Nuestras cortas, siempre cortas vacaciones, las hemos disfrutado, bien en un pueblo donde tenemos casa o familia para acogernos, o bien en cualquier lugar del país o del mundo al que viajamos como buenos turistas deseosos de conocer aquello que agencias, publicidad o amigos experimentados, nos dejaron entrever con fotos o relatos, azuzando de paso nuestra imaginación.
Y sí, hemos disfrutado poco o mucho, pero ha llegado el momento del retorno. Las obligaciones de la vida cotidiana llaman de nuevo a la puerta y tenemos que responder con renovado espíritu, con los sentidos cargados y la fuerza de los cuerpos descansados. Y retornamos. Lo primero es deshacer las maletas y prepararnos para el inevitable encuentro con la ciudad y sus gentes. A continuación, saludamos al vecindario y también a todos aquellos conocidos con quienes nos topamos en la calle y se encuentran dispuestos a escuchar nuestras aventuras veraniegas y, en su caso, viajeras. Se trata de dar más incentivos a nuestras experiencias turísticas mediante el asentimiento amable de nuestro interlocutor que, por lo general, se muestra amabilísimo y comprensivo.
Sin embargo, hay algo en este retorno que no encontramos satisfactorio, a pesar de que la ciudad sigue con sus calles de aceras mínimas y gigantescos parkings al aire libre, con sus avenidas sin grandes árboles, sin bancos y fuentes suficientes, y con el acostumbrado tráfico ininterrumpido. Pero no es la misma que habíamos abandonado al comienzo de las vacaciones, o al menos sentimos que hay algo distinto que hace de nosotros unos turistas en su propia ciudad.
Aunque no sabemos qué es, lo cierto es que la ciudad se ha preparado, organizado y expuesto, no para sus vecinos, si no para los forasteros y turistas que nos visitan. Se han creado y han aparecido por doquier, comercios y negocios para alojar, alimentar y calmar la sed de estos turistas diversos. La hostelería se ha apropiado de la la urbe provinciana que conoció Bardem en su Calle Mayor y, poco a poco han ido desapareciendo los comercios tradicionales en beneficio de las tiendas de souvenirs. Esta es la razón del porqué seguimos siendo turistas en nuestra ciudad, tras el veraneo turístico en otros lugares.
Hace pocos días la comunidad senegalesa en España celebraba la victoria de Senegal ante Marruecos en la Copa de África. Una celebración marcada por la diáspora y la identidad, principalmente en las provincias de Barcelona, Madrid, Almería y Girona, donde esta comunidad, básicamente masculina (aproximadamente el 75-80%), está vinculada a sectores como la agricultura, la construcción y el comercio ambulante. Las mujeres senegalesas, aunque son minoría, han experimentado un crecimiento constante en la última década, gracias a los procesos de reagrupación familiar y a una creciente migración femenina autónoma.
No sólo en la comunidad senegalesa, sino también en cualquier otra comunidad migrante, cuando un miembro de una familia emigra, además del costo económico se asumen los costos afectivos, tales como la separación de los cónyuges, el impacto emocional de los hijos que permanecen en el lugar de origen, o de los padres que viven la etapa de la vejez sin la presencia de sus descendientes. Y si bien se siguen manteniendo lazos permanentes con los familiares en el país de origen, aliviando parcialmente el desarraigo de la separación, gracias al desarrollo tecnológico de las comunicaciones y el apoyo de las redes, lo cierto es que las relaciones afectivas se resienten y se viven momentos de crisis, tanto para el miembro de la pareja que se va, como para el que permanece.
Para el hombre que se va, la familia no puede brindarle al emigrante el apoyo psicológico y afectivo que requiere, lo que lo induce a cierta inestabilidad. Y para las mujeres que se quedan, más allá de la soledad tras la separación y del sentimiento de nostalgia que pueden sentir por la separación, se les une en muchos casos el sentimiento ambivalente de sentirse “liberadas” al empezar a gestionar ellas solas el presupuesto familiar –con las remesas que reciben– y a gozar de niveles de autonomía en la organización de su tiempo, inimaginables en el seno de la familia nuclear convencional, en la que la carga de trabajo reproductivo es mayor. De este modo, y para estas mujeres, la salida del cónyuge puede suponer alcanzar cotas de mayor autonomía y afirmación de sus derechos, al asumir la función de gestora de la economía familiar gracias a las remesas.
En su afán de ser aceptados, integrados y queridos, los adolescentes hacen de la apariencia el leitmotiv en la organización de sus relaciones sociales. Se identifican e identifican a los suyos, o a los otros, a través de los mensajes implícitos en la forma de vestir, hablar, en sus gustos musicales y en la ocupación del tiempo libre; en definitiva, en la forma de presentarse ante sí mismos y ante los demás.
Y a esta preocupación por la apariencia y la imagen dedican mucho tiempo y esfuerzo, pues de la misma se puede desprender la seguridad suficiente para enfrentarse al mundo de un modo individualizado e independiente, pese a que el aprendizaje de cómo se ven a sí mismos y cómo creen que son vistos por los demás está orientado por las modas. Los adolescentes toman la información necesaria sobre el ser y el deber ser, del conjunto de estilos y modas que, a modo de oferta plural y diversa, los adultos exhiben en campañas promocionales de objetos y mercancías. De este modo, el mercado y sus medios publicitarios son el epicentro de las imágenes y representaciones entre las que los adolescentes deben elegir para organizar el entramado de su personalidad.
El adolescente tiene necesidad de encontrase perteneciendo a distintos grupos de pares, desde el grupo de amigos del Instituto, del barrio, de las vacaciones, de cualquier deporte, los amigos que se dejaron atrás, etc., pues en el proceso de socialización, necesitan abrirse a otros adolescentes, los cuáles también se afirman sobre ciertas señas de identidad, ciertas formas de adscripción al grupo, cierta cultura. Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden al consumo de determinadas marcas, estilos de música, programas de televisión, redes sociales, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con los distintos grupos, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas. Una uniformidad que les une, como en la forma de salir, en el consumo, en las aficiones, etc. Esto que puede parecer trivial y, en algunos casos un comportamiento exagerado, cumple una función primordial: crear los límites y separar los grupos de adolescentes de los grupos de adultos, en definitiva, del mundo impositivo y normativo de los adultos.
Una mujer se quejaba de un grupo de mujeres que se habían parado para hablar en la calle y le molestaban en su tránsito. Me recordaba a la Ley de Orden Público de la dictadura franquista, cuando la policía daba la orden de “circulen” para evitar la reunión o concentración de tres o más personas. Y es que la calle para esta mujer, así como para la administración municipal, se ha convertido en un territorio que atravesar, por el que circular sin parar, todo lo más, en algún escaparate o en la terraza del café más cercano.
Quienes hemos conocido la ciudad de Logroño como un lugar estancial, donde las calles era el espacio de juego de los pequeños y de relación entre los vecinos y donde los vehículos más usuales eran los de transporte de mercancías, no podemos aceptar que nos dejen espacios mínimos llamados calles, donde nos arraciman y aprietan, sin poder detenernos y hablar, o sentarnos en un banco siempre que haya alguno dispuesto, o a la sombra de un árbol siempre que no lo hayan talado y hormigonado el alcorque. Sabemos que la administración municipal obtine réditos económicos del espacio público, bien por su venta mediante su privatización o bien a través del alquiler, pero debería entender que los espacios públicos tienen dimensiones, no sólo económicas, sino sociales, culturales y políticas, de contacto entre la gente, de relación e identificación, de organización y de actividad.
Es totalmente irracional que Logroño disponga de más de 92.000 vehículos para circular, cuando el número de hogares no supera las 78.000 familias, algunas de las cuales disponen de varios vehículos que exigen y demandan más espacio público por donde circular y aparcar, reduciendo a su mínima expresión el espacio estancial que es, o debería ser, de dominio público y sociabilidad y en el que confluyeran identidades diversas animadas por un uso social colectivo y democrático, y no básicamente privativo.
Así pues, a los gestores de la administración municipal, les digo que no se puede diseñar el espacio público tan sólo en beneficio de intereses privados, sean estos aparcamientos en superficie, o terrazas que jibarizan las aceras. El uso y gestión de lo público no debe hacerse sin la participación de los ciudadanos, sin su concurso, sin la integración de cuantos grupos y colectivos convergen y se relacionan en esos espacios. Logroño no se merece la actual movilidad insostenible.
Tan sólo una breve relación de aquellos grupos sociales que han sido y son desacreditados, como los inmigrantes (en sus diversas connotaciones), los sin hogar, los discapacitados (principalmente la discapacidad intelectual), los gitanos, los portadores del VIH, los expresidiarios etc., para darnos cuenta de que esta es una comunidad que se organiza en categorías discriminatorias de identidades sociales. Veamos unos ejemplos.
La Audiencia Provincial de Madrid en 2021 avaló el cartel electoral de Vox contra los menores extranjeros no acompañados (conocidos como ‘menas’). El auto de la Audiencia Provincial de Madrid señalaba que «con independencia de si las cifras que se ofrecen son o no veraces, estos menores representan un evidente problema social y político, incluso con consecuencias o efectos en nuestras relaciones internacionales, como resulta notorio».
A las personas con discapacidad intelectual se les subestiman sus capacidades y se asume que son personas dependientes, por lo que no se les ofrece trabajo y del mismo modo se les niega el alquiler de una vivienda, por lo que no pueden desarrollarse personal y socialmente. Más recientemente, el obispo emérito de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla, afirmó durante una homilía que “los niños que nacen con discapacidad física o intelectual o psíquica, esto ya es herencia del pecado y del desorden de la naturaleza”.
Las personas sin hogar representan la cara más severa de los procesos de exclusión social. Hablamos de personas que son privadas del acceso a un trabajo, a una vivienda y a los recursos económicos necesarios para su sustento. Personas que se enfrentan a la soledad, a la ruptura de sus vínculos sociales y familiares y, en consecuencia, a la pérdida de la verdadera red social imprescindible para la vida. Las personas sin hogar sufren la aporofobia, es decir, el odio hacia las personas en situación de pobreza. Dormir y vivir en la calle tiene un componente de violencia estructural, que además se ve agravado por la violencia directa de la que son objeto.
Estos pocos ejemplos nos señalan la presencia del estigma y de las personas y grupos sociales estigmatizados en nuestra sociedad avanzada y moderna. Erving Goffman señaló que la sociedad establece las categorías de personas facilitando una serie de atributos que nos permiten identificar la “identidad social” de cada sujeto con quien nos encontramos. Tales atributos pueden a una persona determinada volverla diferente de los demás, convirtiéndola en “un ser inficionado y menospreciado”. Un atributo de estas características es lo que el autor reconoce como estigma, mediante el cual construimos una ideología apropiada para explicar la inferioridad de la persona a quien se atribuye; de hecho, dice que “la persona que tiene un estigma no es (considerada) totalmente humana. Valiéndonos de este supuesto practicamos diversos tipos de discriminación, mediante la cual reducimos en la práctica, aunque a menudo sin pensarlo, sus posibilidades de vida”.
A través de la historia, la construcción social del estigma ha estado ligada a mitos, miedos y prejuicios y, en la actualidad, definimos la presencia de estigma a través de tres dimensiones: prejuicios, estereotipos y discriminación. Así, el prejuicio es un sentimiento de desprecio, desagrado, miedo o aversión sostenido sin motivo suficiente; es decir inmotivado, que no se fundamentan en hechos objetivos. De este modo, los prejuicios generan estereotipos sociales estigmatizantes que, finalmente, devienen en distintas formas de discriminación, segregación y violencia contra los estigmatizados.
Se ha definido el estigma como comportamientos, señales o marcas físicas de una persona o grupo de personas que indican hechos, acontecimientos peligrosos o conductas de riesgo, que escapan de la norma o constituyen un hecho vergonzoso. El estigma es de este modo, el rechazo que han de soportar las personas que padecen una condición entendida como negativa, por el mero hecho de sufrirla. Y se rechaza lo que se desconoce y lo que se teme. Así, el estigma hace que se aísle al estigmatizado y deje de recibir el trato y la consideración humana que por derecho le corresponde.
El envejecimiento es un fenómeno universal al que se ha prestado atención en todas las épocas y en todas las culturas y civilizaciones, cada una de las cuales ha destacado diferentes cualidades, algunas coincidentes (la sabiduría fruto de la experiencia, la prudencia derivada del conocimiento profundo de la naturaleza humana); otras, fruto de la distinta posición adoptada por la sociedad civil o la cultura religiosa, sin excluir fenómenos atávicos como la burla del anciano decrépito y rijoso (tan frecuente en la sátira romana), o el abandono de los que no podían valerse por sí mismos (en especial en sociedades cazadoras-recolectoras prehistóricas o en pueblos nómadas). Nuestro conocimiento acerca de este proceso y nuestras actitudes, ni son nuevas, ni provienen de nuestra propia experiencia o de las aportaciones sociológicas en exclusiva, ni son reflejo de una sociedad especialmente evolucionada, o patológicamente desequilibrada; en realidad, son el resultado de la experiencia cultural, económica y científica desarrollada por la sociedad a lo largo de la historia.
Desde el mismo momento en que nacemos comienza el proceso de envejecimiento, que consiste en la etapa de desarrollo biológico que va desde la plenitud del ser vivo hasta su definitiva consunción. Lo específico del hombre en este proceso de declinación está en las manifestaciones sociales, afectivas, culturales, etc. que lo acompañan y que le hacen diferente. Esto es: no todos los seres humanos envejecen de la misma forma ni a la misma velocidad, pues la situación socio-económica, la cultura general y las experiencias vividas, así como el cuidado de la salud (física y mental) influyen decisivamente en todos los momentos vitales del ser humano, lo que condiciona específicamente su futuro. Hay, pues, una posibilidad de intervenir preventivamente desde distintos campos, desde luego desde la medicina (educación para la salud, medicina preventiva, etc.), pero también desde los que atañen a factores cada día más involucrados en lo que venimos llamando calidad de vida. En definitiva, no sólo se puede envejecer más tarde, sino que se puede envejecer mejor.
La evolución demográfica aporta datos sobre el creciente aumento de la proporción de personas mayores en nuestra sociedad, el aumento de hogares unipersonales, el aumento de mujeres que viven solas y de la proporción de los muy mayores (> 80 años y centenarios). La gran mayoría de las personas mayores viven en sus casas, y la mayoría se encuentran en condiciones de independencia suficientes para el desarrollo de las actividades de la vida diaria, por lo que no necesitan de ayuda de otros.
Durante las últimas décadas, la vida familiar, y en particular los modos de vida familiares, han experimentado transformaciones importantes que van unidas a las transiciones demográficas y al aumento significativo del número de mujeres que se incorporan al mercado de trabajo. Estos cambios acompañan la transformación gradual de las expectativas sociales en torno a la vejez y a la familia. La diversidad de formas familiares, normas y conductas ha aumentado. Esto ha producido un cambio en los modos de vida y las relaciones familiares. De hecho, las personas viven actualmente en familias intergeneracionales que son cualitativa y cuantitativamente muy diferentes a las del siglo XX, que si bien fue el siglo de la juventud, acabósiendo el de la vejez. El siglo XXI ha heredado del anterior el culto a la juventud, la despreocupación por el futuro y las soluciones prácticas para cualquier tipo de problema, incluido el de la vejez y las enfermedades degenerativas terminales, que han pasado a ser un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados.
En este contexto, los cuidados de larga duración se presentan como el reto más importante al que se enfrentan los gobiernos, principalmente por las implicaciones que tienen para las familias y los servicios. Las políticas familiares deben orientarse y ser aplicadas en todo lo referente al cuidado de las personas mayores, a la conciliación de la vida familiar y laboral y al desarrollo de servicios que respondan a una demanda creciente.
HACE VEINTE AÑOS que me publicaron EL GÉNERO QUEBRANTADO. Por entonces en la Universidad de La Rioja no se trataba el tema de la desigualdad de género, ni la violencia sobre las mujeres, ni siquiera había un grupo de investigación específico que trabajara sobre cuestiones de género. Y yo, que todavía no me había especializado en ningún campo de la sociología, trataba de abarcar varias ramas de este saber, desde la sociología de la educación, la del envejecimiento, la juventud, las migraciones, la cultura y, por supuesto, el género.
Al abarcar el estudio de la discriminación por razón de sexo, partía del hecho de que son las mujeres las principales víctimas de este tipo de discriminación, y que la violencia es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres, que ha consolidado la discriminación. Así pues, la violencia contra las mujeres ha sido y es un instrumento para su dominación y una estrategia para perpetuar la desigualdad; por eso en este libro se habla acerca de la violencia que sufren las mujeres en diferentes ámbitos, con especial atención al familiar o doméstico, pero también al público, así como sobre los principales avances y retrocesos que se vienen produciendo respecto a su erradicación.
En general, las explicaciones sociológicas y feministas sobre el uso de la violencia contra las mujeres han resaltado dos factores causales. En primer lugar, el proceso de socialización diferencial de los sexos. En segundo lugar, la persistencia de las definiciones sociales que representan las relaciones entre los géneros como relaciones de subordinación, cuando no de propiedad, en las que las mujeres deben cierta sumisión a sus maridos y compañeros. En este segundo caso, la violencia aparece como un efectivo medio de control social sobre el comportamiento de las mujeres.
¿Porqué titulé el libro como “EL GÉNERO QUEBRTANTADO”, y no he utilizado la expresión de la mujer quebrantada?. Pues porque se ha impuesto la categoría de género, término de procedencia inglesa (gender) que significa al tiempo género y sexo, adoptado por las feministas americanas en los años sesenta para diferenciar el sexo biológico (sexual difference) y las construcciones culturales que determinan la formación de identidades y las relaciones de los sujetos. El género se crea en relación con la construcción cultural de un objeto que, por referirse a un “objeto humano”, es la construcción de un sujeto. De este modo, al hablar de género nos referimos a las aptitudes, cualidades, capacidades, valores, ideas, etc., que asignamos a cada sexo culturalmente.
El término género sirve para estructurar la diferencia entre femineidad y masculinidad como conceptos elaborados socioculturalmente, frente a los significados tradicionales del sexo (macho y hembra) otorgados a las diferencias de carácter biológico. Lo que se origina en la naturaleza lo denominamos por su sexo, mientras que lo originado en la sociedad lo denominamos género. Mediante el género identificamos las categorías, roles y diferencias culturales y sociales existentes entre hombres y mujeres, sostenidas y transmitidas por un sistema de carácter patriarcal, que tradicionalmente ha santificado las relaciones de dominio y sumisión, pero también de exclusión y discriminación, que han ejercido secularmente los hombres sobre las mujeres. El género es, por tanto, la construcción social o cultural basada en la diferencia biológica, que ha ido cambiando a lo largo del tiempo y el espacio.
Y, ¿por qué este género está quebrantado, y no cascado, hendido, machacado, violado o cualquier adjetivo apropiado a la realidad de las relaciones de mujeres y hombres? Pues porque se presenta en sociedad roto y desgajado a través de la violencia y la opresión de la discriminación que el género masculino ejerce sobre el género femenino.
La causa fundamental que provoca esta violencia reside en el modelo de sociedad que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, así como en los patrones culturales discriminatorios hacia la mujer; es decir, las mujeres son las víctimas primordiales de una violencia ejercida por hombres, significando, por tanto, una violencia sexista y machista. Además, no es una violencia que se de en el ámbito familiar o doméstico, sino que es una violencia que se produce en la pareja, haya o no convivencia de por medio.
No obstante, al afirmar la categoría de género sobre la de sexo, no quiero representar a todas las mujeres ni significar a todos los hombres, pues comprender a las mujeres como colectivo genérico diferente del grupo de los hombres, no significa uniformizar la realidad de unas y otros, ocultando la diversidad que nos distingue. No hace falta pertenecer a un colectivo genérico para defender la causa de las mujeres. Tan solo es necesario querer ser parte de un colectivo social. Ni todas las mujeres son maltratadas, ni todos los hombres son maltratadores.
El Ayuntamiento de Barcelona antes de responder sobre qué son los cuidados nos indica que las personassomos seres vivos vulnerables e interdependientes. Nacemos con una fragilidad extrema. Tardamos un año en levantarnos, dos en comunicarnos mediante el lenguaje y cuatro en poder vestirnos solas para protegernos del frío. Nuestra vulnerabilidad y dependencia son la razón por la que vivimos en comunidad. Para sobrevivir, dependemos del tiempo, los trabajos y los afectos que otras personas nos dedican.
Todos y todas necesitamos recibir cuidados de manera permanente a lo largo de la vida, de tipo e intensidades diferentes, dependiendo del momento del ciclo vital en que nos encontramos, y de las capacidades de autocuidado y atención a los demás que tenemos en cada etapa de la vida. Aunque la infancia, la vejez y los momentos de enfermedad requieren cuidados físicos específicos y más intensivos, las personas necesitamos afectos y atención emocional de manera permanente, incluso cuando somos adultas sanas e independientes. Hay que pensar en la necesidad de cuidados no como una situación de excepcionalidad, sino como una característica inherente a la naturaleza humana, en que todos y todas tenemos el derecho, pero también el deber, de recibir y proveer cuidados.
Pero lo cierto es que cuando se necesita atención de un miembro de la familia se recurre normalmente a otra mujer, tal y como se ha regulado en las sociedades tradicionales y patriarcales, donde siempre se esperaba que fuera una mujer quien cuidara a los demás miembros de la familia sin por ello percibir remuneración alguna.
Desde una perspectiva sociológica, el cuidado es una actividad basada en patrones sociales. Estos patrones afectan tanto al cuidado familiar como al cuidado formal y justifican los bajos salarios percibidos por los trabajadores que son principalmente mujeres y, cada vez más, inmigrantes.
Si gran parte de la carga asistencial demandada por las personas dependientes recae sobre los familiares, principalmente sobre la mujer, es a consecuencia de un proceso de socialización que colocaba como modelo a seguir el de la diferenciación y la desigualdad entre los sexos, destinando a la mujer el papel doméstico, secundario y poco valorado. Se asume así que las mujeres trabajan en empleos relacionados con el cuidado, no sólo como resultado de su proceso de educación y de las expectativas sociales, sino debido a las menores oportunidades de conseguir los trabajos mejor remunerados, más prestigiosos y con mayor poder de los varones. Las mismas creencias y experiencias que hacen atractivo el cuidado para las mujeres, lo devalúan como trabajo remunerado al ser percibido como trabajo poco cualificado.
Los cuidados suponen una responsabilidad social absolutamente generizada y naturalizada, que afecta sobre todo a las mujeres adultas, y que se apoya en una visión social diferente de lo que es el trabajo realizado por los hombres, y en una separación cultural de lo racional que queda ligado a los hombres y a lo público, mientras que lo emocional y lo privado es asociado a las mujeres. Las tareas de cuidado se dejan bajo la responsabilidad de las mujeres por un supuesto instinto natural. De hecho, en general, el cuidado ni siquiera es considerado un trabajo, sino como algo que hacen las mujeres de manera natural porque va ligado a los sentimientos y los afectos. Todo ello me permite catalogar el concepto de cuidado como una construcción social, desde una perspectiva dominante que es la del patriarcado.
Han finalizado las fiestas de la vendimia y es el momento de preguntarnos qué es eso de la identidad riojana, o por qué se habla continuamente de los referentes identitarios de La Rioja, tanto en prensa, radio y televisión, como en todo acto o discurso institucional de las fiestas, sin que ninguno acierte a señalar o enumerar qué o cuáles referentes son los que definen esa identidad de los riojanos, trasladando en sus discursos, tópicos como el vino, la virgen, la danza, la jota o las chuletillas al sarmiento.
Y no se ponen de acuerdo, simplemente porque la identidad supuestamente riojana, está conformada por múltiples identidades, cada una de ellas perteneciente a una subcultura, o un grupo con sus particulares referentes, al que nos adscribimos, pero que no es el mismo en el que participan todos los riojanos
La percepción del mundo proviene de los referentes simbólicos compartidos colectivamente en cuanto miembros de una cultura o subcultura. En este sentido, todos pertenecemos a diferentes subculturas, o grupos de personas con las que nos identificamos, y desde los que logramos una existencia social al cambiar e intercambiar de forma articulada los referentes significativos a escala individual con nuestra pertenencia colectiva.
De este modo, la sociedad riojana se nos representa como un conjunto heterogéneo de individuos que se agrupan y disocian permanentemente al albur de intereses subyacentes al desarrollo de su personalidad social; donde las relaciones se establecen no sólo entre individuos, sino principalmente entre grupos de individuos, grupos que se caracterizan a sí mismos como formando parte de una cultura, adscribiéndose a conjuntos de referentes simbólicos desde donde los individuos logran la identificación con los demás integrantes o/y pertenecientes a dichos grupos.
Por todo ello no podemos hablar de una cultura riojana, ni de una identidad riojana, sino de múltiples subculturas que se estructuran en torno a distintos y diversos referentes identitarios, como el clarete y el tinto, la UDL y la SDL, el pañuelo rojo, azul o burdeos, taurinos y animalistas, etc. Y todos ellos, en su conjunto diverso conforman múltiples adscripciones a diferentes grupos con los que nos identificamos, y que vulgarmente denominamos como propios de la identidad riojana.
Recientemente se ha dado altavoz en los medios a las propuestas de odio de las organizaciones y partidos de ultraderecha contra la inmigración. Tres son los mensajes que se han diseñado para que calen como dogmas de fe entre sus simpatizantes, a cuál más delirante. Uno referido a la inmigración que viene promovida por las mafias en connivencia con las ong’s, por la que estas últimas aseguran subvenciones, que, por otra parte, se destinan igualmente a favorecer la estancia de los extranjeros en nuestro país, dotándoles de vivienda, educación y sanidad, mientras se abandona a los españoles más necesitados. Otra relativa a la seguridad donde la delincuencia (atentados contra las vidas y las propiedades de los españoles), es protagonizada básicamente por extranjeros. Y, finalmente, cierra esta trilogía, la cuestión de la cultura, porque se promueve el buenismo especialmente con la cultura islámica. Y para muestra un botón: “Tenemos que defender nuestra cultura, queremos las mujeres libres, que puedan vestir como quieran y no que tengan que ir tapadas y que no se les vean ni los ojos, porque es una cultura dañina, que hace daño a la mujer, que no la respeta y defendemos nuestras tradiciones y nuestras costumbres”.
Delirante, alucinante, pero sí, mensajes que logran calar en algunos espíritus, que no sólo no logran discernir entre integración y asimilación, educación intercultural con inmersión cultural, o dicho en otras palabras, al confundir diálogo con monólogo, sino que también se detecta un grave error al entender que la relación intercultural tan sólo se debe dar en ocasión de conflicto multiétnico o en ocasión de presencia multiétnica o multicultural, desvitalizando las posibilidades de la relación intercultural en ámbitos que se suponen o se determinan como de homogeneidad cultural.
Un error de graves consecuencias para toda la sociedad, pues al cerrar los sentidos a la comunicación con los otros no sólo cerramos las puertas de la existencia social a los otros, sino que cerramos, en consecuencia, nuestra propia libertad de circulación, de desarrollo y enriquecimiento cultural.