EL ALGORITMO

Hasta hace unos años, para saber qué le gustaba a una persona había que conocerla. Hoy día, el algoritmo, una cosa que no conoce nuestro nombre y que nunca hemos visto, sabe de nosotros más que muchos amigos, tiene clarísimo qué nos gusta y nos entretiene y hasta nos hace perder el tiempo sin provecho ni descanso.

Todo empieza de manera inocente. Un día buscamos en internet cómo cuidar una planta. Al día siguiente, nos ofrece vídeos sobre rosales y, finalmente, un tutorial de veinte minutos sobre cómo cultivar tomates en la terraza. El algoritmo ha decidido que somos agricultores, precisamente nosotros, que apenas conseguimos que sobreviva un cactus.

Lo admirable es esa confianza que tiene en sus propias conclusiones. Uno puede haber mirado un producto por simple curiosidad, pero el algoritmo no contempla esa posibilidad. Para él, curiosidad significa intención de compra. Si buscamos una bicicleta, probablemente nos propondrá también un casco, unas mallas y, puestos a soñar, una bicicleta de alta montaña. Así, poco a poco, el algoritmo va construyendo un retrato de nosotros y empieza a conocernos mejor de lo que nos gustaría.

Sabe qué vídeos vemos, cuáles ignoramos, dónde nos detenemos y cuánto tiempo permanecemos mirando una foto. Nosotros creemos que estamos navegando libremente por internet, pero en realidad vamos avanzando por un camino que alguien ha preparado cuidadosamente para nosotros.

Y quizá ahí esté la verdadera ironía: todavía creemos que elegimos. No es que el algoritmo nos obligue a elegir; simplemente consigue que algunas opciones aparezcan delante de nuestros ojos una y otra vez, hasta que terminamos creyendo que las hemos escogido nosotros. Precisamente se ha demostrado cómo los bot, o programas informáticos que realizan tareas automáticas y repetitivas, influyen en el comportamiento electoral, tal y como ha ocurrido con el éxito de la extrema derecha en numerosos países.

El verdadero problema no es que el algoritmo sepa demasiado de nosotros, sino que nosotros sepamos cada vez menos de por qué elegimos lo que elegimos. Él aprende de nuestros clics; nosotros deberíamos aprender de nuestros propios hábitos.

Acabo de escribir esta columna, y el algoritmo ya me está recomendando siete formas de recuperar mi libertad de decisión. La primera incluye comprar una bicicleta eléctrica.

LAS COLAS DE INMIGRANTES

De entrada, confieso que estoy totalmente de acuerdo con los datos científicos que desde hace tiempo certifican el valor económico y social que la población migrante está influyendo en la sociedad española, en su crecimiento, y en su bienestar. Y de ahí también mi interés en rechazar todo tipo de bulos y mensajes xenófobos y racistas que partidos y organizaciones de derechas extienden como método de afiliación ideológica y voto cautivo. Bulos y mensajes que, a modo de slogan, se asientan sobre la prevalencia de las dimensiones de identidad nacional-cultural (“prioridad nacional”, “moros”), la competencia por recursos limitados (educación, sanidad y vivienda), el trabajo y la seguridad ciudadana.

Sin embargo, no son los discursos, ni los mensajes los principales medios de extensión de la xenofobia y el racismo, pues nuevas formas de producción se están extendiendo por el mundo a través de metáforas con las que simplifican el discurso sobre la población migrante mediante imágenes y símbolos en medios digitales.  Y es que en un mundo cada vez más hipervisual, lo icónico ha merecido muy poca o casi ninguna atención en el ámbito de las migraciones, a pesar de ser éste, un campo de conocimiento e intervención política especialmente iconizado, donde las metáforas visuales aparecen como condensación de las imágenes socio-políticas que se generan en torno a la inmigración.

Con ocasión del proceso de regularización administrativa extraordinaria para personas migrantes, cuyo plazo de solicitud comenzó el 16 de abril y estará abierto hasta el 30 de junio, hemos podido observar las largas colas que se formaron en oficinas de la Seguridad Social, Ayuntamientos, en ciertas oficinas de correos y por supuesto y de manera endémica ante las oficinas de extranjeros.

Las colas son un dispositivo institucional de regulación del acceso a un lugar, porque presuponen la existencia de un servicio y de unos usuarios. Pero las colas ante las oficinas de extranjeros por los trámites administrativos, forman parte del trabajo de categorización propio de la administración, y expresan prácticas de poder sobre dichos usuarios, que deben soportar la experiencia social de la espera en una cola. De este modo, las colas son la imagen mediática recurrente, que encierran toda la complejidad de la construcción, en la sociedad receptora de inmigrantes, de la categoría social del extranjero.

MENSAJES Y BULOS

Desde la escuela infantil, desde los primeros años en familia, se dota a los niños de la experiencia del lenguaje al descubrirles las palabras y su significado y, sobre todo, cuando construimos mensajes expresivos que van dando sentido a su existencia.
El lenguaje delimita lo que es importante, y de manera invisible también lo que no lo es, lo que debe ser entendido y lo que no. Por eso es tanto o más sustantivo atender a lo que no se dice como a lo que se dice. El contenido está también en la forma.
Ya adultos, la adquisición de cultura y el desarrollo de un pensamiento crítico nos permite formar un juicio propio y fundamentado sin necesidad de aceptar todo pasivamente, lo cual es esencial para la vida personal y profesional.
Así pues, considerando que todos hemos desarrollado mediante la comprensión profunda de la lectura cierto pensamiento crítico, podemos analizar y evaluar la información objetivamente, así como tomar decisiones, resolviendo problemas de forma creativa y evitando ser manipulados.
Ya sabemos que el bulo es la fabricación deliberada de información falsa o engañosa, diseñada para parecer verdadera con el fin de manipular, generar clics o influir en la opinión pública. Se origina aprovechando momentos de crisis, inseguridad o alta demanda de información, siendo propagada rápidamente a través de bots y redes sociales.
Los mensajes son construcciones sociales, y en tanto que construcción social exponen cómo se define el problema, cómo han acontecido unos sucesos determinados, quién debe ser señalado como responsable de los mismos y por qué, estando orientados hacia unos intereses concretos que responden a la puesta en circulación de un determinado punto de vista, que a su vez remite al mantenimiento de unas determinadas relaciones sociales de poder, dominación y explotación.
También, quien construye el discurso, mensaje o noticia, puede escoger interesadamente unas fuentes concretas dejando de lado otras con el objetivo de dar cuenta de una determinada visión de cómo han acontecido los sucesos, logrando el engaño o la manipulación.
Por todo ello, en un universo de imágenes de un minuto y tuits de 280 caracteres, es fundamental armarnos de un pensamiento crítico a través de la cultura.

DESARRAIGO MIGRANTE

Hace pocos días la comunidad senegalesa en España celebraba la victoria de Senegal ante Marruecos en la Copa de África. Una celebración marcada por la diáspora y la identidad, principalmente en las provincias de Barcelona, Madrid, Almería y Girona, donde esta comunidad, básicamente masculina (aproximadamente el 75-80%), está vinculada a sectores como la agricultura, la construcción y el comercio ambulante. Las mujeres senegalesas, aunque son minoría, han experimentado un crecimiento constante en la última década, gracias a los procesos de reagrupación familiar y a una creciente migración femenina autónoma.

No sólo en la comunidad senegalesa, sino también en cualquier otra comunidad migrante, cuando un miembro de una familia emigra, además del costo económico se asumen los costos afectivos, tales como la separación de los cónyuges, el impacto emocional de los hijos que permanecen en el lugar de origen, o de los padres que viven la etapa de la vejez sin la presencia de sus descendientes. Y si bien se siguen manteniendo lazos permanentes con los familiares en el país de origen, aliviando parcialmente el desarraigo de la separación, gracias al desarrollo tecnológico de las comunicaciones y el apoyo de las redes, lo cierto es que las relaciones afectivas se resienten y se viven momentos de crisis, tanto para el miembro de la pareja que se va, como para el que permanece.

Para el hombre que se va, la familia no puede brindarle al emigrante el apoyo psicológico y afectivo que requiere, lo que lo induce a cierta inestabilidad. Y para las mujeres que se quedan, más allá de la soledad tras la separación y del sentimiento de nostalgia que pueden sentir por la separación, se les une en muchos casos el sentimiento ambivalente de sentirse “liberadas” al empezar a gestionar ellas solas el presupuesto familiar –con las remesas que reciben– y a gozar de niveles de autonomía en la organización de su tiempo, inimaginables en el seno de la familia nuclear convencional, en la que la carga de trabajo reproductivo es mayor. De este modo, y para estas mujeres, la salida del cónyuge puede suponer alcanzar cotas de mayor autonomía y afirmación de sus derechos, al asumir la función de gestora de la economía familiar gracias a las remesas.

¡QUE VIENE EL LOBO ¡

Estoy convencido que muchos de ustedes han leído o les han narrado aquella fábula tradicional, cuyo origen puede remontase hasta Esopo, y que nos habla de lo que aconteció a un pastorcito aburrido, que para divertirse gritaba: ¡Que viene el lobo, que viene el lobo¡, y a cuyos gritos sus vecinos acudían con palos y armas para defender el rebaño, descubriendo que todo era mentira y que habían sido engañados por el pastorcito. Y así sucesivamente en distintas ocasiones, hasta que un día, el lobo apareció de verdad y, a pesar de que el pastorcito gritó con todas sus fuerzas, nadie acudió en su ayuda porque creyeron que mentía otra vez. El desenlace fue que el lobo mató a todas las ovejas.

En política, el grito de que viene el lobo es el uso sistemático del miedo como herramienta de poder. Y miedo es lo que nos trasladan, día si y día también, todo tipo de medios, partidos y organizaciones que sostienen el sistema, exagerando las amenazas y normalizando el riesgo de vivir en comunidad. Al instrumentalizar el miedo frente a los otros, persiguen la adhesión de los ciudadanos o su apoyo militante y, en definitiva, su conformidad con una vida insegura y versátil, más propia de un equilibrista social.

Y si bien respondemos inicialmente a esos miedos (guerra y genocidio, aranceles y subida de precios, crisis climática, sanitaria, independentismo, migraciones, etc.), adaptándonos en la medida de nuestras posibilidades para hacerles frente, lo cierto es que, pasado un tiempo, que pueden ser años, y observando que el mundo no se acaba si no que tan sólo se transforma, surge el cansancio, el escepticismo y la apatía, hasta el punto de que una parte de la sociedad se radicaliza y otra se desmoviliza. Unos desean la muerte social del adversario y otros esperan impasibles el desenlace.

Y entonces, cuando el miedo se convierte en el único o en el principal argumento del pastor (el sistema), que miente y sólo busca reírse de nosotros, sucede la paradoja, y es que el lobo llega de verdad y nadie acude a ayudar, porque la sociedad está anestesiada, indiferente y cansada, de modo que el lobo devora nuestra economía, salud, derechos y bienestar con total impunidad.

DISMINUIDOS

Tan sólo hace un año el Congreso de los diputados, con la abstención de Vox, avaló eliminar de la Constitución, en su artículo 49, el término “disminuidos” y sustituirlo por la expresión «personas con discapacidad».

Todas las personas con discapacidad a menudo han sido injustamente identificadas con limitaciones intelectuales o disfunciones psicológicas. Quizás por ello, se ha derivado un uso de terminología estigmatizadora y discriminadora para identificarlas. A ello se añade la imagen negativa de la discapacidad, a la que han contribuido significativamente los medios de comunicación social, presentando aspectos negativos o compasivos sobre estas personas que siempre presuponen su infelicidad o inadaptación social.

El campo de la discapacidad -entendiendo este término de manera extensiva a todas las personas con limitaciones físicas, sensoriales y mentales- se ha caracterizado por la mudanza terminológica en la asignación de nombres, etiquetas y denominaciones referidas tanto a las personas como al proceso de atención a las mismas. Entre los términos utilizados podemos destacar los siguientes:

a) Referidos a las personas con limitaciones psíquicas: idiotas, imbéciles, mongoles, oligofrénicos, subnormales, débiles mentales, dificultades de aprendizaje permanentes, necesidades especiales.

b) Referidos a las personas con limitaciones físicas y/o sensoriales: lisiados, tullidos, impedidos, inútiles, inválidos, desvalidos, mutilados, minusválidos, deficientes, incapacitados, discapacitados.

c) Referidos al proceso de atención: beneficencia, asistencia, prevención, reeducación, readaptación, rehabilitación, habilitación, tratamiento, educación, recuperación profesional.

Muchos de los términos citados, a pesar de ser representativos de concepciones médicas, psicológicas, educativas o sociales ya superadas o inadecuadas para los tiempos actuales, siguen utilizándose por un número considerable de profesionales. Es sorprendente comprobar hoy la frecuente falta de rigor o actualidad en el uso de denominaciones, etiquetas o diagnósticos. La causa no está por supuesto en las personas que hacen ese uso, al menos no de manera exclusiva, sino que probablemente proviene de una formación deficitaria y poco estructurada en el ámbito de las personas con discapacidad.

Cada uno de los cambios en las palabras con que denominamos a la población se suele presentar seriamente por profesionales de reconocido prestigio con el intento genuino de cambiar la imagen y el rol de las personas con discapacidad en esta sociedad. A cada una de estas reformas han seguido, años más tarde, nuevos y mejores nombres. El problema puede estar en que la sociedad estima excesivamente la inteligencia, la belleza y la capacidad de ganar dinero, rechazando a aquellas personas que no son inteligentes, atractivas o que son pobres.

La terminología expresa la evolución de las actitudes profesionales y sociales, pero los cambios de nombre dejan intactos los prejuicios de la mayor parte de las personas. Hemos de modificar los valores y actitudes que subyacen a esas expresiones, y no suponer que es un asunto meramente terminológico que sólo requiere un cambio de nombres.

INMIGRACIÓN Y CULTURA

Recientemente se ha dado altavoz en los medios a las propuestas de odio de las organizaciones y partidos de ultraderecha contra la inmigración. Tres son los mensajes que se han diseñado para que calen como dogmas de fe entre sus simpatizantes, a cuál más delirante. Uno referido a la inmigración que viene promovida por las mafias en connivencia con las ong’s, por la que estas últimas aseguran subvenciones, que, por otra parte, se destinan igualmente a favorecer la estancia de los extranjeros en nuestro país, dotándoles de vivienda, educación y sanidad, mientras se abandona a los españoles más necesitados. Otra relativa a la seguridad donde la delincuencia (atentados contra las vidas y las propiedades de los españoles), es protagonizada básicamente por extranjeros. Y, finalmente, cierra esta trilogía, la cuestión de la cultura, porque se promueve el buenismo especialmente con la cultura islámica. Y para muestra un botón: “Tenemos que defender nuestra cultura, queremos las mujeres libres, que puedan vestir como quieran y no que tengan que ir tapadas y que no se les vean ni los ojos, porque es una cultura dañina, que hace daño a la mujer, que no la respeta y defendemos nuestras tradiciones y nuestras costumbres”.  

Delirante, alucinante, pero sí, mensajes que logran calar en algunos espíritus, que no sólo no logran discernir entre integración y asimilación, educación intercultural con inmersión cultural, o dicho en otras palabras, al confundir diálogo con monólogo, sino que también se detecta un grave error al entender que la relación intercultural tan sólo se debe dar en ocasión de conflicto multiétnico o en ocasión de presencia multiétnica o multicultural, desvitalizando las posibilidades de la relación intercultural en ámbitos que se suponen o se determinan como de homogeneidad cultural.

Un error de graves consecuencias para toda la sociedad, pues al cerrar los sentidos a la comunicación con los otros no sólo cerramos las puertas de la existencia social a los otros, sino que cerramos, en consecuencia, nuestra propia libertad de circulación, de desarrollo y enriquecimiento cultural.

HIJOS DE PAPEL

Como viene ocurriendo todas las mañanas cuando me encuentro esquivando a los transeúntes que en posesión de un móvil circulan mirando la pantalla y escribiendo con soltura sus mensajes de whatsapp, me pregunto qué urgencia les lleva a responder o iniciar una conversación tan temprano.

Es cierto que a todos nos gusta escribir, más todavía a esos 750.000 analfabetos que se contabilizaban en 2022 y que no disponían de esta habilidad para estructurar y ordenar el pensamiento, evocar la vida y transmitir información sobre sus sentimientos y deseos. Y es que con la escritura nos sentimos vivos y creativos, no importa el medio sobre el que escribamos a pesar de que la escritura sobre papel se encuentra en retroceso frente a los medios digitales.

Aprendimos a escribir sobre el papel, inicialmente en aquellos cuadernos de caligrafía, o más adelante en diarios personales o a través de incipientes poemas o relatos cortos como los cuentos e historias que leíamos. Pero para las generaciones digitales, el envío de cartas y postales, por ejemplo, no se corresponde con sus medios de comunicación actuales a través de las redes sociales y la fotografía y, sin embargo, en uno u otro periodo la comunicación se ha mantenido a través de la escritura, desde la más contenida de los 140 caracteres de twitter hasta la más dilatada en un libro de autoedición.

Recuerdo que hace ya un tiempo, cuando residía en un pueblo de montaña relativamente aislado, tuve la visita extraordinaria de unos familiares a los que les propuse enseñarles aquellas cosas que me habían decidido por este tipo de vida alejado de los cánones urbanos que imperaban por entonces. Cuando les estaba mostrando el ajardinamiento de los terrenos incultos, una tía materna observó la acacia y las adelfas que había plantado y a modo de sentencia me señaló que las personas, para trascender su existencia, deben hacer tres cosas en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Acababa de tener un hijo, había plantado un árbol y casi como un reproche porque había abandonado los estudios en la Facultad, me restregaba que todavía no había escrito un libro. El transcurso del tiempo me traería un segundo y, cuando ya no lo esperaba, un tercer hijo, así como la plantación de numerosos árboles desde la semilla, la baya, rama o plantón y, también, unos cuantos libros, aunque como mi tía me advirtió (que buen oráculo), el primer libro no se editaría hasta mucho después de licenciarme.

Es curioso esto de la trascendencia. Yo mismo no he tenido nunca esa percepción cuando escribía, si bien es cierto, que siempre se escribe con el fin de que otros te lean. De hecho, la escasa producción poética que he realizado hasta ahora es porque ha sido dirigida a una sola destinataria, y cuando ésta dejaba de interesarse yo dejaba de escribirle. Los libros, sin embargo, han tenido destinatarios desconocidos y, por tanto, su elaboración no estaba mediatizada por ellos sino por mi capacidad de creación, o por mi interés en su alumbramiento. Por esto, los libros son como hijos de papel, aunque hijos de papel en su creación y alumbramiento, porque en su crecimiento y desarrollo han tenido la cualidad de reunir a un sinfín de personas que los han ahijado y adoptado. En cualquier caso, todos escribimos pensando en el lector o lectores de nuestros mensajes, ideas e historias que nos interesa comunicar. Y el fin no es otro que el de trascender nuestra existencia cotidiana y salvarnos del olvido. Como dice Stefan Zweig (“Mendel el de los libros”. Barcelona, 2009), los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido. Pero si bien no le quito razón a Zweig, ya hace muchos años que grabé el título de una película de Agustín Diaz Yanes, como el pensamiento que guía mi conducta en relación con las historias y libros escritos, y es que “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”.

Aunque precisamente contra el olvido giró en 2009 un hijo de papel al que puse de nombre: Las maestras. Un análisis sobre la identidad de género y trabajo. Porque, como cualquier embarazo, nueve meses después de haber entregado los originales a la parte contratante y trabajado en sintonía con la editorial, salió por fin a la luz el ejemplar editado a golpe de antojos y mucho cariño. No fue un parto extraño, pues en muchas ocasiones me he encontrado con que el tiempo de incubación ha durado diez y hasta doce meses, así que por una vez todo ha discurrido con cierta normalidad editorial.

Quizás, como siempre ocurre con los que no son genios o artistas, el proceso de creación fue lo más costoso, y me ocupó, no tanto tiempo como pensamiento; pues si bien contaba con los materiales de campo desde hacía más de seis meses y también había reunido, tras numerosas lecturas, buena parte de la documentación que luego utilizaría, la necesidad de dar orden y sentido literario a aquél cúmulo de informaciones, datos y relatos biográficos en poco menos de dos meses, me llevó a un estado insomne en el que mi cerebro no se permitía un descanso. Efectivamente, en la primera semana de marzo había regresado de Senegal y pocos días después recibí la nota imperativa que me fijaba el 23 de abril como fecha límite para entregar originales.

Este frenesí para cubrir de páginas el índice que me había impuesto y que me obligaba a redactar un número determinado de hojas diarias, fue el que dio al traste con mis rutinas de sueño y descanso. Ocurrió que en cuanto había luz diurna me levantaba con nuevas ideas que había trabajado en una especie de duermevela, seguía durante todo el día escribiendo y tratando de cumplir disciplinadamente con el número de páginas y, salvo descansos adecuados a las horas de alimento y siesta, me mantenía pegado entre la pantalla del ordenador y las montañas de papeles, libros y artículos que ocupaban toda la mesa, de manera aparentemente desordenada.

Dos semanas después de haber iniciado esta espartana vida de creación caí en un estado de ansiedad que me llevó a la consulta de mi doctora de cabecera, la cual me recetó un potente somnífero cuyas consecuencias, pese a las advertencias, no supe entonces medir. Ocurrió que tras dos semanas tomando el somnífero había logrado un cierto equilibrio entre los tiempos dedicados al sueño y a la creación y, como siempre he sido reacio a medicarme, dejé de tomar los somníferos radicalmente sin guardar los protocolos indicados por la doctora, produciéndome lo que ya me advirtió que podría ocurrir: el denominado efecto rebote; es decir, que volví al estado insomne inicial. Aun así, acabé con tiempo suficiente para dedicarle dos semanas a pulir y mejorar algunos párrafos, vocablos y el sentido del texto final.

De este modo pude cumplir con la parte más difícil en la creación de este hijo de papel y, aunque no quise saber ya más del texto, aún tuve que volver a leerme las pruebas de imprenta dos veces más, buscar la parte ilustrada y gráfica que acompañaría el texto y, finalmente, dar el visto bueno al vestido con el que se presentaría en sociedad. Fue por entonces que me prometí no volver a escribir nunca más un libro, dedicarme a los hijos biológicos y a las plantas de mi jardín y, cuando me hiciera muy mayor, poner un huerto con el que ver pasar las estaciones. Promesa que he incumplido, si tengo en cuenta que he dejado de cultivar un huerto, mientras cultivo a un hijo y escribo otro libro.

INSOSTENIBLES

Conforme avanzamos en este año electoral aumenta el número de “palabros” que principalmente los políticos y los medios como altavoces, pero también las empresas comerciales de productos y servicios repiten hasta la saciedad para conseguir hacerlas vehiculares entre la población.

Ya nadie se pregunta qué es eso de la resiliencia, palabra tomada del inglés, que, utilizada para significar la adaptación frente a situaciones adversas, y repetida exageradamente, ha pasado a formar parte del discurso científico. Más popular resulta la coletilla “y mucho” que sustituye al superlativo “muchísimo” o al adverbio “muy”, y que está siendo repetida de modo desmesurado en los programas de radio.

Más propio de los políticos es “poner en valor” algo, tratando de conseguir que cualquier cosa se aprecie como de importancia o utilidad, y estimando sus cualidades para promover su valoración positiva. Pero si hay un palabro repetido en periodo electoral es el de “apostar”. Apuestan por mejorar, cambiar o transformar lo que sea, como si el hecho de apostar fuera una garantía de que los pronósticos se cumplen a favor de su apuesta. Si fueran más precisos proporcionarían las apuestas de sus competidores o rivales electorales, con el fin de que los ciudadanos pudieran comparar y establecer qué pronósticos pueden tener más probabilidad de cumplirse. No sé si a rebufo de tanto político apostando, es curioso y no es casualidad, que se hayan desarrollado diferentes casas de apuestas donde se puede apostar a política y a elecciones.

Y como no da más de sí esta columna no quiero pasar por alto el cargante y reiterado palabro de “sostenible”. Parece que hasta hoy hemos vivido en un mundo no sustentable, donde todos los productos y servicios de energía, producción, transporte y comercialización han existido sin tener en cuenta la protección de la salud pública, el bienestar y el medioambiente. Hacer ahora todo eso sostenible, sería hacerlo de modo que no se agotaran los recursos naturales de que dispone la sociedad, ni tampoco se pusiera en peligro la supervivencia del planeta.

Vamos, que apostamos, y mucho, por el sostenimiento de la guerra en Ucrania, a la que ponemos en valor, porque somos resilientes.

PARROQUIANOS

Me confieso parroquiano a la vez que cosmopolita, porque no entiendo que quienes disfrutamos de la cercanía y la proximidad de los establecimientos comerciales y de las personas residentes en un entorno determinado, estemos reñidos con sentirnos parte del mundo en su diversidad, conociendo y respetando las culturas de esta sociedad globalizada.

Hemos oído muchas veces la sentencia de que uno, no es de donde nace sino de donde pace, es decir de la parroquia a la que pertenecemos y no de la que procedemos, pese a que indistintamente utilicemos una u otra en nuestras relaciones con los demás, según se muestren nuestros intereses identitarios en cada momento, sin que por ello nos desvinculemos del sentimiento de que el mundo es nuestra patria.

Y el mundo es nuestra patria, no sólo cuando viajamos, sino también cuando nos presentamos asiduamente en los lugares públicos, abiertos y concurridos por personas de la aldea global. Entonces, como en otras ocasiones, seguimos siendo parroquianos, no tanto provincianos o localistas, sino parroquianos en un sentido más universal.

No hay contradicción en esto de mantener costumbres como las de frecuentar las mismas tiendas, bares o establecimientos públicos, que por su cercanía o por tradición visitamos asiduamente, con el sostenimiento de actitudes, valores y respeto hacia las manifestaciones culturales de otras personas, que no frecuentan o utilizan de manera habitual los servicios que nosotros consideramos de nuestra parroquia. Somos parroquianos, pero no formamos parte de grupos aislados, limitados en sus percepciones del mundo, de ideología estrecha y de valores restringidos a una minoría, porque somos parroquianos y comunitarios, pero sin límites en nuestro sentido de pertenencia.

Como acostumbro cualquier día, seguiré comprando en los mismos establecimientos cercanos, próximos, donde me conocen como un habitual, y donde yo reconozco a las personas de esos entornos, a las que saludo o me saludan, pues mi memoria fotográfica va perdiendo pixeles, y algo de esto me ocurrió en cierta ocasión, en la que viendo la sonrisa de la mujer que se acercaba le sonreí igualmente, y para celebrar el encuentro nos besamos con familiaridad, al tiempo que descubrimos que no nos conocíamos de nada.