IDENTIDADES TRIBALES

En las últimas semanas hemos conocido un fenómeno mediático denominado los “therians”, es decir, grupos de adolescentes y/o jóvenes (la clasificación de las personas por edades es siempre algo arbitrario), que se sienten vinculados a animales utilizando máscaras, gestos o movimientos con los que se identifican. En definitiva, una expresión más de tribus que se caracterizan por ser híbridas, digitales y efímeras. Unas siguiendo las tendencias, modas o pensamiento dominante y mayoritario en la sociedad, manifestándose a través del consumo de determinados productos culturales, artísticos o populares y, otras de carácter contracultural, promovidas a través de manifestaciones artísticas marginales y contestatarias, pero todas ellas creadas a través de las redes sociales, principalmente WhatsApp, TikTok, Instagram y YouTube-

El grupo tribal (tribu), es el espacio de relación interpersonal donde conformar y aprender aquellos roles necesarios para el desenvolvimiento social. En el seno del grupo se descubre la importancia de la pertenencia, pues el grupo o los grupos son quienes proporcionan un escenario social, un territorio propio en el que sus miembros experimentan la interconexión con otros y pueden representar los roles que corresponden a la identidad que han adoptado en su interior.

Adolescentes y jóvenes buscan y encuentran nuevos espacios de socialización alejados del mundo de los adultos. Nuevas vinculaciones con grupos de iguales donde alcanzan cierto grado de seguridad, a partir de la cual pueden someter a prueba las experiencias que les proporciona la vida. Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden al consumo de determinadas marcas, estilos de música, manifestaciones artísticas o contraculturales, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con el grupo, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas.

La estrategia de la uniformidad forma parte del proceso por el que se identifican con cada uno de los amigos que integran el grupo. A veces, el proceso es tan intenso que parece casi imposible la separación del grupo, e incluso parecen pertenecer más al grupo de amigos que a la familia. La relación con los integrantes del grupo proporciona seguridad y compañía, pues a los lazos de amistad se unen los de lealtad y confianza, constituyendo una fuente de apoyo en cualquier situación de crisis emocional.

HACE VEINTE AÑOS DE LA PUBLICACIÓN DE EL GÉNERO QUEBRANTADO

HACE VEINTE AÑOS que me publicaron EL GÉNERO QUEBRANTADO. Por entonces en la Universidad de La Rioja no se trataba el tema de la desigualdad de género, ni la violencia sobre las mujeres, ni siquiera había un grupo de investigación específico que trabajara sobre cuestiones de género. Y yo, que todavía no me había especializado en ningún campo de la sociología, trataba de abarcar varias ramas de este saber, desde la sociología de la educación, la del envejecimiento, la juventud, las migraciones, la cultura y, por supuesto, el género.

 Al abarcar el estudio de la discriminación por razón de sexo, partía del hecho de que son las mujeres las principales víctimas de este tipo de discriminación, y que la violencia es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres, que ha consolidado la discriminación. Así pues, la violencia contra las mujeres ha sido y es un instrumento para su dominación y una estrategia para perpetuar la desigualdad; por eso en este libro se habla acerca de la violencia que sufren las mujeres en diferentes ámbitos, con especial atención al familiar o doméstico, pero también al público, así como sobre los principales avances y retrocesos que se vienen produciendo respecto a su erradicación.

En general, las explicaciones sociológicas y feministas sobre el uso de la violencia contra las mujeres han resaltado dos factores causales. En primer lugar, el proceso de socialización diferencial de los sexos. En segundo lugar, la persistencia de las definiciones sociales que representan las relaciones entre los géneros como relaciones de subordinación, cuando no de propiedad, en las que las mujeres deben cierta sumisión a sus maridos y compañeros. En este segundo caso, la violencia aparece como un efectivo medio de control social sobre el comportamiento de las mujeres.

¿Porqué titulé el libro como “EL GÉNERO QUEBRTANTADO”, y no he utilizado la expresión de la mujer quebrantada?. Pues porque se ha impuesto la categoría de género, término de procedencia inglesa (gender) que significa al tiempo género y sexo, adoptado por las feministas americanas en los años sesenta para diferenciar el sexo biológico (sexual difference) y las construcciones culturales que determinan la formación de identidades y las relaciones de los sujetos. El género se crea en relación con la construcción cultural de un objeto que, por referirse a un “objeto humano”, es la construcción de un sujeto. De este modo, al hablar de género nos referimos a las aptitudes, cualidades, capacidades, valores, ideas, etc., que asignamos a cada sexo culturalmente.

El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal, que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación, que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.

Y, ¿por qué este género está quebrantado, y no cascado, hendido, machacado, violado o cualquier adjetivo apropiado a la realidad de las relaciones de mujeres y hombres? Pues porque se presenta en sociedad roto y desgajado a través de la violencia y la opresión de la discriminación que el género masculino ejerce sobre el género femenino.

La causa fundamental que provoca esta violencia reside en el modelo de sociedad que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, así como en los patrones culturales discriminatorios hacia la mujer; es decir, las mujeres son las víctimas primordiales de una violencia ejercida por hombres, significando, por tanto, una violencia sexista y machista. Además, no es una violencia que se de en el ámbito familiar o doméstico, sino que es una violencia que se produce en la pareja, haya o no convivencia de por medio.

No obstante, al afirmar la categoría de género sobre la de sexo, no quiero representar a todas las mujeres ni significar a todos los hombres, pues comprender a las mujeres como colectivo genérico diferente del grupo de los hombres, no significa uniformizar la realidad de unas y otros, ocultando la diversidad que nos distingue. No hace falta pertenecer a un colectivo genérico para defender la causa de las mujeres. Tan solo es necesario querer ser parte de un colectivo social. Ni todas las mujeres son maltratadas, ni todos los hombres son maltratadores.

LOS CUIDADOS

El Ayuntamiento de Barcelona antes de responder sobre qué son los cuidados nos indica que las personas somos seres vivos vulnerables e interdependientes. Nacemos con una fragilidad extrema. Tardamos un año en levantarnos, dos en comunicarnos mediante el lenguaje y cuatro en poder vestirnos solas para protegernos del frío. Nuestra vulnerabilidad y dependencia son la razón por la que vivimos en comunidad. Para sobrevivir, dependemos del tiempo, los trabajos y los afectos que otras personas nos dedican.

Todos y todas necesitamos recibir cuidados de manera permanente a lo largo de la vida, de tipo e intensidades diferentes, dependiendo del momento del ciclo vital en que nos encontramos, y de las capacidades de autocuidado y atención a los demás que tenemos en cada etapa de la vida. Aunque la infancia, la vejez y los momentos de enfermedad requieren cuidados físicos específicos y más intensivos, las personas necesitamos afectos y atención emocional de manera permanente, incluso cuando somos adultas sanas e independientes. Hay que pensar en la necesidad de cuidados no como una situación de excepcionalidad, sino como una característica inherente a la naturaleza humana, en que todos y todas tenemos el derecho, pero también el deber, de recibir y proveer cuidados.

Pero lo cierto es que cuando se necesita atención de un miembro de la familia se recurre normalmente a otra mujer, tal y como se ha regulado en las sociedades tradicionales y patriarcales, donde siempre se esperaba que fuera una mujer quien cuidara a los demás miembros de la familia sin por ello percibir remuneración alguna.

Desde una perspectiva sociológica, el cuidado es una actividad basada en patrones sociales. Estos patrones afectan tanto al cuidado familiar como al cuidado formal y justifican los bajos salarios percibidos por los trabajadores que son principalmente mujeres y, cada vez más, inmigrantes.

Si gran parte de la carga asistencial demandada por las personas dependientes recae sobre los familiares, principalmente sobre la mujer, es a consecuencia de un proceso de socialización que colocaba como modelo a seguir el de la diferenciación y la desigualdad entre los sexos, destinando a la mujer el papel doméstico, secundario y poco valorado. Se asume así que las mujeres trabajan en empleos relacionados con el cuidado, no sólo como resultado de su proceso de educación y de las expectativas sociales, sino debido a las menores oportunidades de conseguir los trabajos mejor remunerados, más prestigiosos y con mayor poder de los varones. Las mismas creencias y experiencias que hacen atractivo el cuidado para las mujeres, lo devalúan como trabajo remunerado al ser percibido como trabajo poco cualificado.

Los cuidados suponen una responsabilidad social absolutamente generizada y naturalizada, que afecta sobre todo a las mujeres adultas, y que se apoya en una visión social diferente de lo que es el trabajo realizado por los hombres, y en una separación cultural de lo racional que queda ligado a los hombres y a lo público, mientras que lo emocional y lo privado es asociado a las mujeres. Las tareas de cuidado se dejan bajo la responsabilidad de las mujeres por un supuesto instinto natural. De hecho, en general, el cuidado ni siquiera es considerado un trabajo, sino como algo que hacen las mujeres de manera natural porque va ligado a los sentimientos y los afectos. Todo ello me permite catalogar el concepto de cuidado como una construcción social, desde una perspectiva dominante que es la del patriarcado.

EL ESTIGMA DE LA ENFERMEDAD MENTAL

Si hay algo que caracterizó al siglo XX fue la exaltación de la juventud, pese a que acabó dando el relevo a un siglo XXI cuya característica principal es el envejecimiento mundial de la población. Sin embargo, este nuevo siglo deudor del pasado, ha heredado el mismo culto a la juventud, a la imagen del cuerpo juvenil, saludable, que hace del mismo un icono cultural hacia el que se dirigen todas las miradas. La imagen y su tratamiento identitario es el dispositivo a partir del cual se organizan, no sólo las relaciones sociales sino la autoestima. Así, buena parte de la población desea retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición. La cirugía cosmética contra el envejecimiento pretende conseguir personas sin edad, en un proceso de reforma continua en el que a veces se pierde ante el espejo incluso la propia identidad. 

En esta dirección se buscan soluciones prácticas para cualquier tipo de problema asociado a la vejez, incluidas las enfermedades degenerativas, que si hasta ahora se ocultaban o se consideraban una cuestión familiar, hoy son ya un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados. Sin embargo esta preocupación social por las enfermedades mentales, no se han resuelto satisfactoriamente los procesos de construcción identitaria de las personas afectadas, manteniendo como en el pasado un estigma que en ocasiones alcanza a los familiares del enfermo.

Si definimos la presencia del estigma a través de tres dimensiones (estereotipos, prejuicios y discriminación) observamos cómo en nuestra sociedad, varias o todas estas dimensiones se encuentran presentes cuando se identifica a una persona como afectada por una enfermedad mental. El estigma, a lo largo de la historia, además de estas dimensiones ha estado ligado fundamentalmente a la discriminación y la exclusión, marcando negativamente al enfermo mental y a su entorno personal y familiar.

En el pasado, las enfermedades mentales han sido tomadas como manifestaciones de carácter mágico o religioso, incluso no identificándolas como enfermedades y atribuyéndoles ese carácter espiritual de posesión por otros espíritus que se manifestaban a través de la persona poseída, en realidad el enfermo mental, al que despersonalizaban, es decir, le arrebataban su identidad.

En la actualidad, el estigma que sufren las personas aquejadas de una enfermedad mental obra sobre ellos despersonalizándolos y aislándolos de su entorno, pues ya no reciben el mismo trato. En general, las personas rechazamos aquello que por desconocido o por imprevisto tememos o nos produce incertidumbre. La ausencia de seguridad que mostramos por el modo de pensar, sentir y obrar de un enfermo mental, consigue la pérdida de relaciones y el aislamiento del mismo tras su inevitable estigmatización. Además, ante la vergüenza y la humillación del enfermo y sus familiares, provocamos que uno y otros adopten una posición de ocultamiento de la enfermedad o del enfermo, aislándolo y profundizando en el estigma con el que se le vincula y aumentando su sufrimiento. De este modo, la estrategia de ocultamiento utilizada a menudo por enfermos mentales o por su entorno familiar, no sólo no ha evitado el estigma sino que ha profundizado en el mismo. Otras estrategias igualmente frecuentes suelen ser la negación del problema, la normalización del mismo a través de intentar ver a los otros como semejantes, y la evitación de aquellas circunstancias que llamarían la atención sobre las diferencias del enfermo y que provocarían la estigmatización del mismo.

En general se desconoce el origen de las enfermedades mentales, y cuando se allega cierto conocimiento, este está contaminado por historias y narraciones de todo tipo más próximas al mito que a la realidad. Se hace uso de categorías como las de normalidad, demencia o cordura que permiten explicar las conductas y el comportamiento de las personas y por extensión reconstruyen su identidad. En estos casos, el etiquetaje es el instrumento utilizado para la identificación de las personas con una enfermedad mental, despersonalizándola, pues dejan de ser sujetos con características propias de la normalidad y se convierten en sujetos aquejados de una patología.

Para los familiares, las conductas, los comportamientos, la pérdida de memoria, la necesidad de cuidado continuo, entre otros, son algunos de los atributos que vuelven diferentes y extrañas a las personas enfermas, que dejan de ser ellas mismas ya que ni siquiera logran autoidentificarse. Al enfermo se le reconoce porque deja de comunicar su realidad personal, sus necesidades, sus intereses; y deja de expresar sus sentimientos, sus afectos o sus gustos para ser sujetos identificados exclusivamente con la posesión de una enfermedad.

Una vez que la persona atraviesa el umbral de lo considerado como normal, deja de ser identificado por su vida o su personalidad para ser tratado como sujeto de una enfermedad despersonalizadora y deshumanizadora que le impide ser él mismo. Y es en este punto cuando el sujeto toma la forma de un cuerpo sin voluntad al que hay que conservar y cuidar. El punto en que deja de ser uno mismo para ser la persona que sus cuidadores deciden que sea; una persona que piensa y actúa por intermediación de sus cuidadores, de acuerdo con la interpretación que hacen estos de su identidad. Hay quien señala que esta forma de actuar de los cuidadores, de carácter despersonalizador para el paciente, puede llegar a considerar el enfermo como carente de las necesidades de las que podría disponer en una situación de normalidad, anulándolo y no dándole satisfacción a cuanto pudiera necesitar realmente. Esta actitud, además se ve reforzada por el discurso del propio colectivo médico que apoya la despersonalización del sujeto enfermo con su diagnóstico.

Algunos cuidadores proceden a tomar la parte por el todo; es decir, hacen extensiva la enfermedad mental al conjunto de la persona, inutilizándola como ser autónomo, independiente y con características propias. Es como si toda su identidad social fuera determinada por la parte significada en el diagnóstico médico. Toman la categoría médica como punto de partida para interactuar y explicar lo que sucede a la persona enferma, relegando la voz del paciente a su cuidado.

Sin embargo, esto no ha ocurrido con la demencia senil, que como nuevo síndrome patológico se inventó la medicina con el fin de representar los desvaríos de la vejez. En este caso, las representaciones populares sobre la enfermedad y el enfermo fueron inicialmente contrarias al etiquetaje médico, pues los desvaríos se encuentran dentro de lo considerado normal dentro de la vejez; y encuentran que es propio de los viejos chochear, desvariar, perder memoria, hacer cosas extrañas. Para los familiares, los aquejados con demencia tienen una enfermedad, pero no entran en la categoría de enfermos, pues la salud de su cuerpo es la normal, la reconocida como normal dentro de las circunstancias personales.

LAS VACACIONES

Otra vez la duda de si nos vamos o nos quedamos. Todavía indecisos, nos movemos por impulsos colectivos que, alimentados por la publicidad, nos llevan y nos traen de un lugar a otro, y todo durante tres escasas semanas que son el mínimo reglamentado para los trabajadores activos. Trabajadores que hacen números con su paga extraordinaria a fin de dar salida a todas las manifestaciones de consumo con las que les han alimentado con anterioridad. Y así, según sea nuestro nivel adquisitivo y capacidad de afirmación, elegiremos un lugar del planeta, del continente, del país o de la provincia para sentar nuestros reales. Unos se irán a países lejanos y otros al pueblo cercano. Unos se moverán constantemente y otros se harán sedentarios en un lugar. Unos a la montaña y otros al mar. Solos o bien acompañados de nuestra pareja o de nuestra familia emprenderemos un viaje con retorno.

Por su parte, menores y jubilados se disponen a sufrir y gozar en este tiempo que se ha declarado como de descanso, y que contradictoriamente es de hiperactividad y trabajo para estos colectivos. Unos por la fuerza y el ímpetu de su juventud y otros por la demanda de apoyo solicitado por los familiares, que descargan en los mismos las labores cotidianas de las que se sienten responsables el resto del año. Al finalizar este periodo vacacional observamos cómo se distinguen los diferentes colectivos según se manifiesten disgusto, cansancio, ansiedad o satisfacción, porque para todos, la vuelta a la cotidianidad no significa lo mismo, dependiendo de las expectativas que tengan y de la experiencia acumulada en esas fechas.

Para quienes no se desplazan por cualquier motivo, como el muy habitual de no disponer de recursos económicos, puede ocurrir que, sin embargo, dispongan de un capital cultural que les permite transformar ese tiempo no laboral en ocio creativo, que les alimenta su espíritu tanto como los desplazados alimentan sus cuerpos. Aunque no olvidamos que España aún tiene un agujero negro de incultura basada principalmente en la televisión e Internet, que desgraciadamente no satisface ni llena, pero contenta con artilugios de entretenimiento fugaz.

CONFESIONES

No es broma. Tengo la peste. Hace un tiempo todavía se trataba de unos síntomas que pasaron desapercibidos. Cierta desgana, dejadez, abulia. Podía ser el calor, aunque también podría ser algo de inapetencia, o quizás es que no había dormido bien. De todas formas me extrañó que al salir a la calle, pudo ser una coincidencia, pero la verdad es que la gente se cruzaba de acera cuando se encontraba muy próxima a mi;  pero como yo andaba distraído y solitario, sólo pensé que la gente lo que buscaba era una sombra y no que rechazara el contacto conmigo. También es verdad que yo buscaba la sombra y hasta cierto punto buscaba lugares donde no hubiera gente a la que tuviera que saludar indefectiblemente, porque aquí en Logroño indefectiblemente tienes que saludar a toda la gente, la conozcas o no la conozcas, sepas su nombre o no conozcas su nombre ni su identidad. Todo el mundo parece conocerte y yo estoy harto de saludar a gente que no conozco aunque ella sí parezca conocerme. Bien es verdad que todos los días tengo que ir a la plaza de abastos para adquirir verduras, fruta, pescado y carne o lo que haga falta, y que la gente de la plaza, a fuerza de verme día tras día, se ha familiarizado tanto conmigo y con mi existencia que son casi como de la familia, pero yo, la verdad, desconozco su nombre y ni siquiera conozco el nombre de la tienda o el establecimiento que regentan. Bueno, a lo que iba. Estoy harto de saludar a la gente que no conozco y de la que además me importa un pepino su vida y su existencia y a la que jamás le contaría nada sobre la mía, aún a despecho de que sean íntimos de mi familia, la cual, dicho de sea de paso, es ya bastante escasa tras la muerte de mis mayores.

Lo cierto es que no tuve la impresión de que la gente me rechazara por alguna cuestión, puesto que yo era el primero en rechazar a la gente y en tratar de ocultarme y buscar un lugar solitario alejado de las compañías que se podían producir en el transcurso de un paseo matutino por las calles de un Logroño amelonado de verano. Así que lo que más tarde diagnostiqué como un fenómeno propio del apestado, en aquel momento sólo supuso un pequeño oasis en una mañana de calor asfixiante.

El siguiente indicio de que yo había contraído la peste vino tras aquel paseo mañanero cuando, harto de sudar, decidi darme una ducha y al desnudarme pude contemplar ciertas erupciones rojas, como si de repente una viruela o más bien una colección de espinillas adolescentes hubiera invadido todo mi cuerpo. Estaba claro que algo me había sentado mal y no podía ser otra cosa. En los últimos años estamos acostumbrados a que un yogurt caducado, un pescado podrido, o simplemente el aire contaminado sean elementos agresivos para nuestra sensible piel, que sólo sabe defenderse provocando erupciones fieles, o cualquier otra manifestación parecida contra la agresión del medio. Así que no le di más importancia y entré en la ducha de agua fresquita; pero al salir, con los ojos todavía medio cerrados aquellas erupciones se abrieron al frotarme enérgicamente con la toalla. Fue entonces cuando descubrí que muchas de esas erupciones que se habían abierto no expulsaban precisamente sangre, sino un líquido purulento casi acuoso de color amarillo que al juntarse con la sangre más bien parecía la enseña nacional.

Como no me escocía ni me dolía especialmente decidí no prestarle más atención y en todo caso o como toda opción llamar al dermatólogo y pedirle cita. Pedir cita es una cuestión fundamental, pues un dermatólogo que trabaja en su consulta privada no para de recibir a toda clase de personas con lunares, granos, cánceres dermatológicos, quemaduras sin fin y alguna alopecia desesperada. Es una situación que viene provocada por el maldito anuncio de Corporación Dermoestética en que mucha gente cae como en la peor de las sectas mefistofélicas, y que ha traido un auge insospechado, no sólo de la cirugía plástica, sino también de la dermatología cosmética. Así que sin más dilación llamé, y como me esperaba, los que pagamos a una compañía de seguros puntera recibimos el trato puntero, es decir, me dio cita para dentro de un mes. Con la misma parsimonia decidí dejar pasar tiempo, el momento y la ocasión para enfrentarme a lo que irremediablemente hoy me enfrento: la peste.

Pero aún tendría que escuchar el peor de los diagnósticos, que era  y es, el que me daba y el que me sigue dando mi conciencia cuando la examino y le pregunto acerca de qué hacer, de cómo hacer, de si vale la pena vivir, de si tengo alguna obligación moral, de si debo buscar la felicidad, de si me deben importar la humanidad, la familia o los amigos. Los amigos, no como se entienden en las demostraciones de afecto y lealtad, sino los amigos fronterizos. Y los denomino fronterizos porque los amigos nunca son amigos de uno solo, siempre son amigos de circunstancias, de parejas, de compañías, de momentos, de ocasiones y, por tanto, son leales a las cosas que propician esa amistad, pero no son leales a la persona. Por lo tanto he decidido llamar a los amigos, amigos fronterizos. No están ni en un sitio ni en el otro. Están en el límite, en la frontera. Son amigos cuando se dan las circunstancias, las ocasiones, los momentos para serlo; pero dejan de ser tus amigos cuando no se dan las circunstancias , ni la compañía (véase dónde quedan o con quién se quedan los amigos en caso de ruptura o divorcio de la pareja), ni los momentos, ni las ocasiones, ni nada que propició precisamente esa relación de amistad. Por lo tanto, la definición clara y concisa que he decidido dar a los amigos es la de fronterizos.

Pero vuelvo sobre el diagnóstico de mi conciencia que fue letal. Tú que buscas la soledad estás solo. Tu que no te reconoces en nadie, a nadie le puedes importar. Tú que estás ensimismado, no te tienes mas que a ti. No te busques nada dentro porque estás vacío. Todo lo que ves es patológico porque estás enfermo, y la manifestación de esa enfermedad es la peste.

Y aquí estoy, a desgana me gano la vida representando al apestado en las ferias y conmemoraciones populares, da igual si son medievales, renacentistas, ilustradas o del siglo XXI. Juego con los niños, más con las niñas, todo hay que decirlo, mientras los padres huyen asustados tirando de sus vástagos porque reconocen en mi rostro (voy tapado con capa descolorida pese al calor) la peste.

BRIONES 149

EL DISCIPLINAMIENTO DE LOS CUERPOS

A rebufo del particular mensaje del vicepresidente de Castilla y León, Juan García-Gallardo, que anunció diversas medidas antiabortistas a través de un protocolo de actuación que tendría por objetivo convencer a las mujeres que se plantearan abortar de no hacerlo, entre otras el apoyo psicológico clínico, las ecografías en 4D, el latido del bebé y mayores garantías de protección de datos en la objeción de conciencia, han surgido numerosas réplicas en editoriales y publicaciones de todo tipo, la mayoría vinculadas con la crítica ideológica al partido de extrema derecha VOX.

Sin embargo, muy pocas de estas réplicas han incidido en el hecho de que cualquier medida antiabortista o a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazo (el aborto es libre hasta la semana 14 de gestación y, a partir de ahí y hasta la semana 21, podrá realizarse una interrupción por causas médicas, como malformación del feto o peligro para la vida de la madre), en realidad están tratando del cuerpo de la mujer. Del cuerpo de la mujer que durante siglos se ha visto sometido a cambios y modificaciones relacionados con los contextos sociales e históricos en los que se desenvolvieron.

Viene esto a cuento de una relectura de Michel Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber), donde se conjuga el ejercicio del poder con la disciplina de los cuerpos y la regulación de la población. El disciplinamiento es un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo. De las consecuencias de su aplicación no hay mejor exponente que la España del siglo XX cuando se proyectó una concepción que identificaba la sexualidad de modo funcional con la procreación, particularmente con la genitalidad, jurídicamente con el matrimonio, conductualmente con la heterosexualidad, genéricamente con el varón, y cronológicamente con el joven/adulto.

A pesar de que un mínimo de conocimiento, contacto con la realidad y espíritu crítico desbancan estas limitaciones, no por ello dejamos de observar que la imposición social de los cuerpos ha permanecido y permanece. Seguimos dominados por una experiencia de siglos en los que se aprendió a disciplinar nuestros cuerpos y a restringir las opciones de nuestra sexualidad.

¿CASTIDAD? NO, GRACIAS

Hace unos días, el obispo mexicano de San Cristóbal de las Casas (estado de Chiapas), Felipe Arizmendi, responsabilizó a “la invasión de erotismo presente en los medios de comunicación” de los abusos cometidos por el clero ya que, ante tal aluvión de estímulos, no es fácil “mantenerse en el celibato y en el respeto a los niños”, subrayando que el libertinaje sexual que se vive actualmente es uno de los detonantes de los escándalos de pederastia que en los últimos meses asolan el panorama de la iglesia católica.

Desde luego con estas manifestaciones no ha conseguido aplacar las críticas por los abusos sexuales y casos de pederastia cometidos por el clero, sino todo lo contrario, pues han aumentado el número de personas, organizaciones e instituciones políticas y sociales, así como representantes de gobiernos que han respondido indignados por este incontinente verbal.

Parte de su argumentación podría tener base real al señalar que la iglesia católica pondrá mayor énfasis en mejorar la educación sexual de sus sacerdotes, pese a que el medio ambiente no es propicio sino contrario a la castidad. Se refiere a Internet que lo invade todo y por ello es difícil que alguien se sustraiga a un ambiente tan erotizado. Ante un libertinaje social generalizado como el que existe actualmente, hay más posibilidades de actos de pederastia, no solo en la Iglesia sino en la familia, en las escuelas y en muchos otros ambientes.

Y es cierto que las posibilidades que ofrece la libertad sexual pueden esconder actos violentos o contrarios a la propia libertad, aunque no estoy de acuerdo en que sea la libertad la que promueva esos abusos, esa violencia, ese ejercicio del dominio y del poder, sino las bases sobre las que se socializaron, se formaron y se educaron las personas que conculcaron los derechos y la libertad de los otros. Ahí es donde debe buscar el origen de de los abusos de los sacerdotes, y ahí es donde precisamente entra la castidad coercitiva e impuesta mediante el celibato al clero.

El secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone, el agitador que ha relacionado pederastia y homosexualidad, decía estos días a su paso por Cataluña que el voto de celibato es una tradición positiva y su incumplimiento puede conllevar consecuencias que después son muy dolorosas y lo dañan todo. Es cierto, las consecuencias se muestran no sólo con los casos de abuso sexual de menores por el clero en Europa y  Estados Unidos, sino en las regiones donde el catolicismo está creciendo más rápido como América Latina, Asia y, sobre todo, África, donde según Peter Schineller, un sacerdote jesuita que ha pasado veinte años en África, la transgresión de la castidad entre los sacerdotes va desde el acoso, la violación y el sexo consentido, hasta engendrar hijos. Schineller señala que en África los adultos con hijos tienen una posición social más alta que los adultos sin hijos. Además, los sacerdotes a menudo están aislados, separados, y las tentaciones son muy fuertes.

En una investigación llevada a cabo en 2001 por la National Catholic Reporter y publicada el nueve de marzo, se puede leer en el Memorándum presentado por Sor Marie McDonald (de Misioneros de Nuestra Señora de África), que el acoso sexual e incluso violación de las hermanas por sacerdotes y obispos es supuestamente común. A veces, cuando una hermana se queda embarazada el sacerdote insiste en el aborto. La hermana por lo general es despedida de su congregación, mientras que el sacerdote es trasladado a otra parroquia. Otro problema es que muchas hermanas son económicamente dependientes de los sacerdotes que solicitan favores sexuales a cambio de su ayuda financiera. Además, los sacerdotes se aprovechan de la dirección espiritual para pedir esos favores sexuales.

El abuso sexual de las religiosas es el principal problema de la iglesia católica en África y son varias las causas apuntadas en los informes procedentes de las congregaciones diocesanas, como el voto de celibato/castidad, que no es de gran valor en aquellos países donde el matrimonio es el objetivo principal, aunque como el precio de la novia es demasiado alto, la opción alternativa que se presenta a las jóvenes es la vida religiosa.

Otra causa proviene del status inferior de la mujer en la sociedad y en la iglesia. A una hermana le resulta imposible rechazar a un sacerdote que le pide favores sexuales, pues han sido educadas para estar al servicio y obedecer al varón que se ve como una figura de autoridad. Como los sacerdotes recibieron una formación teológica más avanzada, pueden utilizar falsos argumentos para justificar sus solicitudes de sexo, como este de: Ambos somos célibes consagrados. Esto significa que prometimos no casarnos. Sin embargo, podemos tener relaciones sexuales sin romper nuestros votos.

Por otra parte, las monjas también tienen un lugar único en el panorama sexual, en un universo donde el SIDA está muy extendido. Para muchos, el sexo con monjas se piensa que es seguro; algunos incluso se imaginan que podría tener efectos positivos o poderes curativos.

Pero quizás, lo peor de los abusos cometidos con las mujeres religiosas en África ha sido, como en el caso de los abusos a menores en otras partes del mundo, la conspiración del silencio en torno a esta cuestión. El encubrimiento de la violación de menores y el abuso sexual de religiosas, proviene de la consideración que tiene la jerarquía católica sobre la violación y el abuso como un pecado, en lugar de cómo un crimen. De ahí la insistencia en el perdón, el arrepentimiento y la terapia de los pecadores, en lugar de la investigación, persecución y expulsión de los delincuentes. En el fondo tratan de mantener la reputación de la jerarquía eclesiástica por encima del deber para con su iglesia, utilizando la autoridad que una religión secular les proporciona para ocultar sus más oscuros y terribles secretos.

Pese a que el Vaticano siempre ha tenido conocimiento de todos estos pecados y delitos, su respuesta ha sido el ocultamiento de los hechos y la exaltación de la castidad. En 2005, cuando Benedicto XVI viajó a África se refirió a la cuestión del celibato de manera explícita. Instó a los obispos allí para abrirse plenamente a servir a los demás como lo hizo Cristo, abrazando el don del celibato. Sin embargo ya hemos contado en otra ocasión (“Pedofilia o barbarie”), que hasta que en 1073 Gregorio VII impuso el celibato, en esos diez siglos de vida cristiana, además de San Pedro otros seis papas vivieron en matrimonio y hasta once papas fueron hijos de otros papas o miembros de la iglesia. Por tanto, ¿porqué fundamentar el funcionamiento de la estructura eclesiástica en el celibato y la castidad? ¿Debe una persona ser casta para ejercer el cargo de sacerdote? ¿Se puede condenar a un, o a una joven adolescente a no conocer jamás el desarrollo normal de su cuerpo, a no tener contactos emocionales o sexuales sin temor?

Sean cuales sean las respuestas, lo cierto es que la sexualidad de sacerdotes, obispos y cardenales no remite con los votos de castidad, y está expuesta, como señalaba el obispo de Chiapas al medio ambiente erotizado que hace muy difícil sustraerse a las tentaciones del abuso y la violencia sexual. Si de verdad quieren acabar con los abusos en el seno de la iglesia católica y convivir en un plano de igualdad, dignidad y respeto, no lo duden, pronuncien bien alto este lema: ¿Castidad? No, gracias.

PEDOFILIA O BARBARIE

Escribí esto el pasado treinta y uno de marzo antes de viajar a Cuenca para conocer las turbas.

Vuelve a la palestra el inefable obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, uno más de la larga lista de miembros de la jerarquía católica española que se despachan a gusto cuando les toca hablar de los comportamientos sexuales de los españoles. Bernardo Álvarez ya se soltó con unas perlas hace dos años cuando a propósito de los curas pedófilos dijo que hay menores de edad que “consienten” mantener relaciones sexuales, añadiendo que “incluso, si te descuidas, te provocan”.

Vamos, que las víctimas son los prelados inocentes que se ven en su casta vida atacados por el deseo de la carne, el mayor de los pecados capitales, por culpa de unos niños que provocan con sus cuerpos deseosos de ser violados.  Además, parece que habiendo confesado el pecado, podían verse eximidos de la justicia terrenal, como recuerda este obispo cuando indica “que la confesión es un sacramento sometido a sigilo sagrado, y que por tanto no se puede usar para desvelar estos abusos”. Vaya morro, de este modo no hay caso judicial como no haya confesión pública. Incluso el obispo no puede ser tratado de encubridor del delito, pues actúa según mandato sacramental. Qué bien, un pecado, dos delitos y ninguna expiación.

También el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, condenó en una homilía los abusos de menores cometidos por algunos religiosos, pero denunció que estos casos se presenten “como si fuera un pecado del clero católico” con el fin de extender “la sospecha de que cualquier cura o fraile puede ser presunto pederasta”. En esta línea señaló que “abusar de los más pequeños de modo torpe y cobarde es uno de los pecados más deleznables”, y quienes han cometido tales pecados deben dar cuenta “ante Dios y ante los tribunales”. Menos mal que por lo menos señala la obligación de dar cuenta ante la Justicia; sin embargo, la sospecha de que se queja este arzobispo no es menos obligada, pues proviene precisamente del ocultamiento del delito que han realizado los miembros de la jerarquía. Y esta sospecha de ocultamiento alcanza a numerosos curias de Europa, América y Oceanía que han preferido mirar hacia otro lado durante décadas, criminalizando socialmente a las víctimas que se atrevieron a contar algo para romper el silencio establecido por la jerarquía católica. Una sospecha que pese a quien le pese, parece alcanzar incluso a su cabeza Josep Ratzinger

Precisamente para salvar la cabeza de Benedicto XVI, (ex inquisidor, ex teólogo ultraconservador y ex soldado de la Wehrmacht), al obispo de Tenerife no se le ha ocurrido otra cosa que asegurar que tras las últimas denuncias de abusos sexuales contra sacerdotes hay un interés malévolo de desprestigiar a la Iglesia Católica y al Papa. Y para ello recuerda que los casos de abusos y malos tratos a niños se dan principalmente en las familias y, claro, no por eso vamos a sospechar de todas las familias.

Está visto que con un obispo tan avispado no hay manera de hincarle el diente a esto de la pedofilia y la jerarquía católica, aunque aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid ¿por qué ese empeño en mantener el celibato de monjas y sacerdotes?, si por hacer voto de castidad no van a dejar de mantener una actividad sexual como cualquiera; por desgracia ocultándola y degradándola, salvo esos sacerdotes valientes que se casan, o los más estrafalarios que se anuncian en páginas de contactos, o los más pudientes como el cardenal de París que murió en un elegante prostíbulo.

Hasta que en 1073 Gregorio VII impuso el celibato, en esos diez siglos de vida cristiana, además de San Pedro otros seis papas vivieron en matrimonio y hasta once papas fueron hijos de otros papas o miembros de la Iglesia. Contaba el escritor argentino Tomás Eloy que la decisión de imponer el celibato se utilizó principalmente como un medio para evitar que los bienes de los sacerdotes casados fueran heredados por sus hijos y viudas y no por la Iglesia.

Acabáramos, yo creo que a estas alturas, diez siglos después, ya han acumulado el mayor patrimonio existente en el orbe de la tierra y va siendo hora de que manifiesten su sexualidad de una manera natural, dejen de prohibir el uso de preservativos, de violentar a las jóvenes gestantes para que no aborten, y permitan vivir y morir sin su celo redentor. Creo que ya es suficiente con estos días de barbarie en que la jerarquía eclesiástica volverá a ocupar las calles y algunas conciencias. Una vez más.

SEXO EN PRIMAVERA

Esto lo escribí el pasado veinticinco de marzo de 2010 después de asistir en el Ateneo a un debate sobre Foucault y la inmanencia del poder

Ha llegado la primavera, el momento en que la naturaleza transforma los capullos en flores y en el que las hormonas parecen despertar de su letargo invernal. Pero no es de sexo exclusivamente de lo quiero hablar, sino del cuerpo, de la percepción que tenemos del cuerpo, de la conciencia que tenemos de nuestro cuerpo. Hay gente que todavía no ha descubierto su cuerpo porque no lo encuentra o percibe, o porque no le gusta, porque quiere modificarlo, porque no se identifica, porque se mira en otros cuerpos, en los modelos de juventud de belleza estandarizada y no en el suyo.

Y es que los cuerpos, como la sexualidad o el pensamiento, se han visto sometidos a cambios y modificaciones relacionados con los contextos sociales e históricos en los que se desenvolvieron. Viene esto a cuento de una relectura de Michel Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber), y el inicio de la era del “biopoder” donde se conjuga el ejercicio del poder con el diciplinamiento de los cuerpos y la regulación de la población. El biopoder es un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo y su mejor estrategia será el dispositivo de sexualidad. De las consecuencias de su aplicación no hay mejor exponente que la España del siglo XX cuando se proyectó una concepción que identificaba la sexualidad de modo funcional con la procreación, particularmente con la genitalidad, jurídicamente con el matrimonio, conductualmente con la heterosexualidad, genéricamente con el varón, y cronológicamente con el joven/adulto.

A pesar de que un mínimo de conocimiento, contacto con la realidad y espíritu crítico desbancan éstas limitaciones, no por ello podemos dejar de observar que este alineamiento estratégico ha permanecido y permanece en los intereses y manifestaciones sexuales de muchos individuos, no cómo una opción elegida, sino como la única posibilidad de vivir la propia sexualidad y de cómo debe ser vivida por los demás. Seguimos dominados por una experiencia de siglos en los que se aprendió a disciplinar nuestros cuerpos y a restringir las opciones de nuestra sexualidad. Si hacemos caso de Claude Lèvi-Strauss, el tabú del incesto es el origen de toda sociedad y en todas encontraremos algún tipo de regla o norma que prohíbe mantener relaciones sexuales con ciertos parientes. Ahora bien, ni las normas son iguales en todas partes, ni la determinación del grupo de parentesco, ni la terminología que identifica a los parientes, por lo que estamos hablando de una construcción social más basada en la prohibición y en la restricción de las relacione sexuales.

La biopolítica en el ejercicio del poder, determina la funcionalidad de los cuerpos gobernados, instruyendo (disciplinando) acerca de los deseos y las manifestaciones afectivas y sexuales de modo que estos respondan a los cánones establecidos de carácter productivo y reproductivo. Frente a estas limitaciones que reducen las experiencias sexuales al área genital y a la relación coital, se encuentra la subversión de los cuerpos, que mediante el ejercicio de una sexualidad libre, aumenta nuestra capacidad de comunicación, afectividad, placer, complicidad y ternura.

Señalaba mi amiga Victoria Hernando hace unos años (Giró, 2005), que  las actitudes hacia la sexualidad, las preferencias y las manifestaciones afectivas y sexuales se han convertido en la cuna de numerosos mitos y mensajes sociales que tanta discriminación y daño han causado a hombres y mujeres. Así, por ejemplo, el hombre debía de manifestarse siempre dispuesto a la relación sexual y coital, siendo el responsable de tomar la iniciativa y parecer experimentado aunque no lo fuera. Debía permanecer fiel a un modelo que le atribuye vigor, fuerza y la responsabilidad del orgasmo propio y de la pareja. Su imagen debía ser la de alguien racional, ambicioso, controlador y protector que sabe lo que hay que hacer en cada momento. Acorde con éste retrato robot la hombría se demostraba más adecuadamente si se tiene éxito social o se persigue y si se mantienen relaciones sexuales con muchas mujeres y éstas son atractivas y más jóvenes. El hombre podía practicar la masturbación pero especialmente en la adolescencia y años más jóvenes. No debía expresar jamás los sentimientos de miedo, inadaptación, rechazo o abandono aunque si podía manifestar rabia o agresividad. En oposición, el hombre resultante de este planteamiento no debía ceder, jugar, dejarse llevar por los sentimientos, ser honesto con respecto a sus necesidades sexuales, dejarse acariciar, mantener relaciones sexuales no genitales, ser vulnerable, débil, receptivo, pasivo en las relaciones y no debía, entre otras múltiples indicaciones, responsabilizarse del control de natalidad. En la pareja puede buscar lícitamente ser admirado, obedecido o incluso el afianzamiento social.

A partir de aquí resulta sencillo imaginar el rol asignado al sexo femenino y la construcción de su sexualidad. Entre otras cosas, la mujer debía mostrarse insegura y tímida en las relaciones sexuales, sobre todo en las primeras ocasiones. Debía ser fuente de ternura, placer, comprensión y cariño. Mostrarse solícita siempre que el varón lo desee independientemente de su deseo. La masturbación, en su caso, simplemente no existe y no debía manifestar experiencia ni deseo sexual aunque lo haya. Puede hablar de sentimientos siempre que hagan referencia al miedo, la lástima, la culpa… pero no aquellos sentimientos que tengan que ver con valores asociados al varón como la ambición, la cólera o el resentimiento y, cómo no, le está permitido llorar en público.

Afortunadamente la primavera ha llegado y el sexo ha estallado en múltiples formas y colores. Aprendamos a reconocer, estimar, amar, desear nuestros cuerpos como la mejor estrategia para combatir los males del capitalismo posmoderno.