Tan sólo una breve relación de aquellos grupos sociales que han sido y son desacreditados, como los inmigrantes (en sus diversas connotaciones), los sin hogar, los discapacitados (principalmente la discapacidad intelectual), los gitanos, los portadores del VIH, los expresidiarios etc., para darnos cuenta de que esta es una comunidad que se organiza en categorías discriminatorias de identidades sociales. Veamos unos ejemplos.
La Audiencia Provincial de Madrid en 2021 avaló el cartel electoral de Vox contra los menores extranjeros no acompañados (conocidos como ‘menas’). El auto de la Audiencia Provincial de Madrid señalaba que «con independencia de si las cifras que se ofrecen son o no veraces, estos menores representan un evidente problema social y político, incluso con consecuencias o efectos en nuestras relaciones internacionales, como resulta notorio».
A las personas con discapacidad intelectual se les subestiman sus capacidades y se asume que son personas dependientes, por lo que no se les ofrece trabajo y del mismo modo se les niega el alquiler de una vivienda, por lo que no pueden desarrollarse personal y socialmente. Más recientemente, el obispo emérito de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla, afirmó durante una homilía que “los niños que nacen con discapacidad física o intelectual o psíquica, esto ya es herencia del pecado y del desorden de la naturaleza”.
Las personas sin hogar representan la cara más severa de los procesos de exclusión social. Hablamos de personas que son privadas del acceso a un trabajo, a una vivienda y a los recursos económicos necesarios para su sustento. Personas que se enfrentan a la soledad, a la ruptura de sus vínculos sociales y familiares y, en consecuencia, a la pérdida de la verdadera red social imprescindible para la vida. Las personas sin hogar sufren la aporofobia, es decir, el odio hacia las personas en situación de pobreza. Dormir y vivir en la calle tiene un componente de violencia estructural, que además se ve agravado por la violencia directa de la que son objeto.
Estos pocos ejemplos nos señalan la presencia del estigma y de las personas y grupos sociales estigmatizados en nuestra sociedad avanzada y moderna. Erving Goffman señaló que la sociedad establece las categorías de personas facilitando una serie de atributos que nos permiten identificar la “identidad social” de cada sujeto con quien nos encontramos. Tales atributos pueden a una persona determinada volverla diferente de los demás, convirtiéndola en “un ser inficionado y menospreciado”. Un atributo de estas características es lo que el autor reconoce como estigma, mediante el cual construimos una ideología apropiada para explicar la inferioridad de la persona a quien se atribuye; de hecho, dice que “la persona que tiene un estigma no es (considerada) totalmente humana. Valiéndonos de este supuesto practicamos diversos tipos de discriminación, mediante la cual reducimos en la práctica, aunque a menudo sin pensarlo, sus posibilidades de vida”.
A través de la historia, la construcción social del estigma ha estado ligada a mitos, miedos y prejuicios y, en la actualidad, definimos la presencia de estigma a través de tres dimensiones: prejuicios, estereotipos y discriminación. Así, el prejuicio es un sentimiento de desprecio, desagrado, miedo o aversión sostenido sin motivo suficiente; es decir inmotivado, que no se fundamentan en hechos objetivos. De este modo, los prejuicios generan estereotipos sociales estigmatizantes que, finalmente, devienen en distintas formas de discriminación, segregación y violencia contra los estigmatizados.
Se ha definido el estigma como comportamientos, señales o marcas físicas de una persona o grupo de personas que indican hechos, acontecimientos peligrosos o conductas de riesgo, que escapan de la norma o constituyen un hecho vergonzoso. El estigma es de este modo, el rechazo que han de soportar las personas que padecen una condición entendida como negativa, por el mero hecho de sufrirla. Y se rechaza lo que se desconoce y lo que se teme. Así, el estigma hace que se aísle al estigmatizado y deje de recibir el trato y la consideración humana que por derecho le corresponde.



