Llegaron por fin las vacaciones escolares, las merecidas vacaciones después de un curso pleno de aprendizaje. Los escolares van a disfrutar de más de dos meses de libertad, alejados de los centros en los que fueron enclaustrados. Escolares que todavía ni son autónomos, ni son adultos, son dependientes y viven en la casa de sus padres y de madres, o de uno solo de sus progenitores. Los mismos que les han procurado durante todo el curso habitación, vestido y alimento, gracias al trabajo que desarrollaban mientras las instituciones escolares guardaban celosamente a sus vástagos. Esos padres y madres que ahora tienen que simultanear sus actividades laborales y domésticas con ese tiempo añadido de atención a sus hijos en vacaciones.
¿Qué hacer si el día no puede estirar sus horas para dar cabida a la atención que reclaman los niños y adolescentes en libertad absoluta para ocupar el día a día vacacional? Con esta pregunta se enfrentan año tras año las familias con menores a su cargo sin olvidar que también aquellas horas de actividades extraescolares han sido canceladas y que ahora también deben ser asumidas por los adultos responsables. Hay que calcular el coste de las vacaciones de unos y de otros y, sobre todo, qué hacer para que los hijos estén cuidados y más o menos entretenidos.
Precisamente, al albur de las vacaciones escolares, se han desarrollado negocios como las ludotecas, campamentos y otros negocios artísticos con los que ocupar ese tiempo vacacional. Sin embargo, estos negocios pese a las ayudas sociales, municipales o gubernamentales, generalmente dirigidas a familias con rentas per cápita inferiores a doce mil euros, tienen un coste económico que no todos los hogares pueden asumir. Y estoy pensando ahora mismo en las aproximadamente más de trece mil hogares monoparentales, que no disponen de la ayuda de otras personas para atender a las demandas de atención de su hijo o hijos durante el tiempo estival. El Gobierno riojano lleva un retraso de tres años en el desarrollo de un reglamento que atienda a estos hogares demandantes de otra, u otras personas, que lleven a cabo la tarea de acompañamiento. Conciliar es un asunto que requiere de otros actores que se sienten concernidos por las necesidades de cuidados en ese hogar y lo apoyan con su presencia.
Desde la escuela infantil, desde los primeros años en familia, se dota a los niños de la experiencia del lenguaje al descubrirles las palabras y su significado y, sobre todo, cuando construimos mensajes expresivos que van dando sentido a su existencia. El lenguaje delimita lo que es importante, y de manera invisible también lo que no lo es, lo que debe ser entendido y lo que no. Por eso es tanto o más sustantivo atender a lo que no se dice como a lo que se dice. El contenido está también en la forma. Ya adultos, la adquisición de cultura y el desarrollo de un pensamiento crítico nos permite formar un juicio propio y fundamentado sin necesidad de aceptar todo pasivamente, lo cual es esencial para la vida personal y profesional. Así pues, considerando que todos hemos desarrollado mediante la comprensión profunda de la lectura cierto pensamiento crítico, podemos analizar y evaluar la información objetivamente, así como tomar decisiones, resolviendo problemas de forma creativa y evitando ser manipulados. Ya sabemos que el bulo es la fabricación deliberada de información falsa o engañosa, diseñada para parecer verdadera con el fin de manipular, generar clics o influir en la opinión pública. Se origina aprovechando momentos de crisis, inseguridad o alta demanda de información, siendo propagada rápidamente a través de bots y redes sociales. Los mensajes son construcciones sociales, y en tanto que construcción social exponen cómo se define el problema, cómo han acontecido unos sucesos determinados, quién debe ser señalado como responsable de los mismos y por qué, estando orientados hacia unos intereses concretos que responden a la puesta en circulación de un determinado punto de vista, que a su vez remite al mantenimiento de unas determinadas relaciones sociales de poder, dominación y explotación. También, quien construye el discurso, mensaje o noticia, puede escoger interesadamente unas fuentes concretas dejando de lado otras con el objetivo de dar cuenta de una determinada visión de cómo han acontecido los sucesos, logrando el engaño o la manipulación. Por todo ello, en un universo de imágenes de un minuto y tuits de 280 caracteres, es fundamental armarnos de un pensamiento crítico a través de la cultura.
En su afán de ser aceptados, integrados y queridos, los adolescentes hacen de la apariencia el leitmotiv en la organización de sus relaciones sociales. Se identifican e identifican a los suyos, o a los otros, a través de los mensajes implícitos en la forma de vestir, hablar, en sus gustos musicales y en la ocupación del tiempo libre; en definitiva, en la forma de presentarse ante sí mismos y ante los demás.
Y a esta preocupación por la apariencia y la imagen dedican mucho tiempo y esfuerzo, pues de la misma se puede desprender la seguridad suficiente para enfrentarse al mundo de un modo individualizado e independiente, pese a que el aprendizaje de cómo se ven a sí mismos y cómo creen que son vistos por los demás está orientado por las modas. Los adolescentes toman la información necesaria sobre el ser y el deber ser, del conjunto de estilos y modas que, a modo de oferta plural y diversa, los adultos exhiben en campañas promocionales de objetos y mercancías. De este modo, el mercado y sus medios publicitarios son el epicentro de las imágenes y representaciones entre las que los adolescentes deben elegir para organizar el entramado de su personalidad.
El adolescente tiene necesidad de encontrase perteneciendo a distintos grupos de pares, desde el grupo de amigos del Instituto, del barrio, de las vacaciones, de cualquier deporte, los amigos que se dejaron atrás, etc., pues en el proceso de socialización, necesitan abrirse a otros adolescentes, los cuáles también se afirman sobre ciertas señas de identidad, ciertas formas de adscripción al grupo, cierta cultura. Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden al consumo de determinadas marcas, estilos de música, programas de televisión, redes sociales, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con los distintos grupos, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas. Una uniformidad que les une, como en la forma de salir, en el consumo, en las aficiones, etc. Esto que puede parecer trivial y, en algunos casos un comportamiento exagerado, cumple una función primordial: crear los límites y separar los grupos de adolescentes de los grupos de adultos, en definitiva, del mundo impositivo y normativo de los adultos.
Tan sólo hace un año el Congreso de los diputados, con la abstención de Vox, avaló eliminar de la Constitución, en su artículo 49, el término “disminuidos” y sustituirlo por la expresión «personas con discapacidad».
Todas las personas con discapacidad a menudo han sido injustamente identificadas con limitaciones intelectuales o disfunciones psicológicas. Quizás por ello, se ha derivado un uso de terminología estigmatizadora y discriminadora para identificarlas. A ello se añade la imagen negativa de la discapacidad, a la que han contribuido significativamente los medios de comunicación social, presentando aspectos negativos o compasivos sobre estas personas que siempre presuponen su infelicidad o inadaptación social.
El campo de la discapacidad -entendiendo este término de manera extensiva a todas las personas con limitaciones físicas, sensoriales y mentales- se ha caracterizado por la mudanza terminológica en la asignación de nombres, etiquetas y denominaciones referidas tanto a las personas como al proceso de atención a las mismas. Entre los términos utilizados podemos destacar los siguientes:
a) Referidos a las personas con limitaciones psíquicas: idiotas, imbéciles, mongoles, oligofrénicos, subnormales, débiles mentales, dificultades de aprendizaje permanentes, necesidades especiales.
b) Referidos a las personas con limitaciones físicas y/o sensoriales: lisiados, tullidos, impedidos, inútiles, inválidos, desvalidos, mutilados, minusválidos, deficientes, incapacitados, discapacitados.
c) Referidos al proceso de atención: beneficencia, asistencia, prevención, reeducación, readaptación, rehabilitación, habilitación, tratamiento, educación, recuperación profesional.
Muchos de los términos citados, a pesar de ser representativos de concepciones médicas, psicológicas, educativas o sociales ya superadas o inadecuadas para los tiempos actuales, siguen utilizándose por un número considerable de profesionales. Es sorprendente comprobar hoy la frecuente falta de rigor o actualidad en el uso de denominaciones, etiquetas o diagnósticos. La causa no está por supuesto en las personas que hacen ese uso, al menos no de manera exclusiva, sino que probablemente proviene de una formación deficitaria y poco estructurada en el ámbito de las personas con discapacidad.
Cada uno de los cambios en las palabras con que denominamos a la población se suele presentar seriamente por profesionales de reconocido prestigio con el intento genuino de cambiar la imagen y el rol de las personas con discapacidad en esta sociedad. A cada una de estas reformas han seguido, años más tarde, nuevos y mejores nombres. El problema puede estar en que la sociedad estima excesivamente la inteligencia, la belleza y la capacidad de ganar dinero, rechazando a aquellas personas que no son inteligentes, atractivas o que son pobres.
La terminología expresa la evolución de las actitudes profesionales y sociales, pero los cambios de nombre dejan intactos los prejuicios de la mayor parte de las personas. Hemos de modificar los valores y actitudes que subyacen a esas expresiones, y no suponer que es un asunto meramente terminológico que sólo requiere un cambio de nombres.
HACE VEINTE AÑOS que me publicaron EL GÉNERO QUEBRANTADO. Por entonces en la Universidad de La Rioja no se trataba el tema de la desigualdad de género, ni la violencia sobre las mujeres, ni siquiera había un grupo de investigación específico que trabajara sobre cuestiones de género. Y yo, que todavía no me había especializado en ningún campo de la sociología, trataba de abarcar varias ramas de este saber, desde la sociología de la educación, la del envejecimiento, la juventud, las migraciones, la cultura y, por supuesto, el género.
Al abarcar el estudio de la discriminación por razón de sexo, partía del hecho de que son las mujeres las principales víctimas de este tipo de discriminación, y que la violencia es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres, que ha consolidado la discriminación. Así pues, la violencia contra las mujeres ha sido y es un instrumento para su dominación y una estrategia para perpetuar la desigualdad; por eso en este libro se habla acerca de la violencia que sufren las mujeres en diferentes ámbitos, con especial atención al familiar o doméstico, pero también al público, así como sobre los principales avances y retrocesos que se vienen produciendo respecto a su erradicación.
En general, las explicaciones sociológicas y feministas sobre el uso de la violencia contra las mujeres han resaltado dos factores causales. En primer lugar, el proceso de socialización diferencial de los sexos. En segundo lugar, la persistencia de las definiciones sociales que representan las relaciones entre los géneros como relaciones de subordinación, cuando no de propiedad, en las que las mujeres deben cierta sumisión a sus maridos y compañeros. En este segundo caso, la violencia aparece como un efectivo medio de control social sobre el comportamiento de las mujeres.
¿Porqué titulé el libro como “EL GÉNERO QUEBRTANTADO”, y no he utilizado la expresión de la mujer quebrantada?. Pues porque se ha impuesto la categoría de género, término de procedencia inglesa (gender) que significa al tiempo género y sexo, adoptado por las feministas americanas en los años sesenta para diferenciar el sexo biológico (sexual difference) y las construcciones culturales que determinan la formación de identidades y las relaciones de los sujetos. El género se crea en relación con la construcción cultural de un objeto que, por referirse a un “objeto humano”, es la construcción de un sujeto. De este modo, al hablar de género nos referimos a las aptitudes, cualidades, capacidades, valores, ideas, etc., que asignamos a cada sexo culturalmente.
El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal, que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación, que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.
Y, ¿por qué este género está quebrantado, y no cascado, hendido, machacado, violado o cualquier adjetivo apropiado a la realidad de las relaciones de mujeres y hombres? Pues porque se presenta en sociedad roto y desgajado a través de la violencia y la opresión de la discriminación que el género masculino ejerce sobre el género femenino.
La causa fundamental que provoca esta violencia reside en el modelo de sociedad que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, así como en los patrones culturales discriminatorios hacia la mujer; es decir, las mujeres son las víctimas primordiales de una violencia ejercida por hombres, significando, por tanto, una violencia sexista y machista. Además, no es una violencia que se de en el ámbito familiar o doméstico, sino que es una violencia que se produce en la pareja, haya o no convivencia de por medio.
No obstante, al afirmar la categoría de género sobre la de sexo, no quiero representar a todas las mujeres ni significar a todos los hombres, pues comprender a las mujeres como colectivo genérico diferente del grupo de los hombres, no significa uniformizar la realidad de unas y otros, ocultando la diversidad que nos distingue. No hace falta pertenecer a un colectivo genérico para defender la causa de las mujeres. Tan solo es necesario querer ser parte de un colectivo social. Ni todas las mujeres son maltratadas, ni todos los hombres son maltratadores.
Andaba yo preocupado con los gastos que supone la crianza de un hijo, mucho más acuciantes en las familias monoparentales por la falta de empatía de la Administración, que si bien por un lado se asusta ante lo que ellos llaman invierno demográfico, apenas actúan para mejorar la situación de las madres en disposición de tener un hijo y criarlo, pues ante las dificultades económicas derivadas de empleos precarios o mal pagados, de acceso a una vivienda digna, o de seguridad emocional, se suma la incertidumbre en la capacidad económica para criar un hijo, es decir, alimentarlo, vestirlo y darle educación, cuidar su salud y medio ambiente, sin un ápice de colaboración institucional en ese largo periodo que va desde el nacimiento hasta cierta independencia juvenil.
Más allá de la supuesta gratuidad del sistema educativo o del sistema de salud, o los mil euros que recibe la madre por nacimiento, no hay ayudas económicas reales para la crianza y desarrollo de los hijos y, no, no hay empatía por parte de la Administración, que sigue pensando que el descenso de la natalidad es un fenómeno propio de una sociedad moderna que deja en manos de las mujeres la decisión de tener un hijo casi al límite de su edad fértil, allá por los 45 años.
Para enfrentar la cuestión de la natalidad hay que partir del aparente antagonismo que es el envejecimiento. Desde un punto de vista positivo, el envejecimiento se considera como un éxito de la sociedad que a su vez se combina con un punto de vista negativo que es la disminución de las tasas de natalidad, es decir el número de nacimientos vivos por cada 1.000 habitantes durante un año determinado (en La Rioja 6,18 hijos).
Y aquí está la paradoja, pues un aumento de la esperanza de vida y, por tanto, descenso de la mortalidad, ha traído aparejado el descenso de la natalidad, del número de nacimientos, los cuales son cada vez más dilatados en el tiempo vital de las familias o de las mujeres. Y es que no hay un control de natalidad tan eficaz como el aumento de la educación y el trabajo de las mujeres fuera del ámbito doméstico.
El éxito del envejecimiento proviene de la mejora de la asistencia sanitaria y el progreso de la medicina, en la superación de enfermedades y la contención de las epidemias, auténtico obstáculo que frenaba el descenso de la mortalidad, principalmente la infantil. También, el envejecimiento y el aumento en las expectativas de vida han posibilitado un mayor conocimiento y conciencia sobre la planificación y el control de la natalidad permitiendo un cambio en las expectativas que los padres depositaban sobre los hijos, pues estos ya no son considerados como el seguro de vejez.
Además, esto está permitiendo por una vez, y puede que definitivamente, el aumento del nivel educativo y de la actividad profesional de las mujeres, las cuáles reclamaban la igualdad de género y la corresponsabilidad en la crianza y cuidado de los hijos, o mejor dicho del hijo deseado.
En este contexto de baja natalidad, el presidente del Gobierno de La Rioja, Gonzalo Capellán, propuso en el último pleno del Parlamento regional matar moscas a cañonazos, es decir, la ampliación de la edad máxima para acceder a tratamientos de fertilidad en la sanidad pública de los cuarenta a los cuarenta y dos años, olvidando que además de parir un hijo hay que criarlo, y esto sí que necesita ayudas institucionales.
Con el nuevo curso escolar, me atrevo a valorar los cambios que afectan a la Educación de las nuevas generaciones. Para empezar, hablaremos de la globalización de las relaciones internacionales y de los riesgos mundiales ante los desastres ecológicos; de la menor autonomía decisoria de los países; del aumento de la información a través de la incorporación de las nuevas tecnologías a la vida cotidiana, principalmente en los países del primer mundo, lo cual está abriendo una nueva brecha que ahonda en las diferencias y desigualdades entre países y sectores de la población mundial. Percibimos, sentimos una mayor movilidad laboral, incrementada por las demandas de la nueva economía y por el empuje de los países emergentes, así como por la inmigración económica, la cual ha traído consigo una mayor exigencia de eficacia en los resultados productivos. Además, participamos de los cambios en las formas de organización familiar y en las relaciones de género conducentes a una democratización y respeto en las relaciones de pareja y, necesariamente, a cambios en las escalas de actitudes y valores sociales.
Estos cambios no hacen sino incidir en los procesos de socialización y educación. No hay más que reconocer la existencia de un modelo económico basado en la globalización de los mercados financieros y la aceptación de un sistema laboral flexible y cambiante al albur de las necesidades productivas, para entender la necesidad de una educación igualmente cambiante, no basada en la transmisión de saberes, sino en el aprendizaje de tareas tendentes a la creación de conocimiento. Los contenidos escolares se están interrelacionando más con el mundo laboral, primando la competencia sobre el conocimiento, la información y la creatividad sobre la reproducción; mientras que los profesionales de la educación ya no son sólo los presentes en los recintos escolares quienes con su vinculación al entorno pueden garantizar la transmisión de los conocimientos. Hoy en día, incluso los valores cambian al albur del progreso tecnológico, a través de los nuevos sistemas de comunicación, cesando el largo proceso de introducción a la cultura del grupo familiar y social, en beneficio de una rápida y eficaz socialización de corte individualista, y más próxima al grupo de iguales.
Como casi todos los días me dirijo al mercado próximo donde acostumbro a adquirir los alimentos que voy a consumir en el día, pues en ese mercado se agrupan toda clase de establecimientos alimentarios, incluso está dotado de cafetería donde hacer más liviana la espera para ser atendido. Esa es mi suerte.
Y como casi todos los días, dadas las horas a las que voy, me encuentro con grupos de personas haciendo cola para comprar en todos los puestos. En unos ya disponen de una maquinita para recoger el número con el que te atenderán cuando toque, pero en la mayoría nos servimos de la expresión “dar la vez”, el turno, el puesto, en definitiva, el lugar que te corresponde por haber llegado el último a la fila de compradores. Así, me he visto realizando la necesaria pregunta de “¿quién es la última?”, porque a continuación seré yo el último y, por tanto, me veré obligado a dar la vez al comprador que se acerque al mismo puesto.
Estas expresiones de dar la vez y preguntar por quién es el último, es una consecuencia del aumento de gente en situación de espera para ser atendido, pero que no se encuentra ordenada físicamente uno detrás de otro haciendo prescindible la pregunta de quién es el último de la fila. Claro que, en ciertos lugares y en ciertas ocasiones, como cuando se estrena o proyecta una obra en el teatro y aún no han abierto, o cuando hay reparto de algo, no son pocas las veces en que me he encontrado con hileras de personas haciendo la cola y formando en línea, casi como si lo hubieran aprendido en el servicio militar.
Por último, nada de hacer cola, pues se trata de guardar el sitio, principalmente cuando nos vemos obligados a una espera de horas, como en el caso de cabalgatas, desfiles y procesiones varias que, si bien no me interesan especialmente, sí despiertan la curiosidad del peque, y para hacerle la espera más ligera, sitúo su carrito al borde de la calzada mientras apuramos nuestras consumiciones en la terraza aledaña. Faltaría más.
A rebufo del particular mensaje del vicepresidente de Castilla y León, Juan García-Gallardo, que anunció diversas medidas antiabortistas a través de un protocolo de actuación que tendría por objetivo convencer a las mujeres que se plantearan abortar de no hacerlo, entre otras el apoyo psicológico clínico, las ecografías en 4D, el latido del bebé y mayores garantías de protección de datos en la objeción de conciencia, han surgido numerosas réplicas en editoriales y publicaciones de todo tipo, la mayoría vinculadas con la crítica ideológica al partido de extrema derecha VOX.
Sin embargo, muy pocas de estas réplicas han incidido en el hecho de que cualquier medida antiabortista o a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazo (el aborto es libre hasta la semana 14 de gestación y, a partir de ahí y hasta la semana 21, podrá realizarse una interrupción por causas médicas, como malformación del feto o peligro para la vida de la madre), en realidad están tratando del cuerpo de la mujer. Del cuerpo de la mujer que durante siglos se ha visto sometido a cambios y modificaciones relacionados con los contextos sociales e históricos en los que se desenvolvieron.
Viene esto a cuento de una relectura de Michel Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber), donde se conjuga el ejercicio del poder con la disciplina de los cuerpos y la regulación de la población. El disciplinamiento es un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo. De las consecuencias de su aplicación no hay mejor exponente que la España del siglo XX cuando se proyectó una concepción que identificaba la sexualidad de modo funcional con la procreación, particularmente con la genitalidad, jurídicamente con el matrimonio, conductualmente con la heterosexualidad, genéricamente con el varón, y cronológicamente con el joven/adulto.
A pesar de que un mínimo de conocimiento, contacto con la realidad y espíritu crítico desbancan estas limitaciones, no por ello dejamos de observar que la imposición social de los cuerpos ha permanecido y permanece. Seguimos dominados por una experiencia de siglos en los que se aprendió a disciplinar nuestros cuerpos y a restringir las opciones de nuestra sexualidad.
La educación es una cuestión social y como tal ha de implicar a la familia, a los centros educativos, a los barrios, a los ayuntamientos, a la administración y a toda la sociedad en general. De que toda la sociedad acepte y se responsabilice de su compromiso con la educación, depende en gran medida conseguir un entorno educativo de aprendizaje rico y saludable. Entre todas se trata de conseguir un contexto propicio hacia el aprendizaje. Se trata de reconstruir la educación como un proyecto de las personas, de formación cívica y de igualdad efectiva de oportunidades para todo el mundo, y esta es la línea fundamental que envuelve el proyecto de Verdes de La Rioja-ECOLO.
El sábado once de abril, FAPA-Rioja invitaba a las asociaciones de madres y padres, profesores, profesionales de la educación y administración a una jornada sobre actuaciones de éxito escolar para todas, y no sólo para unas pocas calificadas con el grado de excelencia. Se trataba de huir de un modelo segregacionista, precisamente en una región caracterizada por ser una de las que exhibe mayor porcentaje de abandono escolar temprano (el 37% en 2008), y pese a la propaganda triunfalista de las estadísticas PISA manejadas por él gobierno riojano. A propósito del informe PISA, este recoge únicamente los conocimientos que el alumnado va adquiriendo en las diferentes etapas de su vida, omitiendo aquí lo referente a la inteligencia emocional, a la felicidad de cada estudiante, su grado de socialización, etc., y por esto nos encontramos con la terrible contradicción de un alto grado de competencias básicas junto a una falta de educación en valores, emociones y sentimientos que prepare a las personas para la vida adulta.
Finlandia, un país que en el informe PISA es tomado como modelo de excelencia por el gobierno riojano, prohibió desde 1985 apartar a nadie en aulas para niveles con capacidad diferente. Las aulas finlandesas se organizan en grupos heterogéneos de estudiantes, (mejor cuanta mayor heterogeneidad), profesores, familiares, profesionales, voluntarios, etc., donde se trabaja de forma dialogante, democrática e igualitaria. Entienden que los grupos humanos del futuro serán heterogéneos, donde convivirán comunidades con creencias religiosas diferentes, orientaciones sexuales, capacidades y culturas diversas, y que se trata de mejorar el aprendizaje y los resultados de todas sin exclusión, para que la diversidad cultural y étnica sea de éxito.
Por su parte, las diferentes propuestas que han ido planteando los partidos políticos convencionales, van encaminadas cada vez más a un tipo de sociedad productivista, de crecimiento ilimitado, incluso a costa de aumentar nuestra deuda ecológica. La deuda ecológica es en esencia la responsabilidad que adquirimos por la apropiación gradual y control de los recursos naturales, así como por la destrucción del planeta causada por nuestros patrones de consumo y producción, afectando la sostenibilidad local y el futuro de las generaciones venideras. Sin ir más lejos, el plan Bolonia para la Universidad está pensado para conseguir trabajadores en esta sociedad productivista, omitiendo casi por completo uno de los ejes que regía en las universidades, el placer de aprender, salvo quizás, aquellos que se insertan en la Universidad de la Experiencia.
Señalaba FAPA-Rioja que la Escuela sola no puede acometer la transformación de la realidad educativa, y que necesita de toda la Comunidad para conseguir los mejores resultados para todo el alumnado, sin excepción. Apuestan por una transformación que lleve a nuestras escuelas hacia la eficiencia y hacia la equidad, es decir, hacia los mejores resultados sin que nadie quede excluido, basándose en teorías y evidencias empíricas avaladas por la Comunidad Científica Internacional. Hoy en día, en la Unión Europea se está llevando a cabo la mayor investigación que nunca se ha realizado en este campo: el Proyecto Integrado INCLUD-ED [http://www.ub.edu/includ-ed/es/about.htm] de la prioridad 7 del VI Programa Marco de la Comisión Europea. Pues bien, los primeros resultados presentados al Parlamento Europeo en 2009 avalan a las Comunidades de Aprendizaje como centros eficaces e inclusores.
Las Comunidades de Aprendizaje superan el fracaso escolar y los problemas de convivencia a los centros educativos, y apoyar la constitución de Comunidades de Aprendizaje es apoyar un proyecto de transformación social y cultural de los centros educativos y de su entorno, para conseguir una sociedad de la información para todas las personas, mediante una educación participativa de la comunidad.