EL ESTIGMA DE LA ENFERMEDAD MENTAL

Si hay algo que caracterizó al siglo XX fue la exaltación de la juventud, pese a que acabó dando el relevo a un siglo XXI cuya característica principal es el envejecimiento mundial de la población. Sin embargo, este nuevo siglo deudor del pasado, ha heredado el mismo culto a la juventud, a la imagen del cuerpo juvenil, saludable, que hace del mismo un icono cultural hacia el que se dirigen todas las miradas. La imagen y su tratamiento identitario es el dispositivo a partir del cual se organizan, no sólo las relaciones sociales sino la autoestima. Así, buena parte de la población desea retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición. La cirugía cosmética contra el envejecimiento pretende conseguir personas sin edad, en un proceso de reforma continua en el que a veces se pierde ante el espejo incluso la propia identidad. 

En esta dirección se buscan soluciones prácticas para cualquier tipo de problema asociado a la vejez, incluidas las enfermedades degenerativas, que si hasta ahora se ocultaban o se consideraban una cuestión familiar, hoy son ya un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados. Sin embargo esta preocupación social por las enfermedades mentales, no se han resuelto satisfactoriamente los procesos de construcción identitaria de las personas afectadas, manteniendo como en el pasado un estigma que en ocasiones alcanza a los familiares del enfermo.

Si definimos la presencia del estigma a través de tres dimensiones (estereotipos, prejuicios y discriminación) observamos cómo en nuestra sociedad, varias o todas estas dimensiones se encuentran presentes cuando se identifica a una persona como afectada por una enfermedad mental. El estigma, a lo largo de la historia, además de estas dimensiones ha estado ligado fundamentalmente a la discriminación y la exclusión, marcando negativamente al enfermo mental y a su entorno personal y familiar.

En el pasado, las enfermedades mentales han sido tomadas como manifestaciones de carácter mágico o religioso, incluso no identificándolas como enfermedades y atribuyéndoles ese carácter espiritual de posesión por otros espíritus que se manifestaban a través de la persona poseída, en realidad el enfermo mental, al que despersonalizaban, es decir, le arrebataban su identidad.

En la actualidad, el estigma que sufren las personas aquejadas de una enfermedad mental obra sobre ellos despersonalizándolos y aislándolos de su entorno, pues ya no reciben el mismo trato. En general, las personas rechazamos aquello que por desconocido o por imprevisto tememos o nos produce incertidumbre. La ausencia de seguridad que mostramos por el modo de pensar, sentir y obrar de un enfermo mental, consigue la pérdida de relaciones y el aislamiento del mismo tras su inevitable estigmatización. Además, ante la vergüenza y la humillación del enfermo y sus familiares, provocamos que uno y otros adopten una posición de ocultamiento de la enfermedad o del enfermo, aislándolo y profundizando en el estigma con el que se le vincula y aumentando su sufrimiento. De este modo, la estrategia de ocultamiento utilizada a menudo por enfermos mentales o por su entorno familiar, no sólo no ha evitado el estigma sino que ha profundizado en el mismo. Otras estrategias igualmente frecuentes suelen ser la negación del problema, la normalización del mismo a través de intentar ver a los otros como semejantes, y la evitación de aquellas circunstancias que llamarían la atención sobre las diferencias del enfermo y que provocarían la estigmatización del mismo.

En general se desconoce el origen de las enfermedades mentales, y cuando se allega cierto conocimiento, este está contaminado por historias y narraciones de todo tipo más próximas al mito que a la realidad. Se hace uso de categorías como las de normalidad, demencia o cordura que permiten explicar las conductas y el comportamiento de las personas y por extensión reconstruyen su identidad. En estos casos, el etiquetaje es el instrumento utilizado para la identificación de las personas con una enfermedad mental, despersonalizándola, pues dejan de ser sujetos con características propias de la normalidad y se convierten en sujetos aquejados de una patología.

Para los familiares, las conductas, los comportamientos, la pérdida de memoria, la necesidad de cuidado continuo, entre otros, son algunos de los atributos que vuelven diferentes y extrañas a las personas enfermas, que dejan de ser ellas mismas ya que ni siquiera logran autoidentificarse. Al enfermo se le reconoce porque deja de comunicar su realidad personal, sus necesidades, sus intereses; y deja de expresar sus sentimientos, sus afectos o sus gustos para ser sujetos identificados exclusivamente con la posesión de una enfermedad.

Una vez que la persona atraviesa el umbral de lo considerado como normal, deja de ser identificado por su vida o su personalidad para ser tratado como sujeto de una enfermedad despersonalizadora y deshumanizadora que le impide ser él mismo. Y es en este punto cuando el sujeto toma la forma de un cuerpo sin voluntad al que hay que conservar y cuidar. El punto en que deja de ser uno mismo para ser la persona que sus cuidadores deciden que sea; una persona que piensa y actúa por intermediación de sus cuidadores, de acuerdo con la interpretación que hacen estos de su identidad. Hay quien señala que esta forma de actuar de los cuidadores, de carácter despersonalizador para el paciente, puede llegar a considerar el enfermo como carente de las necesidades de las que podría disponer en una situación de normalidad, anulándolo y no dándole satisfacción a cuanto pudiera necesitar realmente. Esta actitud, además se ve reforzada por el discurso del propio colectivo médico que apoya la despersonalización del sujeto enfermo con su diagnóstico.

Algunos cuidadores proceden a tomar la parte por el todo; es decir, hacen extensiva la enfermedad mental al conjunto de la persona, inutilizándola como ser autónomo, independiente y con características propias. Es como si toda su identidad social fuera determinada por la parte significada en el diagnóstico médico. Toman la categoría médica como punto de partida para interactuar y explicar lo que sucede a la persona enferma, relegando la voz del paciente a su cuidado.

Sin embargo, esto no ha ocurrido con la demencia senil, que como nuevo síndrome patológico se inventó la medicina con el fin de representar los desvaríos de la vejez. En este caso, las representaciones populares sobre la enfermedad y el enfermo fueron inicialmente contrarias al etiquetaje médico, pues los desvaríos se encuentran dentro de lo considerado normal dentro de la vejez; y encuentran que es propio de los viejos chochear, desvariar, perder memoria, hacer cosas extrañas. Para los familiares, los aquejados con demencia tienen una enfermedad, pero no entran en la categoría de enfermos, pues la salud de su cuerpo es la normal, la reconocida como normal dentro de las circunstancias personales.

DESCONEXIÓN

Tenemos dificultades para desconectar y descansar nuestra mente y ciframos nuestras esperanzas en la llegada del fin de semana o de las vacaciones. También hemos pensado en la probabilidad que tras las elecciones del 28 mayo se habrá acabado el bombardeo constante de mensajes, programas y opiniones de todo tipo (como si no fuera cierto que llevamos ya cuatro años en periodo electoral y además todavía nos faltan las elecciones generales de julio), para de ese modo acabar con el embotamiento de nuestra conciencia.

Pero cuando hablamos de desconectar nuestra mente y cesar el flujo de noticias y anuncios que invaden nuestra vida personal, no estamos pensando sólo en las elecciones y las campañas electorales, sino que estamos soñando en dejar atrás el agotamiento que nos producen las tareas y responsabilidades cotidianas. Porque son las preocupaciones del día a día las que despiertan en nosotros la ansiedad y el estrés que nos impide ese descanso necesario con el que revertir los sentimientos de tristeza o frustración que nos acompaña.

Yo he probado dejar fuera de mi vida ciertos estímulos adocenantes como la televisión, pero no he dejado de escuchar puntualmente programas informativos de radio o la lectura de la prensa. Y, sobre todo, no he dejado de lado las redes sociales como buen adicto a la tecnología. Así que de poco me ha servido dejar de lado un solo medio para desconectar.

Y, sin embargo, recuerdo de mi primera juventud cuando no sufría de insomnio o de dificultad para concentrarme, que pasaba los días realizando actividades placenteras, siendo consciente de lo que hacía y de lo que necesitaba sin el apremio de consumir. Y esto era posible porque pasaba mucho tiempo en relación con los demás y conmigo mismo, escuchándolos y escuchándome, manteniendo la comunicación y en conexión con la naturaleza.

Entiendo que si hoy nos cuesta tanto desconectar e interrumpir el nexo de una vida estresada y que nos ha conducido a ser el país del mundo donde se toman más tranquilizantes (ansiolíticos, hipnóticos, y sedantes), es porque nos hemos desconectado de la naturaleza y, por tanto, de nosotros mismos.

PEDERASTIA y HOMOSEXUALIDAD

Una primavera en pleno ruido social, más bien atronamiento, gracias a la atmósfera creada por la crisis económica, a la que se suman los casos del juez Garzón por investigar los crímenes del franquismo, la corrupción en las filas del Partido Popular desde que anidara en los gobiernos de Aznar, las guerras interminables en Afganistán, Pakistán, Irak, Palestina, los abusos de poder, la violencia de género y contra el diferente, etc., etc., etc. En definitiva, una primavera con todo un sinfín de titulares con los que amenizamos nuestros días, y en donde no puede faltar un grupo institucional que presume de inmanente, permanente e infalible: la cúpula de la iglesia católica.

Porque para los prelados y altos cargos de la curia, las manifestaciones de carácter público son su sustento moral. En este cometido están las manifestaciones de los altos cargos de la jerarquía eclesial, como el secretario de Estado Tarcisio Bertone, que relacionó en Chile homosexualidad y pederastia. Como esas manifestaciones trajeron cola, el portavoz del Vaticano Federico Lombardi, salió a apagar el fuego con nuevas declaraciones pretendiendo matizar las palabras de Bertone, señalando que este se refería tan sólo al ámbito de la iglesia y no de toda la población.

Acabáramos, son los curas homosexuales quienes practican el abuso deshonesto de los niños; es decir, los sacerdotes pederastas practican el abuso sobre los niños porque son homosexuales, por que en lo referente a la homosexualidad las autoridades eclesiásticas no estiman de su competencia realizar afirmaciones generales de carácter específicamente psicológico o médico, para las cuales remiten a los estudios de los especialistas y a los expertos en cada materia. Caramba, la homosexualidad es cosa de expertos en diagnósticos sobre normalidad/anormalidad, sobre salud y enfermedad; es decir, entienden que la homosexualidad es una patología sobre la que la iglesia no se pronuncia porque no se siente competente.

Pues vaya, este bombero pretende apagar el fuego arrojando gasolina, aunque no es la primera vez que el Vaticano relaciona homosexualidad y pedofilia. Lo hizo el promotor de justicia (fiscal) de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Charles Scicluna, cuando dijo que de los tres mil casos de abusos a menores analizados desde 2001 en su despacho, el 60% son actos de efebofilia, es decir, de atracción por adolescentes del mismo sexo, y otro 30% de tipo heterosexual. La distinción técnica entre efebofilia y pedofilia, que gradúa las penas canónicas que aplica el Vaticano, sirve así para minimizar el fenómeno y suavizar las condenas.

Condenas eclesiásticas, condenas por los pecados cometidos y no condenas penales por los delitos de violencia y abuso sobre menores. En esa disposición está Benedicto XVI ahora que todo sale a la luz, cuando sigue hablando de pecados y no de delitos: “Los cristianos, en los últimos tiempos, hemos evitado la palabra penitencia, que nos parecía demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que es necesario hacer penitencia y reconocer lo que hay de equivocado en nuestra vida”.

Y es que el problema viene de lejos, de cuando se llamaba Ratzinger e investigaba los abusos de sacerdotes, sosteniendo que los clérigos acusados no debían ser entregados a las autoridades seculares. En 2001, escribió de forma confidencial a los obispos de todo el mundo, que primero se debía investigar en el más absoluto secreto y dentro de la iglesia a fin de evitar la histeria del público y la publicidad en los medios. Pero el secreto es un lujo que ya no está a disposición de Benedicto XVI. Las recientes revelaciones de escándalos de abuso sexual en Europa han roto la percepción de que los sacerdotes depredadores son una anomalía de América. Cientos de acusaciones, de Irlanda, Australia y ahora Europa están profundizando en la crisis de una jerarquía eclesiástica que nunca estuvo con la iglesia, todavía empeñada en salvarse sin el concurso de la sociedad.