ARRAIGO NACIONAL

Qué hartazgo las explicaciones e incontables contradicciones que manifiestan los partidos de derechas que gobiernan en Extremadura y Aragón, al tratar de definir lo que entienden por arraigo nacional, y que marcan como principio de coalición en estos y en futuros gobiernos. El eslogan con el que se arropan es el de la prioridad nacional, de los españoles, de los que se sienten o se encuentran vinculados a España, de los que han arraigado en la cultura española.

Pero la cultura española no es algo estático, ni estable, sino cambiante e interactivo. Por esto, frente a quienes pretenden convencernos del carácter monolítico y homogéneo de las propias identidades y esencias nacionales (sean éstas cuales sean), hay que afirmar el carácter histórico, contingente, complejo, dinámico y plural que define nuestro arraigo social y cultural. No tenemos, ni somos, una identidad, sino muchas, o en todo caso una identidad compleja, que viene a ser el resultado, en un momento histórico determinado, de la confluencia de una multiplicidad de relaciones sociales y culturales, a veces en conflicto, que nos hacen precisamente irrepetibles.

Pensar la cultura e identidad española de manera esencialista, inmutable y excluyente, es el modo en que se adopta una versión defensiva contra la supuesta invasión del no nacional, del extranjero. Sobre todo, porque se piensa que la nuestra es la Cultura verdadera, la única compatible con la democracia y los derechos humanos. El resultado de esa idea identitaria es jerarquizar y excluir y, de ese modo, se dramatizan su alcance y consecuencias en términos de incompatibilidad.

Por tanto, la dificultad no está en la existencia de diversidad cultural, sino en el patrón desde el que se gestiona esa diversidad. Una sociedad donde convive una gran diversidad concibe la cultura en relación con las otras culturas, con otras realidades y con otras formas de concebir e interpretar el mundo; a su vez, contempla la propia cultura de un modo no estático ni estable, sino cambiante e interactivo. La concepción estática de la cultura deriva a menudo en el esencialismo, el fundamentalismo cultural; y éste es el origen frecuente de la generación de etiquetas y estereotipos culturales, que a su vez constituyen el germen del racismo y la xenofobia.

MOVILIDAD INSOSTENIBLE

Una mujer se quejaba de un grupo de mujeres que se habían parado para hablar en la calle y le molestaban en su tránsito. Me recordaba a la Ley de Orden Público de la dictadura franquista, cuando la policía daba la orden de “circulen” para evitar la reunión o concentración de tres o más personas. Y es que la calle para esta mujer, así como para la administración municipal, se ha convertido en un territorio que atravesar, por el que circular sin parar, todo lo más, en algún escaparate o en la terraza del café más cercano.

Quienes hemos conocido la ciudad de Logroño como un lugar estancial, donde las calles era el espacio de juego de los pequeños y de relación entre los vecinos y donde los vehículos más usuales eran los de transporte de mercancías, no podemos aceptar que nos dejen espacios mínimos llamados calles, donde nos arraciman y aprietan, sin poder detenernos y hablar, o sentarnos en un banco siempre que haya alguno dispuesto, o a la sombra de un árbol siempre que no lo hayan talado y hormigonado el alcorque. Sabemos que la administración municipal obtine réditos económicos del espacio público, bien por su venta mediante su privatización o bien a través del alquiler, pero debería entender que los espacios públicos tienen dimensiones, no sólo económicas, sino sociales, culturales y políticas, de contacto entre la gente, de relación e identificación, de organización y de actividad.

Es totalmente irracional que Logroño disponga de más de 92.000 vehículos para circular, cuando el número de hogares no supera las 78.000 familias, algunas de las cuales disponen de varios vehículos que exigen y demandan más espacio público por donde circular y aparcar, reduciendo a su mínima expresión el espacio estancial que es, o debería ser, de dominio público y sociabilidad y en el que confluyeran identidades diversas animadas por un uso social colectivo y democrático, y no básicamente privativo.

Así pues, a los gestores de la administración municipal, les digo que no se puede diseñar el espacio público tan sólo en beneficio de intereses privados, sean estos aparcamientos en superficie, o terrazas que jibarizan las aceras. El uso y gestión de lo público no debe hacerse sin la participación de los ciudadanos, sin su concurso, sin la integración de cuantos grupos y colectivos convergen y se relacionan en esos espacios. Logroño no se merece la actual movilidad insostenible.

DISMINUIDOS

Tan sólo hace un año el Congreso de los diputados, con la abstención de Vox, avaló eliminar de la Constitución, en su artículo 49, el término “disminuidos” y sustituirlo por la expresión «personas con discapacidad».

Todas las personas con discapacidad a menudo han sido injustamente identificadas con limitaciones intelectuales o disfunciones psicológicas. Quizás por ello, se ha derivado un uso de terminología estigmatizadora y discriminadora para identificarlas. A ello se añade la imagen negativa de la discapacidad, a la que han contribuido significativamente los medios de comunicación social, presentando aspectos negativos o compasivos sobre estas personas que siempre presuponen su infelicidad o inadaptación social.

El campo de la discapacidad -entendiendo este término de manera extensiva a todas las personas con limitaciones físicas, sensoriales y mentales- se ha caracterizado por la mudanza terminológica en la asignación de nombres, etiquetas y denominaciones referidas tanto a las personas como al proceso de atención a las mismas. Entre los términos utilizados podemos destacar los siguientes:

a) Referidos a las personas con limitaciones psíquicas: idiotas, imbéciles, mongoles, oligofrénicos, subnormales, débiles mentales, dificultades de aprendizaje permanentes, necesidades especiales.

b) Referidos a las personas con limitaciones físicas y/o sensoriales: lisiados, tullidos, impedidos, inútiles, inválidos, desvalidos, mutilados, minusválidos, deficientes, incapacitados, discapacitados.

c) Referidos al proceso de atención: beneficencia, asistencia, prevención, reeducación, readaptación, rehabilitación, habilitación, tratamiento, educación, recuperación profesional.

Muchos de los términos citados, a pesar de ser representativos de concepciones médicas, psicológicas, educativas o sociales ya superadas o inadecuadas para los tiempos actuales, siguen utilizándose por un número considerable de profesionales. Es sorprendente comprobar hoy la frecuente falta de rigor o actualidad en el uso de denominaciones, etiquetas o diagnósticos. La causa no está por supuesto en las personas que hacen ese uso, al menos no de manera exclusiva, sino que probablemente proviene de una formación deficitaria y poco estructurada en el ámbito de las personas con discapacidad.

Cada uno de los cambios en las palabras con que denominamos a la población se suele presentar seriamente por profesionales de reconocido prestigio con el intento genuino de cambiar la imagen y el rol de las personas con discapacidad en esta sociedad. A cada una de estas reformas han seguido, años más tarde, nuevos y mejores nombres. El problema puede estar en que la sociedad estima excesivamente la inteligencia, la belleza y la capacidad de ganar dinero, rechazando a aquellas personas que no son inteligentes, atractivas o que son pobres.

La terminología expresa la evolución de las actitudes profesionales y sociales, pero los cambios de nombre dejan intactos los prejuicios de la mayor parte de las personas. Hemos de modificar los valores y actitudes que subyacen a esas expresiones, y no suponer que es un asunto meramente terminológico que sólo requiere un cambio de nombres.

LOS CUIDADOS

El Ayuntamiento de Barcelona antes de responder sobre qué son los cuidados nos indica que las personas somos seres vivos vulnerables e interdependientes. Nacemos con una fragilidad extrema. Tardamos un año en levantarnos, dos en comunicarnos mediante el lenguaje y cuatro en poder vestirnos solas para protegernos del frío. Nuestra vulnerabilidad y dependencia son la razón por la que vivimos en comunidad. Para sobrevivir, dependemos del tiempo, los trabajos y los afectos que otras personas nos dedican.

Todos y todas necesitamos recibir cuidados de manera permanente a lo largo de la vida, de tipo e intensidades diferentes, dependiendo del momento del ciclo vital en que nos encontramos, y de las capacidades de autocuidado y atención a los demás que tenemos en cada etapa de la vida. Aunque la infancia, la vejez y los momentos de enfermedad requieren cuidados físicos específicos y más intensivos, las personas necesitamos afectos y atención emocional de manera permanente, incluso cuando somos adultas sanas e independientes. Hay que pensar en la necesidad de cuidados no como una situación de excepcionalidad, sino como una característica inherente a la naturaleza humana, en que todos y todas tenemos el derecho, pero también el deber, de recibir y proveer cuidados.

Pero lo cierto es que cuando se necesita atención de un miembro de la familia se recurre normalmente a otra mujer, tal y como se ha regulado en las sociedades tradicionales y patriarcales, donde siempre se esperaba que fuera una mujer quien cuidara a los demás miembros de la familia sin por ello percibir remuneración alguna.

Desde una perspectiva sociológica, el cuidado es una actividad basada en patrones sociales. Estos patrones afectan tanto al cuidado familiar como al cuidado formal y justifican los bajos salarios percibidos por los trabajadores que son principalmente mujeres y, cada vez más, inmigrantes.

Si gran parte de la carga asistencial demandada por las personas dependientes recae sobre los familiares, principalmente sobre la mujer, es a consecuencia de un proceso de socialización que colocaba como modelo a seguir el de la diferenciación y la desigualdad entre los sexos, destinando a la mujer el papel doméstico, secundario y poco valorado. Se asume así que las mujeres trabajan en empleos relacionados con el cuidado, no sólo como resultado de su proceso de educación y de las expectativas sociales, sino debido a las menores oportunidades de conseguir los trabajos mejor remunerados, más prestigiosos y con mayor poder de los varones. Las mismas creencias y experiencias que hacen atractivo el cuidado para las mujeres, lo devalúan como trabajo remunerado al ser percibido como trabajo poco cualificado.

Los cuidados suponen una responsabilidad social absolutamente generizada y naturalizada, que afecta sobre todo a las mujeres adultas, y que se apoya en una visión social diferente de lo que es el trabajo realizado por los hombres, y en una separación cultural de lo racional que queda ligado a los hombres y a lo público, mientras que lo emocional y lo privado es asociado a las mujeres. Las tareas de cuidado se dejan bajo la responsabilidad de las mujeres por un supuesto instinto natural. De hecho, en general, el cuidado ni siquiera es considerado un trabajo, sino como algo que hacen las mujeres de manera natural porque va ligado a los sentimientos y los afectos. Todo ello me permite catalogar el concepto de cuidado como una construcción social, desde una perspectiva dominante que es la del patriarcado.

IDENTIDAD

Han finalizado las fiestas de la vendimia y es el momento de preguntarnos qué es eso de la identidad riojana, o por qué se habla continuamente de los referentes identitarios de La Rioja, tanto en prensa, radio y televisión, como en todo acto o discurso institucional de las fiestas, sin que ninguno acierte a señalar o enumerar qué o cuáles referentes son los que definen esa identidad de los riojanos, trasladando en sus discursos, tópicos como el vino, la virgen, la danza, la jota o las chuletillas al sarmiento.

Y no se ponen de acuerdo, simplemente porque la identidad supuestamente riojana, está conformada por múltiples identidades, cada una de ellas perteneciente a una subcultura, o un grupo con sus particulares referentes, al que nos adscribimos, pero que no es el mismo en el que participan todos los riojanos

La percepción del mundo proviene de los referentes simbólicos compartidos colectivamente en cuanto miembros de una cultura o subcultura. En este sentido, todos pertenecemos a diferentes subculturas, o grupos de personas con las que nos identificamos, y desde los que logramos una existencia social al cambiar e intercambiar de forma articulada los referentes significativos a escala individual con nuestra pertenencia colectiva.

De este modo, la sociedad riojana se nos representa como un conjunto heterogéneo de individuos que se agrupan y disocian permanentemente al albur de intereses subyacentes al desarrollo de su personalidad social; donde las relaciones se establecen no sólo entre individuos, sino principalmente entre grupos de individuos, grupos que se caracterizan a sí mismos como formando parte de una cultura, adscribiéndose a conjuntos de referentes simbólicos desde donde los individuos logran la identificación con los demás integrantes o/y pertenecientes a dichos grupos.

Por todo ello no podemos hablar de una cultura riojana, ni de una identidad riojana, sino de múltiples subculturas que se estructuran en torno a distintos y diversos referentes identitarios, como el clarete y el tinto, la UDL y la SDL, el pañuelo rojo, azul o burdeos, taurinos y animalistas, etc. Y todos ellos, en su conjunto diverso conforman múltiples adscripciones a diferentes grupos con los que nos identificamos, y que vulgarmente denominamos como propios de la identidad riojana.

TAUROMAQUIA

A modo de declaración personal, ni entiendo la tauromaquia, ni me gustan las corridas de toros. Tampoco creo que se pueda definir como fiesta nacional y mucho menos como cultura española, en todo caso como una actividad, una costumbre compartida por un grupo de españoles cada vez más reducido. Digo esto, al hilo de la polémica creada tras la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia, en la que el ministro justificaba su decisión porque ha cambiado la sensibilidad social respecto al maltrato animal y «sólo el 2% de los españoles van a los toros».

Lo cierto es que ya hace unos años, cuando aún coordinaba los cursos de veranos en la UR, sobre “Derecho animal, ética y sociedad”, partíamos desde aquella vieja consideración de los animales como bienes al servicio del ser humano, a unos planteamientos más recientes en los que se reconoce a los animales como seres sintientes y, en consecuencia, merecedores de protección.

En su exposición de motivos, la Ley 6/2018, de 26 de noviembre, de protección de los animales en la Comunidad Autónoma de La Rioja, señala que en las últimas décadas ha proliferado en las sociedades más civilizadas un sentimiento sin precedentes de protección, respeto y defensa de la naturaleza en general y de los animales en particular, convirtiéndose en un asunto de índole cultural que importa al conjunto de la ciudadanía.

Hoy en día, y en nuestro país, se están dictando sentencias que implican privación de libertad para aquellos que cometen delitos de maltrato animal, desde que nuestro Código Civil dejó de considerar cosas a los animales para categorizarlos como seres dotados de sensibilidad. Sin embargo, parece que hablar de derecho animal, animalismo o antiespecismo estuviera acotado, como si la protección animal fuera un tema menor o insignificante.

Otras cuestiones se suman a este debate. Entre las más comunes siempre surge al calor de la discusión los que enarbolan la bandera de la libertad diciendo: a mí me gustan los toros, si a ti no te gustan no vayas, pero no pretendas prohibirlos. Sin embargo, ninguna libertad o derecho (tanto individual o colectivo) es ilimitado. Incluso los derechos y libertades fundamentales (los de nuestro texto constitucional) tienen límites y excepciones.

Es en este punto donde para abordar el debate de la protección animal desde una perspectiva ético-jurídica conviene tener en cuenta algunas consideraciones como la ideología política donde la protección animal nada tiene que ver con una cuestión de derechas o izquierdas, pese al rédito político que se pretenda obtener desde distintas filas, porque ni ser asiduo a las corridas o festejos taurinos te convierte automáticamente en ejemplo moral de español, ni ser antitaurino se traduce en antisistema. La pertenencia de un hecho cultural a la tradición histórica no implica que tenga que perpetuarse en el tiempo.

En el mercado, si la cría de animales para su venta o los espectáculos taurinos son actividades que generan riqueza, cada vez menos si no es por las subvenciones, no es menos cierto que la protección ambiental y animal es un nicho económico con mayor proyección de futuro. Por otro lado, sabemos que existen actividades en el mercado que mueven grandes cantidades de dinero y nadie duda de que son ilegales y/o inmorales (trata de seres humanos, comercio de armas, drogas, etc.).

Centrando el debate, y asumiendo que los animales son seres capaces de sentir dolor, cualquier argumentación que eluda la protección animal pasa por asumir que pudiendo optar por un sistema justo, elegimos otro, injusto. Así que, cuando se atenta contra el medioambiente y los seres vivos que forman parte de él, ya sabemos que se atenta contra la integridad del propio ser humano.

DESASOSIEGO

Llevamos varios días en los que notamos cierto malestar y no sabemos atribuirlo a alguna situación en particular. Puede ser que el cambio horario nos haya alterado algo más de lo habitual, pero lo cierto es que el cambio se produjo a finales de marzo y ya nos hemos hecho a la nueva rutina del periodo estival. Esto también nos puede hacer pensar que ha sido con la llegada de la primavera y el aumento de la luz, la causa de que suframos cambios hormonales que alteran nuestro estado emocional, aunque sería más propio de estos cambios el aumento de la energía, la vitalidad y por añadidura la alegría.

 Entonces, a qué se puede deber nuestra inquietud, nuestra desazón de estos días. Puede ser que los problemas de carácter económico sean el origen de esta intranquilidad que nos acompaña, como ocurre con la subida de los tipos de interés hipotecario, o quizás la inflación, principalmente con la subida de los precios de los alimentos básicos que nos invita a repensar la cesta de la compra y el menú cotidiano. La verdad, es que todos los problemas económicos en su conjunto nos producen esa sensación de ansiedad con la que nos levantamos de la cama, mal dormidos, o no habiendo descansado suficientemente como para disponer de la energía necesaria con la que afrontar los nuevos días.

Y si atendemos a las noticias, estoy seguro que siempre nos dejan un poso de intranquilidad, aunque no nos atañan personalmente pero sí indirectamente, como ocurre por ejemplo con las predicciones del tiempo, la sequía y el cambio climático, o con la política verde y la ecología, que ya no va  a tener representación electoral en las elecciones del 28 de mayo por exigencia de IU en su acuerdo con Podemos, y que en definitiva deja la lucha contra el cambio climático que debería ser de carácter transversal y prioritaria, como un mero adorno programático, o incluso puede que ni siquiera aparezca.

En definitiva, son muchos las causas de ese malestar que no logramos situar, y por las que no tenemos paz ni reposo y sí desasosiego.

PARADOJAS DE MOVILIDAD

Qué paradoja que quienes dominan el espacio público con sus vehículos motorizados se sientan agredidos por sus víctimas andantes. Porque, cómo se entiende que quienes ocupan entre el 60 y el 80% del espacio público para depósito y circulación de sus vehículos se quejen de que peatones arracimados y apretados en aceras, reclamen un poco más de espacio para no tropezarse, para poder detenerse y hablar a la sombra de un árbol, siempre que bancos y árboles no hayan sido sustituidos por aparcamientos en superficie, para respirar aire menos contaminante, para poder escucharse sin tanto ruido.

Si las ciudades no son patrimonio de unos pocos, el reparto del espacio público debe tener un carácter más beneficioso para la mayoría peatonal, que para una minoría motorizada; porque quienes recordamos la ciudad de Logroño con calles aún no urbanizadas, con espacios de juego entre los pequeños y de relación entre los vecinos, donde los vehículos más usuales eran los de transporte de mercancías y donde aún se conocían espacios vacíos, hemos visto la destrucción de esos espacios en beneficio de la circulación de vehículos a motor, hasta el punto de sólo quedar pequeñas islas encementadas como son las plazas, y parques residuales donde se agolpan en diminutos juegos infantiles, padres temerosos del tráfico desbocado que atropella una persona cada cinco días. ¿En qué momento se transformó y fue aceptado como norma de progreso el asfaltado de las calles y la reducción de las aceras hasta jibarizarlas? ¿Cómo se dio por sentado que las avenidas se transformaran en circuitos de coches y depósito de estos, hasta el paroxismo de ocupar varias filas, como si fuera un cementerio de chatarra al aire libre? Hoy sabemos que los proyectos de movilidad, de acuerdo con las directrices de la unión europea en su lucha contra el cambio climático, buscan lograr ciudades saludables donde desplazarse se realice principalmente a pie y, como alternativa, mediante transporte público o medios más ecológicos como la bicicleta. Por esto resulta paradójico que para algunos la modernidad se siga entendiendo como la libertad a ocupar cualquier espacio público, reclamando más y más asfalto.

POLARIZACIÓN POLÍTICA

Desde hace tiempo observamos como la polarización política está envenenando la convivencia ciudadana. Cierta gente rechaza a sus oponentes políticos porque ven las cosas de manera diferente a la suya. Por su parte, los medios de comunicación (prensa, radio y tv) amplifican esta polarización, cuando no son ellos mismos quienes toman posiciones encontradas frente a los que no pertenecen a su mismo grupo empresarial o editorial. Y toda esta polarización política se expande hasta la náusea en las redes sociales, donde se imposibilita definitivamente el diálogo o la reflexión.

Pero lo cierto, es que la mayoría de los ciudadanos se encuentran de vuelta de estos intereses creados por los grupos políticos, viéndose más bien interpelados por sus circunstancias personales, bien sean estos de carácter familiar, laboral, sanitario o económico, las cuales son prioritarias en sus configuraciones vitales, y por extensión, comunitarias.

Se espera de los políticos que dialoguen, negocien, y en esto de la negociación, sabemos por experiencia que ambas partes deben ceder algo en sus pretensiones con el fin de consensuar y llegar a acuerdos. Sin embargo, y a pesar de que, en estos meses previos a las elecciones, los candidatos políticos se presentarán en un contexto político de crispación y enfrentamiento, como los defensores del consenso y la convivencia, la realidad de modo impertérrito se manifiesta exhibiendo acuerdos imposibles.

Precisamente del análisis de esta realidad deberíamos deducir que estamos ante políticos inútiles, pues si tras cuatro años han sido incapaces de llegar a ningún acuerdo, una respuesta adecuada debería ser su sustitución por políticos más capaces.

Se podría establecer un libro de balances donde el en el Debe se anotarían todos los desacuerdos y su importancia para la convivencia en sociedad, mientras que en el Haber se anotarían todos los acuerdos conseguidos y su valoración social. Si observamos que en su conjunto suma más el Haber que el Debe, el candidato tendría derecho a seguir en la política, pero si fuera lo contrario, que el Debe es superior al Haber, debería abandonar la política y ser sustituido por personas y candidatos más capacitados para lograr acuerdos que mejoren la vida en sociedad.

EL DISCIPLINAMIENTO DE LOS CUERPOS

A rebufo del particular mensaje del vicepresidente de Castilla y León, Juan García-Gallardo, que anunció diversas medidas antiabortistas a través de un protocolo de actuación que tendría por objetivo convencer a las mujeres que se plantearan abortar de no hacerlo, entre otras el apoyo psicológico clínico, las ecografías en 4D, el latido del bebé y mayores garantías de protección de datos en la objeción de conciencia, han surgido numerosas réplicas en editoriales y publicaciones de todo tipo, la mayoría vinculadas con la crítica ideológica al partido de extrema derecha VOX.

Sin embargo, muy pocas de estas réplicas han incidido en el hecho de que cualquier medida antiabortista o a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazo (el aborto es libre hasta la semana 14 de gestación y, a partir de ahí y hasta la semana 21, podrá realizarse una interrupción por causas médicas, como malformación del feto o peligro para la vida de la madre), en realidad están tratando del cuerpo de la mujer. Del cuerpo de la mujer que durante siglos se ha visto sometido a cambios y modificaciones relacionados con los contextos sociales e históricos en los que se desenvolvieron.

Viene esto a cuento de una relectura de Michel Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber), donde se conjuga el ejercicio del poder con la disciplina de los cuerpos y la regulación de la población. El disciplinamiento es un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo. De las consecuencias de su aplicación no hay mejor exponente que la España del siglo XX cuando se proyectó una concepción que identificaba la sexualidad de modo funcional con la procreación, particularmente con la genitalidad, jurídicamente con el matrimonio, conductualmente con la heterosexualidad, genéricamente con el varón, y cronológicamente con el joven/adulto.

A pesar de que un mínimo de conocimiento, contacto con la realidad y espíritu crítico desbancan estas limitaciones, no por ello dejamos de observar que la imposición social de los cuerpos ha permanecido y permanece. Seguimos dominados por una experiencia de siglos en los que se aprendió a disciplinar nuestros cuerpos y a restringir las opciones de nuestra sexualidad.