, dinámico y plural que define nuestro arraigo social y cultural. No tenemos, ni somos, una identidad, sino muchas, o en todo caso una identidad compleja, que viene a ser el resultado, en un momento histórico determinado, de la confluencia de una multiplicidad de relaciones sociales y culturales, a veces en conflicto, que nos hacen precisamente irrepetibles.

Pensar la cultura e identidad española de manera esencialista, inmutable y excluyente, es el modo en que se adopta una versión defensiva contra la supuesta invasión del no nacional, del extranjero. Sobre todo, porque se piensa que la nuestra es la Cultura verdadera, la única compatible con la democracia y los derechos humanos. El resultado de esa idea identitaria es jerarquizar y excluir y, de ese modo, se dramatizan su alcance y consecuencias en términos de incompatibilidad.

Por tanto, la dificultad no está en la existencia de diversidad cultural, sino en el patrón desde el que se gestiona esa diversidad. Una sociedad donde convive una gran diversidad concibe la cultura en relación con las otras culturas, con otras realidades y con otras formas de concebir e interpretar el mundo; a su vez, contempla la propia cultura de un modo no estático ni estable, sino cambiante e interactivo. La concepción estática de la cultura deriva a menudo en el esencialismo, el fundamentalismo cultural; y éste es el origen frecuente de la generación de etiquetas y estereotipos culturales, que a su vez constituyen el germen del racismo y la xenofobia.

IDENTIDADES TRIBALES

En las últimas semanas hemos conocido un fenómeno mediático denominado los “therians”, es decir, grupos de adolescentes y/o jóvenes (la clasificación de las personas por edades es siempre algo arbitrario), que se sienten vinculados a animales utilizando máscaras, gestos o movimientos con los que se identifican. En definitiva, una expresión más de tribus que se caracterizan por ser híbridas, digitales y efímeras. Unas siguiendo las tendencias, modas o pensamiento dominante y mayoritario en la sociedad, manifestándose a través del consumo de determinados productos culturales, artísticos o populares y, otras de carácter contracultural, promovidas a través de manifestaciones artísticas marginales y contestatarias, pero todas ellas creadas a través de las redes sociales, principalmente WhatsApp, TikTok, Instagram y YouTube-

El grupo tribal (tribu), es el espacio de relación interpersonal donde conformar y aprender aquellos roles necesarios para el desenvolvimiento social. En el seno del grupo se descubre la importancia de la pertenencia, pues el grupo o los grupos son quienes proporcionan un escenario social, un territorio propio en el que sus miembros experimentan la interconexión con otros y pueden representar los roles que corresponden a la identidad que han adoptado en su interior.

Adolescentes y jóvenes buscan y encuentran nuevos espacios de socialización alejados del mundo de los adultos. Nuevas vinculaciones con grupos de iguales donde alcanzan cierto grado de seguridad, a partir de la cual pueden someter a prueba las experiencias que les proporciona la vida. Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden al consumo de determinadas marcas, estilos de música, manifestaciones artísticas o contraculturales, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con el grupo, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas.

La estrategia de la uniformidad forma parte del proceso por el que se identifican con cada uno de los amigos que integran el grupo. A veces, el proceso es tan intenso que parece casi imposible la separación del grupo, e incluso parecen pertenecer más al grupo de amigos que a la familia. La relación con los integrantes del grupo proporciona seguridad y compañía, pues a los lazos de amistad se unen los de lealtad y confianza, constituyendo una fuente de apoyo en cualquier situación de crisis emocional.

¡QUE VIENE EL LOBO ¡

Estoy convencido que muchos de ustedes han leído o les han narrado aquella fábula tradicional, cuyo origen puede remontase hasta Esopo, y que nos habla de lo que aconteció a un pastorcito aburrido, que para divertirse gritaba: ¡Que viene el lobo, que viene el lobo¡, y a cuyos gritos sus vecinos acudían con palos y armas para defender el rebaño, descubriendo que todo era mentira y que habían sido engañados por el pastorcito. Y así sucesivamente en distintas ocasiones, hasta que un día, el lobo apareció de verdad y, a pesar de que el pastorcito gritó con todas sus fuerzas, nadie acudió en su ayuda porque creyeron que mentía otra vez. El desenlace fue que el lobo mató a todas las ovejas.

En política, el grito de que viene el lobo es el uso sistemático del miedo como herramienta de poder. Y miedo es lo que nos trasladan, día si y día también, todo tipo de medios, partidos y organizaciones que sostienen el sistema, exagerando las amenazas y normalizando el riesgo de vivir en comunidad. Al instrumentalizar el miedo frente a los otros, persiguen la adhesión de los ciudadanos o su apoyo militante y, en definitiva, su conformidad con una vida insegura y versátil, más propia de un equilibrista social.

Y si bien respondemos inicialmente a esos miedos (guerra y genocidio, aranceles y subida de precios, crisis climática, sanitaria, independentismo, migraciones, etc.), adaptándonos en la medida de nuestras posibilidades para hacerles frente, lo cierto es que, pasado un tiempo, que pueden ser años, y observando que el mundo no se acaba si no que tan sólo se transforma, surge el cansancio, el escepticismo y la apatía, hasta el punto de que una parte de la sociedad se radicaliza y otra se desmoviliza. Unos desean la muerte social del adversario y otros esperan impasibles el desenlace.

Y entonces, cuando el miedo se convierte en el único o en el principal argumento del pastor (el sistema), que miente y sólo busca reírse de nosotros, sucede la paradoja, y es que el lobo llega de verdad y nadie acude a ayudar, porque la sociedad está anestesiada, indiferente y cansada, de modo que el lobo devora nuestra economía, salud, derechos y bienestar con total impunidad.

EL GÉNERO Y LA ESPERANZA DE VIDA

Que las mujeres son más longevas que los hombres es un fenómeno relativamente moderno, pues a principios del siglo XX no existían estas diferencias. Por entonces, la reducción de la mortalidad infantil fue decisiva para ampliar la esperanza de vida, pues las ganancias se libraron a edades tempranas y no como en la actualidad que se libran a edades avanzadas.

Todo parece indicar que los principales factores en la mejora en la esperanza de vida de las mujeres durante el siglo XX, aparte de las tendencias que afectan también a los hombres (nutrición y salubridad), pudieran atribuirse al descenso de la fecundidad, las mejoras en la atención al parto y la dedicación de las mujeres a tareas reproductivas.

Pero más allá del hecho de haber disminuido la mortalidad entre los españoles, se encuentra el debate sobre género y esperanza de vida proveniente de la distinción entre cantidad y calidad de vida, de manera que la diferencia de género en años por vivir no derivaría en ninguna ventaja para las mujeres si se tradujera en años vividos con enfermedad o discapacidad, o con impedimentos para desenvolverse de forma autónoma. Así lo muestran dos indicadores útiles, no para medir cuánto se vive, sino cómo se vive. Son indicadores sobre la esperanza de vida libre de enfermedad crónica y la esperanza de vida en buena salud, y ambas ofrecen resultados más favorables a los hombres.

Si esto es cierto, la diferencia en la autonomía de hombres y mujeres no sería real, sino completamente artificial o construida socialmente, en referencia a las expectativas sociales que pesan sobre uno y otro género, puesto que, si hay enfermedades sociales que se imponen como causas fundamentales de mortalidad, también habría dependencias sociales construidas en función del género.

El planteamiento objetivo sería conocer si estas variaciones entre las expectativas de vida de hombres y mujeres son diferencias, es decir, si se deben a su mera condición biológica de ser hombres y mujeres; o si por el contrario son desigualdades, es decir, si es una cuestión de género acerca de cómo se ha organizado históricamente el trabajo reproductivo.

¿Cómo explicar que ahora las mujeres sean más resistentes que en 1900? La respuesta es que la razón de que la esperanza de vida varíe entre los sexos con el tiempo, se encuentra en los procesos de construcción histórica.

Hasta la primera mitad del siglo XX se atribuyeron las diferencias a que los hombres trabajaban duro y en condiciones penosas; e incluso se creyó que la incorporación de la mujer a la vida laboral acortaría distancias, pues al abandonar la seguridad del ámbito de lo doméstico participaría de los riesgos y peligros propios del ámbito de lo público, reservado hasta entonces a los hombres. Se postulaba que las mujeres, al participar en el trabajo productivo, de alguna manera se masculinizaban adquiriendo hábitos y conductas masculinas, fumando, bebiendo, conduciendo automóviles, sometiéndose a la doble jornada en el trabajo, etc.

Estos argumentos se basan en la pretendida existencia de un efecto protector de la reclusión doméstica de las mujeres (las reinas del hogar); y la asunción de postulados androcéntricos, ya que plantea dos justicias distributivas diferentes, una para el trabajo productivo y otra para el reproductivo. Tratar de explicar la eventual pérdida de la salud de las mujeres por su participación en el sistema productivo, es como intentar argumentar que la culpa es de la víctima por abandonar las tareas reproductivas que socialmente se le habían reservado. Una explicación más justa, consistiría en preguntarnos por la responsabilidad de los varones en la reproducción, lo que podríamos llamar el síndrome de inhibición doméstica de los varones.

La pretendida masculinización de las mujeres, su acceso a la producción está matizada precisamente por el mantenimiento de su vinculación al ámbito doméstico. La doble jornada o jornada interminable, sería el factor más certero en la profundización sobre las desigualdades en las expectativas de vida.

Así pues, si añadimos un poco más de justicia a nuestras sociedades y a nuestras casas, consiguiendo no sólo democracia en lo político sino democracia en lo doméstico, se podría lograr una mejoría sensible en las expectativas de vida. La ganancia en términos de salud y esperanza de vida para ambos géneros sería enorme.

DISMINUIDOS

Tan sólo hace un año el Congreso de los diputados, con la abstención de Vox, avaló eliminar de la Constitución, en su artículo 49, el término “disminuidos” y sustituirlo por la expresión «personas con discapacidad».

Todas las personas con discapacidad a menudo han sido injustamente identificadas con limitaciones intelectuales o disfunciones psicológicas. Quizás por ello, se ha derivado un uso de terminología estigmatizadora y discriminadora para identificarlas. A ello se añade la imagen negativa de la discapacidad, a la que han contribuido significativamente los medios de comunicación social, presentando aspectos negativos o compasivos sobre estas personas que siempre presuponen su infelicidad o inadaptación social.

El campo de la discapacidad -entendiendo este término de manera extensiva a todas las personas con limitaciones físicas, sensoriales y mentales- se ha caracterizado por la mudanza terminológica en la asignación de nombres, etiquetas y denominaciones referidas tanto a las personas como al proceso de atención a las mismas. Entre los términos utilizados podemos destacar los siguientes:

a) Referidos a las personas con limitaciones psíquicas: idiotas, imbéciles, mongoles, oligofrénicos, subnormales, débiles mentales, dificultades de aprendizaje permanentes, necesidades especiales.

b) Referidos a las personas con limitaciones físicas y/o sensoriales: lisiados, tullidos, impedidos, inútiles, inválidos, desvalidos, mutilados, minusválidos, deficientes, incapacitados, discapacitados.

c) Referidos al proceso de atención: beneficencia, asistencia, prevención, reeducación, readaptación, rehabilitación, habilitación, tratamiento, educación, recuperación profesional.

Muchos de los términos citados, a pesar de ser representativos de concepciones médicas, psicológicas, educativas o sociales ya superadas o inadecuadas para los tiempos actuales, siguen utilizándose por un número considerable de profesionales. Es sorprendente comprobar hoy la frecuente falta de rigor o actualidad en el uso de denominaciones, etiquetas o diagnósticos. La causa no está por supuesto en las personas que hacen ese uso, al menos no de manera exclusiva, sino que probablemente proviene de una formación deficitaria y poco estructurada en el ámbito de las personas con discapacidad.

Cada uno de los cambios en las palabras con que denominamos a la población se suele presentar seriamente por profesionales de reconocido prestigio con el intento genuino de cambiar la imagen y el rol de las personas con discapacidad en esta sociedad. A cada una de estas reformas han seguido, años más tarde, nuevos y mejores nombres. El problema puede estar en que la sociedad estima excesivamente la inteligencia, la belleza y la capacidad de ganar dinero, rechazando a aquellas personas que no son inteligentes, atractivas o que son pobres.

La terminología expresa la evolución de las actitudes profesionales y sociales, pero los cambios de nombre dejan intactos los prejuicios de la mayor parte de las personas. Hemos de modificar los valores y actitudes que subyacen a esas expresiones, y no suponer que es un asunto meramente terminológico que sólo requiere un cambio de nombres.

TAUROMAQUIA

A modo de declaración personal, ni entiendo la tauromaquia, ni me gustan las corridas de toros. Tampoco creo que se pueda definir como fiesta nacional y mucho menos como cultura española, en todo caso como una actividad, una costumbre compartida por un grupo de españoles cada vez más reducido. Digo esto, al hilo de la polémica creada tras la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia, en la que el ministro justificaba su decisión porque ha cambiado la sensibilidad social respecto al maltrato animal y «sólo el 2% de los españoles van a los toros».

Lo cierto es que ya hace unos años, cuando aún coordinaba los cursos de veranos en la UR, sobre “Derecho animal, ética y sociedad”, partíamos desde aquella vieja consideración de los animales como bienes al servicio del ser humano, a unos planteamientos más recientes en los que se reconoce a los animales como seres sintientes y, en consecuencia, merecedores de protección.

En su exposición de motivos, la Ley 6/2018, de 26 de noviembre, de protección de los animales en la Comunidad Autónoma de La Rioja, señala que en las últimas décadas ha proliferado en las sociedades más civilizadas un sentimiento sin precedentes de protección, respeto y defensa de la naturaleza en general y de los animales en particular, convirtiéndose en un asunto de índole cultural que importa al conjunto de la ciudadanía.

Hoy en día, y en nuestro país, se están dictando sentencias que implican privación de libertad para aquellos que cometen delitos de maltrato animal, desde que nuestro Código Civil dejó de considerar cosas a los animales para categorizarlos como seres dotados de sensibilidad. Sin embargo, parece que hablar de derecho animal, animalismo o antiespecismo estuviera acotado, como si la protección animal fuera un tema menor o insignificante.

Otras cuestiones se suman a este debate. Entre las más comunes siempre surge al calor de la discusión los que enarbolan la bandera de la libertad diciendo: a mí me gustan los toros, si a ti no te gustan no vayas, pero no pretendas prohibirlos. Sin embargo, ninguna libertad o derecho (tanto individual o colectivo) es ilimitado. Incluso los derechos y libertades fundamentales (los de nuestro texto constitucional) tienen límites y excepciones.

Es en este punto donde para abordar el debate de la protección animal desde una perspectiva ético-jurídica conviene tener en cuenta algunas consideraciones como la ideología política donde la protección animal nada tiene que ver con una cuestión de derechas o izquierdas, pese al rédito político que se pretenda obtener desde distintas filas, porque ni ser asiduo a las corridas o festejos taurinos te convierte automáticamente en ejemplo moral de español, ni ser antitaurino se traduce en antisistema. La pertenencia de un hecho cultural a la tradición histórica no implica que tenga que perpetuarse en el tiempo.

En el mercado, si la cría de animales para su venta o los espectáculos taurinos son actividades que generan riqueza, cada vez menos si no es por las subvenciones, no es menos cierto que la protección ambiental y animal es un nicho económico con mayor proyección de futuro. Por otro lado, sabemos que existen actividades en el mercado que mueven grandes cantidades de dinero y nadie duda de que son ilegales y/o inmorales (trata de seres humanos, comercio de armas, drogas, etc.).

Centrando el debate, y asumiendo que los animales son seres capaces de sentir dolor, cualquier argumentación que eluda la protección animal pasa por asumir que pudiendo optar por un sistema justo, elegimos otro, injusto. Así que, cuando se atenta contra el medioambiente y los seres vivos que forman parte de él, ya sabemos que se atenta contra la integridad del propio ser humano.

LAS VACACIONES

Otra vez la duda de si nos vamos o nos quedamos. Todavía indecisos, nos movemos por impulsos colectivos que, alimentados por la publicidad, nos llevan y nos traen de un lugar a otro, y todo durante tres escasas semanas que son el mínimo reglamentado para los trabajadores activos. Trabajadores que hacen números con su paga extraordinaria a fin de dar salida a todas las manifestaciones de consumo con las que les han alimentado con anterioridad. Y así, según sea nuestro nivel adquisitivo y capacidad de afirmación, elegiremos un lugar del planeta, del continente, del país o de la provincia para sentar nuestros reales. Unos se irán a países lejanos y otros al pueblo cercano. Unos se moverán constantemente y otros se harán sedentarios en un lugar. Unos a la montaña y otros al mar. Solos o bien acompañados de nuestra pareja o de nuestra familia emprenderemos un viaje con retorno.

Por su parte, menores y jubilados se disponen a sufrir y gozar en este tiempo que se ha declarado como de descanso, y que contradictoriamente es de hiperactividad y trabajo para estos colectivos. Unos por la fuerza y el ímpetu de su juventud y otros por la demanda de apoyo solicitado por los familiares, que descargan en los mismos las labores cotidianas de las que se sienten responsables el resto del año. Al finalizar este periodo vacacional observamos cómo se distinguen los diferentes colectivos según se manifiesten disgusto, cansancio, ansiedad o satisfacción, porque para todos, la vuelta a la cotidianidad no significa lo mismo, dependiendo de las expectativas que tengan y de la experiencia acumulada en esas fechas.

Para quienes no se desplazan por cualquier motivo, como el muy habitual de no disponer de recursos económicos, puede ocurrir que, sin embargo, dispongan de un capital cultural que les permite transformar ese tiempo no laboral en ocio creativo, que les alimenta su espíritu tanto como los desplazados alimentan sus cuerpos. Aunque no olvidamos que España aún tiene un agujero negro de incultura basada principalmente en la televisión e Internet, que desgraciadamente no satisface ni llena, pero contenta con artilugios de entretenimiento fugaz.