DISMINUIDOS

Tan sólo hace un año el Congreso de los diputados, con la abstención de Vox, avaló eliminar de la Constitución, en su artículo 49, el término “disminuidos” y sustituirlo por la expresión «personas con discapacidad».

Todas las personas con discapacidad a menudo han sido injustamente identificadas con limitaciones intelectuales o disfunciones psicológicas. Quizás por ello, se ha derivado un uso de terminología estigmatizadora y discriminadora para identificarlas. A ello se añade la imagen negativa de la discapacidad, a la que han contribuido significativamente los medios de comunicación social, presentando aspectos negativos o compasivos sobre estas personas que siempre presuponen su infelicidad o inadaptación social.

El campo de la discapacidad -entendiendo este término de manera extensiva a todas las personas con limitaciones físicas, sensoriales y mentales- se ha caracterizado por la mudanza terminológica en la asignación de nombres, etiquetas y denominaciones referidas tanto a las personas como al proceso de atención a las mismas. Entre los términos utilizados podemos destacar los siguientes:

a) Referidos a las personas con limitaciones psíquicas: idiotas, imbéciles, mongoles, oligofrénicos, subnormales, débiles mentales, dificultades de aprendizaje permanentes, necesidades especiales.

b) Referidos a las personas con limitaciones físicas y/o sensoriales: lisiados, tullidos, impedidos, inútiles, inválidos, desvalidos, mutilados, minusválidos, deficientes, incapacitados, discapacitados.

c) Referidos al proceso de atención: beneficencia, asistencia, prevención, reeducación, readaptación, rehabilitación, habilitación, tratamiento, educación, recuperación profesional.

Muchos de los términos citados, a pesar de ser representativos de concepciones médicas, psicológicas, educativas o sociales ya superadas o inadecuadas para los tiempos actuales, siguen utilizándose por un número considerable de profesionales. Es sorprendente comprobar hoy la frecuente falta de rigor o actualidad en el uso de denominaciones, etiquetas o diagnósticos. La causa no está por supuesto en las personas que hacen ese uso, al menos no de manera exclusiva, sino que probablemente proviene de una formación deficitaria y poco estructurada en el ámbito de las personas con discapacidad.

Cada uno de los cambios en las palabras con que denominamos a la población se suele presentar seriamente por profesionales de reconocido prestigio con el intento genuino de cambiar la imagen y el rol de las personas con discapacidad en esta sociedad. A cada una de estas reformas han seguido, años más tarde, nuevos y mejores nombres. El problema puede estar en que la sociedad estima excesivamente la inteligencia, la belleza y la capacidad de ganar dinero, rechazando a aquellas personas que no son inteligentes, atractivas o que son pobres.

La terminología expresa la evolución de las actitudes profesionales y sociales, pero los cambios de nombre dejan intactos los prejuicios de la mayor parte de las personas. Hemos de modificar los valores y actitudes que subyacen a esas expresiones, y no suponer que es un asunto meramente terminológico que sólo requiere un cambio de nombres.

LOS CUIDADOS

El Ayuntamiento de Barcelona antes de responder sobre qué son los cuidados nos indica que las personas somos seres vivos vulnerables e interdependientes. Nacemos con una fragilidad extrema. Tardamos un año en levantarnos, dos en comunicarnos mediante el lenguaje y cuatro en poder vestirnos solas para protegernos del frío. Nuestra vulnerabilidad y dependencia son la razón por la que vivimos en comunidad. Para sobrevivir, dependemos del tiempo, los trabajos y los afectos que otras personas nos dedican.

Todos y todas necesitamos recibir cuidados de manera permanente a lo largo de la vida, de tipo e intensidades diferentes, dependiendo del momento del ciclo vital en que nos encontramos, y de las capacidades de autocuidado y atención a los demás que tenemos en cada etapa de la vida. Aunque la infancia, la vejez y los momentos de enfermedad requieren cuidados físicos específicos y más intensivos, las personas necesitamos afectos y atención emocional de manera permanente, incluso cuando somos adultas sanas e independientes. Hay que pensar en la necesidad de cuidados no como una situación de excepcionalidad, sino como una característica inherente a la naturaleza humana, en que todos y todas tenemos el derecho, pero también el deber, de recibir y proveer cuidados.

Pero lo cierto es que cuando se necesita atención de un miembro de la familia se recurre normalmente a otra mujer, tal y como se ha regulado en las sociedades tradicionales y patriarcales, donde siempre se esperaba que fuera una mujer quien cuidara a los demás miembros de la familia sin por ello percibir remuneración alguna.

Desde una perspectiva sociológica, el cuidado es una actividad basada en patrones sociales. Estos patrones afectan tanto al cuidado familiar como al cuidado formal y justifican los bajos salarios percibidos por los trabajadores que son principalmente mujeres y, cada vez más, inmigrantes.

Si gran parte de la carga asistencial demandada por las personas dependientes recae sobre los familiares, principalmente sobre la mujer, es a consecuencia de un proceso de socialización que colocaba como modelo a seguir el de la diferenciación y la desigualdad entre los sexos, destinando a la mujer el papel doméstico, secundario y poco valorado. Se asume así que las mujeres trabajan en empleos relacionados con el cuidado, no sólo como resultado de su proceso de educación y de las expectativas sociales, sino debido a las menores oportunidades de conseguir los trabajos mejor remunerados, más prestigiosos y con mayor poder de los varones. Las mismas creencias y experiencias que hacen atractivo el cuidado para las mujeres, lo devalúan como trabajo remunerado al ser percibido como trabajo poco cualificado.

Los cuidados suponen una responsabilidad social absolutamente generizada y naturalizada, que afecta sobre todo a las mujeres adultas, y que se apoya en una visión social diferente de lo que es el trabajo realizado por los hombres, y en una separación cultural de lo racional que queda ligado a los hombres y a lo público, mientras que lo emocional y lo privado es asociado a las mujeres. Las tareas de cuidado se dejan bajo la responsabilidad de las mujeres por un supuesto instinto natural. De hecho, en general, el cuidado ni siquiera es considerado un trabajo, sino como algo que hacen las mujeres de manera natural porque va ligado a los sentimientos y los afectos. Todo ello me permite catalogar el concepto de cuidado como una construcción social, desde una perspectiva dominante que es la del patriarcado.

TAUROMAQUIA

A modo de declaración personal, ni entiendo la tauromaquia, ni me gustan las corridas de toros. Tampoco creo que se pueda definir como fiesta nacional y mucho menos como cultura española, en todo caso como una actividad, una costumbre compartida por un grupo de españoles cada vez más reducido. Digo esto, al hilo de la polémica creada tras la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia, en la que el ministro justificaba su decisión porque ha cambiado la sensibilidad social respecto al maltrato animal y «sólo el 2% de los españoles van a los toros».

Lo cierto es que ya hace unos años, cuando aún coordinaba los cursos de veranos en la UR, sobre “Derecho animal, ética y sociedad”, partíamos desde aquella vieja consideración de los animales como bienes al servicio del ser humano, a unos planteamientos más recientes en los que se reconoce a los animales como seres sintientes y, en consecuencia, merecedores de protección.

En su exposición de motivos, la Ley 6/2018, de 26 de noviembre, de protección de los animales en la Comunidad Autónoma de La Rioja, señala que en las últimas décadas ha proliferado en las sociedades más civilizadas un sentimiento sin precedentes de protección, respeto y defensa de la naturaleza en general y de los animales en particular, convirtiéndose en un asunto de índole cultural que importa al conjunto de la ciudadanía.

Hoy en día, y en nuestro país, se están dictando sentencias que implican privación de libertad para aquellos que cometen delitos de maltrato animal, desde que nuestro Código Civil dejó de considerar cosas a los animales para categorizarlos como seres dotados de sensibilidad. Sin embargo, parece que hablar de derecho animal, animalismo o antiespecismo estuviera acotado, como si la protección animal fuera un tema menor o insignificante.

Otras cuestiones se suman a este debate. Entre las más comunes siempre surge al calor de la discusión los que enarbolan la bandera de la libertad diciendo: a mí me gustan los toros, si a ti no te gustan no vayas, pero no pretendas prohibirlos. Sin embargo, ninguna libertad o derecho (tanto individual o colectivo) es ilimitado. Incluso los derechos y libertades fundamentales (los de nuestro texto constitucional) tienen límites y excepciones.

Es en este punto donde para abordar el debate de la protección animal desde una perspectiva ético-jurídica conviene tener en cuenta algunas consideraciones como la ideología política donde la protección animal nada tiene que ver con una cuestión de derechas o izquierdas, pese al rédito político que se pretenda obtener desde distintas filas, porque ni ser asiduo a las corridas o festejos taurinos te convierte automáticamente en ejemplo moral de español, ni ser antitaurino se traduce en antisistema. La pertenencia de un hecho cultural a la tradición histórica no implica que tenga que perpetuarse en el tiempo.

En el mercado, si la cría de animales para su venta o los espectáculos taurinos son actividades que generan riqueza, cada vez menos si no es por las subvenciones, no es menos cierto que la protección ambiental y animal es un nicho económico con mayor proyección de futuro. Por otro lado, sabemos que existen actividades en el mercado que mueven grandes cantidades de dinero y nadie duda de que son ilegales y/o inmorales (trata de seres humanos, comercio de armas, drogas, etc.).

Centrando el debate, y asumiendo que los animales son seres capaces de sentir dolor, cualquier argumentación que eluda la protección animal pasa por asumir que pudiendo optar por un sistema justo, elegimos otro, injusto. Así que, cuando se atenta contra el medioambiente y los seres vivos que forman parte de él, ya sabemos que se atenta contra la integridad del propio ser humano.

LA BUENA MUERTE

Con un gran alarde de inhumanidad se despachó la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, al justificar que en plena pandemia los mayores en residencias no se derivaran a hospitales, porque se iban a morir igual y no se iban a salvar en ningún sitio. Pero ha obviado que no es lo mismo morir en un hospital sedado y con cuidados paliativos que hacerlo en una habitación solo, asustado y entre dolores insoportables. Si hay que morir (no está claro que así tuviera que ocurrir para los 7.291 mayores residentes cuando entre los que sí fueron hospitalizados se salvaron el 65%), que sea siempre con el objetivo de una buena muerte.

Hoy día parece que podemos elegirlo todo, menos la forma y el momento de morir (salvo entre los suicidas). Por medio se encuentran los familiares y los profesionales de la medicina que se inmiscuyen en el proceso de morir de las personas. La muerte no sólo implica al que se va sino también a los que se quedan. Y los que se quedan tratan de burlar a la parca, como si quien se va a morir no fuera capaz de tomar la decisión acertada o deseada, es decir, la buena muerte.

La antropóloga María Catedra señalaba que la buena muerte sucede a una cierta edad, cuando el individuo ha completado su ciclo vital (morir de viejo), y el desenlace ocurre sin enfermedades ni violencias, es decir, de una manera “natural”. Los que mueren de viejos no padecen una enfermedad específica, sino que simplemente se terminan, es decir, se acaban. Este tipo de muerte de vejez, o natural, representa a nivel humano la continuación del ciclo general de la naturaleza. Con la vejez empiezan a desaparecer los miedos a la muerte, aunque, dependiendo de las circunstancias, se dan diferentes actitudes. Así ciertos ancianos pierden la consciencia total de su próxima muerte, en cuyo caso “no la sienten”; otros, en cambio, se resignan e incluso aceptan la idea y, por último, los que padecen fuertes dolores “piden la muerte”.

En realidad, se oponen dos clases de muerte: la buena y la mala muerte. Una buena muerte se caracteriza, entre otras cosas, por la rapidez del desenlace, por la inmediatez, por lo inesperado, mientras que la muerte mala significa semanas, meses o aun años de lenta agonía. La buena muerte, o la muerte feliz, es la que sobreviene sin estridencias durante el sueño, sin que se entere el afortunado. Es una muerte sin dolor, corta o inesperada, una muerte sin agonía. Porque aún en el caso de que sea una muerte violenta, deseamos que ésta se produzca de manera rápida y sin dolor, porque lo que realmente nos asusta, no es tanto la propia muerte, como el dolor, el sufrimiento o la agonía.

LA PRENSA RIOJANA ENMUDECIDA Y/O AMORDAZADA

LA PRENSA RIOJANA ESTA ENMUDECIDA O AMORDAZADA cuando se trata de comunicar lo que pensamos las personas. Verdes de La Rioja-ECOLO envío una nota de prensa a propósito del decreto del Gobierno que regula los espectáculos taurinos y que ningún medio se ha atrevido a insertar. La nota decía así:

«El cabeza de lista al Parlamento riojano por Verdes de La Rioja – ECOLO, el doctor Joaquín Giró, lamenta profundamente el nuevo decreto de espectáculos taurinos que acaba de aprobar el Gobierno del Partido Popular.

Afortunadamente, cada vez somos más las personas que vemos la necesidad de relacionarnos con la naturaleza -y especialmente con los animales- de una manera más respetuosa, ética y empática, y por ello consideramos inaceptable la promoción institucional del maltrato y del abuso de animales, en este caso concreto, de “reses de raza bovina de lidia para el recreo y fomento de la afición, sin que la muerte del animal se produzca en presencia del público”, tal y como reza el decreto aprobado.

Verdes de La Rioja – ECOLO muestra su firme compromiso por el respeto también hacia los animales, y por ello no sólo no promocionará ni subvencionará espectáculos con animales, sino que prohibirá cualquier práctica que comporte tortura animal. Además, propiciará una educación no-especista en las escuelas y realizará campañas de sensibilización sobre relaciones justas entre personas y animales, con el fin de potenciar la empatía con todos los seres sintientes y fomentar el amor hacia toda la naturaleza.

Por último, Verdes de La Rioja – ECOLO considera que es necesario adoptar medidas para proteger y cuidar a los animales, de acuerdo con el sentir de la gran mayoría de la sociedad. Además, constituye un paso imprescindible para caminar hacia una humanidad más consciente y justa».

Esta era la nota que las agencias silenciaron y que ahora buscamos extender por la red. Es inadmisible que el Gobierno de La Rioja diga mediante un Decreto que va a regular la realidad actual de los espectáculos taurinos en La Rioja y contribuir a fomentar la afición taurina en nuestra comunidad. Desconoce la realidad, desconoce los valores y la consciencia de los riojanos. Fomentar la violencia y el maltrato animal es propio de quien no tiene sólidos principios morales.

EL RECELO DEL POLITICO

Desde hace unas semanas estamos asistiendo a la puesta en escena con la que los partidos políticos nos regalan cada cuatro años, siempre en vísperas de elecciones cuando tienen que revalidar la confianza en su gestión. En esta ocasión gracias a la modificación de la ley electoral no vamos a soportar la interminable lista de inauguraciones, cortes de cinta y recorridos por obras e instalaciones incluso sin finalizar, como ya ocurrió la semana pasada en Logroño cuando se declaró el día de visitas sin casco, tal y como ocurrió en el CCR (Centro de Cultura del Rioja), ese monumento pretencioso a base de hormigón y plástico, pero ojo, que respeta cuatro piedras pegadas al hormigón que para eso está enclavado en la parte vieja de la ciudad. Aquí no van a alicatar con plaquitas que simulan la piedra el hormigón, como ya se experimentó en ese paño de muralla kitsch del Cubo del Revellín.

Están muy inquietos los partidos políticos porque no se encuentran ni satisfechos ni convencidos de haber cumplido las expectativas de la ciudadanía, porque durante mucho tiempo se alejaron y pusieron distancia en el devenir cotidiano de la gente. Por eso, ahora quieren hacerse perdonar el olvido permanente notificando con gran estruendo la apertura de edificios, pese a que no tienen ningún uso ni prestan ningún servicio, aunque lo presentan como una promesa de futuro para la ciudadanía.

Los partidos políticos, mejor dicho la clase política que gobierna, quiere hacerse perdonar y ofrecen estos regalos de última hora para que olvidemos su total desprecio por los problemas cotidianos a los que nos enfrentamos en el día a día, y que nada tiene que ver con sus magníficas construcciones ni con sus promesas incumplidas sobre empleo, vivienda, transporte, salud, educación, cultura, integración y cohesión. Se tomaron el ejercicio de la política como los negocios, donde lo importante son la cifras, los números y los euros.

Los euros, ay los euros! qué bien que nos vienen a todos, más a quien no responde por su gestión dolosa y criminal, más a quien sabe que no le pesará como una hipoteca porque para eso está la ciudadanía, para pagar el déficit y el saqueo de las arcas públicas. Bueno, habría que decir el maleteo porque ahora roban los euros con maletines no con sacos. Tú me prorrogas esta concesión de autopista y yo te hago un hombre. Tú me das esta contrata y yo te jubilo. Tú me recalificas este terreno y yo te hago de la familia. Tú me votas y yo te atiendo en el despacho.

Qué felicidad esto del manejo de los euros ajenos gastándolos en protocolo, vehículos de alta gama, publicidad y autobombo en revistas de papel couché. Pero ahora, cuando llegan las elecciones y nos piden el voto, qué miedos y qué recelos, porque saben que de modo tozudo las encuestas del CIS señalan a los partidos políticos (la clase política, la casta gobernante, no el militante desconocido) como el tercer principal problema de los españoles, por detrás de la economía y el paro. Y este es un dato que lleva mucho tiempo repitiéndose, marcando una tendencia de desapego de la ciudadanía hacia las cosas que dicen estos políticos profesionales, aunque no de las que hacen que aún hay memoria, lo cual invita a pensar que más pronto que tarde serán las organizaciones sociales y las asociaciones ciudadanas quienes tomen el lugar de estos políticos para dirigir sus propios destinos, participando directamente en la administración de la vida pública, sin la intervención de tan problemáticos y recelosos intermediarios.