Que las mujeres son más longevas que los hombres es un fenómeno relativamente moderno, pues a principios del siglo XX no existían estas diferencias. Por entonces, la reducción de la mortalidad infantil fue decisiva para ampliar la esperanza de vida, pues las ganancias se libraron a edades tempranas y no como en la actualidad que se libran a edades avanzadas.
Todo parece indicar que los principales factores en la mejora en la esperanza de vida de las mujeres durante el siglo XX, aparte de las tendencias que afectan también a los hombres (nutrición y salubridad), pudieran atribuirse al descenso de la fecundidad, las mejoras en la atención al parto y la dedicación de las mujeres a tareas reproductivas.
Pero más allá del hecho de haber disminuido la mortalidad entre los españoles, se encuentra el debate sobre género y esperanza de vida proveniente de la distinción entre cantidad y calidad de vida, de manera que la diferencia de género en años por vivir no derivaría en ninguna ventaja para las mujeres si se tradujera en años vividos con enfermedad o discapacidad, o con impedimentos para desenvolverse de forma autónoma. Así lo muestran dos indicadores útiles, no para medir cuánto se vive, sino cómo se vive. Son indicadores sobre la esperanza de vida libre de enfermedad crónica y la esperanza de vida en buena salud, y ambas ofrecen resultados más favorables a los hombres.
Si esto es cierto, la diferencia en la autonomía de hombres y mujeres no sería real, sino completamente artificial o construida socialmente, en referencia a las expectativas sociales que pesan sobre uno y otro género, puesto que, si hay enfermedades sociales que se imponen como causas fundamentales de mortalidad, también habría dependencias sociales construidas en función del género.
El planteamiento objetivo sería conocer si estas variaciones entre las expectativas de vida de hombres y mujeres son diferencias, es decir, si se deben a su mera condición biológica de ser hombres y mujeres; o si por el contrario son desigualdades, es decir, si es una cuestión de género acerca de cómo se ha organizado históricamente el trabajo reproductivo.
¿Cómo explicar que ahora las mujeres sean más resistentes que en 1900? La respuesta es que la razón de que la esperanza de vida varíe entre los sexos con el tiempo, se encuentra en los procesos de construcción histórica.
Hasta la primera mitad del siglo XX se atribuyeron las diferencias a que los hombres trabajaban duro y en condiciones penosas; e incluso se creyó que la incorporación de la mujer a la vida laboral acortaría distancias, pues al abandonar la seguridad del ámbito de lo doméstico participaría de los riesgos y peligros propios del ámbito de lo público, reservado hasta entonces a los hombres. Se postulaba que las mujeres, al participar en el trabajo productivo, de alguna manera se masculinizaban adquiriendo hábitos y conductas masculinas, fumando, bebiendo, conduciendo automóviles, sometiéndose a la doble jornada en el trabajo, etc.
Estos argumentos se basan en la pretendida existencia de un efecto protector de la reclusión doméstica de las mujeres (las reinas del hogar); y la asunción de postulados androcéntricos, ya que plantea dos justicias distributivas diferentes, una para el trabajo productivo y otra para el reproductivo. Tratar de explicar la eventual pérdida de la salud de las mujeres por su participación en el sistema productivo, es como intentar argumentar que la culpa es de la víctima por abandonar las tareas reproductivas que socialmente se le habían reservado. Una explicación más justa, consistiría en preguntarnos por la responsabilidad de los varones en la reproducción, lo que podríamos llamar el síndrome de inhibición doméstica de los varones.
La pretendida masculinización de las mujeres, su acceso a la producción está matizada precisamente por el mantenimiento de su vinculación al ámbito doméstico. La doble jornada o jornada interminable, sería el factor más certero en la profundización sobre las desigualdades en las expectativas de vida.
Así pues, si añadimos un poco más de justicia a nuestras sociedades y a nuestras casas, consiguiendo no sólo democracia en lo político sino democracia en lo doméstico, se podría lograr una mejoría sensible en las expectativas de vida. La ganancia en términos de salud y esperanza de vida para ambos géneros sería enorme.
El envejecimiento es un fenómeno universal al que se ha prestado atención en todas las épocas y en todas las culturas y civilizaciones, cada una de las cuales ha destacado diferentes cualidades, algunas coincidentes (la sabiduría fruto de la experiencia, la prudencia derivada del conocimiento profundo de la naturaleza humana); otras, fruto de la distinta posición adoptada por la sociedad civil o la cultura religiosa, sin excluir fenómenos atávicos como la burla del anciano decrépito y rijoso (tan frecuente en la sátira romana), o el abandono de los que no podían valerse por sí mismos (en especial en sociedades cazadoras-recolectoras prehistóricas o en pueblos nómadas). Nuestro conocimiento acerca de este proceso y nuestras actitudes, ni son nuevas, ni provienen de nuestra propia experiencia o de las aportaciones sociológicas en exclusiva, ni son reflejo de una sociedad especialmente evolucionada, o patológicamente desequilibrada; en realidad, son el resultado de la experiencia cultural, económica y científica desarrollada por la sociedad a lo largo de la historia.
Desde el mismo momento en que nacemos comienza el proceso de envejecimiento, que consiste en la etapa de desarrollo biológico que va desde la plenitud del ser vivo hasta su definitiva consunción. Lo específico del hombre en este proceso de declinación está en las manifestaciones sociales, afectivas, culturales, etc. que lo acompañan y que le hacen diferente. Esto es: no todos los seres humanos envejecen de la misma forma ni a la misma velocidad, pues la situación socio-económica, la cultura general y las experiencias vividas, así como el cuidado de la salud (física y mental) influyen decisivamente en todos los momentos vitales del ser humano, lo que condiciona específicamente su futuro. Hay, pues, una posibilidad de intervenir preventivamente desde distintos campos, desde luego desde la medicina (educación para la salud, medicina preventiva, etc.), pero también desde los que atañen a factores cada día más involucrados en lo que venimos llamando calidad de vida. En definitiva, no sólo se puede envejecer más tarde, sino que se puede envejecer mejor.
La evolución demográfica aporta datos sobre el creciente aumento de la proporción de personas mayores en nuestra sociedad, el aumento de hogares unipersonales, el aumento de mujeres que viven solas y de la proporción de los muy mayores (> 80 años y centenarios). La gran mayoría de las personas mayores viven en sus casas, y la mayoría se encuentran en condiciones de independencia suficientes para el desarrollo de las actividades de la vida diaria, por lo que no necesitan de ayuda de otros.
Durante las últimas décadas, la vida familiar, y en particular los modos de vida familiares, han experimentado transformaciones importantes que van unidas a las transiciones demográficas y al aumento significativo del número de mujeres que se incorporan al mercado de trabajo. Estos cambios acompañan la transformación gradual de las expectativas sociales en torno a la vejez y a la familia. La diversidad de formas familiares, normas y conductas ha aumentado. Esto ha producido un cambio en los modos de vida y las relaciones familiares. De hecho, las personas viven actualmente en familias intergeneracionales que son cualitativa y cuantitativamente muy diferentes a las del siglo XX, que si bien fue el siglo de la juventud, acabósiendo el de la vejez. El siglo XXI ha heredado del anterior el culto a la juventud, la despreocupación por el futuro y las soluciones prácticas para cualquier tipo de problema, incluido el de la vejez y las enfermedades degenerativas terminales, que han pasado a ser un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados.
En este contexto, los cuidados de larga duración se presentan como el reto más importante al que se enfrentan los gobiernos, principalmente por las implicaciones que tienen para las familias y los servicios. Las políticas familiares deben orientarse y ser aplicadas en todo lo referente al cuidado de las personas mayores, a la conciliación de la vida familiar y laboral y al desarrollo de servicios que respondan a una demanda creciente.
Si bien el sector de los cuidados está cambiando entre los colectivos más relevantes de personas mayores dependientes y personas con discapacidad, en sus diferentes grados y vulnerabilidad, incidiendo en la profesionalización de los cuidadores, lo cierto es que el cuidado informal sigue siendo preponderante, y este está personificado en las mujeres cuidadoras. Al día de hoy y dentro del ámbito doméstico, se muestra la especificidad de la experiencia femenina frente a la vejez a través de las actividades relacionadas con el cuidado de los otros, o con el denominado apoyo informal.
La concepción estereotipada a este respecto nos presenta a las personas mayores y, sobre todo a las mujeres, como receptoras de los cuidados. Tal y como se deduce de la mayor longevidad de las mujeres, éstas tienen más probabilidades de necesitar atención que los varones; sin embargo, esta es sólo una parte de la verdad porque los mayores y, otra vez sobre todo las mujeres, son parte activa y aún muy activa en la prestación de ayuda a otros miembros de la familia.
Las mujeres no sólo han seguido proporcionando la mayor parte de la asistencia, sino que cuando la dependencia de las mujeres era más severa o cuando la ayuda consistía en la realización de tareas con un contenido más íntimo, las mujeres han asumido los cuidados en exclusiva. Además, mientras que los varones necesitados de ayuda pueden recibirla en el ámbito de su propio hogar y de su propia esposa, sin que la situación implique más cambios y rupturas que las derivadas del deterioro de las capacidades, entre las mujeres la situación es muy distinta. Lo más seguro es que cuando necesiten la ayuda no puedan contar ya con el esposo, bien porque ha fallecido o porque su propio estado de salud no lo permite; y en ese caso, el cuidado deberá ser asumido por otra persona, probablemente por una mujer inmigrante.
No obstante, cada día que pasa es mayor la conciencia social y política sobre los problemas de desamparo que experimentan las mujeres cuidadoras de personas dependientes y, desde la ética del cuidado se aboga por el reconocimiento y la visibilización del trabajo que aportan las mujeres en la atención a la dependencia. El enfoque ético del problema del cuidado, ha priorizado sobre todo la necesidad del reconocimiento específico del trabajo de las mujeres, no sólo por su aportación fundamental, sino por los supuestos valores asociados a dichas prácticas y la necesidad de universalizar dichos valores, reconociendo los derechos de las mujeres. Tal y como ocurre con el trabajo del hogar no remunerado, que también se considera como parte integrante de la fuerza de trabajo dedicada a la prestación de cuidados sin recibir una retribución económica a cambio, pero no se reconoce como un trabajo formal con derechos y prestaciones legales.
El Ayuntamiento de Barcelona antes de responder sobre qué son los cuidados nos indica que las personassomos seres vivos vulnerables e interdependientes. Nacemos con una fragilidad extrema. Tardamos un año en levantarnos, dos en comunicarnos mediante el lenguaje y cuatro en poder vestirnos solas para protegernos del frío. Nuestra vulnerabilidad y dependencia son la razón por la que vivimos en comunidad. Para sobrevivir, dependemos del tiempo, los trabajos y los afectos que otras personas nos dedican.
Todos y todas necesitamos recibir cuidados de manera permanente a lo largo de la vida, de tipo e intensidades diferentes, dependiendo del momento del ciclo vital en que nos encontramos, y de las capacidades de autocuidado y atención a los demás que tenemos en cada etapa de la vida. Aunque la infancia, la vejez y los momentos de enfermedad requieren cuidados físicos específicos y más intensivos, las personas necesitamos afectos y atención emocional de manera permanente, incluso cuando somos adultas sanas e independientes. Hay que pensar en la necesidad de cuidados no como una situación de excepcionalidad, sino como una característica inherente a la naturaleza humana, en que todos y todas tenemos el derecho, pero también el deber, de recibir y proveer cuidados.
Pero lo cierto es que cuando se necesita atención de un miembro de la familia se recurre normalmente a otra mujer, tal y como se ha regulado en las sociedades tradicionales y patriarcales, donde siempre se esperaba que fuera una mujer quien cuidara a los demás miembros de la familia sin por ello percibir remuneración alguna.
Desde una perspectiva sociológica, el cuidado es una actividad basada en patrones sociales. Estos patrones afectan tanto al cuidado familiar como al cuidado formal y justifican los bajos salarios percibidos por los trabajadores que son principalmente mujeres y, cada vez más, inmigrantes.
Si gran parte de la carga asistencial demandada por las personas dependientes recae sobre los familiares, principalmente sobre la mujer, es a consecuencia de un proceso de socialización que colocaba como modelo a seguir el de la diferenciación y la desigualdad entre los sexos, destinando a la mujer el papel doméstico, secundario y poco valorado. Se asume así que las mujeres trabajan en empleos relacionados con el cuidado, no sólo como resultado de su proceso de educación y de las expectativas sociales, sino debido a las menores oportunidades de conseguir los trabajos mejor remunerados, más prestigiosos y con mayor poder de los varones. Las mismas creencias y experiencias que hacen atractivo el cuidado para las mujeres, lo devalúan como trabajo remunerado al ser percibido como trabajo poco cualificado.
Los cuidados suponen una responsabilidad social absolutamente generizada y naturalizada, que afecta sobre todo a las mujeres adultas, y que se apoya en una visión social diferente de lo que es el trabajo realizado por los hombres, y en una separación cultural de lo racional que queda ligado a los hombres y a lo público, mientras que lo emocional y lo privado es asociado a las mujeres. Las tareas de cuidado se dejan bajo la responsabilidad de las mujeres por un supuesto instinto natural. De hecho, en general, el cuidado ni siquiera es considerado un trabajo, sino como algo que hacen las mujeres de manera natural porque va ligado a los sentimientos y los afectos. Todo ello me permite catalogar el concepto de cuidado como una construcción social, desde una perspectiva dominante que es la del patriarcado.
Si hay algo que caracterizó al siglo XX fue la exaltación de la juventud, pese a que acabó dando el relevo a un siglo XXI cuya característica principal es el envejecimiento mundial de la población. Sin embargo, este nuevo siglo deudor del pasado, ha heredado el mismo culto a la juventud, a la imagen del cuerpo juvenil, saludable, que hace del mismo un icono cultural hacia el que se dirigen todas las miradas. La imagen y su tratamiento identitario es el dispositivo a partir del cual se organizan, no sólo las relaciones sociales sino la autoestima. Así, buena parte de la población desea retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición. La cirugía cosmética contra el envejecimiento pretende conseguir personas sin edad, en un proceso de reforma continua en el que a veces se pierde ante el espejo incluso la propia identidad.
En esta dirección se buscan soluciones prácticas para cualquier tipo de problema asociado a la vejez, incluidas las enfermedades degenerativas, que si hasta ahora se ocultaban o se consideraban una cuestión familiar, hoy son ya un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados. Sin embargo esta preocupación social por las enfermedades mentales, no se han resuelto satisfactoriamente los procesos de construcción identitaria de las personas afectadas, manteniendo como en el pasado un estigma que en ocasiones alcanza a los familiares del enfermo.
Si definimos la presencia del estigma a través de tres dimensiones (estereotipos, prejuicios y discriminación) observamos cómo en nuestra sociedad, varias o todas estas dimensiones se encuentran presentes cuando se identifica a una persona como afectada por una enfermedad mental. El estigma, a lo largo de la historia, además de estas dimensiones ha estado ligado fundamentalmente a la discriminación y la exclusión, marcando negativamente al enfermo mental y a su entorno personal y familiar.
En el pasado, las enfermedades mentales han sido tomadas como manifestaciones de carácter mágico o religioso, incluso no identificándolas como enfermedades y atribuyéndoles ese carácter espiritual de posesión por otros espíritus que se manifestaban a través de la persona poseída, en realidad el enfermo mental, al que despersonalizaban, es decir, le arrebataban su identidad.
En la actualidad, el estigma que sufren las personas aquejadas de una enfermedad mental obra sobre ellos despersonalizándolos y aislándolos de su entorno, pues ya no reciben el mismo trato. En general, las personas rechazamos aquello que por desconocido o por imprevisto tememos o nos produce incertidumbre. La ausencia de seguridad que mostramos por el modo de pensar, sentir y obrar de un enfermo mental, consigue la pérdida de relaciones y el aislamiento del mismo tras su inevitable estigmatización. Además, ante la vergüenza y la humillación del enfermo y sus familiares, provocamos que uno y otros adopten una posición de ocultamiento de la enfermedad o del enfermo, aislándolo y profundizando en el estigma con el que se le vincula y aumentando su sufrimiento. De este modo, la estrategia de ocultamiento utilizada a menudo por enfermos mentales o por su entorno familiar, no sólo no ha evitado el estigma sino que ha profundizado en el mismo. Otras estrategias igualmente frecuentes suelen ser la negación del problema, la normalización del mismo a través de intentar ver a los otros como semejantes, y la evitación de aquellas circunstancias que llamarían la atención sobre las diferencias del enfermo y que provocarían la estigmatización del mismo.
En general se desconoce el origen de las enfermedades mentales, y cuando se allega cierto conocimiento, este está contaminado por historias y narraciones de todo tipo más próximas al mito que a la realidad. Se hace uso de categorías como las de normalidad, demencia o cordura que permiten explicar las conductas y el comportamiento de las personas y por extensión reconstruyen su identidad. En estos casos, el etiquetaje es el instrumento utilizado para la identificación de las personas con una enfermedad mental, despersonalizándola, pues dejan de ser sujetos con características propias de la normalidad y se convierten en sujetos aquejados de una patología.
Para los familiares, las conductas, los comportamientos, la pérdida de memoria, la necesidad de cuidado continuo, entre otros, son algunos de los atributos que vuelven diferentes y extrañas a las personas enfermas, que dejan de ser ellas mismas ya que ni siquiera logran autoidentificarse. Al enfermo se le reconoce porque deja de comunicar su realidad personal, sus necesidades, sus intereses; y deja de expresar sus sentimientos, sus afectos o sus gustos para ser sujetos identificados exclusivamente con la posesión de una enfermedad.
Una vez que la persona atraviesa el umbral de lo considerado como normal, deja de ser identificado por su vida o su personalidad para ser tratado como sujeto de una enfermedad despersonalizadora y deshumanizadora que le impide ser él mismo. Y es en este punto cuando el sujeto toma la forma de un cuerpo sin voluntad al que hay que conservar y cuidar. El punto en que deja de ser uno mismo para ser la persona que sus cuidadores deciden que sea; una persona que piensa y actúa por intermediación de sus cuidadores, de acuerdo con la interpretación que hacen estos de su identidad. Hay quien señala que esta forma de actuar de los cuidadores, de carácter despersonalizador para el paciente, puede llegar a considerar el enfermo como carente de las necesidades de las que podría disponer en una situación de normalidad, anulándolo y no dándole satisfacción a cuanto pudiera necesitar realmente. Esta actitud, además se ve reforzada por el discurso del propio colectivo médico que apoya la despersonalización del sujeto enfermo con su diagnóstico.
Algunos cuidadores proceden a tomar la parte por el todo; es decir, hacen extensiva la enfermedad mental al conjunto de la persona, inutilizándola como ser autónomo, independiente y con características propias. Es como si toda su identidad social fuera determinada por la parte significada en el diagnóstico médico. Toman la categoría médica como punto de partida para interactuar y explicar lo que sucede a la persona enferma, relegando la voz del paciente a su cuidado.
Sin embargo, esto no ha ocurrido con la demencia senil, que como nuevo síndrome patológico se inventó la medicina con el fin de representar los desvaríos de la vejez. En este caso, las representaciones populares sobre la enfermedad y el enfermo fueron inicialmente contrarias al etiquetaje médico, pues los desvaríos se encuentran dentro de lo considerado normal dentro de la vejez; y encuentran que es propio de los viejos chochear, desvariar, perder memoria, hacer cosas extrañas. Para los familiares, los aquejados con demencia tienen una enfermedad, pero no entran en la categoría de enfermos, pues la salud de su cuerpo es la normal, la reconocida como normal dentro de las circunstancias personales.
Con un gran alarde de inhumanidad se despachó la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, al justificar que en plena pandemia los mayores en residencias no se derivaran a hospitales, porque se iban a morir igual y no se iban a salvar en ningún sitio. Pero ha obviado que no es lo mismo morir en un hospital sedado y con cuidados paliativos que hacerlo en una habitación solo, asustado y entre dolores insoportables. Si hay que morir (no está claro que así tuviera que ocurrir para los 7.291 mayores residentes cuando entre los que sí fueron hospitalizados se salvaron el 65%), que sea siempre con el objetivo de una buena muerte.
Hoy día parece que podemos elegirlo todo, menos la forma y el momento de morir (salvo entre los suicidas). Por medio se encuentran los familiares y los profesionales de la medicina que se inmiscuyen en el proceso de morir de las personas. La muerte no sólo implica al que se va sino también a los que se quedan. Y los que se quedan tratan de burlar a la parca, como si quien se va a morir no fuera capaz de tomar la decisión acertada o deseada, es decir, la buena muerte.
La antropóloga María Catedra señalaba que la buena muerte sucede a una cierta edad, cuando el individuo ha completado su ciclo vital (morir de viejo), y el desenlace ocurre sin enfermedades ni violencias, es decir, de una manera “natural”. Los que mueren de viejos no padecen una enfermedad específica, sino que simplemente se terminan, es decir, se acaban. Este tipo de muerte de vejez, o natural, representa a nivel humano la continuación del ciclo general de la naturaleza. Con la vejez empiezan a desaparecer los miedos a la muerte, aunque, dependiendo de las circunstancias, se dan diferentes actitudes. Así ciertos ancianos pierden la consciencia total de su próxima muerte, en cuyo caso “no la sienten”; otros, en cambio, se resignan e incluso aceptan la idea y, por último, los que padecen fuertes dolores “piden la muerte”.
En realidad, se oponen dos clases de muerte: la buena y la mala muerte. Una buena muerte se caracteriza, entre otras cosas, por la rapidez del desenlace, por la inmediatez, por lo inesperado, mientras que la muerte mala significa semanas, meses o aun años de lenta agonía. La buena muerte, o la muerte feliz, es la que sobreviene sin estridencias durante el sueño, sin que se entere el afortunado. Es una muerte sin dolor, corta o inesperada, una muerte sin agonía. Porque aún en el caso de que sea una muerte violenta, deseamos que ésta se produzca de manera rápida y sin dolor, porque lo que realmente nos asusta, no es tanto la propia muerte, como el dolor, el sufrimiento o la agonía.
Esta mañana me he despertado con una desgraciada noticia, arribada en un mensaje telefónico, que decía escuetamente: «Mi abuela ha muerto esta madrugada«. Y he sentido profundamente esta muerte a pesar de que no la conocía y que tan sólo tenía una información distraída en el tiempo que hablaba de una metástasis.
Desde hace muchos años las abuelas y los abuelos han sido mis principales informadores acerca de cómo era el mundo que desconocía y de como este se había configurado con ellos como actores principales. Viajaba por las aldeas y pueblos más o menos ocultos, más o menos insólitos, y cuando me veían portando un cuaderno de notas no se imaginaban que yo les iba a inquirir por su actividad cotidiana, por las cosas de cada día, por aquellas cosas a las que nadie ni ellos mismos prestaban interés. Y eso es lo que hizo que me granjeara su amistad, principalmente el de las abuelas, pues hasta entonces nadie les había concedido importancia, ni había manifestado el interés que yo demostraba con mis preguntas por sus quehaceres habituales, por sus ritos y ceremonias. Gracias al reconocimiento y al apoyo que me brindaron en cuantas aventuras investigadoras intervinieron aquellos viejos, creo que nació en mi este afecto especial por ellos, por sus cosas, por su memoria, por sus actividades, por su vida.
Pero este afecto por las cosas de los viejos yo creo que no hubiera sido sincero si no hubiera participado del cariño y el amor con que me obsequiaron mis abuelas desde mi más tierna infancia. Tuve como todos dos abuelas: la paterna y la materna, pero ambas fueron polos opuestos en el desarrollo de mis sentimientos y mis emociones. Porque si una me dedicó en exclusiva todos sus afanes y todos sus sentimientos, la otra apenas me dedicó el tiempo suficiente para las reprimendas y desahogos con los que exteriorizaba sus frustraciones vitales.
Mi abuela materna (la yaya) residía de continuo en casa de mi madre desde que falleciera el abuelo, sin que eso alterara la que había sido su residencia en los últimos años cuando procedentes de Barcelona llegaron como en otras ocasiones para pasar tan sólo una temporada, pero se quedaron hasta su muerte. Esta abuela era el polo opuesto de la otra en todos los sentidos, era gorda y la otra estaba en los huesos, pero la gran diferencia estaba en las manifestaciones de carácter afectivo, pues era seca, un poco agria en sus formas y hasta un tanto amargada en la relación que mantenía con su hija, mi madre. Era muy tacaña, nunca puso una moneda en mi mano para comprar pan, ni tampoco un billete en las manos de mi madre para ayudar en la economía doméstica. Todo lo ahorraba, pero de espíritu miserable, lo guardaba en una gran faja a la que había cosido un doble fondo donde introducía los billetes. Las operaciones financieras las hacía a puerta cerrada adelantándose a los demás en el baño, donde se deshacía de la impedimenta con el fin de desvestirse, volver a colocarse la faja de ahorros y calzarse el camisón. Esta miseria la conservó durante toda su vida y sólo cuando falleció descubrimos con qué envolvía su cuerpo. Mi madre pese a tantas miserias que tuvo que aguantar con una madre nada ejemplar, repartió con sus hermanos aquel tesoro inaudito que forjó en aquellos años de convivencia en la casa de su hija.
No obstante su tragicómica vida le guardaba un respeto reverencial, pues así disponía sus encuentros en los que apenas tenía cabida el diálogo o los sentimientos. Gustaba reírse de mis locuras, pero aparentando siempre contrariedad por mi modo de entender la vida, incluso por denotar interés por su pasado, por los distintos miembros de una familia extensa entre los que contaba con una bisabuela centenaria. Pues bien, por entonces conocía a una de sus hermanas, una tía-abuela a cuya casa acudía en la Semana Santa, porque disponía de un balcón privilegiado desde el que contemplaba los magníficos cuadros de penitentes encadenados, encordados y crucificados que se disponían en orden procesional. Ya he dicho que no pude arrancarle mucho acerca de su pasado en el pueblo, ni tampoco de su estancia en Barcelona. Toda la información que logré fue intermediada por mi madre, la cual respetuosamente guardaba el mismo silencio para las cosas de su madre, y para las cosas de antes (los avatares de la guerra) por imposición de la abuela.
Pero por otra parte, estaba mi abuela paterna, la cual perdió en un lapso de tiempo muy corto a su único hijo varón y a su marido, y quedó al cargo de tres hijas y de paso al único nieto varón (por entonces yo tenía cuatro años). Quizás fue la muerte temprana de mi padre o quizás fue el hecho de ser el único varón que quedaba en la familia, el caso es que esta abuela me tomó con un empeño especial, y en mí depositó todas sus gracias. Fue una mujer trabajadora que ya al punto de la mañana salía caminando hasta el entonces hospital militar (hoy juzgados), donde ella trabajaba como jefa de la cocina que alimentaba a los pacientes encamados. Alguna vez me acerqué con ella para verla trabajar y aquel mundo me parecía irreal, pues en la mesa de trabajo junto a las cocinas centrales se apiñaban más de doscientos moldes de flanes de huevo que mi abuela había dejado preparados el día anterior. Tenía dos ayudantes que hacían las labores más rutinarias como pelar patatas, cortar verduras, limpiar pescado, trocear carne o todo aquello que mi abuela disponía en ese rancho diario que alimentaba al hospital militar. Por la tarde, una vez recogida y limpia la cocina desandaba el camino matutino y llegaba a casa, donde inmediatamente organizaba las cenas, no sólo de la familia, sino también de los chóferes de la Estellesa (la línea de autobuses que unía Logroño con Pamplona), y que pernoctaban a media pensión en casa de la abuela.
La abuela paterna ya he dicho que era el polo opuesto de la materna. Era capaz de quitarse el alimento de la boca para dármelo en exclusiva. Preparaba los platos y los postres que más me gustaban, aquellos en los que mi abuela podía descubrirme una arruga de felicidad; y no contenta con esto, siempre estaba pendiente de darme un achuchón de besos en cuanto me descuidaba. Con el tiempo me aficioné a vivir en casa de la abuela, en parte porque a mi madre no le importaba compartir los afectos y los cariños con esta mujer que le devolvía la imagen de quien un día fue su esposo, y en buena medida porque hacía más feliz a la abuela las pocas horas que podía estar a su lado.
Recuerdo que en casa de la abuela había un patio donde el abuelo había construido un gallinero para más de doscientas gallinas con las que yo me divertía experimentando los más crueles juegos. También había árboles frutales y flores, y cuando aburrido de juegos en la calle me acercaba a este otro mundo, surgía en mi el hombre que tanto echaron en falta las mujeres que tuvo la casa de la abuela. Arrancaba rastrojos, preparaba ramos de flores, limpiaba el gallinero, recogía los huevos, subía a la higuera y desprendía los higos más dulces. Un universo infantil que el Ayuntamiento expropiaría con los años, para dar salida a las nuevas edificaciones que se apelotonaron en las traseras de la casa de mi abuela, una vez las monjas de la Enseñanza vendieron el solar-huerta que tenían al otro lado de la tapia.
Cuando llegaba la noche, tras pedir permiso en casa, me quedaba a cenar y dormir con la abuela. Dormíamos en una camita estrecha abrazados. Mi abuela decía que yo era como una estufa: «Este hijo me da más calor que una estufa«, y es que siempre he desprendido mucho calor de mi cuerpo y a mi me encantaban sus manos y sus pies fríos que templaban mis infantiles ardores. Claro que la abuela se despertaba muchas noches con accesos de tos, provocados según ella por los bronquios, culpables de su mala salud y que atemperaba todos los años tomando las aguas termales en Cestona. En aquellas ocasiones esperaba su vuelta con interés porque siempre se acordaba de comprar las famosas galletas obleas de Marquina, unas galletas que se deshacían como el aire en el paladar.
No serían los bronquios los culpables de su muerte, sino la inesperada situación de soledad a la que se vio arrastrada, cuando ya jubilada desaparecieron de casa sus hijas y hasta cierto punto su nieto, que ya adolescente buscaba lejos de la casa familiar otros amores, sabiendo que dejaba atrás a las mujeres con las que había crecido en un entorno de afecto y cariño. Yo creo que cuando llegó la ambulancia no era consciente de la gravedad de su enfermedad. Como un pajarito expiró a las pocas horas de su estancia en el hospital y no pude hablar más con ella. Una vida de cariño y afecto, una vida entregada a los demás, una vida de trabajo sin descanso, una vida de generosidad sin límites. Una vida de la que soy deudor. Gracias abuela.
Hoy día mantenemos una variopinta actividad sexual regida por los principios éticos de la libertad y la igualdad y en unas condiciones de vida cercanas al bienestar. Desde muy jóvenes la atracción por el sexo es una constante sin la intervención del principio de la moral patriarcal que unía el deseo y el acto a la finalidad de la reproducción. La libertad da lugar a la diversidad de formas de relación sexual no impuesta lo cual permite otras formas de convivencia que no son escuetamente las del matrimonio, y aun éstas, admiten la existencia de relaciones entre personas del mismo sexo, o el matrimonio sin hijos. No obstante esta libertad y el aumento de la tolerancia, los matrimonios siguen disminuyendo, se formalizan a edades cada vez más tardías y, en uno de cada cuatro, uno de los contrayentes es extranjero. Por otra parte, si los matrimonios descienden las rupturas siguen en aumento mientras el indicador coyuntural de fecundidad que mide el número de hijos por mujer fértil se mantiene muy por debajo de la tasa de reposición generacional. Las mujeres que acceden a la maternidad lo hacen a edades cada vez más avanzadas, teniendo en cuenta el dilatado período de formación y su tardía incorporación al mercado laboral, todo lo cual les impide adoptar decisiones de esa naturaleza antes de los treinta años. Las relaciones autoritarias de la familia patriarcal han dado lugar a unas relaciones familiares más plurales y solidarias, que se insertan en la red amplia de parentesco más allá del lugar de residencia. Son redes de relación y afectos que amortiguan entre sus integrantes las carencias de provisión pública.
Y entramos en el meollo de las mentiras sobre las que se ha construido el proceso de reformas, actualmente en la fase de revisión de la edad de jubilación. Expertos demógrafos y economistas, generosamente remunerados por entidades empresariales y financieras, sirven como plataforma teórica sobre la que se fundamenta el desmontaje del austero y poco desarrollado Estado del Bienestar español. Así, el principio de las mentiras asume que el actual sistema de pensiones será inviable en veinte años, teniendo en cuenta el índice de envejecimiento, el aumento de la esperanza de vida, el descenso de las tasas de natalidad y la estabilización de los flujos migratorios; es decir, teniendo en cuenta la fotografía demográfica actual y señalando estos indicadores como la causa que justifica el desmantelamiento del sistema de pensiones.
Cuando una mentira se repite muchas veces y desde supuestamente distintos expertos, termina por tomarse como una certidumbre y, sin embargo, desde que estudiaba demografía hasta hoy (y de eso hace muchos años), todas las proyecciones demográficas se han equivocado, y no porque los demógrafos no contarán con rigurosos y metódicos instrumentos de medida, sino porque se trataba de algo tan sujeto a variaciones como es el comportamiento humano, el comportamiento social. Entonces, ¿podemos tomar en serio un estudio, o a un experto, que señala la mayor conquista social, como es el aumento de la esperanza de vida, como un problema? ¿Podemos tomar en serio a quien identifica el aumento de años de vida libres de trabajo para dedicarlos al ocio, a la familia, a los amigos o a la comunidad, como un problema social? ¿Podemos creernos de verdad que vivir más años libres de enfermedad es un logro que hay que malograr, trabajando más hasta lograr enfermar? Yo creo que no, que todo ello es un conjunto de mentiras que cumplen el objetivo de no dejarnos pensar, de acallar a quienes exigimos que la jubilación sea discrecional, desde los 50 hasta los 70 años de acuerdo a las profesiones y a los deseos de los trabajadores, porque no puede ser lo mismo arrastrar un cuerpo exánime que disfrutar de un cuerpo sano; porque no es lo mismo ocupar el tiempo de ocio en negocio, ni el tiempo libre para nuestro propio enriquecimiento en tiempo ocupado para el enriquecimiento de otros.
Resulta cuando menos contradictorio que el sistema de pensiones más saneado y equilibrado de la Unión Europea, con un fondo de reserva (eso que llaman la hucha de los jubilados), superior a los 64.000 millones de euros, se mantenga a costa de congelar este año las pensiones. Y aún más contradictorio es que se nos quiera hacer creer que es para mantener el sistema de pensiones en el futuro, cuando según expertos y estudiosos hará crack el sistema. Pero, ¿qué es eso de hacer crack el sistema de pensiones? ¿Se trata de evitar que sea deficitario?, es decir, que las aportaciones de los trabajadores actuales a ese fondo solidario para con los jubilados sea inferior al gasto de los mismos. Pero, ¿acaso no hay instituciones estatales que viven en el déficit y no por ello hacen crack como vaticinan estos expertos en el engaño y la mentira? Citaré sólo por encima al Sistema Nacional de Salud y el Sistema Educativo Público, ambos deficitarios, y a los que ya les han hincado el diente privatizador, incluso esperando aumentar la tajada en cuanto puedan. Pero sobre lo que quiero incidir, es que nadie exige reformas en el sentido de que consigan superávit económico de más de dos mil millones de euros, como así ha ocurrido en 2010 con las cuentas de la Seguridad Social, y pese a la crisis.
Y qué me dicen de la institución llamada Ejército cuyo mantenimiento cuesta un millón de euros diarios al contribuyente español. ¿No habría que hacerle una reforma en profundidad para que no sea tan deficitario? Por ejemplo, eliminándolo de la vida pública española y dejándolo en el Museo, porque allí rentaría algo a los españoles. Y ¿qué me dicen de la institución eclesiástica?, ese monopolio de los valores, la verdad y la ética, que se siente por encima de la Constitución. En fin, no hablemos más de instituciones deficitarias y dejen libre el camino para la jubilación voluntaria a partir de los 50 años, mejoren el sistema de pensiones haciéndolo más equitativo, aumentando las contribuciones a la Seguridad Social. Sobre todo piensen en el futuro de la sociedad española apoyando ese futuro mediante el aumento del porcentaje del PIB destinado a las familias (ayudas al nacimiento, mensualidades por hijo, permisos laborales, flexibilidad de horarios, actualización y universalización de las ayudas, etc.). No se dejen engañar por las mentiras repetidas y gocen del éxito de una jubilación con más años y salud, donde el sexo sigue siendo una fuente de bienestar.
Este artículo se publicó en Rioja2.com el dos de febrero de 2010. Por entonces soltaron el anzuelo cíclico de que la Seguridad social puede hacer crack en unos años y, como siempre, sacaron entre otras medidas la de prolongar el periodo de cotización y jubilarse más tarde.
Ahora que cierro un nuevo libro sobre Envejecimiento, donde hablo sobre las prejubilaciones y las jubilaciones en relación a la oportunidad única de acceder a un futuro de desarrollo personal, libre de las obligaciones propias del trabajo asalariado, va el Gobierno y la OCDE y destapan de nuevo el tarro de las esencias del capitalismo liberal. Hace años, en la década de los noventa, se oían las voces de aquellos analistas económicos del capitalismo ultraliberal, que apoyados en las proyecciones de los demógrafos, como si de matemáticas exactas se trataran, amenazaban con el fin del Estado del Bienestar y de la prestación de los seguros (principalmente salud y pensiones). Los Informes apocalípticos señalaban con inquietud la llegada de las generaciones de trabajadores más numerosas, las del baby-boom de EEUU y Europa, a su edad de jubilación.
Incluso tuvo un gran éxito editorial el periodista Frank Schirrmacher con su libro El complot de Matusalén (2004), donde advertía que la generación para la que se acuñó el término teenager no había cambiado el mundo con la guerra, sino con su mera existencia. No sólo habían ingerido alimentos, sino que habían modificado los bares, los restaurantes y los supermercados. No sólo habían llevado ropa, sino que habían cambiado la industria de la moda. No sólo habían comprado coches, sino que habían transformado la industria del automóvil. No sólo habían tenido citas, sino que habían alterado los roles y las prácticas sexuales. No sólo habían ido a trabajar, sino que habían revolucionado el lugar de trabajo. No sólo se habían casado después de miles de años, sino que habían transformado la naturaleza de las relaciones humanas y sus instituciones. No sólo habían pedido préstamos, sino que habían cambiado los mercados financieros. No sólo habían utilizado ordenadores, sino que habían modificado las tecnologías.
Los teenager de ayer se convirtieron en los babyboomer de hoy, y la sociedad se enfrentaba a una nueva amenaza. Este pánico a la llegada de los viejos, con el poder de su número y, en un periodo de crisis económica como la de los años noventa, puso todos los decibelios existentes de la OCDE en el altavoz de las pensiones y las jubilaciones. Se amenazó con prorrogar el periodo laboral hasta los setenta años, y como en un mercadillo comenzó la negociación para dejar a todos insatisfechos en un término medio de 67 a 68 años. Y también es cierto que, como ahora, se permitió el aumento de las prejubilaciones como medida económica que proporcionaba enormes ingresos a las grandes empresas, pues nunca sustituyó por población joven la población retirada anticipadamente del trabajo. Y es cierto que se aprovechó para despedir trabajadores y deslocalizar empresas con la misma excusa de la crisis internacional, favoreciendo el trabajo sumergido, principalmente de trabajadores inmigrantes sin regularizar.
Sin embargo, las proyecciones catastrofistas se abandonaron tras un nuevo periodo de crecimiento, que para España supuso la llegada y regularización de jóvenes trabajadores inmigrantes, responsables casi absolutos de los últimos cinco millones sumados al censo. Gracias a estos inmigrantes, se han recuperado relativamente los índices de fecundidad (los nacimientos de madre extranjera en 2006 ascendieron al 20% del total de nacimientos habidos en España), uno de los caballos de batalla de los demógrafos en sus registros de tasas de dependencia.
Pero claro, si se quiere que las españolas tengan más hijos, habrá que poner remedio a las causas por las que han dejado de tenerlos; por ejemplo, la posibilidad de conciliar vida laboral y familiar, o la posibilidad de adquirir una cierta autonomía económica mediante un trabajo. Por que no olvidemos que la población activa, la población en edad de trabajar sobre la que recae el esfuerzo fiscal para el mantenimiento de la seguridad social, es una población activa devaluada, donde tan sólo participa el 51% de las mujeres. El 49% restante se queda en casa (ni trabaja ni busca trabajo). Posiblemente hace las labores propias de un Estado del Bienestar desarrollado (cuida de las personas dependientes, incluso del marido).
Y los hombres no les van a la zaga, pues aun sin descontar todos aquellos que se encuentran entre los cuatro millones de desempleados, tan sólo cuentan como población activa al 68% de los mismos. Es decir, un 32% viven de las rentas o malviven, pero desde luego no trabajan. En suma, tenemos que cinco de cada diez mujeres y tres de cada diez hombres ni trabajan ni están en las cifras de desempleo; y sin embargo, nadie se pregunta por ellos, sino por los que quieren hacer uso de su derecho a descansar del trabajo asalariado a los sesenta y cinco años.
Y ahora mismo, a estos viejos que están transformando el mundo simplemente por ser muchos, porque han accedido a una esperanza de vida como nunca existió en la historia de la humanidad, se les quiere recortar sus pensiones o el cálculo de sus miserables pensiones (muy por debajo del gasto medio por hogar, y de la media de la UE). Y se quiere recortar los derechos a dejar de trabajar a los sesenta y cinco años (ahora mismo la jubilación real de los españoles es a los sesenta y tres años y diez meses, la más alta de la UE).
Qué nos deparará el futuro inmediato a los hijos del baby boom? No lo se. No se si triunfarán las tesis del capitalismo liberal y perderemos derechos, pero desde luego, cuando esta generación muera, habrá dado paso a una nueva cultura que dejará marcada para siempre a la sociedad del futuro. Y esto no es una predicción ni una proyección. Es una certidumbre.
Este artículo se publicó en Rioja2.com el siete de enero de 2010. Trato de desmitificar el tabú del sexo entre los viejos.
En un libro sobre envejecimiento (Giró, 2005), Victoria Hernando, una amiga psicóloga, decía que debíamos perder el miedo a considerar la sexualidad como sólo un aspecto más. Hablar de sexualidad adaptada a la edad no causa traumas, a lo sumo, incomprensión; hablar de sexualidad no redunda en una degradación … moral, más bien relaja y flexibiliza planteamientos; hablar de sexualidad no incita a la práctica sexual, redunda en prácticas sexuales más seguras, deseadas y responsables. Por esto, será bueno que consigamos que el placer, el afecto, las relaciones coitales, las relaciones no coitales, la genitalidad, la no genitalidad, la comunicación en suma, dependa de la voluntad de las personas. Aprendamos que la satisfacción sexual general no tiene hilo directo con el número de coitos, no está sujeta a reglas de edad, no es directamente proporcional al género o a la orientación del deseo. De esta forma, quizá generaciones venideras puedan asumir las ventajas y desventajas (características al fin y al cabo) de pertenecer a un grupo de edad o a un género de forma natural como hacemos en otros aspectos de la vida, sin que el peso de estereotipos sociales negativos nublen el acceso a nuevas y enriquecedoras experiencias relacionales.
Todo esto me ha venido a la memoria cuando he leído que la actriz galesa Catherine Zeta-Jones consideraba que tener un marido maduro como el suyo, el también actor Michael Douglas, veinticinco años mayor que ella, no tiene mas que ventajas. Reconocía que “los jóvenes son más abiertos, alegres y apetitosos. Pero también son más egoístas y egocéntricos. Por eso nunca tuvieron una oportunidad conmigo”. Hay que ver cómo las gasta la mujer del Zorro Banderas.