HACE MUCHO CALOR

Hace falta valor, ven a la escuela de calor. Así decía el estribillo de la canción de Santiago Auserón, donde aparecen imágenes de calles abrasadas por el sol. Y con esas imágenes nos asfixiamos y sofocamos en una nueva ola de calor que supera todas las mediciones anteriores desde que hay registros. Así nos presentan la información meteorológica, cada vez que asistimos a una subida por encima de los 40 grados, dando por descontado que toda la sociedad acepta el cambio climático y el calentamiento global como inevitable, como si no fuera una responsabilidad colectiva la toma de medidas que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero. Ahora bien, no es una responsabilidad común, sino diferenciada en función de si hablamos de gobiernos, empresas, ciudadanos e incluso naciones, pues cada uno de ellos tienen obligaciones concretas según su grado de implicación en el calentamiento global.

Hay algunas personas que han asumido que el debate sobre la evidencia científica del cambio climático se debe más a una agenda ideológica, tachando las medidas para afrontarlo como “fanatismo climático” o “ecologismo pijo”. Es el caso de las organizaciones de extrema derecha, las cuales sostienen que hay que adaptarse en vez de establecer medidas que limiten las emisiones de gases de efecto invernadero, básicamente las procedentes de los combustibles fósiles como el petróleo y el carbón. Y es comprensible que adopten este discurso, toda vez que a nivel global, la geopolítica gire en torno al dominio y posesión de dichos combustibles y su mercado monetario, principalmente los petrodólares, hoy por hoy en manos de Estados Unidos y de su cabeza presidencial Donald Trump, principal valedor de dichas organizaciones de extrema derecha.

En el lado opuesto renacen nueva organizaciones y movimientos que reclaman alternativas al consumo de estos combustibles fósiles, con energías renovables principalmente la solar y eólica, y de las que nuestro país goza ampliamente, así como los biocombustibles. Otras reclaman la protección del medio ambiente, el decrecimiento mediante la reducción del consumo material y energético, así como la simplicidad priorizando la calidad de vida, el tiempo y las relaciones personales. En otro plano, observamos un movimiento que podríamos denominar de neorrurales, para ocupar localidades y lugares que generaciones anteriores abandonaron en beneficio del desarrollo urbano.

MOVILIDAD INSOSTENIBLE

Una mujer se quejaba de un grupo de mujeres que se habían parado para hablar en la calle y le molestaban en su tránsito. Me recordaba a la Ley de Orden Público de la dictadura franquista, cuando la policía daba la orden de “circulen” para evitar la reunión o concentración de tres o más personas. Y es que la calle para esta mujer, así como para la administración municipal, se ha convertido en un territorio que atravesar, por el que circular sin parar, todo lo más, en algún escaparate o en la terraza del café más cercano.

Quienes hemos conocido la ciudad de Logroño como un lugar estancial, donde las calles era el espacio de juego de los pequeños y de relación entre los vecinos y donde los vehículos más usuales eran los de transporte de mercancías, no podemos aceptar que nos dejen espacios mínimos llamados calles, donde nos arraciman y aprietan, sin poder detenernos y hablar, o sentarnos en un banco siempre que haya alguno dispuesto, o a la sombra de un árbol siempre que no lo hayan talado y hormigonado el alcorque. Sabemos que la administración municipal obtine réditos económicos del espacio público, bien por su venta mediante su privatización o bien a través del alquiler, pero debería entender que los espacios públicos tienen dimensiones, no sólo económicas, sino sociales, culturales y políticas, de contacto entre la gente, de relación e identificación, de organización y de actividad.

Es totalmente irracional que Logroño disponga de más de 92.000 vehículos para circular, cuando el número de hogares no supera las 78.000 familias, algunas de las cuales disponen de varios vehículos que exigen y demandan más espacio público por donde circular y aparcar, reduciendo a su mínima expresión el espacio estancial que es, o debería ser, de dominio público y sociabilidad y en el que confluyeran identidades diversas animadas por un uso social colectivo y democrático, y no básicamente privativo.

Así pues, a los gestores de la administración municipal, les digo que no se puede diseñar el espacio público tan sólo en beneficio de intereses privados, sean estos aparcamientos en superficie, o terrazas que jibarizan las aceras. El uso y gestión de lo público no debe hacerse sin la participación de los ciudadanos, sin su concurso, sin la integración de cuantos grupos y colectivos convergen y se relacionan en esos espacios. Logroño no se merece la actual movilidad insostenible.

A VUELTAS CON LA NATALIDAD

Andaba yo preocupado con los gastos que supone la crianza de un hijo, mucho más acuciantes en las familias monoparentales por la falta de empatía de la Administración, que si bien por un lado se asusta ante lo que ellos llaman invierno demográfico, apenas actúan para mejorar la situación de las madres en disposición de tener un hijo y criarlo, pues ante las dificultades económicas derivadas de empleos precarios o mal pagados, de acceso a una vivienda digna, o de seguridad emocional, se suma la incertidumbre en la capacidad económica para criar un hijo, es decir, alimentarlo, vestirlo y darle educación, cuidar su salud y medio ambiente, sin un ápice de colaboración institucional en ese largo periodo que va desde el nacimiento hasta cierta independencia juvenil.

Más allá de la supuesta gratuidad del sistema educativo o del sistema de salud, o los mil euros que recibe la madre por nacimiento, no hay ayudas económicas reales para la crianza y desarrollo de los hijos y, no, no hay empatía por parte de la Administración, que sigue pensando que el descenso de la natalidad es un fenómeno propio de una sociedad moderna que deja en manos de las mujeres la decisión de tener un hijo casi al límite de su edad fértil, allá por los 45 años.

Para enfrentar la cuestión de la natalidad hay que partir del aparente antagonismo que es el envejecimiento. Desde un punto de vista positivo, el envejecimiento se considera como un éxito de la sociedad que a su vez se combina con un punto de vista negativo que es la disminución de las tasas de natalidad, es decir el número de nacimientos vivos por cada 1.000 habitantes durante un año determinado (en La Rioja 6,18 hijos).

Y aquí está la paradoja, pues un aumento de la esperanza de vida y, por tanto, descenso de la mortalidad, ha traído aparejado el descenso de la natalidad, del número de nacimientos, los cuales son cada vez más dilatados en el tiempo vital de las familias o de las mujeres. Y es que no hay un control de natalidad tan eficaz como el aumento de la educación y el trabajo de las mujeres fuera del ámbito doméstico.

El éxito del envejecimiento proviene de la mejora de la asistencia sanitaria y el progreso de la medicina, en la superación de enfermedades y la contención de las epidemias, auténtico obstáculo que frenaba el descenso de la mortalidad, principalmente la infantil. También, el envejecimiento y el aumento en las expectativas de vida han posibilitado un mayor conocimiento y conciencia sobre la planificación y el control de la natalidad permitiendo un cambio en las expectativas que los padres depositaban sobre los hijos, pues estos ya no son considerados como el seguro de vejez.

Además, esto está permitiendo por una vez, y puede que definitivamente, el aumento del nivel educativo y de la actividad profesional de las mujeres, las cuáles reclamaban la igualdad de género y la corresponsabilidad en la crianza y cuidado de los hijos, o mejor dicho del hijo deseado.

En este contexto de baja natalidad, el presidente del Gobierno de La Rioja, Gonzalo Capellán, propuso en el último pleno del Parlamento regional matar moscas a cañonazos, es decir, la ampliación de la edad máxima para acceder a tratamientos de fertilidad en la sanidad pública de los cuarenta a los cuarenta y dos años, olvidando que además de parir un hijo hay que criarlo, y esto sí que necesita ayudas institucionales.

TAUROMAQUIA

A modo de declaración personal, ni entiendo la tauromaquia, ni me gustan las corridas de toros. Tampoco creo que se pueda definir como fiesta nacional y mucho menos como cultura española, en todo caso como una actividad, una costumbre compartida por un grupo de españoles cada vez más reducido. Digo esto, al hilo de la polémica creada tras la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia, en la que el ministro justificaba su decisión porque ha cambiado la sensibilidad social respecto al maltrato animal y «sólo el 2% de los españoles van a los toros».

Lo cierto es que ya hace unos años, cuando aún coordinaba los cursos de veranos en la UR, sobre “Derecho animal, ética y sociedad”, partíamos desde aquella vieja consideración de los animales como bienes al servicio del ser humano, a unos planteamientos más recientes en los que se reconoce a los animales como seres sintientes y, en consecuencia, merecedores de protección.

En su exposición de motivos, la Ley 6/2018, de 26 de noviembre, de protección de los animales en la Comunidad Autónoma de La Rioja, señala que en las últimas décadas ha proliferado en las sociedades más civilizadas un sentimiento sin precedentes de protección, respeto y defensa de la naturaleza en general y de los animales en particular, convirtiéndose en un asunto de índole cultural que importa al conjunto de la ciudadanía.

Hoy en día, y en nuestro país, se están dictando sentencias que implican privación de libertad para aquellos que cometen delitos de maltrato animal, desde que nuestro Código Civil dejó de considerar cosas a los animales para categorizarlos como seres dotados de sensibilidad. Sin embargo, parece que hablar de derecho animal, animalismo o antiespecismo estuviera acotado, como si la protección animal fuera un tema menor o insignificante.

Otras cuestiones se suman a este debate. Entre las más comunes siempre surge al calor de la discusión los que enarbolan la bandera de la libertad diciendo: a mí me gustan los toros, si a ti no te gustan no vayas, pero no pretendas prohibirlos. Sin embargo, ninguna libertad o derecho (tanto individual o colectivo) es ilimitado. Incluso los derechos y libertades fundamentales (los de nuestro texto constitucional) tienen límites y excepciones.

Es en este punto donde para abordar el debate de la protección animal desde una perspectiva ético-jurídica conviene tener en cuenta algunas consideraciones como la ideología política donde la protección animal nada tiene que ver con una cuestión de derechas o izquierdas, pese al rédito político que se pretenda obtener desde distintas filas, porque ni ser asiduo a las corridas o festejos taurinos te convierte automáticamente en ejemplo moral de español, ni ser antitaurino se traduce en antisistema. La pertenencia de un hecho cultural a la tradición histórica no implica que tenga que perpetuarse en el tiempo.

En el mercado, si la cría de animales para su venta o los espectáculos taurinos son actividades que generan riqueza, cada vez menos si no es por las subvenciones, no es menos cierto que la protección ambiental y animal es un nicho económico con mayor proyección de futuro. Por otro lado, sabemos que existen actividades en el mercado que mueven grandes cantidades de dinero y nadie duda de que son ilegales y/o inmorales (trata de seres humanos, comercio de armas, drogas, etc.).

Centrando el debate, y asumiendo que los animales son seres capaces de sentir dolor, cualquier argumentación que eluda la protección animal pasa por asumir que pudiendo optar por un sistema justo, elegimos otro, injusto. Así que, cuando se atenta contra el medioambiente y los seres vivos que forman parte de él, ya sabemos que se atenta contra la integridad del propio ser humano.

A VUELTAS CON LA NATALIDAD

Cada poco tiempo, cuando se publican estadísticas demográficas, asistimos a un sinnúmero de mensajes plagados de tópicos que apuntan a una supuesta crisis demográfica, mediante una imagen alarmista que aparece dibujada a través de una sociedad sin niños y en la que no se podrán sostener y pagar las pensiones, cuando lo cierto es que estamos asistiendo a una auténtica revolución reproductiva.

Si observamos el cambio en la estructura piramidal de la sociedad, vemos que los niños que nacen ahora en La Rioja no se mueren como antes (en 1975 eran diecisiete por cada mil nacidos vivos mientras que en 2022 han sido cuatro). Por su parte, la esperanza de vida al nacimiento es mucho más alta (al principio del siglo XX no llegaba a los 35 años, mientras que en 2022 alcanzó los 83 años). Al aumentar la esperanza de vida ya no es necesaria la natalidad de antaño. Cuando se han ganado años de calidad de vida, la población rejuvenece. la reproducción debe leerse no sólo como la fecundidad, sino también como los años vividos y en este sentido ha habido una revolución.

Hoy los padres se vuelcan en el cuidado de los hijos en todos los aspectos, y estos hijos se volcarán a la vez en el cuidado de los suyos, hasta que las generaciones apenas pierdan efectivos antes de llegar a la vejez, de modo que las altas fecundidades del pasado se vuelven innecesarias y la mujer se ve liberada de aquella “obligación” reproductora, añadiendo un valor altísimo a cada nueva vida traída al mundo.

Lo que sí nos sigue faltando en esta revolución reproductiva son políticas de conciliación, cambios en el sistema laboral que atiendan a la carrera profesional de las mujeres, al desempleo y la precariedad, a las desigualdades de género y, sobre todo, a políticas públicas que redistribuyan de forma más equitativa los costes asociados a la crianza de los hijos/as –sobre todo en los primeros años– entre las familias y la sociedad, y que promuevan la corresponsabilidad en los cuidados de mujeres y hombres. Pero ese es otro cantar.

SUCESIÓN FAMILIAR

Quiero aclarar que no voy a hacer ningún comentario sobre Successión, esa serie televisiva sobre una familia disfuncional y poderosa que narra las vicisitudes del patriarca y sus cuatro hijos acerca de quién será el sucesor de este y, por tanto, se hará con el control del poderoso holding de empresas audiovisuales y medios de comunicación que posee. Ni tampoco se trata de comentar nada acerca de la sucesión en la Jefatura del Estado, que como todos conocemos sería la princesa de Asturias Leonor de Borbón.

No, yo quiero hablar de la sucesión política o, mejor dicho, del traspaso de liderazgo político a los miembros de la familia del líder o lideresa. Me estoy refiriendo a lo ocurrido en la organización de la izquierda unida de Henar Moreno, que desde que accedió a dicha organización como coordinadora en 2008, se ha aplicado en patrimonializar el poder casi de modo autocrático, donde las figuras emergentes en las luchas de poder eran inmediatamente sometidas o expulsadas (el caso más reciente lo protagonizó el joven periodista y concejal del ayuntamiento de Logroño, Gonzalo Peña).

Izquierda Unida ha sido un grupo extraparlamentario que no llegaba al mínimo electoral necesario para entrar en el Parlamento riojano, hasta que optó por la estrategia de unirse a la declinante organización de Podemos, que le ha permitido por fin acceder al estatuto de diputada, con esta su segunda legislatura, casi al borde del mínimo necesario para entrar (5,09%).

Sumar, por su parte, es un proyecto de la mayoría de las fuerzas de izquierdas, pero para Henar Moreno no caben otras fuerzas que la suya y la de Podemos, y ésta en segunda fila, que es como decir os queremos, pero lejos.  Por esto, sin realizar la necesaria y sana autocrítica por los pésimos resultados obtenidos y viéndose en la necesidad de organizar las candidaturas para las elecciones generales, Henar Moreno se ha rodeado de los fieles escuderos que aceptan su liderazgo sin cuestionarlo, para legitimar en dicho entorno político un sorprendente proyecto de sucesión familiar, como es colocar a marido e hija en las candidaturas de Sumar para las próximas elecciones generales.

DESASOSIEGO

Llevamos varios días en los que notamos cierto malestar y no sabemos atribuirlo a alguna situación en particular. Puede ser que el cambio horario nos haya alterado algo más de lo habitual, pero lo cierto es que el cambio se produjo a finales de marzo y ya nos hemos hecho a la nueva rutina del periodo estival. Esto también nos puede hacer pensar que ha sido con la llegada de la primavera y el aumento de la luz, la causa de que suframos cambios hormonales que alteran nuestro estado emocional, aunque sería más propio de estos cambios el aumento de la energía, la vitalidad y por añadidura la alegría.

 Entonces, a qué se puede deber nuestra inquietud, nuestra desazón de estos días. Puede ser que los problemas de carácter económico sean el origen de esta intranquilidad que nos acompaña, como ocurre con la subida de los tipos de interés hipotecario, o quizás la inflación, principalmente con la subida de los precios de los alimentos básicos que nos invita a repensar la cesta de la compra y el menú cotidiano. La verdad, es que todos los problemas económicos en su conjunto nos producen esa sensación de ansiedad con la que nos levantamos de la cama, mal dormidos, o no habiendo descansado suficientemente como para disponer de la energía necesaria con la que afrontar los nuevos días.

Y si atendemos a las noticias, estoy seguro que siempre nos dejan un poso de intranquilidad, aunque no nos atañan personalmente pero sí indirectamente, como ocurre por ejemplo con las predicciones del tiempo, la sequía y el cambio climático, o con la política verde y la ecología, que ya no va  a tener representación electoral en las elecciones del 28 de mayo por exigencia de IU en su acuerdo con Podemos, y que en definitiva deja la lucha contra el cambio climático que debería ser de carácter transversal y prioritaria, como un mero adorno programático, o incluso puede que ni siquiera aparezca.

En definitiva, son muchos las causas de ese malestar que no logramos situar, y por las que no tenemos paz ni reposo y sí desasosiego.

VACIADA SIN REMEDIO

Desde que en 2016 el escritor Sergio del Molino publicara su ensayo “La España vacía” sobre la despoblación del mundo rural, este adjetivo similar al concepto de deshabitado o desocupado, se ha utilizado como referente en la agenda política de ayuntamientos y comunidades para proyectar y desarrollar planes con los que atender la situación de la despoblación rural, pero también como marca de identificación de nuevas agrupaciones políticas que concurren en periodo electoral. Incluso hemos llegado al punto de disponer en el Gobierno de la nación de un ministerio para el reto demográfico y la despoblación.

Tenemos que numerosos y diversos agentes políticos están empeñados en ofrecer soluciones a la pérdida de población del medio rural, ya de por sí muy envejecida. Sin embargo, podemos observar que cuando llegan los meses estivales los pueblos se llenan de vida, con personas de todas las edades, ocupando el conjunto de viviendas disponibles en cada localidad, incluso aquellas que fueron abandonadas en su totalidad pero que hoy han comenzado a recuperarse y dotarse de servicios básicos con los que reiniciar su vida, efímera ciertamente, durante los meses de verano.

Esta aparente contradicción entre el periodo estival y el resto del año nos muestra en primer lugar la falta de vivienda para nuevos moradores que quisieran realizar sus actividades, no necesariamente las tradicionales, en cualquier localidad rural, toda vez que los herederos de esa España vaciada demandan por sus ruinas, corrales, pajares o bodegas, el mismo precio que si estuvieran en el medio urbano. Y ya, si son las casas las que pretenden vender, generalmente con los muebles de quien las habitó hasta fallecer, que ni el pudor les asusta para mostrar en las webs de Idealista o Fotocasa, su precio alcanza lo exagerado, toda vez que casi siempre necesitan reformas que tengan en cuenta la calidad de vida de una vivienda urbana.

Así pues, difícilmente se logrará repoblar nuevamente el ámbito rural si no se da la posibilidad de que nuevos habitantes la integren, pues son los propietarios del vacío los que lo impiden al convertirlo en un producto más del mercado, en este caso inmobiliario.

CHIRINGUITOS POLÍTICOS

Cuando hablamos de chiringuitos nos viene a la mente la imagen de un pequeño establecimiento a pie de playa que ofrece bebidas y, en ocasiones comidas, y que posee terraza o mesas al aire libre. También nos viene de forma machacona el estribillo de aquella canción del verano de 1988 de Georgie Dann.

Pero no es de estos chiringuitos de los que quiero tratar, sino del chiringuito político, nombre con el que se designa a toda clase de organismos, oficinas, sociedades, fundaciones, direcciones generales, etc., que crean los políticos de las diferentes administraciones con el fin de colocar a familiares, amigos, militantes, etc., desempeñando trabajos a menudo innecesarios, pero cobrando buenos sueldos. Partimos del hecho cierto, de que todos los partidos políticos generan este tipo de chiringuitos, pese a que no todos los políticos participan o aceptan la existencia de estos.

Quizás el chiringuito más conocido por su repercusión mediática es la Oficina del Español, creado por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Diaz Ayuso, para el actor Toni Cantó. Sobre su trabajo nunca supimos gran cosa, pero sí destacó su salario de 75.000 euros anuales.

Más recientemente, el líder de la extrema derecha VOX, y vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Juan García-Gallardo, con un salario de más de 80.000 euros anuales, dedica casi 1,2 millones de euros en pagar al personal a su cargo, pese a que la gestión del presupuesto de esta vicepresidencia apenas supera los 112.000 euros. Ya en clave riojana, la coalición Unidas Podemos se quebró tras la proclamación de los resultados, donde la diputada Moreno fue la primera en exigir el cargo de vicepresidenta del Parlamento dando entrada a su camarilla de militantes, mientras que la diputada Romero, por elevación, negoció un cargo de consejera en el Gobierno dando entrada a sus amigos manchegos. Una vez consiguieron sus puestos de poder, se redactó un memorándum de proyecto político como si esto hubiera sido objeto de negociación, aunque ni una ni otra engañaron con su postureo político, pues el pescado ya estaba vendido y el Gobierno había hecho un buen negocio a precio de saldo.

BOCAGRANDE (CARTAGENA DE INDIAS)

En mi periplo tras las notas de Gabriel García Márquez en su “Vivir para contarla” había anotado como un lugar a recorrer la ciudad de Cartagena de Indias y la desembocadura del río Magdalena en el mar Caribe. Es cierto que en apenas unos días no podría hacer mucho más allá que encontrar la casa de Gabo y situarme en algunos de los rincones por donde él había vivido, obviando por la premura, Santa Marta, Barranquilla o alguna de las ciénagas por donde discurrió su infancia y juventud.

Se acercaba el fin de año y no tenía aún reserva hotelera. Afortunadamente, y sin salir del aeropuerto, encontré en Internet un alojamiento que no fuera el hotel Caribe, un hotel en varios sentidos muy parecido al Nacional de La Habana y uno de los pocos que aún mostraban plazas libres. Era un éxito pues en Navidades todos los colombianos con capacidad se trasladan a Cartagena y agotan las posibilidades de un alojamiento medianamente digno si no es desembolsando por temporada alta. Finalmente, el hotel que encontré fue el San Pietro, situado en Bocagrande, un territorio al sur de la ciudad totalmente urbanizado con numerosos rascacielos y torres hoteleras y comerciales.

Bocagrande es una península que unida por tajamares y espolones a la isla de Tierrabomba ha ganado superficie al mar, y simula una franja de tierra en forma de L invertida, que situada entre el mar Caribe y la bahía de Cartagena da comienzo, o fin en mi caso, en la Base Naval desde donde se empieza a vislumbrar ya el recinto amurallado de la ciudad colonial. Los días que pasé allí, salía a bañarme desde el hotel a primera hora, para retirarme antes de las once cuando el sol tropical empezaba a quemar, aunque un día en las islas coralinas me quemé mientras practicába buceo. Advertido de la presencia de multitud de masajistas y vendedores de todo, me desplazaba en chancletas y bañador y una toalla donde dejaba el protector solar; aun así no tuve más remedio que asegurar a varias masajistas que ya me habían fichado, que ellas serían las encargadas de darme sus publicitados masajes playeros, cosa que evité en mis cortas incursiones a estas playas.

A fin de orientarme sobre Cartagena, el primer día decidí ir en un tour programado a alguna de las zonas altas de la ciudad desde donde poder hacerme con un plano de situación de la ciudad. Dicho y hecho, el primer punto alto (más de 170 m. de altitud) desde el que poder hacerme con la ciudad fue el convento de la Candelaria en el Cerro de la Popa, denominado así porque tiene cierta similitud con la popa de una embarcación.  El convento está llevado por los Agustinos desde el siglo XVII y está consagrado a la virgen de la Candelaria, patrona de la ciudad, aunque también ha servido de cuartel y fortín, siendo restaurado en 1964.  En su interior me llevé una gran sorpresa cuando pude observar que entre las reliquias se encontraba las de un riojano, el alfareño Ezequiel Moreno, que Juan Pablo II declaró santo en 1992. Se lo comenté a la guía y ésta me descubrió la faceta política conservadora del que fuera obispo en Colombia y enemigo del partido liberal colombiano, y cuyo mantra más difundido fue “el liberalismo es pecado, enemigo de la Iglesia y del reinado de Jesucristo y ruina de los pueblos y naciones”. Vamos, en línea con esa visión dicotómica de la política que tanto arraigo ha tenido y tiene.

En la parte posterior se encuentra el sitio más escabroso de la colina, el llamado Salto del Cabrón, porque según la leyenda, Fray Alonso de la Cruz, arrojó un macho cabrío de oro, llamado Busiraco, objeto de culto y adoración.

Desde este gran mirador desde el que se puede observar los cuatro puntos cardinales de la ciudad nos dirigimos a la colina de San Lázaro donde se encuentra la fortaleza militar más grande del continente americano, el fuerte Castillo de San Felipe de Barajas, erigido en un punto estratégico desde el cual se podía advertir cualquier intento de invasión de la ciudad por tierra o por mar salvaguardando la ciudad de los ataques de piratas que llegaban a saquearla. Aunque se inició su construcción en 1536 y concluyó un siglo después (en tiempos de Felipe IV), fue en 1762 cuando la amenaza de una nueva guerra con Inglaterra decidió el reforzamiento de sus defensas. Leo en un panel que el ingeniero Antonio de Arévalo fue el encargado de este refuerzo con baterías colaterales que daban cabida a 63 cañones y que a su vez quedaban protegidos por una muralla alta y de gran pendiente que impedía escalarla. En su interior dispuso de un intrincado tejido de túneles, galerías, desniveles y trampas, por las que terminamos adentrándonos como buenos defensores, hasta desembocar en una zona de servicios y tiendas de souvenirs.

Cuando salimos de la fortificación, un gran número de vendedores de licor de caña, frutas, sombreros y todo el merchandising del Castillo se arremolinaban alrededor de la estatua del comandante general Don Blas de Lezo, defensor en 1741 del ataque del almirante Vernon, pese a ser tuerto, cojo y manco; vamos, un Millan-Astray de la época.

Ya de vuelta recogí una vez más el maravilloso anochecer caribeño que me evocaba sin remedio a la persona que amaba en la lejanía.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

6

6a

6b

7

8

10

11a

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

25a

25b

26

27

28