TAUROMAQUIA

A modo de declaración personal, ni entiendo la tauromaquia, ni me gustan las corridas de toros. Tampoco creo que se pueda definir como fiesta nacional y mucho menos como cultura española, en todo caso como una actividad, una costumbre compartida por un grupo de españoles cada vez más reducido. Digo esto, al hilo de la polémica creada tras la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia, en la que el ministro justificaba su decisión porque ha cambiado la sensibilidad social respecto al maltrato animal y «sólo el 2% de los españoles van a los toros».

Lo cierto es que ya hace unos años, cuando aún coordinaba los cursos de veranos en la UR, sobre “Derecho animal, ética y sociedad”, partíamos desde aquella vieja consideración de los animales como bienes al servicio del ser humano, a unos planteamientos más recientes en los que se reconoce a los animales como seres sintientes y, en consecuencia, merecedores de protección.

En su exposición de motivos, la Ley 6/2018, de 26 de noviembre, de protección de los animales en la Comunidad Autónoma de La Rioja, señala que en las últimas décadas ha proliferado en las sociedades más civilizadas un sentimiento sin precedentes de protección, respeto y defensa de la naturaleza en general y de los animales en particular, convirtiéndose en un asunto de índole cultural que importa al conjunto de la ciudadanía.

Hoy en día, y en nuestro país, se están dictando sentencias que implican privación de libertad para aquellos que cometen delitos de maltrato animal, desde que nuestro Código Civil dejó de considerar cosas a los animales para categorizarlos como seres dotados de sensibilidad. Sin embargo, parece que hablar de derecho animal, animalismo o antiespecismo estuviera acotado, como si la protección animal fuera un tema menor o insignificante.

Otras cuestiones se suman a este debate. Entre las más comunes siempre surge al calor de la discusión los que enarbolan la bandera de la libertad diciendo: a mí me gustan los toros, si a ti no te gustan no vayas, pero no pretendas prohibirlos. Sin embargo, ninguna libertad o derecho (tanto individual o colectivo) es ilimitado. Incluso los derechos y libertades fundamentales (los de nuestro texto constitucional) tienen límites y excepciones.

Es en este punto donde para abordar el debate de la protección animal desde una perspectiva ético-jurídica conviene tener en cuenta algunas consideraciones como la ideología política donde la protección animal nada tiene que ver con una cuestión de derechas o izquierdas, pese al rédito político que se pretenda obtener desde distintas filas, porque ni ser asiduo a las corridas o festejos taurinos te convierte automáticamente en ejemplo moral de español, ni ser antitaurino se traduce en antisistema. La pertenencia de un hecho cultural a la tradición histórica no implica que tenga que perpetuarse en el tiempo.

En el mercado, si la cría de animales para su venta o los espectáculos taurinos son actividades que generan riqueza, cada vez menos si no es por las subvenciones, no es menos cierto que la protección ambiental y animal es un nicho económico con mayor proyección de futuro. Por otro lado, sabemos que existen actividades en el mercado que mueven grandes cantidades de dinero y nadie duda de que son ilegales y/o inmorales (trata de seres humanos, comercio de armas, drogas, etc.).

Centrando el debate, y asumiendo que los animales son seres capaces de sentir dolor, cualquier argumentación que eluda la protección animal pasa por asumir que pudiendo optar por un sistema justo, elegimos otro, injusto. Así que, cuando se atenta contra el medioambiente y los seres vivos que forman parte de él, ya sabemos que se atenta contra la integridad del propio ser humano.

CAZA DE BRUJAS

Hace unos días Izquierda Unida y el Foro Social de La Rioja salían en defensa, valga la redundancia, del Defensor Universitario, el doctor José María Aguirre Oraa ante las acusaciones de unos portavoces de UPyD (Un Pedo de Derechas), si atendemos a que estas siglas, desconocidas hasta ahora en La Rioja, ocuparon titulares en el diario conservador regional otorgándoles carta de naturaleza.

Estos desconocidos llamaban a rebato porque les molestó que el Defensor Universitario, recién elegido por el claustro universitario (por cierto que nunca más se supo de la opinión de este Claustro, mudo ante los ataques a la institución académica y a su representante), firmara un manifiesto en apoyo del dramaturgo y Premio Nacional de Literatura, Alfonso Sastre, cuando se presentó a las Elecciones al Parlamento Europeo en 2009 como cabeza de lista por Iniciativa Internacionalista-Solidaridad entre los Pueblos.

Y llamar a rebato estos energúmenos fascistoides significaba que el Defensor Universitario confesase públicamente, y con grandes voces y titulares como los prestados por el diario regional, que condenaba las actividades violentas de ETA y del terrorismo. Esto es lo más indignante recordando las prácticas infames de la Inquisición o tal y como calificaron IU y el Foro Social, se ha tratado del más burdo intento de “caza de brujas y limpieza ideológica” en la más pura tradición “macarthysta” de intolerancia y falta de respeto por el pluralismo político.

Para quien no lo sepa, en la historia de la democracia americana hubo un periodo de la llamada guerra fría, calificado como de caza de brujas, cuyo protagonista fue el senador católico McCarthy, empeñado en perseguir el comunismo en tierras americanas, aunque a la postre persiguió toda clase de actividades políticas, sociales y culturales que en su opinión pusieran en peligro la seguridad nacional. Para ello suspendió algunos derechos civiles, tal y como promovió Busch tras el ataque a las torres gemelas, y utilizó la delación como arma alimentada con la munición que proporcionaban la difamación, los rumores y las sospechas.

La presunción de inocencia se convirtió en un eufemismo con la actividad de los nuevos inquisidores, que ante cualquier denuncia o delación, obligaba a un ciudadano acusado de pertenencia o simpatía por el partido comunista, a desmentir y probar su no pertenencia so pena de ser condenado de actividades contra la seguridad nacional. Quienes reconocían sus simpatías por el partido comunista debían delatar a otros simpatizantes si querían evitar la cárcel. Y he aquí que, en Logroño, medio siglo después, los nuevos inquisidores, los nuevos McCarthy, se erigen en jueces de la institución universitaria, decidiendo lo que deben hacer, pensar, opinar, firmar, apoyar, o jurar sus representantes elegidos democráticamente.

Pero, quienes son estos UPyD (Unos Pocos Difamadores) que juzgan al claustro de profesores en connivencia con la organización terrorista ETA si no hacen dimitir a quien acaba de designar como el defensor del universitario? Pero quiénes son estos de UPyD (Una Polla Da) para pedir a una persona defensora de los Derechos Humanos, íntegra y honesta como no serán capaces de ser ellos en su vida, ni aunque se lo propongan dada su catadura moral?

Deberían estos buscadores de notoriedad de UPyD (Urdiendo Putear Diestramente) testificar en grandes titulares su pasión por la vida y contra la violencia, jurando que están en contra de la guerra en Irak o en Afganistán, pidiendo que vuelva al ejército a casa, o mejor, que se disuelva? Porque si no lo hacen también ellos son sospechosos de simpatizar con la violencia y el terrorismo internacional. Deberían manifestarse y jurar que están en contra de la ablación del clítoris, de la lapidación de mujeres adúlteras, de la trata de menores, de la esclavitud? Porque si no lo hacen también manifiestan su simpatía y su favor hacia la violencia y, por lo tanto, les pido que dimitan de lo que sean ellos al margen de inquisidores y buscadores de fama.

Señores inéditos y desconocidos inquisidores. Dedíquese a otras actividades domésticas y artesanales (paguen por salir en telecinco o en una portada en interviú), pues como artistas de la manipulación en busca de notoriedad son más bien unos deplorables aprendices en la caza de brujas.

 

 

PEDERASTIA y HOMOSEXUALIDAD

Una primavera en pleno ruido social, más bien atronamiento, gracias a la atmósfera creada por la crisis económica, a la que se suman los casos del juez Garzón por investigar los crímenes del franquismo, la corrupción en las filas del Partido Popular desde que anidara en los gobiernos de Aznar, las guerras interminables en Afganistán, Pakistán, Irak, Palestina, los abusos de poder, la violencia de género y contra el diferente, etc., etc., etc. En definitiva, una primavera con todo un sinfín de titulares con los que amenizamos nuestros días, y en donde no puede faltar un grupo institucional que presume de inmanente, permanente e infalible: la cúpula de la iglesia católica.

Porque para los prelados y altos cargos de la curia, las manifestaciones de carácter público son su sustento moral. En este cometido están las manifestaciones de los altos cargos de la jerarquía eclesial, como el secretario de Estado Tarcisio Bertone, que relacionó en Chile homosexualidad y pederastia. Como esas manifestaciones trajeron cola, el portavoz del Vaticano Federico Lombardi, salió a apagar el fuego con nuevas declaraciones pretendiendo matizar las palabras de Bertone, señalando que este se refería tan sólo al ámbito de la iglesia y no de toda la población.

Acabáramos, son los curas homosexuales quienes practican el abuso deshonesto de los niños; es decir, los sacerdotes pederastas practican el abuso sobre los niños porque son homosexuales, por que en lo referente a la homosexualidad las autoridades eclesiásticas no estiman de su competencia realizar afirmaciones generales de carácter específicamente psicológico o médico, para las cuales remiten a los estudios de los especialistas y a los expertos en cada materia. Caramba, la homosexualidad es cosa de expertos en diagnósticos sobre normalidad/anormalidad, sobre salud y enfermedad; es decir, entienden que la homosexualidad es una patología sobre la que la iglesia no se pronuncia porque no se siente competente.

Pues vaya, este bombero pretende apagar el fuego arrojando gasolina, aunque no es la primera vez que el Vaticano relaciona homosexualidad y pedofilia. Lo hizo el promotor de justicia (fiscal) de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Charles Scicluna, cuando dijo que de los tres mil casos de abusos a menores analizados desde 2001 en su despacho, el 60% son actos de efebofilia, es decir, de atracción por adolescentes del mismo sexo, y otro 30% de tipo heterosexual. La distinción técnica entre efebofilia y pedofilia, que gradúa las penas canónicas que aplica el Vaticano, sirve así para minimizar el fenómeno y suavizar las condenas.

Condenas eclesiásticas, condenas por los pecados cometidos y no condenas penales por los delitos de violencia y abuso sobre menores. En esa disposición está Benedicto XVI ahora que todo sale a la luz, cuando sigue hablando de pecados y no de delitos: “Los cristianos, en los últimos tiempos, hemos evitado la palabra penitencia, que nos parecía demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que es necesario hacer penitencia y reconocer lo que hay de equivocado en nuestra vida”.

Y es que el problema viene de lejos, de cuando se llamaba Ratzinger e investigaba los abusos de sacerdotes, sosteniendo que los clérigos acusados no debían ser entregados a las autoridades seculares. En 2001, escribió de forma confidencial a los obispos de todo el mundo, que primero se debía investigar en el más absoluto secreto y dentro de la iglesia a fin de evitar la histeria del público y la publicidad en los medios. Pero el secreto es un lujo que ya no está a disposición de Benedicto XVI. Las recientes revelaciones de escándalos de abuso sexual en Europa han roto la percepción de que los sacerdotes depredadores son una anomalía de América. Cientos de acusaciones, de Irlanda, Australia y ahora Europa están profundizando en la crisis de una jerarquía eclesiástica que nunca estuvo con la iglesia, todavía empeñada en salvarse sin el concurso de la sociedad.