VIVIENDAS ASEQUIBLES

Hay que reconocer que el mercado inmobiliario está haciendo una magnífica labor educativa. Gracias a él, una generación entera ha aprendido conceptos que no figuraban en sus planes de estudio: rentabilidad por metro cuadrado, avales, fianzas, euríbor y esa misteriosa categoría de inmueble llamada «asequible», que suele significar que si estiras los brazos puedes tocar dos paredes a la vez.

Buscar un piso para vivir se ha convertido en una actividad parecida a buscar vida inteligente en otro planeta: hay anuncios, fotografías y muchas expectativas, pero las posibilidades de encontrar algo habitable a un precio razonable son aproximadamente las mismas. Una de las grandes innovaciones de nuestro tiempo, es que, si tienes dinero, puedes acceder a una casa; pero si no lo tienes, puedes demostrar que eres perfectamente capaz de pagarla durante los próximos treinta o cuarenta años, aunque eso ya parece una extravagancia.

El problema es que seguimos teniendo la absurda costumbre de querer vivir cerca del trabajo, incluso próximos a nuestros familiares y amigos. Qué falta de ambición. Con un poco de esfuerzo podríamos dormir perfectamente en otro pueblo o en otra provincia y dedicar horas diarias al desplazamiento.

Por su parte, alquilar exige ahora una pequeña ceremonia de iniciación. Nóminas, contrato, aval, referencias, depósitos y, si se tercia, una declaración jurada de que uno no tiene intención de vivir indefinidamente. Todo para demostrar que puede pagar una cantidad mensual que, curiosamente, se aproxima o supera el 50% de un salario completo.

Y mientras tanto seguimos utilizando la palabra «asequible» con una alegría admirable. Asequible para quién, sería una pregunta interesante. Quizá para un fondo de inversión. Quizá para alguien que considere normal pagar 900 euros por 70 metros cuadrados y describirlo como «una oportunidad».

Resulta extraño que pedir precios razonables se haya convertido en una exigencia radical. Se pide algo bastante menos ambicioso: un lugar digno donde vivir sin que el contrato de compra o alquiler se coma el futuro. Porque una ciudad no puede ser únicamente un escaparate de inmuebles que la mayoría mira desde fuera. Y quizá haya llegado el momento de recuperar una vieja idea, casi revolucionaria: que las casas sirvan para que la gente viva en ellas.

EL ALGORITMO

Hasta hace unos años, para saber qué le gustaba a una persona había que conocerla. Hoy día, el algoritmo, una cosa que no conoce nuestro nombre y que nunca hemos visto, sabe de nosotros más que muchos amigos, tiene clarísimo qué nos gusta y nos entretiene y hasta nos hace perder el tiempo sin provecho ni descanso.

Todo empieza de manera inocente. Un día buscamos en internet cómo cuidar una planta. Al día siguiente, nos ofrece vídeos sobre rosales y, finalmente, un tutorial de veinte minutos sobre cómo cultivar tomates en la terraza. El algoritmo ha decidido que somos agricultores, precisamente nosotros, que apenas conseguimos que sobreviva un cactus.

Lo admirable es esa confianza que tiene en sus propias conclusiones. Uno puede haber mirado un producto por simple curiosidad, pero el algoritmo no contempla esa posibilidad. Para él, curiosidad significa intención de compra. Si buscamos una bicicleta, probablemente nos propondrá también un casco, unas mallas y, puestos a soñar, una bicicleta de alta montaña. Así, poco a poco, el algoritmo va construyendo un retrato de nosotros y empieza a conocernos mejor de lo que nos gustaría.

Sabe qué vídeos vemos, cuáles ignoramos, dónde nos detenemos y cuánto tiempo permanecemos mirando una foto. Nosotros creemos que estamos navegando libremente por internet, pero en realidad vamos avanzando por un camino que alguien ha preparado cuidadosamente para nosotros.

Y quizá ahí esté la verdadera ironía: todavía creemos que elegimos. No es que el algoritmo nos obligue a elegir; simplemente consigue que algunas opciones aparezcan delante de nuestros ojos una y otra vez, hasta que terminamos creyendo que las hemos escogido nosotros. Precisamente se ha demostrado cómo los bot, o programas informáticos que realizan tareas automáticas y repetitivas, influyen en el comportamiento electoral, tal y como ha ocurrido con el éxito de la extrema derecha en numerosos países.

El verdadero problema no es que el algoritmo sepa demasiado de nosotros, sino que nosotros sepamos cada vez menos de por qué elegimos lo que elegimos. Él aprende de nuestros clics; nosotros deberíamos aprender de nuestros propios hábitos.

Acabo de escribir esta columna, y el algoritmo ya me está recomendando siete formas de recuperar mi libertad de decisión. La primera incluye comprar una bicicleta eléctrica.

TURISTAS

Nuestras cortas, siempre cortas vacaciones, las hemos disfrutado, bien en un pueblo donde tenemos casa o familia para acogernos, o bien en cualquier lugar del país o del mundo al que viajamos como buenos turistas deseosos de conocer aquello que agencias, publicidad o amigos experimentados, nos dejaron entrever con fotos o relatos, azuzando de paso nuestra imaginación.

Y sí, hemos disfrutado poco o mucho, pero ha llegado el momento del retorno. Las obligaciones de la vida cotidiana llaman de nuevo a la puerta y tenemos que responder con renovado espíritu, con los sentidos cargados y la fuerza de los cuerpos descansados. Y retornamos. Lo primero es deshacer las maletas y prepararnos para el inevitable encuentro con la ciudad y sus gentes. A continuación, saludamos al vecindario y también a todos aquellos conocidos con quienes nos topamos en la calle y se encuentran dispuestos a escuchar nuestras aventuras veraniegas y, en su caso, viajeras. Se trata de dar más incentivos a nuestras experiencias turísticas mediante el asentimiento amable de nuestro interlocutor que, por lo general, se muestra amabilísimo y comprensivo.

Sin embargo, hay algo en este retorno que no encontramos satisfactorio, a pesar de que la ciudad sigue con sus calles de aceras mínimas y gigantescos parkings al aire libre, con sus avenidas sin grandes árboles, sin bancos y fuentes suficientes, y con el acostumbrado tráfico ininterrumpido. Pero no es la misma que habíamos abandonado al comienzo de las vacaciones, o al menos sentimos que hay algo distinto que hace de nosotros unos turistas en su propia ciudad.

Aunque no sabemos qué es, lo cierto es que la ciudad se ha preparado, organizado y expuesto, no para sus vecinos, si no para los forasteros y turistas que nos visitan. Se han creado y han aparecido por doquier, comercios y negocios para alojar, alimentar y calmar la sed de estos turistas diversos. La hostelería se ha apropiado de la la urbe provinciana que conoció Bardem en su Calle Mayor y, poco a poco han ido desapareciendo los comercios tradicionales en beneficio de las tiendas de souvenirs. Esta es la razón del porqué seguimos siendo turistas en nuestra ciudad, tras el veraneo turístico en otros lugares.

HACE MUCHO CALOR

Hace falta valor, ven a la escuela de calor. Así decía el estribillo de la canción de Santiago Auserón, donde aparecen imágenes de calles abrasadas por el sol. Y con esas imágenes nos asfixiamos y sofocamos en una nueva ola de calor que supera todas las mediciones anteriores desde que hay registros. Así nos presentan la información meteorológica, cada vez que asistimos a una subida por encima de los 40 grados, dando por descontado que toda la sociedad acepta el cambio climático y el calentamiento global como inevitable, como si no fuera una responsabilidad colectiva la toma de medidas que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero. Ahora bien, no es una responsabilidad común, sino diferenciada en función de si hablamos de gobiernos, empresas, ciudadanos e incluso naciones, pues cada uno de ellos tienen obligaciones concretas según su grado de implicación en el calentamiento global.

Hay algunas personas que han asumido que el debate sobre la evidencia científica del cambio climático se debe más a una agenda ideológica, tachando las medidas para afrontarlo como “fanatismo climático” o “ecologismo pijo”. Es el caso de las organizaciones de extrema derecha, las cuales sostienen que hay que adaptarse en vez de establecer medidas que limiten las emisiones de gases de efecto invernadero, básicamente las procedentes de los combustibles fósiles como el petróleo y el carbón. Y es comprensible que adopten este discurso, toda vez que a nivel global, la geopolítica gire en torno al dominio y posesión de dichos combustibles y su mercado monetario, principalmente los petrodólares, hoy por hoy en manos de Estados Unidos y de su cabeza presidencial Donald Trump, principal valedor de dichas organizaciones de extrema derecha.

En el lado opuesto renacen nueva organizaciones y movimientos que reclaman alternativas al consumo de estos combustibles fósiles, con energías renovables principalmente la solar y eólica, y de las que nuestro país goza ampliamente, así como los biocombustibles. Otras reclaman la protección del medio ambiente, el decrecimiento mediante la reducción del consumo material y energético, así como la simplicidad priorizando la calidad de vida, el tiempo y las relaciones personales. En otro plano, observamos un movimiento que podríamos denominar de neorrurales, para ocupar localidades y lugares que generaciones anteriores abandonaron en beneficio del desarrollo urbano.

IDENTIDADES TRIBALES

En las últimas semanas hemos conocido un fenómeno mediático denominado los “therians”, es decir, grupos de adolescentes y/o jóvenes (la clasificación de las personas por edades es siempre algo arbitrario), que se sienten vinculados a animales utilizando máscaras, gestos o movimientos con los que se identifican. En definitiva, una expresión más de tribus que se caracterizan por ser híbridas, digitales y efímeras. Unas siguiendo las tendencias, modas o pensamiento dominante y mayoritario en la sociedad, manifestándose a través del consumo de determinados productos culturales, artísticos o populares y, otras de carácter contracultural, promovidas a través de manifestaciones artísticas marginales y contestatarias, pero todas ellas creadas a través de las redes sociales, principalmente WhatsApp, TikTok, Instagram y YouTube-

El grupo tribal (tribu), es el espacio de relación interpersonal donde conformar y aprender aquellos roles necesarios para el desenvolvimiento social. En el seno del grupo se descubre la importancia de la pertenencia, pues el grupo o los grupos son quienes proporcionan un escenario social, un territorio propio en el que sus miembros experimentan la interconexión con otros y pueden representar los roles que corresponden a la identidad que han adoptado en su interior.

Adolescentes y jóvenes buscan y encuentran nuevos espacios de socialización alejados del mundo de los adultos. Nuevas vinculaciones con grupos de iguales donde alcanzan cierto grado de seguridad, a partir de la cual pueden someter a prueba las experiencias que les proporciona la vida. Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden al consumo de determinadas marcas, estilos de música, manifestaciones artísticas o contraculturales, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con el grupo, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas.

La estrategia de la uniformidad forma parte del proceso por el que se identifican con cada uno de los amigos que integran el grupo. A veces, el proceso es tan intenso que parece casi imposible la separación del grupo, e incluso parecen pertenecer más al grupo de amigos que a la familia. La relación con los integrantes del grupo proporciona seguridad y compañía, pues a los lazos de amistad se unen los de lealtad y confianza, constituyendo una fuente de apoyo en cualquier situación de crisis emocional.

NEGOCIO ECOEMBES

Estos días hemos visto en el Espolón y en el Ayuntamiento un enorme cajón amarillo indicando el tipo de envases que deben retirarse en el contenedor amarillo. Es una campaña publicitaria del monopolio Ecoembes, que se encarga de gestionar la recogida, separación y reciclaje de envases domésticos (plásticos, latas, briks, papel y cartón). En la producción de los envases reciclables nos cobra un dinero, igual que cobra de las empresas con la venta de materiales reciclados (por cada envase según peso y material). Además, también reciben subvenciones públicas. De este modo, a pesar de ser sus empresas responsables de la fabricación, distribución o envasado de productos, siempre consiguen ingresos; es decir, un negocio completo por lo comido y lo servido. Una auténtica economía circular.

El monopolio Ecoembes está constituida en un 60% por empresas envasadoras (Danone, Nestlé, Pepsico, Bimbo, Campofrío, Cerveceros, Henkel, Pescanova, etc, entre otras) y en un 40%  por supermercados y grandes distribuidores (Alcampo, Mercvadona, Lidl, El Corte Inglés, Dia, etc., entre otras).

Según Ecoembes, en 2024, sólo el 76,3% de los envases domésticos que sus empresas pusieron en el mercado fueron reciclados; es decir casi una cuarta parte forman parte del paisaje de basura del campo y las ciudades porque no ha sido debidamente recogido. Por su parte, el Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITECO), señala que sólo el 41,3% de las botellas de plástico de bebida puestas en el mercado son recogidas para el reciclaje; es decir más de la mitad de todas las botellas producidas acaban arruinando el medio ambiente.

Ya en noviembre de 2024 el Ministerio señalaba lo siguiente: se deberá implantar, en todo el territorio nacional y en el plazo de dos años, un sistema de depósito, devolución y retorno (SDDR), como los que se observan en casi toda Europa y que consiguen niveles de reciclaje por encima del 90%, totalmente verificadas estas cifras, toda vez que el retorno del valor del envase cobrado en su adquisición es para el comprador y no para Ecoembes, de ahí su oposición a este sistema.

Para la implantación de estos sistemas, además de las botellas de plástico, se podrán incluir otros envases y residuos de envases, de forma que se garantice la viabilidad técnica, ambiental y económica, que esperemos se desarrolle a lo largo de 2026.

DESCONEXIÓN

Tenemos dificultades para desconectar y descansar nuestra mente y ciframos nuestras esperanzas en la llegada del fin de semana o de las vacaciones. También hemos pensado en la probabilidad que tras las elecciones del 28 mayo se habrá acabado el bombardeo constante de mensajes, programas y opiniones de todo tipo (como si no fuera cierto que llevamos ya cuatro años en periodo electoral y además todavía nos faltan las elecciones generales de julio), para de ese modo acabar con el embotamiento de nuestra conciencia.

Pero cuando hablamos de desconectar nuestra mente y cesar el flujo de noticias y anuncios que invaden nuestra vida personal, no estamos pensando sólo en las elecciones y las campañas electorales, sino que estamos soñando en dejar atrás el agotamiento que nos producen las tareas y responsabilidades cotidianas. Porque son las preocupaciones del día a día las que despiertan en nosotros la ansiedad y el estrés que nos impide ese descanso necesario con el que revertir los sentimientos de tristeza o frustración que nos acompaña.

Yo he probado dejar fuera de mi vida ciertos estímulos adocenantes como la televisión, pero no he dejado de escuchar puntualmente programas informativos de radio o la lectura de la prensa. Y, sobre todo, no he dejado de lado las redes sociales como buen adicto a la tecnología. Así que de poco me ha servido dejar de lado un solo medio para desconectar.

Y, sin embargo, recuerdo de mi primera juventud cuando no sufría de insomnio o de dificultad para concentrarme, que pasaba los días realizando actividades placenteras, siendo consciente de lo que hacía y de lo que necesitaba sin el apremio de consumir. Y esto era posible porque pasaba mucho tiempo en relación con los demás y conmigo mismo, escuchándolos y escuchándome, manteniendo la comunicación y en conexión con la naturaleza.

Entiendo que si hoy nos cuesta tanto desconectar e interrumpir el nexo de una vida estresada y que nos ha conducido a ser el país del mundo donde se toman más tranquilizantes (ansiolíticos, hipnóticos, y sedantes), es porque nos hemos desconectado de la naturaleza y, por tanto, de nosotros mismos.

PLÁSTICOS Y ENVASES

Pese a que, con el nuevo año, en cumplimiento de los acuerdos con la UE en materia de prevención de residuos y economía circular, se incorpora un impuesto de 0,45€ por kilo de plástico utilizado para fabricar envases de un solo uso (envases no reutilizables que contengan plástico, tanto si se presentan vacíos como si se presentan conteniendo, protegiendo, manipulando, distribuyendo y presentando mercancía), seguimos con una legislación de las más bajas de Europa en materia de fiscalidad verde.

Es una medida que va contra el uso excesivo del plástico de un solo uso entre las grandes cadenas de supermercados, pues se trata de fomentar la economía circular y, en esta dirección, se obliga igualmente a los fabricantes a financiar la recuperación de aquellos envases que aparezcan en los contenedores generales o las papeleras y los que se tiren en el entorno, quizás una medida más importante que la propia imposición de una tasa a la producción del plástico, pues de ese modo se obliga a los fabricantes a que asuman el coste integral de la gestión de este material incluso cuando se presenta en forma de residuo. Esta disposición, como opera contra los fabricantes, traerá una reducción significativa de los plásticos.

Menos atención ha recibido el conjunto de los envases (latas y botellas de plástico), cuyo reciclaje sigue en manos de las principales compañías productoras, a través del lobby empresarial de ECOEMBES, pese a que su sistema de reciclaje apenas llega, según sus datos, al 70% de los mismos. Ecoembes se opone frontalmente al sistema SDDR (Sistema de Depósito, Devolución y Retorno), un sistema implantado en algunos países, como Alemania, con un éxito comprobado superior al 90% en la recuperación para su reutilización, gracias a contenedores donde las personas reciben una pequeña cantidad de dinero en el momento de su retorno. Lo más próximo que acepta es el sistema RECICLOS, por el que mediante una app se escanea el código de barras de la lata o botella de plástico a reciclar, y luego se escanea el código QR que hay en un contenedor, aunque el ciudadano digital no recibe dinero, pues se destina a ONGs

VIAJAR

Viajar es para quienes pueden viajar, porque de entrada no todos pueden viajar, sólo los occidentales y los ciudadanos de países reconocidos por éstos, y aun éstos últimos con dificultades, pues sus gobiernos pueden denegarles el pasaporte, y los gobiernos de los países de destino el visado. Y si pasan esos filtros administrativos, aun tienen otros que salvar como demostrar solvencia económica, adquirir plazas hoteleras y todo aquello que permita valorar que no se van a quedar una vez finalice el plazo establecido en el visado de entrada. Todos sabemos que los papeles que rellenamos en frontera no son sino una sarta de mentiras que necesariamente hay que firmar y que justifican la mala gestión administrativa, y así y sin empacho podemos decir que aceptamos todas las normas consuetudinarias, que no somos extremistas ni fundamentalistas, que venimos de visita y no a trabajar, así como todo  lo que les venga en gana a sus iluminados consejeros. Lo importante es declarar nuestro ánimo de contribuir a las arcas del país al que te diriges y que una vez agotados los recursos económicos nos iremos por donde llegamos porque de lo contrario nos declararán ilegales, carne de cárcel y expulsión.

Es verdad que hay muchos que consiguen pasaporte, visado y hasta disponen de recursos económicos para viajar seguros, pero sabemos que según sea el origen nacional algunos tienen vedados aeropuertos, puertos y estaciones. En este caso toman la incierta aventura de la inmigración irregular, pagan a los coyotes que les embarcan en botes inundables o piragüas de la muerte encomendándose a la naturaleza con la vana esperanza de llegar a la Europa que tanto han contemplado en las televisiones, gracias a los satélites de esas mismas potencias que ahora les niegan el paso.

Yo quería ir al Golfo de Guinea, concretamente a Douala (Camerún) y el viaje barato (low cost) consistía en coger la compañía Turkish Airlines que además de financiar el mundial de fútbol parece que también tenía dinero para una revista de papel couche de alto gramaje y fotografías a color de gran tamaño con el  desarrollo del autogolpe militar de Recep Tayyip Erdoğan  ofreciendo a los pasajeros de la línea  un recorrido visual desde las primeras noticias que aparecieron en occidente hasta el triunfo del eufemísticamente denominado moderado islamista Erdoğan. Toda la revista es patética y se encuentra en la línea publicitaria con la que se envuelven otros moderados dictadores y/o militares. Pobres millones de viajeros que una vez pensaron llegar a Europa y se quedaron a vivir en los campos de concentración turcos.

Me dicen que gracias a los vuelos baratos hay más gente que viaja a otros lugares del mundo, y puede ser cierto porque en los viajeros se cifra el beneficio de las compañías aéreas, pues aumentando la clientela lograron competir con ventaja frente a los compañías tradicionales cuyos resultados no están sólo función del número de pasajeros sino en función de los servicios prestados, por ejemplo mediante la distribución de los asientos creando un espacio por butaca superior a las lineas low cost, o destinos sin escalas o bien un tratamiento individualizado de los pasajeros, eso sí, distinto a los VIP, y los menús. Una estrategia reconocida fue limitar el número de aceitunas en los menús, lo que permitió un ahorro sustancioso en las cuentas de resultados al cabo de un año. Curiosamente  me fijé en que Turkish Airlines utilizaba en su menú dos aceitunas, una verde y una negra, todo medido con exactitud matemática para que las plusvalías sean las más ajustadas según criterios financieros de cada compañía.

Hoy día, con la crisis financiera muchas de aquellas compañías tradicionales cambian de estrategia y deciden la fusión entre ellas o su diversificación estructural uniendo a su flota de vuelos tradicionales otra flota de vuelos low cost, de modo que todas compiten en las mismas condiciones, con sus flotas de locos y de vuelos tradicionales, de modo que se organizan en torno a la demanda de dos tipos de pasajeros en función de su capacidad adquisitiva. A unos los consideran como de valor añadido y a otros los consideran de segunda clase embutiéndolos en paquetes turísticos del «Todo incluido».

Y luego están los aeropuertos, elementos que hasta ahora se consideraban subsidiarios de la implantación de líneas aéreas o vuelos regulares, pero que  con la publicidad del miedo y la paranoia del terrorismo han pasado a ser un elemento crucial en el gran negocio del viajar. Todos los pasajeros nos hemos visto de un modo u otro obligados a pasar por controles infames y humillantes y además obligados a pasar varias horas del viaje en estos interminables hormigueros humanos cuya única salida es la llamada del embarque, y donde la única opción vital que se ofrece es la del consumo. Con una clientela fidelizada durante horas, los aeropuertos se han convertido en un objetivo financiero y comercial de primer orden. Además el negocio estaba asegurado desde el momento en que construidos y pagados por los contribuyentes han sido malvendidos a grupos financieros, unas veces aduciendo pérdidas y otras ensalzando la eficaz gestión privada, ahora bien, sin la pesada carga de los trabajadores, los cuáles nunca entran en los acuerdos como no sea para  atender a sus despidos.

 

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LA BRECHA SOCIAL

La sociedad cohesionada (pese a las diferencias de riqueza), segura (tras un sistema de bienestar pese a estar poco desarrollado), y optimista (con perspectivas y objetivos de futuro pese a la ineficacia de políticos y especuladores), se ha transformado en apenas estos dos últimos años en una sociedad quebrada, miedosa y con incertidumbre. Porque las diferencias de riqueza entre unos pocos y la mayoría se han hecho más profundas, porque el precario estado del bienestar se está desmontando a gran celeridad y porque una ola de pesimismo se ha instalado en las conciencias.

Vuelven las dos Españas pero las dos tienen helado el corazón. Es cierto que algo más del 40% disponen de empleo, ahorros, seguridad, y confían en que este momento forma parte de un ciclo en el que a ellos les ha pillado provistos y, aunque miran con desconfianza el presente, piensan que en el futuro volverán a ocupar una posición de dominio. La crisis les afecta, pero en su ritmo de vida consumista y de despilfarro.

En el otro 60% largo se encuentran los precarios, los supervivientes, los que están al límite, aunque cuentan con una red familiar, a veces de amistad, y en ocasiones con los servicios sociales y de voluntarios ciudadanos, que son quienes les proveen de la ayuda suficiente para evitar el riesgo de caída si este se hace inminente. Han cambiado de actividad y están dispuestos a someterse a la voluntad del gobierno, del mercado o del patrón más inicuo con tal de sobrevivir. Han ajustado sus gastos y gastan marcas blancas, gorroneando en los comedores familiares. Pero también se encuentran en este gran grupo humano los que han perdido todo, los fracasados, los sin techo, los sin trabajo ni esperanza de trabajo, los que menudean una limosna o un cigarro (ahora que ya todo da igual, incluida su salud). Han perdido el empleo, la vivienda, los hijos; han gastado sus ahorros y solo disponen de deudas, han perdido la red familiar (por lo que sea), y los amigos se vuelven contrarios. Son los excluidos, los que están fuera del sistema y tan sólo las organizaciones humanitarias (porque ni a los servicios sociales acuden), mitigan en parte las privaciones y la humillación de vivir en una sociedad que les aparta.

Es la brecha social. Una brecha entre los de arriba y los de abajo. Una brecha que por arriba separa a los muy muy ricos de los que se consideran con un estatus de relativamente ricos. Una brecha que separa por abajo a los precarios con la incertidumbre de si su estatus bajará al nivel de los excluidos, de los excluidos y desahuciados, de los sin papeles y extranjeros en su tierra, del detritus del capitalismo.

Estamos arrebatados por el discurso de la crisis, de la deuda pública y la privada y al toque de sálvese quien pueda nos desperdigamos en la selva arrostrando los peligros de una muerte en solitario. Es la muerte social, de toda una sociedad. Y empieza a cundir el pánico porque no encontramos referentes en los partidos políticos, de los que abominamos porque nos engañaron con sus falsas promesas. Los partidos que se denominaban de izquierdas hacen y defienden la política de la derecha rancia y conservadora, y los partidos de derechas se travisten de demócratas, populares y socialistas. Y si buscamos esos referentes en otras organizaciones de masas que en sus estatutos defienden un modelo de sociedad cohesionada encontramos a los sindicatos, que pactaron con aquellos partidos y no supieron defender a los desposeídos del empleo, la riqueza y ahora la seguridad.

Entonces ¿qué nos queda? Podremos cerrar la brecha, la enorme brecha con estas mimbres. Yo creo que sí podemos cerrar esta brecha. Con espíritu solidario y combativo con la injusticia, defendiendo las conquistas sociales de nuestros antecesores y ampliándolas para quienes nos sucedan, buscando auténticos referentes políticos y ecológicos donde nuestra participación sea real y alejada de la maquinaria electoral. Oponiéndonos al desarme moral de una sociedad cohesionada y brindando porque el año 2011 sea el año de nuevas conquistas sociales, con nuestra fuerza, con nuestro empuje, con nuestro valor.