TURISTAS

Nuestras cortas, siempre cortas vacaciones, las hemos disfrutado, bien en un pueblo donde tenemos casa o familia para acogernos, o bien en cualquier lugar del país o del mundo al que viajamos como buenos turistas deseosos de conocer aquello que agencias, publicidad o amigos experimentados, nos dejaron entrever con fotos o relatos, azuzando de paso nuestra imaginación.

Y sí, hemos disfrutado poco o mucho, pero ha llegado el momento del retorno. Las obligaciones de la vida cotidiana llaman de nuevo a la puerta y tenemos que responder con renovado espíritu, con los sentidos cargados y la fuerza de los cuerpos descansados. Y retornamos. Lo primero es deshacer las maletas y prepararnos para el inevitable encuentro con la ciudad y sus gentes. A continuación, saludamos al vecindario y también a todos aquellos conocidos con quienes nos topamos en la calle y se encuentran dispuestos a escuchar nuestras aventuras veraniegas y, en su caso, viajeras. Se trata de dar más incentivos a nuestras experiencias turísticas mediante el asentimiento amable de nuestro interlocutor que, por lo general, se muestra amabilísimo y comprensivo.

Sin embargo, hay algo en este retorno que no encontramos satisfactorio, a pesar de que la ciudad sigue con sus calles de aceras mínimas y gigantescos parkings al aire libre, con sus avenidas sin grandes árboles, sin bancos y fuentes suficientes, y con el acostumbrado tráfico ininterrumpido. Pero no es la misma que habíamos abandonado al comienzo de las vacaciones, o al menos sentimos que hay algo distinto que hace de nosotros unos turistas en su propia ciudad.

Aunque no sabemos qué es, lo cierto es que la ciudad se ha preparado, organizado y expuesto, no para sus vecinos, si no para los forasteros y turistas que nos visitan. Se han creado y han aparecido por doquier, comercios y negocios para alojar, alimentar y calmar la sed de estos turistas diversos. La hostelería se ha apropiado de la la urbe provinciana que conoció Bardem en su Calle Mayor y, poco a poco han ido desapareciendo los comercios tradicionales en beneficio de las tiendas de souvenirs. Esta es la razón del porqué seguimos siendo turistas en nuestra ciudad, tras el veraneo turístico en otros lugares.

HACE MUCHO CALOR

Hace falta valor, ven a la escuela de calor. Así decía el estribillo de la canción de Santiago Auserón, donde aparecen imágenes de calles abrasadas por el sol. Y con esas imágenes nos asfixiamos y sofocamos en una nueva ola de calor que supera todas las mediciones anteriores desde que hay registros. Así nos presentan la información meteorológica, cada vez que asistimos a una subida por encima de los 40 grados, dando por descontado que toda la sociedad acepta el cambio climático y el calentamiento global como inevitable, como si no fuera una responsabilidad colectiva la toma de medidas que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero. Ahora bien, no es una responsabilidad común, sino diferenciada en función de si hablamos de gobiernos, empresas, ciudadanos e incluso naciones, pues cada uno de ellos tienen obligaciones concretas según su grado de implicación en el calentamiento global.

Hay algunas personas que han asumido que el debate sobre la evidencia científica del cambio climático se debe más a una agenda ideológica, tachando las medidas para afrontarlo como “fanatismo climático” o “ecologismo pijo”. Es el caso de las organizaciones de extrema derecha, las cuales sostienen que hay que adaptarse en vez de establecer medidas que limiten las emisiones de gases de efecto invernadero, básicamente las procedentes de los combustibles fósiles como el petróleo y el carbón. Y es comprensible que adopten este discurso, toda vez que a nivel global, la geopolítica gire en torno al dominio y posesión de dichos combustibles y su mercado monetario, principalmente los petrodólares, hoy por hoy en manos de Estados Unidos y de su cabeza presidencial Donald Trump, principal valedor de dichas organizaciones de extrema derecha.

En el lado opuesto renacen nueva organizaciones y movimientos que reclaman alternativas al consumo de estos combustibles fósiles, con energías renovables principalmente la solar y eólica, y de las que nuestro país goza ampliamente, así como los biocombustibles. Otras reclaman la protección del medio ambiente, el decrecimiento mediante la reducción del consumo material y energético, así como la simplicidad priorizando la calidad de vida, el tiempo y las relaciones personales. En otro plano, observamos un movimiento que podríamos denominar de neorrurales, para ocupar localidades y lugares que generaciones anteriores abandonaron en beneficio del desarrollo urbano.

VACACIONES ESCOLARES

Llegaron por fin las vacaciones escolares, las merecidas vacaciones después de un curso pleno de aprendizaje. Los escolares van a disfrutar de más de dos meses de libertad, alejados de los centros en los que fueron enclaustrados. Escolares que todavía ni son autónomos, ni son adultos, son dependientes y viven en la casa de sus padres y de madres, o de uno solo de sus progenitores. Los mismos que les han procurado durante todo el curso habitación, vestido y alimento, gracias al trabajo que desarrollaban mientras las instituciones escolares guardaban celosamente a sus vástagos. Esos padres y madres que ahora tienen que simultanear sus actividades laborales y domésticas con ese tiempo añadido de atención a sus hijos en vacaciones.

¿Qué hacer si el día no puede estirar sus horas para dar cabida a la atención que reclaman los niños y adolescentes en libertad absoluta para ocupar el día a día vacacional? Con esta pregunta se enfrentan año tras año las familias con menores a su cargo sin olvidar que también aquellas horas de actividades extraescolares han sido canceladas y que ahora también deben ser asumidas por los adultos responsables. Hay que calcular el coste de las vacaciones de unos y de otros y, sobre todo, qué hacer para que los hijos estén cuidados y más o menos entretenidos.

Precisamente, al albur de las vacaciones escolares, se han desarrollado negocios como las ludotecas, campamentos y otros negocios artísticos con los que ocupar ese tiempo vacacional. Sin embargo, estos negocios pese a las ayudas sociales, municipales o gubernamentales, generalmente dirigidas a familias con rentas per cápita inferiores a doce mil euros, tienen un coste económico que no todos los hogares pueden asumir. Y estoy pensando ahora mismo en las aproximadamente más de trece mil hogares monoparentales, que no disponen de la ayuda de otras personas para atender a las demandas de atención de su hijo o hijos durante el tiempo estival. El Gobierno riojano lleva un retraso de tres años en el desarrollo de un reglamento que atienda a estos hogares demandantes de otra, u otras personas, que lleven a cabo la tarea de acompañamiento. Conciliar es un asunto que requiere de otros actores que se sienten concernidos por las necesidades de cuidados en ese hogar y lo apoyan con su presencia.

LAS VACACIONES

Otra vez la duda de si nos vamos o nos quedamos. Todavía indecisos, nos movemos por impulsos colectivos que, alimentados por la publicidad, nos llevan y nos traen de un lugar a otro, y todo durante tres escasas semanas que son el mínimo reglamentado para los trabajadores activos. Trabajadores que hacen números con su paga extraordinaria a fin de dar salida a todas las manifestaciones de consumo con las que les han alimentado con anterioridad. Y así, según sea nuestro nivel adquisitivo y capacidad de afirmación, elegiremos un lugar del planeta, del continente, del país o de la provincia para sentar nuestros reales. Unos se irán a países lejanos y otros al pueblo cercano. Unos se moverán constantemente y otros se harán sedentarios en un lugar. Unos a la montaña y otros al mar. Solos o bien acompañados de nuestra pareja o de nuestra familia emprenderemos un viaje con retorno.

Por su parte, menores y jubilados se disponen a sufrir y gozar en este tiempo que se ha declarado como de descanso, y que contradictoriamente es de hiperactividad y trabajo para estos colectivos. Unos por la fuerza y el ímpetu de su juventud y otros por la demanda de apoyo solicitado por los familiares, que descargan en los mismos las labores cotidianas de las que se sienten responsables el resto del año. Al finalizar este periodo vacacional observamos cómo se distinguen los diferentes colectivos según se manifiesten disgusto, cansancio, ansiedad o satisfacción, porque para todos, la vuelta a la cotidianidad no significa lo mismo, dependiendo de las expectativas que tengan y de la experiencia acumulada en esas fechas.

Para quienes no se desplazan por cualquier motivo, como el muy habitual de no disponer de recursos económicos, puede ocurrir que, sin embargo, dispongan de un capital cultural que les permite transformar ese tiempo no laboral en ocio creativo, que les alimenta su espíritu tanto como los desplazados alimentan sus cuerpos. Aunque no olvidamos que España aún tiene un agujero negro de incultura basada principalmente en la televisión e Internet, que desgraciadamente no satisface ni llena, pero contenta con artilugios de entretenimiento fugaz.