LAS ABUELAS

Esta mañana me he despertado con una desgraciada noticia, arribada en un mensaje telefónico, que decía escuetamente: «Mi abuela ha muerto esta madrugada«. Y he sentido profundamente esta muerte a pesar de que no la conocía y que tan sólo tenía una información distraída en el tiempo que hablaba de una metástasis.

Desde hace muchos años las abuelas y los abuelos han sido mis principales informadores acerca de cómo era el mundo que desconocía y de como este se había configurado con ellos como actores principales. Viajaba por las aldeas y pueblos más o menos ocultos, más o menos insólitos, y cuando me veían portando un cuaderno de notas no se imaginaban que yo les iba a inquirir por su actividad cotidiana, por las cosas de cada día, por aquellas cosas a las que nadie ni ellos mismos prestaban interés. Y eso es lo que hizo que me granjeara su amistad, principalmente el de las abuelas, pues hasta entonces nadie les había concedido importancia, ni había manifestado el interés que yo demostraba con mis preguntas por sus quehaceres habituales, por sus ritos y ceremonias. Gracias al reconocimiento y al apoyo que me brindaron en cuantas aventuras investigadoras intervinieron aquellos viejos, creo que nació en mi este afecto especial por ellos, por sus cosas, por su memoria, por sus actividades, por su vida.

Pero este afecto por las cosas de los viejos yo creo que no hubiera sido sincero si no hubiera participado del cariño y el amor con que me obsequiaron mis abuelas desde mi más tierna infancia. Tuve como todos dos abuelas: la paterna y la materna, pero ambas fueron polos opuestos en el desarrollo de mis sentimientos y mis emociones. Porque si una me dedicó en exclusiva todos sus afanes y todos sus sentimientos, la otra apenas me dedicó el tiempo suficiente para las reprimendas y desahogos con los que exteriorizaba sus frustraciones vitales.

Mi abuela materna (la yaya) residía de continuo en casa de mi madre desde que falleciera el abuelo, sin que eso alterara la que había sido su residencia en los últimos años cuando procedentes de Barcelona llegaron como en otras ocasiones para pasar tan sólo una temporada, pero se quedaron hasta su muerte. Esta abuela era el polo opuesto de la otra en todos los sentidos, era gorda y la otra estaba en los huesos, pero la gran diferencia estaba en las manifestaciones de carácter afectivo, pues era seca, un poco agria en sus formas y hasta un tanto amargada en la relación que mantenía con su hija, mi madre. Era muy tacaña, nunca puso una moneda en mi mano para comprar pan, ni tampoco un billete en las manos de mi madre para ayudar en la economía doméstica. Todo lo ahorraba, pero de espíritu miserable, lo guardaba en una gran faja a la que había cosido un doble fondo donde introducía los billetes. Las operaciones financieras las hacía a puerta cerrada adelantándose a los demás en el baño, donde se deshacía de la impedimenta con el fin de desvestirse, volver a colocarse la faja de ahorros y calzarse el camisón. Esta miseria la conservó durante toda su vida y sólo cuando falleció descubrimos con qué envolvía su cuerpo. Mi madre pese a tantas miserias que tuvo que aguantar con una madre nada ejemplar, repartió con sus hermanos aquel tesoro inaudito que forjó en aquellos años de convivencia en la casa de su hija.

No obstante su tragicómica vida le guardaba un respeto reverencial, pues así disponía sus encuentros en los que apenas tenía cabida el diálogo o los sentimientos. Gustaba reírse de mis locuras, pero aparentando siempre contrariedad por mi modo de entender la vida, incluso por denotar interés por su pasado, por los distintos miembros de una familia extensa entre los que contaba con una bisabuela centenaria. Pues bien, por entonces conocía a una de sus hermanas, una tía-abuela a cuya casa acudía en la Semana Santa, porque disponía de un balcón privilegiado desde el que contemplaba los magníficos cuadros de penitentes encadenados, encordados y crucificados que se disponían en orden procesional. Ya he dicho que no pude arrancarle mucho acerca de su pasado en el pueblo, ni tampoco de su estancia en Barcelona. Toda la información que logré fue intermediada por mi madre, la cual respetuosamente guardaba el mismo silencio para las cosas de su madre, y para las cosas de antes (los avatares de la guerra) por imposición de la abuela.

Pero por otra parte, estaba mi abuela paterna, la cual perdió en un lapso de tiempo muy corto a su único hijo varón y a su marido, y quedó al cargo de tres hijas y de paso al único nieto varón (por entonces yo tenía cuatro años). Quizás fue la muerte temprana de mi padre o quizás fue el hecho de ser el único varón que quedaba en la familia, el caso es que esta abuela me tomó con un empeño especial, y en mí depositó todas sus gracias. Fue una mujer trabajadora que ya al punto de la mañana salía caminando hasta el entonces hospital militar (hoy juzgados), donde ella trabajaba como jefa de la cocina que alimentaba a los pacientes encamados. Alguna vez me acerqué con ella para verla trabajar y aquel mundo me parecía irreal, pues en la mesa de trabajo junto a las cocinas centrales se apiñaban más de doscientos moldes de flanes de huevo que mi abuela había dejado preparados el día anterior. Tenía dos ayudantes que hacían las labores más rutinarias como pelar patatas, cortar verduras, limpiar pescado, trocear carne o todo aquello que mi abuela disponía en ese rancho diario que alimentaba al hospital militar. Por la tarde, una vez recogida y limpia la cocina desandaba el camino matutino y llegaba a casa, donde inmediatamente organizaba las cenas, no sólo de la familia, sino también de los chóferes de la Estellesa (la línea de autobuses que unía Logroño con Pamplona), y que pernoctaban a media pensión en casa de la abuela.

La abuela paterna ya he dicho que era el polo opuesto de la materna. Era capaz de quitarse el alimento de la boca para dármelo en exclusiva. Preparaba los platos y los postres que más me gustaban, aquellos en los que mi abuela podía descubrirme una arruga de felicidad; y no contenta con esto, siempre estaba pendiente de darme un achuchón de besos en cuanto me descuidaba. Con el tiempo me aficioné a vivir en casa de la abuela, en parte porque a mi madre no le importaba compartir los afectos y los cariños con esta mujer que le devolvía la imagen de quien un día fue su esposo, y en buena medida porque hacía más feliz a la abuela las pocas horas que podía estar a su lado.

Recuerdo que en casa de la abuela había un patio donde el abuelo había construido un gallinero para más de doscientas gallinas con las que yo me divertía experimentando los más crueles juegos. También había árboles frutales y flores, y cuando aburrido de juegos en la calle me acercaba a este otro mundo,  surgía en mi el hombre que tanto echaron en falta las mujeres que tuvo la casa de la abuela. Arrancaba rastrojos, preparaba ramos de flores, limpiaba el gallinero, recogía los huevos, subía a la higuera y desprendía los higos más dulces. Un universo infantil que el Ayuntamiento expropiaría con los años, para dar salida a las nuevas edificaciones que se apelotonaron en las traseras de la casa de mi abuela, una vez las monjas de la Enseñanza vendieron el solar-huerta que tenían al otro lado de la tapia.

Cuando llegaba la noche, tras pedir permiso en casa, me quedaba a cenar y dormir con la abuela. Dormíamos en una camita estrecha abrazados. Mi abuela decía que yo era como una estufa: «Este hijo me da más calor que una estufa«, y es que siempre he desprendido mucho calor de mi cuerpo y a mi me encantaban sus manos y sus pies fríos que templaban mis infantiles ardores. Claro que la abuela se despertaba muchas noches con accesos de tos, provocados según ella por los bronquios, culpables de su mala salud y que atemperaba todos los años tomando las aguas termales en Cestona. En aquellas ocasiones esperaba su vuelta con interés porque siempre se acordaba de comprar las famosas galletas obleas de Marquina, unas galletas que se deshacían como el aire en el paladar.

No serían los bronquios los culpables de su muerte, sino la inesperada situación de soledad a la que se vio arrastrada, cuando ya jubilada desaparecieron de casa sus hijas y hasta cierto punto su nieto, que ya adolescente buscaba lejos de la casa familiar otros amores, sabiendo que dejaba atrás a las mujeres con las que había crecido en un entorno de afecto y cariño. Yo creo que cuando llegó la ambulancia no era consciente de la gravedad de su enfermedad. Como un pajarito expiró a las pocas horas de su estancia en el hospital y no pude hablar más con ella. Una vida de cariño y afecto, una vida entregada a los demás, una vida de trabajo sin descanso, una vida de generosidad sin límites. Una vida de la que soy deudor. Gracias abuela.

LA APARIENCIA Y EL ESPEJO

Ya no me molesto en contestar y explicar la realidad a quienes se equivocan, cuando se dirigen a mi hijo de dos años con mensajes de este cariz: “qué bien estás paseando con el abuelito” o “qué bien te lo pasas con el abuelo”. Y es que, para algunos, mi apariencia es la de un abuelo y no la de un padre. Así que, si bien tengo una edad muy superior a la de su madre, nada menos que veinte años, lo cierto es que cuando me miro al espejo, no veo trazas de envejecimiento más allá de alguna arruga o alguna cana más. Además, el contacto con el peque me rejuvenece psíquicamente, de tal modo que no aprecio los achaques que considero propios de un viejo.

Por otra parte, no miro a los padres jóvenes que se reúnen con sus criaturas en los parques y espacios infantiles como mis iguales, pero sí busco entre mis coetáneos las huellas del envejecimiento. La pinta que tienen y que ven mis ojos, me indica que están envejeciendo muy mal, pues mi aspecto es mucho mejor, o al menos eso me parece. Quizás esa es la cuestión, que el aspecto es cosa que nos parece, pero no es.

En ocasiones he escuchado comentarios de carácter machista acerca de la mujer más joven emparejada con hombre de edad, a la que se le supone algún interés que nada tiene que ver con los sentimientos de amor o felicidad. Y viceversa, también cuando la mujer es de edad y el hombre es mucho más joven. De este modo, los prejuicios que se instalan en nuestra conciencia tienen mucho que ver con la apariencia, con el aspecto de las relaciones entre personas y, sin embargo, somos incapaces de apreciar la realidad que nos representa la mirada al espejo, porque este nos devuelve la figura y el semblante real que nos acompaña en nuestro deambular por la vida. Somos incapaces de aguantar el reflejo que nos devuelve esa mirada al espejo, y preferimos atenernos a la apariencia que los demás tengan a bien asumir como real y verosímil.

CONFESIONES

No es broma. Tengo la peste. Hace un tiempo todavía se trataba de unos síntomas que pasaron desapercibidos. Cierta desgana, dejadez, abulia. Podía ser el calor, aunque también podría ser algo de inapetencia, o quizás es que no había dormido bien. De todas formas me extrañó que al salir a la calle, pudo ser una coincidencia, pero la verdad es que la gente se cruzaba de acera cuando se encontraba muy próxima a mi;  pero como yo andaba distraído y solitario, sólo pensé que la gente lo que buscaba era una sombra y no que rechazara el contacto conmigo. También es verdad que yo buscaba la sombra y hasta cierto punto buscaba lugares donde no hubiera gente a la que tuviera que saludar indefectiblemente, porque aquí en Logroño indefectiblemente tienes que saludar a toda la gente, la conozcas o no la conozcas, sepas su nombre o no conozcas su nombre ni su identidad. Todo el mundo parece conocerte y yo estoy harto de saludar a gente que no conozco aunque ella sí parezca conocerme. Bien es verdad que todos los días tengo que ir a la plaza de abastos para adquirir verduras, fruta, pescado y carne o lo que haga falta, y que la gente de la plaza, a fuerza de verme día tras día, se ha familiarizado tanto conmigo y con mi existencia que son casi como de la familia, pero yo, la verdad, desconozco su nombre y ni siquiera conozco el nombre de la tienda o el establecimiento que regentan. Bueno, a lo que iba. Estoy harto de saludar a la gente que no conozco y de la que además me importa un pepino su vida y su existencia y a la que jamás le contaría nada sobre la mía, aún a despecho de que sean íntimos de mi familia, la cual, dicho de sea de paso, es ya bastante escasa tras la muerte de mis mayores.

Lo cierto es que no tuve la impresión de que la gente me rechazara por alguna cuestión, puesto que yo era el primero en rechazar a la gente y en tratar de ocultarme y buscar un lugar solitario alejado de las compañías que se podían producir en el transcurso de un paseo matutino por las calles de un Logroño amelonado de verano. Así que lo que más tarde diagnostiqué como un fenómeno propio del apestado, en aquel momento sólo supuso un pequeño oasis en una mañana de calor asfixiante.

El siguiente indicio de que yo había contraído la peste vino tras aquel paseo mañanero cuando, harto de sudar, decidi darme una ducha y al desnudarme pude contemplar ciertas erupciones rojas, como si de repente una viruela o más bien una colección de espinillas adolescentes hubiera invadido todo mi cuerpo. Estaba claro que algo me había sentado mal y no podía ser otra cosa. En los últimos años estamos acostumbrados a que un yogurt caducado, un pescado podrido, o simplemente el aire contaminado sean elementos agresivos para nuestra sensible piel, que sólo sabe defenderse provocando erupciones fieles, o cualquier otra manifestación parecida contra la agresión del medio. Así que no le di más importancia y entré en la ducha de agua fresquita; pero al salir, con los ojos todavía medio cerrados aquellas erupciones se abrieron al frotarme enérgicamente con la toalla. Fue entonces cuando descubrí que muchas de esas erupciones que se habían abierto no expulsaban precisamente sangre, sino un líquido purulento casi acuoso de color amarillo que al juntarse con la sangre más bien parecía la enseña nacional.

Como no me escocía ni me dolía especialmente decidí no prestarle más atención y en todo caso o como toda opción llamar al dermatólogo y pedirle cita. Pedir cita es una cuestión fundamental, pues un dermatólogo que trabaja en su consulta privada no para de recibir a toda clase de personas con lunares, granos, cánceres dermatológicos, quemaduras sin fin y alguna alopecia desesperada. Es una situación que viene provocada por el maldito anuncio de Corporación Dermoestética en que mucha gente cae como en la peor de las sectas mefistofélicas, y que ha traido un auge insospechado, no sólo de la cirugía plástica, sino también de la dermatología cosmética. Así que sin más dilación llamé, y como me esperaba, los que pagamos a una compañía de seguros puntera recibimos el trato puntero, es decir, me dio cita para dentro de un mes. Con la misma parsimonia decidí dejar pasar tiempo, el momento y la ocasión para enfrentarme a lo que irremediablemente hoy me enfrento: la peste.

Pero aún tendría que escuchar el peor de los diagnósticos, que era  y es, el que me daba y el que me sigue dando mi conciencia cuando la examino y le pregunto acerca de qué hacer, de cómo hacer, de si vale la pena vivir, de si tengo alguna obligación moral, de si debo buscar la felicidad, de si me deben importar la humanidad, la familia o los amigos. Los amigos, no como se entienden en las demostraciones de afecto y lealtad, sino los amigos fronterizos. Y los denomino fronterizos porque los amigos nunca son amigos de uno solo, siempre son amigos de circunstancias, de parejas, de compañías, de momentos, de ocasiones y, por tanto, son leales a las cosas que propician esa amistad, pero no son leales a la persona. Por lo tanto he decidido llamar a los amigos, amigos fronterizos. No están ni en un sitio ni en el otro. Están en el límite, en la frontera. Son amigos cuando se dan las circunstancias, las ocasiones, los momentos para serlo; pero dejan de ser tus amigos cuando no se dan las circunstancias , ni la compañía (véase dónde quedan o con quién se quedan los amigos en caso de ruptura o divorcio de la pareja), ni los momentos, ni las ocasiones, ni nada que propició precisamente esa relación de amistad. Por lo tanto, la definición clara y concisa que he decidido dar a los amigos es la de fronterizos.

Pero vuelvo sobre el diagnóstico de mi conciencia que fue letal. Tú que buscas la soledad estás solo. Tu que no te reconoces en nadie, a nadie le puedes importar. Tú que estás ensimismado, no te tienes mas que a ti. No te busques nada dentro porque estás vacío. Todo lo que ves es patológico porque estás enfermo, y la manifestación de esa enfermedad es la peste.

Y aquí estoy, a desgana me gano la vida representando al apestado en las ferias y conmemoraciones populares, da igual si son medievales, renacentistas, ilustradas o del siglo XXI. Juego con los niños, más con las niñas, todo hay que decirlo, mientras los padres huyen asustados tirando de sus vástagos porque reconocen en mi rostro (voy tapado con capa descolorida pese al calor) la peste.

BRIONES 149

DESASOSIEGO

Llevamos varios días en los que notamos cierto malestar y no sabemos atribuirlo a alguna situación en particular. Puede ser que el cambio horario nos haya alterado algo más de lo habitual, pero lo cierto es que el cambio se produjo a finales de marzo y ya nos hemos hecho a la nueva rutina del periodo estival. Esto también nos puede hacer pensar que ha sido con la llegada de la primavera y el aumento de la luz, la causa de que suframos cambios hormonales que alteran nuestro estado emocional, aunque sería más propio de estos cambios el aumento de la energía, la vitalidad y por añadidura la alegría.

 Entonces, a qué se puede deber nuestra inquietud, nuestra desazón de estos días. Puede ser que los problemas de carácter económico sean el origen de esta intranquilidad que nos acompaña, como ocurre con la subida de los tipos de interés hipotecario, o quizás la inflación, principalmente con la subida de los precios de los alimentos básicos que nos invita a repensar la cesta de la compra y el menú cotidiano. La verdad, es que todos los problemas económicos en su conjunto nos producen esa sensación de ansiedad con la que nos levantamos de la cama, mal dormidos, o no habiendo descansado suficientemente como para disponer de la energía necesaria con la que afrontar los nuevos días.

Y si atendemos a las noticias, estoy seguro que siempre nos dejan un poso de intranquilidad, aunque no nos atañan personalmente pero sí indirectamente, como ocurre por ejemplo con las predicciones del tiempo, la sequía y el cambio climático, o con la política verde y la ecología, que ya no va  a tener representación electoral en las elecciones del 28 de mayo por exigencia de IU en su acuerdo con Podemos, y que en definitiva deja la lucha contra el cambio climático que debería ser de carácter transversal y prioritaria, como un mero adorno programático, o incluso puede que ni siquiera aparezca.

En definitiva, son muchos las causas de ese malestar que no logramos situar, y por las que no tenemos paz ni reposo y sí desasosiego.

PARADOJAS DE MOVILIDAD

Qué paradoja que quienes dominan el espacio público con sus vehículos motorizados se sientan agredidos por sus víctimas andantes. Porque, cómo se entiende que quienes ocupan entre el 60 y el 80% del espacio público para depósito y circulación de sus vehículos se quejen de que peatones arracimados y apretados en aceras, reclamen un poco más de espacio para no tropezarse, para poder detenerse y hablar a la sombra de un árbol, siempre que bancos y árboles no hayan sido sustituidos por aparcamientos en superficie, para respirar aire menos contaminante, para poder escucharse sin tanto ruido.

Si las ciudades no son patrimonio de unos pocos, el reparto del espacio público debe tener un carácter más beneficioso para la mayoría peatonal, que para una minoría motorizada; porque quienes recordamos la ciudad de Logroño con calles aún no urbanizadas, con espacios de juego entre los pequeños y de relación entre los vecinos, donde los vehículos más usuales eran los de transporte de mercancías y donde aún se conocían espacios vacíos, hemos visto la destrucción de esos espacios en beneficio de la circulación de vehículos a motor, hasta el punto de sólo quedar pequeñas islas encementadas como son las plazas, y parques residuales donde se agolpan en diminutos juegos infantiles, padres temerosos del tráfico desbocado que atropella una persona cada cinco días. ¿En qué momento se transformó y fue aceptado como norma de progreso el asfaltado de las calles y la reducción de las aceras hasta jibarizarlas? ¿Cómo se dio por sentado que las avenidas se transformaran en circuitos de coches y depósito de estos, hasta el paroxismo de ocupar varias filas, como si fuera un cementerio de chatarra al aire libre? Hoy sabemos que los proyectos de movilidad, de acuerdo con las directrices de la unión europea en su lucha contra el cambio climático, buscan lograr ciudades saludables donde desplazarse se realice principalmente a pie y, como alternativa, mediante transporte público o medios más ecológicos como la bicicleta. Por esto resulta paradójico que para algunos la modernidad se siga entendiendo como la libertad a ocupar cualquier espacio público, reclamando más y más asfalto.

HASTÍO

¿Cómo podríamos definir el periodo electoral compuesto por cuatro años de deslegitimación de los gobiernos electos para demandar nuevas elecciones? Y cómo a cuatro años de falta de acuerdos y consensos en la elaboración y aprobación de proyectos de ley. Y cómo a cuatro años de propaganda electoral en todo tipo medios, desde los escritos hasta los audiovisuales, pasando por las redes, donde podemos ver que ya se utilizan hasta programas automatizados (los ya cotidianos “bots”), para insultar, ultrajar y difamar, o bien para alabar, elogiar y ensalzar a enemigos o amigos según sea la orientación política del programador, bien sea este autónomo o a sueldo. Yo lo interpreto por sus consecuencias, que son las del hartazgo.

¿Y cómo definir el cuarto año de esos periodos cuatrienales, señalado como el año de las elecciones municipales, autonómicas (aunque en esta ocasión libran Galicia, Euskadi, Catalunya, Andalucía y Castilla y León, que ya pasaron por la urna en su momento), y generales?. Pues yo diría que, como cuando hablamos del día de la marmota, este año podríamos definirlo como el del muermo.

Y aunque nos han dicho que la campaña electoral de dos semanas no empezará hasta el doce de mayo, todos sabemos que la miríada de agrupaciones y partidos políticos están desde navidades en pleno ejercicio de lo que ellos denominan periodo preelectoral. Y eso sin contar que a pesar de que las elecciones generales no se celebrarán hasta diciembre, ya están todos metidos en faena, como si las de mayo no fueran sino un aperitivo de lo que esperan conseguir a finales de año, de tal modo que se confunden y se superponen los mensajes y los discursos, siempre empeñados en trabajar para los españoles y los ciudadanos, para los empresarios y los trabajadores, para agricultores y ganaderos, para los hombres y las mujeres, para jóvenes y viejos, etc., etc., y así hasta ocupar con sus alocuciones llenas de promesas a todas las personas que se encuentran con capacidad para votarles.

El cansancio que produce este largo y permanente periodo electoral ya no sólo produce aburrimiento, cansancio o fastidio, sino que llega al hastío.

VACIADA SIN REMEDIO

Desde que en 2016 el escritor Sergio del Molino publicara su ensayo “La España vacía” sobre la despoblación del mundo rural, este adjetivo similar al concepto de deshabitado o desocupado, se ha utilizado como referente en la agenda política de ayuntamientos y comunidades para proyectar y desarrollar planes con los que atender la situación de la despoblación rural, pero también como marca de identificación de nuevas agrupaciones políticas que concurren en periodo electoral. Incluso hemos llegado al punto de disponer en el Gobierno de la nación de un ministerio para el reto demográfico y la despoblación.

Tenemos que numerosos y diversos agentes políticos están empeñados en ofrecer soluciones a la pérdida de población del medio rural, ya de por sí muy envejecida. Sin embargo, podemos observar que cuando llegan los meses estivales los pueblos se llenan de vida, con personas de todas las edades, ocupando el conjunto de viviendas disponibles en cada localidad, incluso aquellas que fueron abandonadas en su totalidad pero que hoy han comenzado a recuperarse y dotarse de servicios básicos con los que reiniciar su vida, efímera ciertamente, durante los meses de verano.

Esta aparente contradicción entre el periodo estival y el resto del año nos muestra en primer lugar la falta de vivienda para nuevos moradores que quisieran realizar sus actividades, no necesariamente las tradicionales, en cualquier localidad rural, toda vez que los herederos de esa España vaciada demandan por sus ruinas, corrales, pajares o bodegas, el mismo precio que si estuvieran en el medio urbano. Y ya, si son las casas las que pretenden vender, generalmente con los muebles de quien las habitó hasta fallecer, que ni el pudor les asusta para mostrar en las webs de Idealista o Fotocasa, su precio alcanza lo exagerado, toda vez que casi siempre necesitan reformas que tengan en cuenta la calidad de vida de una vivienda urbana.

Así pues, difícilmente se logrará repoblar nuevamente el ámbito rural si no se da la posibilidad de que nuevos habitantes la integren, pues son los propietarios del vacío los que lo impiden al convertirlo en un producto más del mercado, en este caso inmobiliario.

INSOSTENIBLES

Conforme avanzamos en este año electoral aumenta el número de “palabros” que principalmente los políticos y los medios como altavoces, pero también las empresas comerciales de productos y servicios repiten hasta la saciedad para conseguir hacerlas vehiculares entre la población.

Ya nadie se pregunta qué es eso de la resiliencia, palabra tomada del inglés, que, utilizada para significar la adaptación frente a situaciones adversas, y repetida exageradamente, ha pasado a formar parte del discurso científico. Más popular resulta la coletilla “y mucho” que sustituye al superlativo “muchísimo” o al adverbio “muy”, y que está siendo repetida de modo desmesurado en los programas de radio.

Más propio de los políticos es “poner en valor” algo, tratando de conseguir que cualquier cosa se aprecie como de importancia o utilidad, y estimando sus cualidades para promover su valoración positiva. Pero si hay un palabro repetido en periodo electoral es el de “apostar”. Apuestan por mejorar, cambiar o transformar lo que sea, como si el hecho de apostar fuera una garantía de que los pronósticos se cumplen a favor de su apuesta. Si fueran más precisos proporcionarían las apuestas de sus competidores o rivales electorales, con el fin de que los ciudadanos pudieran comparar y establecer qué pronósticos pueden tener más probabilidad de cumplirse. No sé si a rebufo de tanto político apostando, es curioso y no es casualidad, que se hayan desarrollado diferentes casas de apuestas donde se puede apostar a política y a elecciones.

Y como no da más de sí esta columna no quiero pasar por alto el cargante y reiterado palabro de “sostenible”. Parece que hasta hoy hemos vivido en un mundo no sustentable, donde todos los productos y servicios de energía, producción, transporte y comercialización han existido sin tener en cuenta la protección de la salud pública, el bienestar y el medioambiente. Hacer ahora todo eso sostenible, sería hacerlo de modo que no se agotaran los recursos naturales de que dispone la sociedad, ni tampoco se pusiera en peligro la supervivencia del planeta.

Vamos, que apostamos, y mucho, por el sostenimiento de la guerra en Ucrania, a la que ponemos en valor, porque somos resilientes.

ALARMA Y NEGOCIO

En los últimos años, el número de instalaciones de sistemas de seguridad en España se ha multiplicado hasta superar los tres millones de alarmas, situándose como el cuarto país del mundo con más dispositivos, según afirman las principales empresas del sector, y ello, pese a que es uno de los países más seguros de Europa.

Sabemos que este crecimiento rápido se ha producido gracias a la alarma social creada en torno al fenómeno de la ocupación, con campañas publicitarias que nada tienen que ver con la realidad, dado que los allanamientos de vivienda se han mantenido estables durante todo el tiempo y las llamadas ocupaciones se han producido básicamente en viviendas pertenecientes a bancos y fondos buitre.

Pero hoy día en que el fenómeno “okupa” comienza a mostrar signos de agotamiento y la alarma social disminuye, observamos que la demanda se contrae, hasta el punto de que para mantener el ritmo de crecimiento de los sistemas de seguridad y conseguir duplicar el parque de alarmas hasta los seis millones, las empresas han iniciado cambios inmediatos en su estrategia publicitaria y empresarial para atraer a una clientela, que se caracteriza hasta hoy por pagar una cuota de mantenimiento en torno a los 50€, por vivir básicamente en ciudades, y por ser más propietaria de pisos que de unifamiliares.

Por otra parte, también se observan cambios en el mercado de centrales receptoras de alarmas, pues frente al poco más del centenar de pequeñas compañías existentes, el cese de actividad de algunas y las operaciones de adquisición de empresas que llevan a cabo los principales operadores, terminarán acelerando el proceso de concentración de la oferta en el mercado, liderado en la actualidad por Securitas Direct y Movistar Prosegur. Además, a partir del 31 de diciembre de 2023 finalizará la moratoria sobre funcionamiento de los sistemas de alarma en el ámbito de la seguridad privada y sólo las empresas de seguridad que cumplan las normas UNE-EN, serán autorizadas para instalar y realizar el mantenimiento de equipos y dispositivos que pretendan conectarse a una Central de Alarmas, uno de los componentes más valorados de los sistemas de seguridad.

SEGURIDAD Y MIEDO

Estoy convencido que muchos de ustedes, cuando se interrumpe la programación de lo que están viendo u oyendo en tv o radio para dar paso a la publicidad, aprovechan para realizar otros menesteres con tal de no participar del bombardeo publicitario. Pues bien, en esas estaba cuando escuché un anuncio de alarmas, donde se presumía de una instalación en la que se depositaba la seguridad de los hijos cuando nos encontráramos fuera del domicilio. Es decir, podríamos visualizar qué estaban haciendo en ese momento y averiguar que no se hallaban en peligro alguno. Como pueden ver, un modo muy sutil de fisgonear y controlar a los nuestros.

Esta va a ser la tercera campaña del miedo que las empresas de seguridad van a utilizar para aumentar el parque de alarmas de España, pese a que ya somos el cuarto país con más alarmas del mundo, y pese a que los índices de delincuencia son muy inferiores a la media europea.

Y es que las campañas de seguridad han dado un salto cualitativo muy importante, pues si hace años, el relato estaba enfocado en prevenir los robos en la vivienda, para lo cual se azuzaba el miedo a la pérdida de los bienes, posteriormente se cambió este miedo al robo por el miedo a la ocupación de la vivienda. En estos últimos años, la colaboración de los medios escritos y de tv en cuyo capital se encuentran presentes, precisamente las mayores empresas de seguridad, han creado y sobrealimentado un alarmismo infundado sobre los casos de “okupas”. Y digo infundado, porque como señalaba en cierta ocasión el magistrado Joaquim Bosch: “estadísticamente es más fácil que te asesinen a que ocupen la casa donde vives”.

Lo cierto es que el fundamento se encuentra en nuestra competencia para asimilar el miedo. Miedo a la pérdida de nuestro de dinero o de los objetos que consideramos de valor, miedo a la pérdida de nuestra vivienda, y ahora, miedo a no conocer lo que ocurre en su interior. Se trata de llevar con nosotros un Gran Hermano de bolsillo, casi como si emuláramos al protagonista de la novela de George Orwell.

oznor