La característica predominante de la exclusión social en España es su gran heterogeneidad, con diferentes y diversos itinerarios que cada vez se relacionan más. Es un fenómeno multicausal donde se combinan y asocian factores estructurales e individuales, y que en general ha sido categorizada a partir de las situaciones problemáticas de carácter laboral (pérdida de empleo, parados de larga duración, etc.), y social (discapacidad, divorcio, aislamiento, marginación, inadaptación, etc.). De entre todos ellos, la pérdida o ausencia de la vivienda ha sobresalido, pese a que en la última década (2015-2025), las ejecuciones hipotecarias y desahucios en España han mostrado una tendencia descendente generalizada tras el pico de la crisis financiera, aunque con repuntes puntuales.
Y si bien los desahucios hipotecarios han bajado, los derivados del impago del alquiler pasaron a ser mayoritarios, representando cerca del 75% del total recientemente. En La Rioja, en 2025, se registró el menor número de desahucios en más de una década y contabilizó 85 ejecuciones hipotecarias sobre vivienda habitual, la cifra más baja desde, al menos 2014, cuando fueron 333, lo que se traduce en un descenso en este periodo de cerca del 75%. Es más, el número no bajaba del centenar en todos estos años. Sin embargo, la portavoz del Sindicato de Vivienda de La Rioja que sustituye a la Plataforma de afectados por la hipoteca destacaba que los desahucios por la falta de pago de alquiler superan a los hipotecarios, respondiendo a la actual tendencia de un mayor número de viviendas en renta que en propiedad.
Y es que el mercado está experimentando una transición de un modelo tradicional de propiedad a uno con mayor presencia del arrendamiento, aunque continúa siendo minoritario en España. La exigua oferta de vivienda protegida en alquiler aumenta la insuficiencia de la vivienda social, que se constata en el esfuerzo económico de los inquilinos que destinan de media un tercio de sus ingresos netos al pago del alquiler, superando el 100% en zonas tensionadas como Madrid o Barcelona. Por su parte, el alquiler en La Rioja cerró 2025 con un aumento cercano al 10%. Y en Logroño, según el sistema estatal de referencia del precio del alquiler de vivienda, una persona con ingresos de 2000€ dedica el 37,87% al alquiler.
Sin ambages, podemos afirmar que la vivienda ha pasado a convertirse en una mercancía y ha dejado de ser un derecho fundamental, tal y como señala el artículo veinticinco de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y ya sé que esta afirmación es compartida desde hace muchos años, pero como si fuera recurrente, desde que empezó 2026 venimos escuchando o leyendo situaciones relativas al derecho constitucional de una vivienda.
En enero, cuando se presentó el IX Informe FOESSA sobre Exclusión y Desarrollo Social en La Rioja, se observaba un aumento de la exclusión social severa. Esta exclusión social se crea y retroalimenta a partir de la vivienda y el empleo, a sabiendas de que un empleo no garantiza necesariamente la vivienda y una vida digna. De hecho, las personas en situación de sinhogarismo en la ciudad de Logroño han aumentado en los últimos cinco años.
Y esto nos lleva a dos noticias recientes, una relativa a las personas sin hogar en Logroño, cuando con la llegada del PP al Ayuntamiento de Logroño, el dispositivo de ola de frío para acogerles que se extendía de diciembre a marzo se desestacionalizó, marcando el umbral de cinco grados de temperatura para decidir cada día si hay o no dispositivo. De este modo, aquellas noches que la mínima prevista por la AEMET sea de seis grados, las personas sin hogar duermen en la calle, aunque haya plazas libres en los recursos habitacionales.
La siguiente noticia tiene que ver con la adjudicación de Viviendas de Protección Oficial (VPO), también en Logroño, donde se ha denunciado falta de transparencia, publicidad y ausencia de sorteos públicos en la asignación de 104 viviendas por parte de promotoras privadas y empresas constructoras. Por su parte, el Gobierno local insiste en que el proceso cumple los requisitos legales y que las promotoras eligieron el sistema de adjudicación conforme al pliego de condiciones.
Estas y otras noticias, en su conjunto nos hablan de la falta de adecuación del mercado de la vivienda protegida en propiedad, a las necesidades residenciales de un amplio segmento de la población. Además, la vivienda en España se considera principalmente un bien de inversión, a disposición de un mercado de la construcción altamente especulativo.
Una mujer se quejaba de un grupo de mujeres que se habían parado para hablar en la calle y le molestaban en su tránsito. Me recordaba a la Ley de Orden Público de la dictadura franquista, cuando la policía daba la orden de “circulen” para evitar la reunión o concentración de tres o más personas. Y es que la calle para esta mujer, así como para la administración municipal, se ha convertido en un territorio que atravesar, por el que circular sin parar, todo lo más, en algún escaparate o en la terraza del café más cercano.
Quienes hemos conocido la ciudad de Logroño como un lugar estancial, donde las calles era el espacio de juego de los pequeños y de relación entre los vecinos y donde los vehículos más usuales eran los de transporte de mercancías, no podemos aceptar que nos dejen espacios mínimos llamados calles, donde nos arraciman y aprietan, sin poder detenernos y hablar, o sentarnos en un banco siempre que haya alguno dispuesto, o a la sombra de un árbol siempre que no lo hayan talado y hormigonado el alcorque. Sabemos que la administración municipal obtine réditos económicos del espacio público, bien por su venta mediante su privatización o bien a través del alquiler, pero debería entender que los espacios públicos tienen dimensiones, no sólo económicas, sino sociales, culturales y políticas, de contacto entre la gente, de relación e identificación, de organización y de actividad.
Es totalmente irracional que Logroño disponga de más de 92.000 vehículos para circular, cuando el número de hogares no supera las 78.000 familias, algunas de las cuales disponen de varios vehículos que exigen y demandan más espacio público por donde circular y aparcar, reduciendo a su mínima expresión el espacio estancial que es, o debería ser, de dominio público y sociabilidad y en el que confluyeran identidades diversas animadas por un uso social colectivo y democrático, y no básicamente privativo.
Así pues, a los gestores de la administración municipal, les digo que no se puede diseñar el espacio público tan sólo en beneficio de intereses privados, sean estos aparcamientos en superficie, o terrazas que jibarizan las aceras. El uso y gestión de lo público no debe hacerse sin la participación de los ciudadanos, sin su concurso, sin la integración de cuantos grupos y colectivos convergen y se relacionan en esos espacios. Logroño no se merece la actual movilidad insostenible.
Han finalizado las fiestas de la vendimia y es el momento de preguntarnos qué es eso de la identidad riojana, o por qué se habla continuamente de los referentes identitarios de La Rioja, tanto en prensa, radio y televisión, como en todo acto o discurso institucional de las fiestas, sin que ninguno acierte a señalar o enumerar qué o cuáles referentes son los que definen esa identidad de los riojanos, trasladando en sus discursos, tópicos como el vino, la virgen, la danza, la jota o las chuletillas al sarmiento.
Y no se ponen de acuerdo, simplemente porque la identidad supuestamente riojana, está conformada por múltiples identidades, cada una de ellas perteneciente a una subcultura, o un grupo con sus particulares referentes, al que nos adscribimos, pero que no es el mismo en el que participan todos los riojanos
La percepción del mundo proviene de los referentes simbólicos compartidos colectivamente en cuanto miembros de una cultura o subcultura. En este sentido, todos pertenecemos a diferentes subculturas, o grupos de personas con las que nos identificamos, y desde los que logramos una existencia social al cambiar e intercambiar de forma articulada los referentes significativos a escala individual con nuestra pertenencia colectiva.
De este modo, la sociedad riojana se nos representa como un conjunto heterogéneo de individuos que se agrupan y disocian permanentemente al albur de intereses subyacentes al desarrollo de su personalidad social; donde las relaciones se establecen no sólo entre individuos, sino principalmente entre grupos de individuos, grupos que se caracterizan a sí mismos como formando parte de una cultura, adscribiéndose a conjuntos de referentes simbólicos desde donde los individuos logran la identificación con los demás integrantes o/y pertenecientes a dichos grupos.
Por todo ello no podemos hablar de una cultura riojana, ni de una identidad riojana, sino de múltiples subculturas que se estructuran en torno a distintos y diversos referentes identitarios, como el clarete y el tinto, la UDL y la SDL, el pañuelo rojo, azul o burdeos, taurinos y animalistas, etc. Y todos ellos, en su conjunto diverso conforman múltiples adscripciones a diferentes grupos con los que nos identificamos, y que vulgarmente denominamos como propios de la identidad riojana.
Saludamos con normalidad la alternancia política en el gobierno de nuestras instituciones porque esto permite acceder a cambios y variaciones en nuestro modo de relacionarnos, y es un medio habitual en el ejercicio del poder político para implementar nuevos proyectos que amplíen de forma beneficiosa nuestra forma de vida en comunidad.
Sin embargo, asistimos con pesadumbre a una situación que sigue un curso, un camino por el que no se avanza, sino que se retrocede. Esto está ocurriendo en diversos lugares de nuestro país donde se ha producido un cambio en la toma de poder de las instituciones, pero para no extendernos sobre todos ellos nos fijamos en lo que sucede en la ciudad de Logroño donde el Partido Popular ha alcanzado el poder sustituyendo al Partido Socialista.
Y lo que está presentando el nuevo gobierno municipal no son proyectos novedosos que mejoren la convivencia en una ciudad tan necesitada de espacios relacionales donde se exprese la tolerancia de sus habitantes, si no una disposición a destruir los proyectos iniciados por el anterior equipo de gobierno. Y esto es muy grave porque nos indica que no disponen de ningún proyecto político propio, sino que su plan y diseño político es la reestructuración y reforma de los proyectos ajenos, en un afán de destrucción de cuanto suponía una mejora para el conjunto de la ciudad, al menos para los más de treinta mil ciudadanos que manifestaron con su voto el acuerdo a los proyectos iniciados o dispuestos en la legislatura anterior. Y que ahora, supuestamente, los treinta y seis mil votos al partido popular que le otorgaron el gobierno son para que se dedique a destruir cuanto se hizo y proyectó, desentendiéndose de crear o presentar nuevos proyectos que, tal parece, nunca existieron. Volverán las dobles filas, los ruidos y la contaminación, la inseguridad de peatones y ciclistas, estrechamiento de aceras para manejo de cuatro vías de calzada dos dedicadas a aparcamientos y dos a circulación, junto a un carril bici jibarizado y de donde son expulsados los vehículos de movilidad personal y bicicletas de carga; en definitiva, un proyecto destructivo.
Ya han pasado las fiestas locales, regionales, junto al puente y la semana, cuando no la quincena, en las que como manda la tradición, una buena colección de logroñeses parte con premura hacia las playas levantinas para recalar en la ciudad por excelencia que es Benidorm. Y esto a pesar de que inevitablemente hemos disfrutado, reído, jugado y representado todos los papeles que nos han dado en cualquiera de los escenarios festivos, y desde nuestra más temprana infancia hasta bien entrada nuestra adultez. También, llegados a este punto, nos hemos aguantado, aburrido y sufrido con las mismas fiestas en las que antaño nos sumergíamos con pasión.
Y es que, en definitiva, en tiempos de masificación y estandarización de las fiestas nos encontramos en ese espacio-tiempo liminal en que ni amamos ni odiamos el periodo festivo, pero que nos impele a huir, a salir y encontrar una oportunidad de disfrute del tiempo de fiesta, aunque en otra dimensión alejada de la que nos propone periódicamente la ciudad. Siempre hay esperanza.
Si tuviéramos más vuelos o más trenes, con salidas programadas a los diferentes lugares que se representen como la antítesis de la cotidianidad del acontecer festivo, ya conocido e interiorizado tras un cúmulo de experiencias de todo tipo, estoy convencido que la ciudad quedaría convertida en ese gran teatro, en el que salvo los actores, todos los asistentes son paradójicamente ajenos a la ciudad y a su tradición festiva, la cual encuentran estimulante, mientras que los lugareños serían los foráneos en sus destinos, que disfrutarían por su novedad.
De todo esto son conscientes las agencias de viaje, que ya desde el comienzo de la primavera promueven tours y/o viajes individuales para todos aquellos ciudadanos que saben aprovechar la ventaja del tiempo festivo local para salir, precisamente de ese entorno inhábil para el trabajo, pero válido para el ocio y el descanso. Y no sólo la hostelería, también las compañías teatrales, musicales o de danza, aprovechan ese tiempo festivo para expandir sus actuaciones y aumentar su bolsa y prestigio. Y es que hay tradiciones festivas que crean empleo y riqueza, expandiéndose por toda la geografía del turismo patrio.
Como viene ocurriendo todas las mañanas cuando me encuentro esquivando a los transeúntes que en posesión de un móvil circulan mirando la pantalla y escribiendo con soltura sus mensajes de whatsapp, me pregunto qué urgencia les lleva a responder o iniciar una conversación tan temprano.
Es cierto que a todos nos gusta escribir, más todavía a esos 750.000 analfabetos que se contabilizaban en 2022 y que no disponían de esta habilidad para estructurar y ordenar el pensamiento, evocar la vida y transmitir información sobre sus sentimientos y deseos. Y es que con la escritura nos sentimos vivos y creativos, no importa el medio sobre el que escribamos a pesar de que la escritura sobre papel se encuentra en retroceso frente a los medios digitales.
Aprendimos a escribir sobre el papel, inicialmente en aquellos cuadernos de caligrafía, o más adelante en diarios personales o a través de incipientes poemas o relatos cortos como los cuentos e historias que leíamos. Pero para las generaciones digitales, el envío de cartas y postales, por ejemplo, no se corresponde con sus medios de comunicación actuales a través de las redes sociales y la fotografía y, sin embargo, en uno u otro periodo la comunicación se ha mantenido a través de la escritura, desde la más contenida de los 140 caracteres de twitter hasta la más dilatada en un libro de autoedición.
Recuerdo que hace ya un tiempo, cuando residía en un pueblo de montaña relativamente aislado, tuve la visita extraordinaria de unos familiares a los que les propuse enseñarles aquellas cosas que me habían decidido por este tipo de vida alejado de los cánones urbanos que imperaban por entonces. Cuando les estaba mostrando el ajardinamiento de los terrenos incultos, una tía materna observó la acacia y las adelfas que había plantado y a modo de sentencia me señaló que las personas, para trascender su existencia, deben hacer tres cosas en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Acababa de tener un hijo, había plantado un árbol y casi como un reproche porque había abandonado los estudios en la Facultad, me restregaba que todavía no había escrito un libro. El transcurso del tiempo me traería un segundo y, cuando ya no lo esperaba, un tercer hijo, así como la plantación de numerosos árboles desde la semilla, la baya, rama o plantón y, también, unos cuantos libros, aunque como mi tía me advirtió (que buen oráculo), el primer libro no se editaría hasta mucho después de licenciarme.
Es curioso esto de la trascendencia. Yo mismo no he tenido nunca esa percepción cuando escribía, si bien es cierto, que siempre se escribe con el fin de que otros te lean. De hecho, la escasa producción poética que he realizado hasta ahora es porque ha sido dirigida a una sola destinataria, y cuando ésta dejaba de interesarse yo dejaba de escribirle. Los libros, sin embargo, han tenido destinatarios desconocidos y, por tanto, su elaboración no estaba mediatizada por ellos sino por mi capacidad de creación, o por mi interés en su alumbramiento. Por esto, los libros son como hijos de papel, aunque hijos de papel en su creación y alumbramiento, porque en su crecimiento y desarrollo han tenido la cualidad de reunir a un sinfín de personas que los han ahijado y adoptado. En cualquier caso, todos escribimos pensando en el lector o lectores de nuestros mensajes, ideas e historias que nos interesa comunicar. Y el fin no es otro que el de trascender nuestra existencia cotidiana y salvarnos del olvido. Como dice Stefan Zweig (“Mendel el de los libros”. Barcelona, 2009), los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido. Pero si bien no le quito razón a Zweig, ya hace muchos años que grabé el título de una película de Agustín Diaz Yanes, como el pensamiento que guía mi conducta en relación con las historias y libros escritos, y es que “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”.
Aunque precisamente contra el olvido giró en 2009 un hijo de papel al que puse de nombre: Las maestras. Un análisis sobre la identidad de género y trabajo. Porque, como cualquier embarazo, nueve meses después de haber entregado los originales a la parte contratante y trabajado en sintonía con la editorial, salió por fin a la luz el ejemplar editado a golpe de antojos y mucho cariño. No fue un parto extraño, pues en muchas ocasiones me he encontrado con que el tiempo de incubación ha durado diez y hasta doce meses, así que por una vez todo ha discurrido con cierta normalidad editorial.
Quizás, como siempre ocurre con los que no son genios o artistas, el proceso de creación fue lo más costoso, y me ocupó, no tanto tiempo como pensamiento; pues si bien contaba con los materiales de campo desde hacía más de seis meses y también había reunido, tras numerosas lecturas, buena parte de la documentación que luego utilizaría, la necesidad de dar orden y sentido literario a aquél cúmulo de informaciones, datos y relatos biográficos en poco menos de dos meses, me llevó a un estado insomne en el que mi cerebro no se permitía un descanso. Efectivamente, en la primera semana de marzo había regresado de Senegal y pocos días después recibí la nota imperativa que me fijaba el 23 de abril como fecha límite para entregar originales.
Este frenesí para cubrir de páginas el índice que me había impuesto y que me obligaba a redactar un número determinado de hojas diarias, fue el que dio al traste con mis rutinas de sueño y descanso. Ocurrió que en cuanto había luz diurna me levantaba con nuevas ideas que había trabajado en una especie de duermevela, seguía durante todo el día escribiendo y tratando de cumplir disciplinadamente con el número de páginas y, salvo descansos adecuados a las horas de alimento y siesta, me mantenía pegado entre la pantalla del ordenador y las montañas de papeles, libros y artículos que ocupaban toda la mesa, de manera aparentemente desordenada.
Dos semanas después de haber iniciado esta espartana vida de creación caí en un estado de ansiedad que me llevó a la consulta de mi doctora de cabecera, la cual me recetó un potente somnífero cuyas consecuencias, pese a las advertencias, no supe entonces medir. Ocurrió que tras dos semanas tomando el somnífero había logrado un cierto equilibrio entre los tiempos dedicados al sueño y a la creación y, como siempre he sido reacio a medicarme, dejé de tomar los somníferos radicalmente sin guardar los protocolos indicados por la doctora, produciéndome lo que ya me advirtió que podría ocurrir: el denominado efecto rebote; es decir, que volví al estado insomne inicial. Aun así, acabé con tiempo suficiente para dedicarle dos semanas a pulir y mejorar algunos párrafos, vocablos y el sentido del texto final.
De este modo pude cumplir con la parte más difícil en la creación de este hijo de papel y, aunque no quise saber ya más del texto, aún tuve que volver a leerme las pruebas de imprenta dos veces más, buscar la parte ilustrada y gráfica que acompañaría el texto y, finalmente, dar el visto bueno al vestido con el que se presentaría en sociedad. Fue por entonces que me prometí no volver a escribir nunca más un libro, dedicarme a los hijos biológicos y a las plantas de mi jardín y, cuando me hiciera muy mayor, poner un huerto con el que ver pasar las estaciones. Promesa que he incumplido, si tengo en cuenta que he dejado de cultivar un huerto, mientras cultivo a un hijo y escribo otro libro.
No es broma. Tengo la peste. Hace un tiempo todavía se trataba de unos síntomas que pasaron desapercibidos. Cierta desgana, dejadez, abulia. Podía ser el calor, aunque también podría ser algo de inapetencia, o quizás es que no había dormido bien. De todas formas me extrañó que al salir a la calle, pudo ser una coincidencia, pero la verdad es que la gente se cruzaba de acera cuando se encontraba muy próxima a mi; pero como yo andaba distraído y solitario, sólo pensé que la gente lo que buscaba era una sombra y no que rechazara el contacto conmigo. También es verdad que yo buscaba la sombra y hasta cierto punto buscaba lugares donde no hubiera gente a la que tuviera que saludar indefectiblemente, porque aquí en Logroño indefectiblemente tienes que saludar a toda la gente, la conozcas o no la conozcas, sepas su nombre o no conozcas su nombre ni su identidad. Todo el mundo parece conocerte y yo estoy harto de saludar a gente que no conozco aunque ella sí parezca conocerme. Bien es verdad que todos los días tengo que ir a la plaza de abastos para adquirir verduras, fruta, pescado y carne o lo que haga falta, y que la gente de la plaza, a fuerza de verme día tras día, se ha familiarizado tanto conmigo y con mi existencia que son casi como de la familia, pero yo, la verdad, desconozco su nombre y ni siquiera conozco el nombre de la tienda o el establecimiento que regentan. Bueno, a lo que iba. Estoy harto de saludar a la gente que no conozco y de la que además me importa un pepino su vida y su existencia y a la que jamás le contaría nada sobre la mía, aún a despecho de que sean íntimos de mi familia, la cual, dicho de sea de paso, es ya bastante escasa tras la muerte de mis mayores.
Lo cierto es que no tuve la impresión de que la gente me rechazara por alguna cuestión, puesto que yo era el primero en rechazar a la gente y en tratar de ocultarme y buscar un lugar solitario alejado de las compañías que se podían producir en el transcurso de un paseo matutino por las calles de un Logroño amelonado de verano. Así que lo que más tarde diagnostiqué como un fenómeno propio del apestado, en aquel momento sólo supuso un pequeño oasis en una mañana de calor asfixiante.
El siguiente indicio de que yo había contraído la peste vino tras aquel paseo mañanero cuando, harto de sudar, decidi darme una ducha y al desnudarme pude contemplar ciertas erupciones rojas, como si de repente una viruela o más bien una colección de espinillas adolescentes hubiera invadido todo mi cuerpo. Estaba claro que algo me había sentado mal y no podía ser otra cosa. En los últimos años estamos acostumbrados a que un yogurt caducado, un pescado podrido, o simplemente el aire contaminado sean elementos agresivos para nuestra sensible piel, que sólo sabe defenderse provocando erupciones fieles, o cualquier otra manifestación parecida contra la agresión del medio. Así que no le di más importancia y entré en la ducha de agua fresquita; pero al salir, con los ojos todavía medio cerrados aquellas erupciones se abrieron al frotarme enérgicamente con la toalla. Fue entonces cuando descubrí que muchas de esas erupciones que se habían abierto no expulsaban precisamente sangre, sino un líquido purulento casi acuoso de color amarillo que al juntarse con la sangre más bien parecía la enseña nacional.
Como no me escocía ni me dolía especialmente decidí no prestarle más atención y en todo caso o como toda opción llamar al dermatólogo y pedirle cita. Pedir cita es una cuestión fundamental, pues un dermatólogo que trabaja en su consulta privada no para de recibir a toda clase de personas con lunares, granos, cánceres dermatológicos, quemaduras sin fin y alguna alopecia desesperada. Es una situación que viene provocada por el maldito anuncio de Corporación Dermoestética en que mucha gente cae como en la peor de las sectas mefistofélicas, y que ha traido un auge insospechado, no sólo de la cirugía plástica, sino también de la dermatología cosmética. Así que sin más dilación llamé, y como me esperaba, los que pagamos a una compañía de seguros puntera recibimos el trato puntero, es decir, me dio cita para dentro de un mes. Con la misma parsimonia decidí dejar pasar tiempo, el momento y la ocasión para enfrentarme a lo que irremediablemente hoy me enfrento: la peste.
Pero aún tendría que escuchar el peor de los diagnósticos, que era y es, el que me daba y el que me sigue dando mi conciencia cuando la examino y le pregunto acerca de qué hacer, de cómo hacer, de si vale la pena vivir, de si tengo alguna obligación moral, de si debo buscar la felicidad, de si me deben importar la humanidad, la familia o los amigos. Los amigos, no como se entienden en las demostraciones de afecto y lealtad, sino los amigos fronterizos. Y los denomino fronterizos porque los amigos nunca son amigos de uno solo, siempre son amigos de circunstancias, de parejas, de compañías, de momentos, de ocasiones y, por tanto, son leales a las cosas que propician esa amistad, pero no son leales a la persona. Por lo tanto he decidido llamar a los amigos, amigos fronterizos. No están ni en un sitio ni en el otro. Están en el límite, en la frontera. Son amigos cuando se dan las circunstancias, las ocasiones, los momentos para serlo; pero dejan de ser tus amigos cuando no se dan las circunstancias , ni la compañía (véase dónde quedan o con quién se quedan los amigos en caso de ruptura o divorcio de la pareja), ni los momentos, ni las ocasiones, ni nada que propició precisamente esa relación de amistad. Por lo tanto, la definición clara y concisa que he decidido dar a los amigos es la de fronterizos.
Pero vuelvo sobre el diagnóstico de mi conciencia que fue letal. Tú que buscas la soledad estás solo. Tu que no te reconoces en nadie, a nadie le puedes importar. Tú que estás ensimismado, no te tienes mas que a ti. No te busques nada dentro porque estás vacío. Todo lo que ves es patológico porque estás enfermo, y la manifestación de esa enfermedad es la peste.
Y aquí estoy, a desgana me gano la vida representando al apestado en las ferias y conmemoraciones populares, da igual si son medievales, renacentistas, ilustradas o del siglo XXI. Juego con los niños, más con las niñas, todo hay que decirlo, mientras los padres huyen asustados tirando de sus vástagos porque reconocen en mi rostro (voy tapado con capa descolorida pese al calor) la peste.
Llevamos varios días en los que notamos cierto malestar y no sabemos atribuirlo a alguna situación en particular. Puede ser que el cambio horario nos haya alterado algo más de lo habitual, pero lo cierto es que el cambio se produjo a finales de marzo y ya nos hemos hecho a la nueva rutina del periodo estival. Esto también nos puede hacer pensar que ha sido con la llegada de la primavera y el aumento de la luz, la causa de que suframos cambios hormonales que alteran nuestro estado emocional, aunque sería más propio de estos cambios el aumento de la energía, la vitalidad y por añadidura la alegría.
Entonces, a qué se puede deber nuestra inquietud, nuestra desazón de estos días. Puede ser que los problemas de carácter económico sean el origen de esta intranquilidad que nos acompaña, como ocurre con la subida de los tipos de interés hipotecario, o quizás la inflación, principalmente con la subida de los precios de los alimentos básicos que nos invita a repensar la cesta de la compra y el menú cotidiano. La verdad, es que todos los problemas económicos en su conjunto nos producen esa sensación de ansiedad con la que nos levantamos de la cama, mal dormidos, o no habiendo descansado suficientemente como para disponer de la energía necesaria con la que afrontar los nuevos días.
Y si atendemos a las noticias, estoy seguro que siempre nos dejan un poso de intranquilidad, aunque no nos atañan personalmente pero sí indirectamente, como ocurre por ejemplo con las predicciones del tiempo, la sequía y el cambio climático, o con la política verde y la ecología, que ya no va a tener representación electoral en las elecciones del 28 de mayo por exigencia de IU en su acuerdo con Podemos, y que en definitiva deja la lucha contra el cambio climático que debería ser de carácter transversal y prioritaria, como un mero adorno programático, o incluso puede que ni siquiera aparezca.
En definitiva, son muchos las causas de ese malestar que no logramos situar, y por las que no tenemos paz ni reposo y sí desasosiego.
Qué paradoja que quienes dominan el espacio público con sus vehículos motorizados se sientan agredidos por sus víctimas andantes. Porque, cómo se entiende que quienes ocupan entre el 60 y el 80% del espacio público para depósito y circulación de sus vehículos se quejen de que peatones arracimados y apretados en aceras, reclamen un poco más de espacio para no tropezarse, para poder detenerse y hablar a la sombra de un árbol, siempre que bancos y árboles no hayan sido sustituidos por aparcamientos en superficie, para respirar aire menos contaminante, para poder escucharse sin tanto ruido.
Si las ciudades no son patrimonio de unos pocos, el reparto del espacio público debe tener un carácter más beneficioso para la mayoría peatonal, que para una minoría motorizada; porque quienes recordamos la ciudad de Logroño con calles aún no urbanizadas, con espacios de juego entre los pequeños y de relación entre los vecinos, donde los vehículos más usuales eran los de transporte de mercancías y donde aún se conocían espacios vacíos, hemos visto la destrucción de esos espacios en beneficio de la circulación de vehículos a motor, hasta el punto de sólo quedar pequeñas islas encementadas como son las plazas, y parques residuales donde se agolpan en diminutos juegos infantiles, padres temerosos del tráfico desbocado que atropella una persona cada cinco días. ¿En qué momento se transformó y fue aceptado como norma de progreso el asfaltado de las calles y la reducción de las aceras hasta jibarizarlas? ¿Cómo se dio por sentado que las avenidas se transformaran en circuitos de coches y depósito de estos, hasta el paroxismo de ocupar varias filas, como si fuera un cementerio de chatarra al aire libre? Hoy sabemos que los proyectos de movilidad, de acuerdo con las directrices de la unión europea en su lucha contra el cambio climático, buscan lograr ciudades saludables donde desplazarse se realice principalmente a pie y, como alternativa, mediante transporte público o medios más ecológicos como la bicicleta. Por esto resulta paradójico que para algunos la modernidad se siga entendiendo como la libertad a ocupar cualquier espacio público, reclamando más y más asfalto.