No sabía como hacer entrega de mis observaciones íntimas, sin mezclar con las observaciones participantes que aparecen en la página de enclavesocial, o en las publicaciones de las investigaciones sociológicas en la página de Universidad, así que me he decidido por crear esta nueva página a la que he llamado Intimo.

Cuando mueren nuestros padres se dice que nos hacemos viejos, porque ya no queda ninguna generación ascendente que nos sirva de colchón estratégico en nuestras expectativas de vida. Por eso nos preparamos intelectualmente para ese devenir que hasta entonces cifrábamos en nuestros padres, como anteriormente sucedió con nuestros abuelos y así generación tras generación.
Sin embargo, al día de hoy, cuando disfrutamos de un aumento de la esperanza de vida, de bienestar material, de una salud relativamente buena, hacernos viejos no implica cambiar nuestra actitud hacia la vida, ni prepararse para la muerte, pues, pese a no ser tan jóvenes, nos dedicamos a vivir la vida con la intensidad que nos permite el deseo y la pasión. Y vivir la vida con pasión es a lo que se dedicaba Eduardo (1962-2008), cuando la perdió del modo más azaroso e inesperado. La muerte de Eduardo ha sido un mazazo despiadado, un golpe a la razón vital de quien es joven y representa un proyecto de futuro; porque Eduardo con independencia de sus años era de un espíritu rabiosamente joven, que contagiaba a quien tenía la oportunidad de disfrutar de su compañía.
Recuerdo una conversación con Eduardo en la que indicó dos actividades que le permitían sentirse regenerado, revitalizado. Una era cortarse el pelo y la otra donar sangre. Sentía que en esta renovación biológica de cabello y la sangre se resumía una especie de renacer, como el que se quita la mugre con jabón o se desviste de la ropa de trabajo. Él, que renacía periódicamente con estas sencillas maniobras corporales, hoy no puede renacer de sus cenizas. Yo quisiera creer en algún tipo de reencarnación para pensar que aún podemos encontrarnos en algún lugar visible y material; y puestos a soñar te daría una forma universal, como la tierra o el agua, aunque tampoco me importaría que renacieras como parra y uva, y con tu mosto alegraras nuestra existencia una vez más. Porque Eduardo era pura energía que derrochaba en alegrar la vida de los que le rodearon y acompañaron. Por eso, no se si soy el más indicado para recordar a Eduardo, porque participaba de su amistad más en la distancia, a través del móvil y el correo, que en la proximidad cotidiana desde que nos conocimos allá por 1997, si bien es cierto que las contadas ocasiones en que nos vimos, mantuvimos una relación intensamente amistosa.
Eduardo, de sonrisa fácil, era un artista de la ironía. Señalaba tus virtudes o tus defectos, tus carencias o tus excesos, y nunca se cebaba en tus miserias, sino que arrancaba de ti una sonrisa igualmente divertida y cómplice. Además, Eduardo era un deportista consumado, un andarín y corredor, y por eso le recuerdo en dos ocasiones, no por diferentes igualmente evocadoras del mutuo interés por el gasto de suela y calzado (a la postre me llamaba zapatones).
Al poco de conocernos coincidimos en que no había ciudad que no hubiéramos conocido en toda la extensión que nos proporcionaba andarla, pasearla o caminarla, con paso lento o rápido, y deteniéndonos para posar nuestras miradas en los perfiles artísticos de sus edificios o de sus mujeres, siempre con el ánimo curioso y observador.
Pues bien, recuerdo que en una invitación que le hice para participar en unas jornadas sobre educación e invisibilidad social (no diré nada sobre sus excepcionales trabajos acerca de la escolarización de menores hijos de inmigrantes, pues todos conocemos algo de su faceta investigadora), llegó entonces desde A Coruña en el tren expreso o rápido, no me acuerdo ahora cual era el más lento, a Miranda de Ebro, donde fui a recogerle porque tenía el pie no se si dislocado, hinchado o vendado; el caso es que no podía andar ni conducir (todas las semanas, por entonces, viajaba desde A Coruña hasta Madrid, par ver a su mujer Elia y a sus hijos), y para un andarín, para alguien a quien moverse es consustancial, resultaba paradójico verlo inmovilizado y viajando en el medio lento, lentísimo del tren español.
Y recuerdo otra ocasión, aquella en que fuimos como miembros de un tribunal a Lleida y tras disfrutar de la noche anterior (qué buenas y gratas noches en tu compañía), y disponernos a dormir hasta la hora de la cita, saliste con aquello de “he traído las zapatillas para correr antes del desayuno, y me he fijado en el paseo verde junto al río”. Yo le contesté que ni harto vino me levantaba a correr, y que si estaba loco no diera tantas muestras públicas o acabaría encerrado. Al día siguiente no se calzó las zapatillas y corrió, no por mis escasas dotes de convencimiento, si no porque una densa niebla se lo impidió.
Así era Eduardo en su faceta deportiva, un completo amante de lo físico, de la vida y del bienestar bien entendido, pues también compartíamos el gusto por la mesa y el buen yantar en todas las modalidades regionales o nacionales, aprendiendo de otras culturas cuanto ofrecían en sus fogones, aunque no por eso despreciaba el bocadillo si se terciaba o acuciaba el hambre.
Eduardo tenía todos los méritos para vivir una larga vida, porque él amaba la vida y disfrutaba de la vida. Por eso, esta profunda decepción por que la vida sea única y no permita otra, ni permita alternativas o elecciones ocasionales. Por que además esté sujeta al azar y a la imprevisión. Porque no atienda nuestras demandas y deseos, ni la de los demás. Porque se trunque sin aviso. Porque sea egoísta e insolidaria, pero, sobre todo, porque nos deje huérfanos del amigo, esposo, padre y hermano que tanto quisimos.
Eduardo amigo, descansa en paz.

DE LA MUERTE Y TODOS LOS MUERTOS
Estamos a las puertas del día de los muertos. Del día que celebramos a todos los muertos. Ya han comenzado las campañas de venta y adquisición de flores. A los niños y adolescentes, para su formación, se les recuerda que el próximo uno de noviembre se girará visita al cementerio donde se encuentran aquellos parientes fallecidos y que apenas conocieron, pero que es necesario recordar para mantenerlos vivos, al menos en la memoria. Nuestra intención es familiarizarlos con la existencia de la muerte (ellos que disfrutan de tanta vida), pero también familiarizarnos nosotros mismos con el destino, un destino que no nombramos pero cuyo encuentro no podemos soslayar. Y es que hablar de la muerte exige hoy día vencer muchísimas resistencias, pues salvo para góticos y otras tribus reconocidas por los halloween anglosajones, la muerte es un tabú, como lo fue el sexo para las generaciones sometidas a la dictadura y el catolicismo ultramontano.
Tampoco el consumo se ve estimulado a tratar la muerte si entendemos de la fugacidad del tiempo y la vida. Los intereses comerciales promueven la imagen de la eterna juventud y rechazan el proceso de la vida natural, con su inevitable decrepitud, deterioro y desaparición. El único cadáver aceptable es el “exquisito”, protagonizado por aquellas estrellas suicidas de drogas o coches estrellados, que les permite alimentar el mito en forma de iconos de toda especie, que se prodigarán desde los almacenes al por mayor hasta las grandes superficies o las tiendas exclusivas.
Sin embargo, la muerte no es un acto instantáneo y voluntario como el que puedan representar estos cadáveres exquisitos, sino un largo proceso. Un proceso que se inicia desde el mismo momento de nuestra gestación y que nos llevará a un estado diferente de ser, como en una transición. Van Gennep consideraba la muerte como un “rite de passage”, y es que efectivamente, la muerte física marca el comienzo de un nuevo proceso que continúa después, a posteriori. Porque a priori, la muerte está en la propia vida, y el proceso de morir en la determinación de la enfermedad.
Hoy día parece que podemos elegirlo todo, menos la forma y el momento de morir (salvo entre los suicidas). Por medio se encuentran los familiares y los profesionales de la medicina que se inmiscuyen en el proceso de morir de las personas. La muerte no sólo implica al que se va sino también a los que se quedan. Y los que se quedan tratan de burlar a la parca, como si esta tuviera algún sentido en sus decisiones, o como si quien se va a morir no fuera capaz de tomar la decisión acertada o deseada.
Recuerdo que en el pensamiento de mis mayores se oponían dos clases de muerte: la buena y la mala muerte. Una buena muerte se caracterizaba, entre otras cosas, por la rapidez del desenlace, por la inmediatez, por lo inesperado, mientras que la muerte mala significaba semanas, meses o aun años de lenta agonía. La buena muerte, o la muerte feliz, es la que sobreviene sin estridencias durante el sueño, sin que se entere el afortunado. Recuerdo que mi madre, afectada en sus últimos años de una enfermedad respiratoria, sonreía cuando le contaba que podía morir sin darse cuenta a causa de un proceso que comenzaría con una especie de sopor causado por el anhídrido carbónico que le saturaría los pulmones, y acabaría con su vida en un sueño eterno del que no despertaría. Para ella esa era la muerte deseada. Una muerte sin dolor, corta o inesperada, una muerte sin agonía. Porque aún en el caso de que sea una muerte violenta, deseamos que ésta se produzca de manera rápida y sin dolor, porque lo que realmente nos asusta, no es tanto la propia muerte, como el dolor, el sufrimiento o la agonía.
Quien fuera mi profesora de Antropología, María Cátedra, decía que la buena muerte sucede a una cierta edad, cuando el individuo ha completado su ciclo vital (morir de viejo), y el desenlace ocurre sin enfermedades ni violencias, es decir, de una manera «natural». Los que mueren de viejos no padecen una enfermedad específica, sino que simplemente se terminan, es decir, se acaban. Éste tipo de muerte de vejez, o natural, representa a nivel humano la continuación del ciclo general de la naturaleza. Con la vejez empiezan a desaparecer los miedos a la muerte aunque, dependiendo de las circunstancias, se dan diferentes actitudes. Así ciertos ancianos pierden la consciencia total de su próxima muerte, en cuyo caso «no la sienten»; otros, en cambio, se resignan e incluso aceptan la idea y, por último, los que padecen fuertes dolores «piden la muerte».
La aceptación de nuestra humanidad, nos permitirá la consciencia y el conocimiento de la muerte y todos los muertos. In memoriam de todos ellos.


SEXO Y EDAD
Trato de desmitificar el tabú del sexo entre los viejos.
En un libro sobre envejecimiento (Giró, 2005), Victoria Hernando, una amiga psicóloga, decía que debíamos perder el miedo a considerar la sexualidad como sólo un aspecto más. Hablar de sexualidad adaptada a la edad no causa traumas, a lo sumo, incomprensión; hablar de sexualidad no redunda en una degradación … moral, más bien relaja y flexibiliza planteamientos; hablar de sexualidad no incita a la práctica sexual, redunda en prácticas sexuales más seguras, deseadas y responsables. Por esto, será bueno que consigamos que el placer, el afecto, las relaciones coitales, las relaciones no coitales, la genitalidad, la no genitalidad, la comunicación en suma, dependa de la voluntad de las personas. Aprendamos que la satisfacción sexual general no tiene hilo directo con el número de coitos, no está sujeta a reglas de edad, no es directamente proporcional al género o a la orientación del deseo. De esta forma, quizá generaciones venideras puedan asumir las ventajas y desventajas (características al fin y al cabo) de pertenecer a un grupo de edad o a un género de forma natural como hacemos en otros aspectos de la vida, sin que el peso de estereotipos sociales negativos nublen el acceso a nuevas y enriquecedoras experiencias relacionales.
Todo esto me ha venido a la memoria cuando he leído que la actriz galesa Catherine Zeta-Jones consideraba que tener un marido maduro como el suyo, el también actor Michael Douglas, veinticinco años mayor que ella, no tiene mas que ventajas. Reconocía que “los jóvenes son más abiertos, alegres y apetitosos. Pero también son más egoístas y egocéntricos. Por eso nunca tuvieron una oportunidad conmigo”. Hay que ver cómo las gasta la mujer del Zorro Banderas.
EL VEINTITRES DE FEBRERO
En febrero de 2010, aprovechando horas de tren y habitación de hotel, leí con fruición la “Anatomía de un instante” de Javier Cercas. Narrada con ese estilo suyo propio de un periodismo de investigación que ya me cautivó en Soldados de Salamina, utiliza algunas de las técnicas que en Sociología y Antropología se manejan en los trabajos de campo, pero con la diferencia de que Cercas no se limita a informar de los hechos, si no que consigue con su extraordinaria capacidad narrativa introducirnos en el contexto para que acompañemos a sus personajes como si rememoráramos el pasado y lo uniéramos a nuestra biografía.
Sin embargo, no he podido realizar ese ejercicio de acompañamiento biográfico, pues en el 23-F yo me encontraba en el culo del mundo, perdón, en Trevijano de Cameros, que por entonces bien podía pasar por tal un pueblo de montaña que adolecía de toda clase de servicios básicos, o le sobrevivían de manera harto precaria. Y me pilló el 23-F, además, en compañía de unos músicos (Gualberto sevillano y Luis Fatás aragonés) que venían dispuestos a trabajar y divertirse, mi familia (madre, mujer e hijo de corta edad), y un centenar de cabras. Recuerdo que habíamos escuchado a través de la radio las noticias de la toma del Congreso por la guardia civil y la ocupación de las calles de Valencia por tanques, lo que ocasionó tal zozobra entre los músicos que dudaban entre salir escopeteados o finalizar el trabajo que les había conducido hasta el pueblo. Por su parte, mi madre sollozaba indicándome que estaba ocurriendo lo mismo que en el treinta y seis, cuando Franco dio el golpe de Estado, y que esto no podía significar sino el comienzo de una nueva guerra civil.
Mis amigos, cada dos por tres se acercaban al único teléfono público que disponíamos en el pueblo (qué lejos se encontraban aún los móviles), y traían nuevas noticias cada vez más alarmantes. Por mi parte me encontraba, no se si producto de mi natural optimismo, tratando de animar a todos y sacarlos de sus temores, miedos y angustias. Además, en mi fuero interno, la situación me parecía divertida, más próxima a una farsa y hasta un esperpento valleinclanesco que me producía la sensación de asistir a un acto más de la tragicomedia española, que de modo cíclico se representaba en el teatro de la historia.
Pasaron los días, y tras el desenlace conocido me contaron algunos acontecimientos sucedidos, como la precipitada huida hacia la frontera de quienes se sentían significados antifranquistas; o como los movimientos pro-golpistas entre quienes se sintieron significados franquistas y, en general, una actitud entre expectante y resignada de la mayoría de los ciudadanos que conocía. A todos ellos, mis impresiones sobre cómo viví o sentí los acontecimientos de ese día y, sobre el carácter entre grotesco y surrealista del golpe de Estado, no se las pude trasladar en ese momento, pues nadie quería reconocerse en mi papel de espectador que ríe y se despacha a carcajadas. Carcajadas provocadas por las escenas que se sucedieron en esa obra tomada por tragedia, pero con guión de Rafael Azcona y, donde el absurdo, grotesco y ridículo español adquiere categoría humana.

LA CASAMANCE SE DECLARA EN PAZ
En mayo de 2014 leí una noticia que me llegó al corazón: La Casamance (Senegal), al sur de Gambia, ha declarado finalmente que la guerrilla que se había implantado durante 32 años en la región había decidido dejar la lucha armada.
Y me ha colmado la noticia porque conocí la Casamance en 2007, en un viaje de placer por las playas paradisíacas de Cap Skirring, y desde las que realicé numerosos viajes al interior en coche o en piragua. En uno de esos viajes, recuerdo un paisaje de bosques, ríos y caminos sin asfaltar, llegamos a una aldea donde parecía reinar el mismo sentido de libertad y seguridad que ya habíamos comprobado en otras, hasta que un enorme árbol tumbado nos cerró el paso y nos obligó a bordearlo; y justo al doblar ese pequeño desvío, veo un todo terreno descubierto con varios militares armados hasta los dientes, que en la espesura me sobresaltaron cuando además observé que uno nos apuntaba con lo que a mi me pareció un potente cañón antiaéreo, por su longitud y por el brillo plateado y metálico con que refulgía.
El chófer que habíamos contratado habló un tiempo interminable con ellos y pareció que nos iban a dejar pasar, pero quien parecía el jefe de esa pequeña tropa insistió en algo. No sabíamos si eran guerrilleros o bien eran militares de la cercana capital Ziguinchor, ni tampoco sabíamos si querían papeles o querían alguna mordida. Todo pasó muy rápido, pero mi impresión es que algún dinero cambió de pantalón y poco después pudimos continuar el camino.
Es una escena que no parece muy impresionante, pues ya habíamos sido advertidos del conflicto y del peligro que suponía la existencia de minas antipersona (de hecho nos prohibieron internarnos en el Parque Nacional de Basse-Casamance), si nos salíamos de los caminos hollados, pero hay algunos detalles que ahora me llegan a borbotones. Uno es la sensación de vida placentera, tranquila y sosegada que se respiraba en la aldea, donde había mucha actividad provocada por los juegos de los niños y el trajinar de las mujeres entre las chozas. Otra es que los sonidos eran los habituales de una zona con exuberancia de fauna y vegetación, y todo ello te embebía en esa sensación de paz.
Como en muchos lugares de La Casamance donde fuimos (Ourong, Oussouye, Kafountine, M´Lomp, Elinkine), encontramos a personas que nos acogieron con tanta cortesía como si se tratara de los amigos de toda la vida. Posiblemente pertenecían todos a la etnia de los Diola, pero nunca nos hicieron ver sus diferencias frente a los Wolof, la etnia mayoritaria de Senegal. Tan sólo aquel instante del encuentro con los militares, me llevó de un salto hasta las imágenes que guardaba de documentales y películas sobre fieros guerrilleros negros, armados hasta los dientes y dispuestos a secuestrar, violar y asesinar al estúpido turista aventurero.
Volví a Senegal dos años después pero ya no pisé La Casamance.


