LAICOS Y CREYENTES

En España sabemos cuántos bautizos se celebran, cuántas bodas se ofician y cuántas personas acuden a misa, pero lo que nunca nos dice la Iglesia es cuántas personas han apostatado, ni mucho menos ofrecen la posibilidad de ser borrado de sus libros y estadísticas. Y, sin embargo, por primera vez hay más personas ateas (17,1 %) que católicas practicantes (15,9 %), como muestra el CIS, en el barómetro de septiembre de 2026. Ocurre que la Iglesia como institución, tiene una asignación tributaria del IRPF, la exención del IBI y otros beneficios fiscales según el arraigo de los españoles al catolicismo, por acuerdos que se llevaron a cabo con el Vaticano en 1976 y 1979.

Como señala Europa Laica, la casilla de la Iglesia en el IRPF la marcaba el 36,6 % de las personas contribuyentes en 1998 y disminuyó hasta el 10,3 % en 2022, sin embargo, la recaudación pasó de 97,2 a 333,7 millones de euros. Por su parte, el alumnado que cursa Religión cae desde 2014 mientras el profesorado que la imparte, propuesto por la Iglesia y pagado con dinero público, ha crecido un 30 %. Otro dato son las casi 35.000 fincas inscritas como suyas, sin tener que aportar una escritura pública ordinaria que acreditara la propiedad, gracias a la reforma del gobierno Aznar.

Y siguiendo con las estadísticas, muchos españoles que figuran en los libros de bautismos como católicos, cuando se casan, prefieren hacerlo por el juzgado en vez de por el altar. En 2024, último dato ofrecido por el INE, sólo 1,6 de cada diez fueron bodas religiosas.

Lo curioso es que España parece haber aprendido a vivir entre dos aguas: cada vez más distante de los púlpitos, pero todavía muy apegada a ceremonias como las procesiones de cristos, vírgenes y santos; y aunque queremos modernidad, libertad y pensamiento crítico, somos un pueblo de raíces católicas que tienen más de tradición que de fe. Por supuesto, no faltan quienes viven su fe con sinceridad, compromiso y una admirable voluntad de ayudar a los demás. A ellos, creyentes de verdad, no se les puede confundir con quienes utilizan la religión como un adorno cultural o una tradición familiar. Ni toda la devoción es hipocresía, ni el ateísmo significa falta de valores.

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