A VUELTAS CON GARZÓN

Esto lo escribí el dieciocho de marzo de 2010

En los últimos meses nos hemos habituado a las noticias que señalan al juez Baltasar Garzón, no como el  juez de la Audiencia Nacional que a lo largo de veinte años se ha dedicado a someter a la justicia los crímenes de Pinochet, el terrorismo de ETA y el fundamentalismo islámico, el narcotráfico, la delincuencia económica, las mafias organizadas, la corrupción política y los crímenes de Estado; sino como el juez sometido a una campaña política y judicial sin precedentes, dirigida a deshacerse de él y evitar que continúe con su actividad. Precisamente en estos momentos, el Tribunal Supremo está considerando el procesamiento y la suspensión del Juez Baltasar Garzón.

El Tribunal Supremo ha admitido hasta tres querellas en su contra. La primera querella por un posible delito de prevaricación, fue admitida a trámite en mayo de 2009 por acusación del sindicato ultraderechista Manos Limpias, a propósito de la investigación abierta por Garzón para averiguar posibles delitos cometidos por el franquismo y durante la guerra civil, y está relacionada con la exhumación de decenas de miles de víctimas de la represión franquista. En esta querella, a Garzón se le acusa de incumplir la Ley de Amnistía de diciembre 1977, que hizo posible la elaboración de la Constitución de 1978 y su aprobación en Referéndum. Sin embargo, numerosos juristas sostienen que el derecho internacional es claro al respecto, y que ni los crímenes contra la humanidad ni los presuntos autores de tales delitos pueden ampararse en leyes de amnistía nacionales, pese a que estas leyes han podido servir en su momento para alcanzar una situación de paz social o de transición, como ocurrió en nuestro país con el paso de la dictadura a la democracia.

Una segunda querella por prevaricación (según el orden temporal de admisión por el Supremo) se formuló a propósito de unos cursos académicos organizados en Nueva York con financiación parcial del banco Santander. Las declaraciones de las entidades han dejado fuera de toda sospecha al juez por lo que es de esperar que esta querella no prospere.

Finalmente, el Supremo ha admitido en pocos meses la tercera querella por prevaricación contra Garzón, esta vez a causa del procedimiento por el que ordenó las escuchas en la cárcel de las conversaciones mantenidas entre los letrados del caso Gürtel y sus clientes imputados, y en la que se ha personado el mismísimo presunto cerebro de la trama Gürtel, Francisco Correa. Tiene narices que una de las mayores tramas de corrupción política de nuestra historia sea capaz de librarse de la justicia porque el juez que instruye su causa, puede ser encausado a su vez por los mismos delincuentes que pretendía juzgar.

A este paso todos los mafiosos del mundo, los criminales, los narcotraficantes, dictadores y asesinos buscarán refugio en España, sabedores de que si son detenidos y es Garzón quien instruye, podrán contar con el respaldo y el apoyo de jueces y políticos o, mejor dicho, jueces politizados y políticos amigos de la judicialización de la política, que desbaratarán las acciones de Garzón hasta dejarlos libres y con honores.

Los políticos que no hacen política, ajenos al sentir de la ciudadanía y cada vez más lejos de la realidad ciudadana son considerados uno de los principales problemas que tenemos en España. La próxima encuesta del CIS es posible que mejore la posición de los políticos pero será a costa de la creciente crítica a la Justicia y del descrédito del poder judicial, por su clara politización, por su inmersión en la ciénaga en el que se amalgaman intereses personales, envidias corporativas y fidelización partidaria, que dejará muy lejos el Espíritu de Montesquieu y el dogma del constitucionalismo liberal acerca de la separación de poderes.

DAÑOS COLATERALES

Los daños colaterales de la crisis son reales, muy reales, y no son un eufemismo militar con el que se justifican las matanzas de civiles. Sabemos que esta crisis (económica, financiera, de empleo) está ocasionando daños en primer lugar entre los más expuestos, los más vulnerables, los más débiles: la población inmigrante. Y en segundo lugar entre el resto de la ciudadanía que ve como la oportunidad de integrar, incorporar este paisaje diverso a sus vidas, a la estructura social, se desvanece en beneficio de quienes exhiben con impudor los mensajes xenófobos de que los inmigrantes roban el trabajo a los autóctonos y se aprovechan de los recursos de un Estado del Bienestar, aún en mantillas.

Y resulta cuando menos curioso, que el mensaje “Esto lo arreglamos entre todos” a iniciativa de la Fundación Confianza formada por las Cámaras de Comercio y las principales empresas del Ibex 35, haga uso en su campaña publicitaria de personajes y personas que supuestamente son una imagen representativa de la sociedad, pero donde casualmente no aparece ningún inmigrante, auténtico emprendedor donde los haya, si tenemos en cuenta que es capaz de salir de su país, aprender otro idioma, habituarse a otras costumbres y realizar un sin fin de ocupaciones, dentro de un proceso de movilidad laboral como nunca han conocido los trabajadores europeos. Estos emprendedores, pese a que constituyen el 12% de la población española, han sido escamoteados e invisibilizados de la campaña de “entre todos”.

Para visibilizarlos se encuentran las políticas migratorias, que en tiempos de crisis ponen el énfasis en los retornos y el cierre de fronteras cuando la realidad migratoria nos habla de inmigrantes arraigados que buscan un futuro pese a las nuevas adversidades laborales o de empleo, que buscan reagrupar a su familia frente a las leyes que se inclinan por la separación y la división, y que intentan utilizar sus habilidades y capacidades pese a que las ofertas de empleo son siempre de poca o escasa cualificación, ignorando y despreciando el gran capital humano que a coste cero se ofrece al desarrollo del país.

La diferencia cuantitativa entre los que entran y salen, pese a que sigue siendo positiva, está muy lejos de cuanto ocurría hace tres años. Hoy son muchísimos menos y los desplazamientos son más por el interior del país. Y es que las corrientes migratorias son autónomas y responden a otro tipo de impulsos no necesariamente vinculados a la situación económica o de empleo de los países de destino. En estos momentos, las personas que llegan a España vienen con el afán de quedarse, reagrupar a la familia y asegurar el porvenir de las siguientes generaciones. No lo tienen fácil, pues mientras que la tasa de paro de los españoles alcanza el 17% de la población activa, la cifra se sitúa en el 30% entre los extranjeros.

La crisis les afecta mucho más que a los trabajadores autóctonos y ocasiona graves daños en su salud. El pasado viernes cinco de marzo, en el III Encuentro Internacional sobre Migraciones celebrado en la Universidad de La Rioja, escuchaba en una mesa integrada por representantes de asociaciones algunos relatos personales, como el de Fátima que tras años de trabajar en España donde tuvo a sus tres hijos le planteaban que volviera a su país. Qué debo hacer se preguntaba. Y aún recordaba que peor situación tenían otras personas que ayudaban con sus exiguas remesas a la familia que había quedado en el país de origen y, que al interrumpir los envíos, sospechaban que habían dejado de quererles o importarles su suerte.

En peores circunstancias se reconocía Zephirin, pues tras dieciséis años en España sin  haber visto una sola vez a su familia, y sin poder ayudarles en este momento, sufría porque tampoco podía volver con la sensación de fracaso, de haber perdido los años sin haber conseguido una pequeña meta que justificara ante los suyos tantos años de ausencia. La vergüenza del fracaso le producía depresión y ansiedad.

Tan sólo Nargis demostraba cierta entereza al hablar de la oportunidad que la crisis había traído a las mujeres de su comunidad, encerradas en sus casas al cuidado y crianza de los hijos, pero que en este momento necesitaban trabajar y, para ello, habín dispuesto aprender el idioma que hasta entonces no habían necesitado.

Pequeñas historias que recrean la coyuntura de la crisis en el campo de los ciudadanos más vulnerables, más precarios, más excluidos. Algunos con estrés crónico y múltiple (síndrome de Ulises); con desarraigo social y sin apoyo familiar o de la comunidad de origen. Otros trabajando con alto riesgo para su salud o sin contrato, y con la responsabilidad de mantener a la familia que dejaron. Con problemas de comunicación o de costumbres, huyendo del choque cultural o del mestizaje. Con desconocimiento del alcance de los sistemas de protección social. Con problemas para regularizar su situación administrativa de una vez para siempre (unos disfrutan del estatuto comunitario por nacimiento o matrimonio mientras que otros se someten al régimen general o extracomunitario). Con problemas para reagrupar a su familia o para evitar su expulsión. Inestabilidad legal, fragilidad, segmentación, discriminación. Los daños colaterales de la crisis.

KAMIKAZE

Escribí este artículo el uno de marzo de 2010.

No se cómo nos acostumbramos a las noticias más terribles. Es como si nos hubieran inoculado una droga que nos vuelven insensibles al sufrimiento y al dolor. Digo esto a propósito de lo ocurrido la semana pasada en Kabul, cuando unos supuestos talibanes embutidos en un cinturón de explosivos, se hicieron estallar en un atentado kamikaze entre un sinnúmero de inocentes a fin de lograr un cuantioso daño en forma de muertos, heridos y mutilados.

Sabemos que no es la primera vez, y que Afganistán no es el único país en el que sucede, pero esto no es óbice para que no me interrogue acerca de los motivos, la razón o los sentimientos y la humanidad de quien renuncia a la misma, a su vida y a la de sus semejantes. Y para responder a esta cuestión no me valen las etiquetas de talibanes, brigadas de al-Aqsa, Yihad Islámica o Al Qaeda. Ni tampoco me vale oponer buenos y malos, judíos y musulmanes, cristianos e islamistas. Las preguntas que me valen son parecidas a las que se hace el protagonista de “El Atentado” (Yasmina Khadra, seudónimo femenino de Mohamed Moulessehoul. Alianza, 2008), cuando no da crédito a que su mujer bella, feliz, colmada en todos sus deseos, ha sido capaz de hacerse volar entre un montón de escolares. ¿Cómo puede una persona normal, sana física y mentalmente, decidir, por una fantasmada o una alucinación, que está investida de una misión divina, renunciar a sus sueños y a sus ambiciones para infligirse una muerte atroz mediante la peor de las barbaries?

Y le contesta su amiga diciéndole que hasta los terroristas más curtidos ignoran lo que les ocurre de verdad. Sólo tienen una idea fija: levantar eso que se ha apoderado de tu cuerpo y tu alma para ver lo que hay debajo. A partir de entonces, ya no hay vuelta atrás posible. Además, has dejado de mandar en ti; te crees dueño de tus actos pero no es cierto. No eres sino el instrumento de tus propias frustraciones. Lo mismo te da vivir que morir. En alguna parte de ti mismo has renunciado a lo que podría posibilitar tu regreso al mundo. Estás en las nubes. Eres un extraterrestre. Vives en el limbo y te dedicas a corretear tras las huríes y los unicornios. No quieres volver a oír hablar de este mundo. Sólo esperas el momento de dar el paso. El único modo de recuperar lo que has perdido o de rectificar lo que has errado; en definitiva, el único modo de convertirte en leyenda es acabar a lo bestia: transformarte en bola de fuego en un autocar repleto de escolares o en torpedo contra un tanque enemigo.

Es ante todo la negación de uno mismo y de los demás. No hay humanidad, no existe. No hay política ni derechos. Se desconoce el imperio de la ley y de la moral. Sólo el gesto desbaratado de un cuerpo frente a otros cuerpos que le rodean, y que son alcanzados, mutilados y muertos en ese gesto tan cruel, tan insensible como el que protagoniza el o la kamikaze.

Qué lejos queda esa imagen romántica de los voluntarios kamikazes nipones que se suicidaban en grupo, en beneficio de la patria y el dios emperador; que surcaban el aire y como abejas dejaban su aguijón en el acorazado enemigo. Y nos parecía romántico porque era una lucha desigual entre máquinas manejadas por humanos, iluminados y/o racionales; pero ahora se trata de cuerpos contra cuerpos, y esto nos horroriza. Porque pertenecemos a una sociedad que cuida su cuerpo, adora sus cuerpos, hace iconos de la belleza de los cuerpos y, si admite el suicidio, es por que entraña una decisión individual, íntima, que se realiza ocultándola a los demás, alejada de los demás, de quienes el suicida se separó para siempre.

Consideramos obsceno el suicidio que embarca a la colectividad, que la hace sujeto y objeto del gesto suicida; que no se realiza de manera oculta sino pública, lo más pública posible (un restaurante, un centro religioso, una escuela, un medio de transporte, una discoteca), para que la deflagración sea un espectáculo multitudinario, mediático, horroroso. Ahí se encuentra nuestro miedo. El o la kamikaze no es un suicida de los nuestros, los cuales tampoco nos gustan pero los comprendemos. Hace unos meses contemplaba el mapa de mortalidad europea y, cuando observaba las causas de la muerte e incidía en el suicidio, Francia copaba de color todo el territorio nacional con diferencia sobre el resto de la Unión Europea. Poco después supe de la ola de suicidios que se habían dado en la empresa de France Telecom, que según analistas galos se habían producido a causa de los ritmos y estilos de trabajo impuestos por la nueva dirección. Y hasta algo tan perturbador como estos datos, pasaban por ser relativamente asumibles en sociedad, no así el o la kamikaze que se hace estallar, que revienta su cuerpo en medio de otros cuerpos.

De esta idea del cuerpo como instrumento, hace una magnífica reflexión el filósofo Santiago Alba (El atentado suicida: la negación «si», 2002). Señala que el cuerpo es un instrumento, un arma, una herramienta positiva de intervención en el mundo. Los kamikazes, al retirarse violentamente de él, se siguen ocupando del mundo. Si uno ha perdido la fortuna, la casa, el honor, los hijos, ya no tiene nada que perder. Si a uno le han matado a los hijos, le han robado la fortuna y le han volado la casa, aún se tiene algo que ganar; lo dice el relato de Sansón: «los muertos que mató al morir fueron más que los que había matado en su vida». Su muerte fue, pues, su mejor arma.

Dios prohíbe en El Corán dañar el propio cuerpo, pero obliga a ayudar a la propia sociedad. Prohíbe el alcohol, el ascetismo y el suicidio y prescribe la limosna, la hisba y la justicia social. Los kamikazes palestinos son fedayin o shuhadá, hombres abnegados y generosos que no quieren simplemente matarse, que no quieren librarse de ninguna angustia interior, que no combaten ninguna «conciencia desdichada»: quieren cambiar las cosas de las que ya no gozarán, liberar para sus hijos la tierra que ya no pisarán. Se trata, pues, de hombres altruistas que utilizan la única arma que poseen para ayudar (o al menos eso creen) a la gente que ama. Y por eso Dios, que se ocupa de su gente, les recompensa con el paraíso.

Toda una lógica de quienes sufren, desde hace años y generaciones, humillaciones sin fin; de quienes han sido desposeídos de todo, de quienes no poseen ya otra cosa que su cuerpo. Pero, ¿cómo imponer la lógica del cuerpo como instrumento, o la lógica del cuerpo como fin en sí mismo, sin abandonar nuestra pertenencia a la humanidad? Por que si de verdad pertenecemos y formamos parte de la humanidad, más allá de toda idea o causa justa, está la vida del hombre y no hay Causa en este mundo más grande, más justa y más noble que el derecho a la vida.

GROTTESCO

Este artículo se publicó en Rioja2.com el veinte de febrero de 2010. A propósito de mis recuerdos del 23-F y del singular y grottesco personaje J.M. Aznar

Esta semana, aprovechando horas de tren y habitación de hotel, he leído con fruición la “Anatomía de un instante” de Javier Cercas. Narrada con ese estilo suyo propio de un periodismo de investigación que ya me cautivó en Soldados de Salamina, utiliza algunas de las técnicas que en Sociología y Antropología se manejan en los trabajos de campo, pero con la diferencia de que Cercas no se limita a informar de los hechos, si no que consigue con su extraordinaria capacidad narrativa introducirnos en el contexto para que acompañemos a sus personajes como si rememoráramos el pasado y lo uniéramos a nuestra biografía.

Sin embargo, no he podido realizar ese ejercicio de acompañamiento biográfico, pues en el 23-F yo me encontraba en el culo del mundo, perdón, en Trevijano de Cameros, que por entonces bien podía pasar por tal un pueblo de montaña que adolecía de toda clase de servicios básicos, o le sobrevivían de manera harto precaria. Y me pilló el 23-F, además, en compañía de unos músicos (sevillano y aragonés) que venían dispuestos a trabajar y divertirse, mi familia (madre, esposa y un hijo de corta edad), y un centenar de cabras. Recuerdo que habíamos escuchado a través de la radio las noticias de la toma del Congreso por la guardia civil y la ocupación de las calles de Valencia por tanques,  lo que ocasionó tal zozobra entre los músicos que dudaban entre salir escopeteados o finalizar el trabajo que les había conducido hasta el pueblo. Por su parte, mi madre sollozaba indicándome que estaba ocurriendo lo mismo que en el treinta y seis, cuando Franco dio el golpe de Estado, y que esto no podía significar sino el comienzo de una nueva guerra civil.

Mis amigos, cada dos por tres se acercaban al único teléfono público que disponíamos en el pueblo (qué lejos se encontraban aún los móviles), y traían nuevas noticias cada vez más alarmantes. Por mi parte me encontraba, no se si producto de mi natural optimismo, tratando de animar a todos y sacarlos de sus temores, miedos y angustias. Además, en mi fuero interno, la situación me parecía divertida, más próxima a una farsa y hasta un esperpento valleinclanesco que me producía la sensación de asistir a un acto más de la tragicomedia española, que de modo cíclico se representaba en el teatro de la historia.

Pasaron los días, y tras el desenlace conocido me contaron algunos acontecimientos sucedidos, como la precipitada huida hacia la frontera de quienes se sentían significados antifranquistas; o como los movimientos pro-golpistas entre quienes se sintieron significados franquistas y, en general, una actitud entre expectante y resignada de la mayoría de los ciudadanos que conocía. A todos ellos, mis impresiones sobre cómo viví o sentí los acontecimientos de ese día y, sobre el carácter entre grotesco y surrealista del golpe de Estado, no se las pude trasladar en ese momento, pues nadie quería reconocerse en mi papel de espectador que ríe y se despacha a carcajadas. Carcajadas provocadas por las escenas que se sucedieron en esa obra tomada por tragedia, pero con guión de Rafael Azcona y, donde el absurdo, grotesco y ridículo español adquiere categoría humana.

Aunque para grotesco y ridículo el inefable José María Aznar, que tras representar las esperpénticas escenas en las que paseó su cuidada melena, mostró sus dotes comunicativas (principalmente en inglés tejano aunque sin descuidar el italiano macarroni), y asombró con su tableta de chocolate abdominal (para deleite de su señora Botella), nos ha sorprendido ahora con un nuevo golpe de efecto al levantar el dedo corazón dispuesto a introducirlo en el trasero de cuantos estudiantes universitarios le gritaban. Ridículo, chabacano, vulgar. Sin duda, Grottesco.

EL BURKA Y LA IDENTIDAD PERDIDA

Este artículo se publicó en Rioja2.com el diez de febrero de 2010. Sobre la Grandeur y monsieur Sarkozy y totalmente de acuerdo con Sami Naïr:

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Burka/elpepiint/20100227elpepiint_9/Tes

Hace unos días, el primer ministro francés, François Fillon, mostraba una serie de medidas patrióticas con el fin de reforzar la identidad gala. Una identidad perdida, según el gobierno francés, ante la llegada de extranjeros que no han hecho suyos los símbolos y valores de la República, y que la atacan y socavan con sus manifestaciones antipatriotas, como se considera a las pitadas y silbadas de la Marsellesa cada vez que la selección nacional de fútbol juega contra un equipo magrebí, pese a que entre sus filas cuente o haya contado con jugadores de la talla de Zidane, verdadero icono de la juventud francesa de origen argelino.

Hace unos meses, el presidente Sarkozy estimuló un debate acerca de prohibir el uso de la vestimenta femenina, como el burka o el niqab, que es una prenda que sólo deja descubiertos los ojos, entre las integrantes de corrientes religiosas islamistas fundamentalistas, al advertir que el burka “no es bienvenido en Francia”. Sarkozy aprovechaba una decisión antecedente del Ministerio de Inmigración  e Identidad Nacional, de denegar la nacionalidad a un hombre que obligaba a su mujer francesa a vestir el burka. Ya en 2008, también se había denegado la nacionalidad francesa a una mujer marroquí, de la corriente salafista, que vestía con el velo integral.

Los parlamentarios de la mayoritaria UMP, consideraron que este tipo de manifestaciones públicas (vestidos y silbidos), deberían ser prohibidos en el espacio público, pues van contra  las señas de identidad francesa. Pero si bien la vestimenta es fácil de reglamentar su uso, más difícil lo tienen contra la voluntad libre de expresarse mediante silbidos, pitos y cuchufletas. De ahí que mediante el ardid del ministro de Inmigración e Identidad Nacional, al crear una página web para que los franceses se expresaran acerca de lo que entendían por identitario, y tras diferentes sondeos de opinión pública en los que más de la mitad de los encuestados se manifestaron en contra del uso del burka, el gobierno se sintiera respaldado para sacar una lista provisional de medidas en defensa de la identidad nacional.

Son medidas provisionales, pero que denotan el verdadero objetivo que enmascaran, que no es otro que la lucha contra el establecimiento de una sociedad multicultural y la imposición de una cultura homogénea, bajo el paraguas de la República. ¿O es que no resulta ridículo que una identidad tan poderosa como la francesa, que ha sometido bajo su bandera, su himno –la Marsellesa- y los valores republicanos de libertad, igualdad y fraternidad, a numerosos pueblos y naciones, pueda sentirse ahora amenazada por algo menos de dos mil mujeres musulmanas que utilizaban como vestimenta el burka?

Como en los aeropuertos, podría restringirse el uso de ciertas prendas si estas atentan contra la seguridad, o bien si se trata de prevenir la violencia o la delincuencia; pero nunca como un medio de limitar la libertad de las personas con el justificante de que van contra los valores culturales de la identidad. Por que los valores culturales son subjetivos y pertenecen a los ciudadanos y a los grupos de ciudadanos que los comparten, pero nunca al Estado, ni a su supuesta y falsa identidad colectiva. Ni siquiera es atribuible esta restricción a la supuesta defensa de las mujeres, pues para muchas mujeres musulmanas la vestimenta que las cubre parcial o totalmente es un signo de identidad y no un signo de sumisión. ¿Qué restricción podría imponerse a las mujeres que muestran y no cubren su cuerpo, parcial o totalmente? ¿Habría que obligarlas a cubrirse para no demostrar sumisión a los intereses libidinosos de los hombres? Resulta ridículo, casi tan ridículo como cuando se impuso la moda entre los adolescentes de mostrar su ropa interior, un modo más de construir su identidad, y algunos centros escolares impusieron sanciones por esta forma de vestir. Al final se impuso la voluntad individual de los jóvenes, y las normas acerca de lo que se entendía por corrección en el vestir se guardaron en el cajón demodé.

La identidad no puede forjarse restringiendo las libertades individuales, o los referentes que la soportan si estos son múltiples y variables. En suma, no se deben enfrentar las personas y las comunidades a las que se adscriben, por muy profundas que sean las diferencias étnicas, religiosas, de lengua, vestido o alimentación, etc. Hay que construir esa identidad mediante políticas inclusivas, que reconozcan a todos los mismos derechos, entre otros el de vivir y relacionarse en una sociedad que asuma los cambios culturales y la pluralidad de sus manifestaciones. Lo demás es practicar la búsqueda del santo grial, perdón, la búsqueda de la identidad perdida.

SOBRE DERECHOS DE JUBILACION Y PENSIONES

Este artículo se publicó en Rioja2.com el dos de febrero de 2010. Por entonces soltaron el anzuelo cíclico de que la Seguridad social puede hacer crack en unos años y, como siempre, sacaron entre otras medidas la de prolongar el periodo de cotización y jubilarse más tarde.

Ahora que cierro un nuevo libro sobre Envejecimiento, donde hablo sobre las prejubilaciones y las jubilaciones en relación a la oportunidad única de acceder  a un futuro de desarrollo personal, libre de las obligaciones propias del trabajo asalariado, va el Gobierno y la OCDE y destapan de nuevo el tarro de las esencias del capitalismo liberal. Hace años,  en la década de los noventa, se oían las voces de aquellos analistas económicos del capitalismo ultraliberal, que apoyados en las proyecciones de los demógrafos, como si de matemáticas exactas se trataran, amenazaban con el fin del Estado del Bienestar y de la prestación de los seguros (principalmente salud y pensiones). Los Informes apocalípticos señalaban con inquietud la llegada de las generaciones de trabajadores más numerosas, las del baby-boom de EEUU y Europa, a su edad de jubilación.

Incluso tuvo un gran éxito editorial el periodista Frank Schirrmacher con su libro El complot de Matusalén (2004), donde advertía que la generación para la que se acuñó el término teenager no había cambiado el mundo con la guerra, sino con su mera existencia. No sólo habían ingerido alimentos, sino que habían modificado los bares, los restaurantes y los supermercados. No sólo habían llevado ropa, sino que habían cambiado la industria de la moda. No sólo habían comprado coches, sino que habían transformado la industria del automóvil. No sólo habían tenido citas, sino que habían alterado los roles y las prácticas sexuales. No sólo habían ido a trabajar, sino que habían revolucionado el lugar de trabajo. No sólo se habían casado después de miles de años, sino que habían transformado la naturaleza de las relaciones humanas y sus instituciones. No sólo habían pedido préstamos, sino que habían cambiado los mercados financieros. No sólo habían utilizado ordenadores, sino que habían modificado las tecnologías.

Los teenager de ayer se convirtieron en los babyboomer de hoy, y la sociedad se enfrentaba a una nueva amenaza. Este pánico a la llegada de los viejos, con el poder de su número y, en un periodo de crisis económica como la de los años noventa, puso todos los decibelios existentes de la OCDE en el altavoz de las pensiones y las jubilaciones. Se amenazó con prorrogar el periodo laboral hasta los setenta años, y como en un mercadillo comenzó la negociación para dejar a todos insatisfechos en un término medio de 67 a 68 años. Y también es cierto que, como ahora, se permitió el aumento de las prejubilaciones como medida económica que proporcionaba enormes ingresos a las grandes empresas, pues nunca sustituyó por población joven la población retirada anticipadamente del trabajo. Y es cierto que se aprovechó para despedir trabajadores y deslocalizar empresas con la misma excusa de la crisis internacional, favoreciendo el trabajo sumergido, principalmente de trabajadores inmigrantes sin regularizar.

Sin embargo, las proyecciones catastrofistas se abandonaron tras un nuevo periodo de crecimiento, que para España supuso la llegada y regularización de jóvenes trabajadores inmigrantes, responsables casi absolutos de los últimos cinco millones sumados al censo. Gracias a estos inmigrantes, se han recuperado relativamente los índices de fecundidad (los nacimientos de madre extranjera en 2006 ascendieron al 20% del total de nacimientos habidos en España), uno de los caballos de batalla de los demógrafos en sus registros de tasas de dependencia.

Pero claro, si se quiere que las españolas tengan más hijos, habrá que poner remedio a las causas por las que han dejado de tenerlos; por ejemplo, la posibilidad de conciliar vida  laboral y familiar, o la posibilidad de adquirir una cierta autonomía económica mediante un trabajo. Por que no olvidemos que la población activa, la población en edad de trabajar sobre la que recae el esfuerzo fiscal para el mantenimiento de la seguridad social, es una población activa devaluada, donde tan sólo participa el 51% de las mujeres. El 49% restante se queda en casa (ni trabaja ni busca trabajo). Posiblemente hace las labores propias de un Estado del Bienestar desarrollado (cuida de las personas dependientes, incluso del marido).

Y los hombres no les van a la zaga, pues aun sin descontar todos aquellos que se encuentran entre los cuatro millones de desempleados, tan sólo cuentan como población activa al 68% de los mismos. Es decir, un 32% viven de las rentas o malviven, pero desde luego no trabajan. En suma, tenemos que cinco de cada diez mujeres y tres de cada diez hombres ni trabajan ni están en las cifras de desempleo; y sin embargo, nadie se pregunta por ellos, sino por los que quieren hacer uso de su derecho a descansar del trabajo asalariado a los sesenta y cinco años.

Y ahora mismo, a estos viejos que están transformando el mundo simplemente por ser muchos, porque han accedido a una esperanza de vida como nunca existió en la historia de la humanidad, se les quiere recortar sus pensiones o el cálculo de sus miserables pensiones (muy por debajo del gasto medio por hogar, y de la media de la UE). Y se quiere recortar los derechos a dejar de trabajar a los sesenta y cinco años (ahora mismo la jubilación real de los españoles es a los sesenta y tres años y diez meses, la más alta de la UE).

Qué nos deparará el futuro inmediato a los hijos del baby boom? No lo se. No se si triunfarán las tesis del capitalismo liberal y perderemos derechos, pero desde luego, cuando esta generación muera, habrá dado paso a una nueva cultura que dejará marcada para siempre a la sociedad del futuro. Y esto no es una predicción ni una proyección. Es una certidumbre.

EUFEMISMOS NUCLEARES

Este artículo se publicó en Rioja2.com el veintiocho de enero de 2010. Por entonces se disputaban los pueblos el premio gordo de un cementerio nuclear, y hasta hubo hostias.

Para entendernos es preciso que sepamos qué significa un eufemismo, y para ello recurro al diccionario ideológico de Julio Casares, quien lo define como un modo de decir o sugerir con disimulo o decoro ideas cuya recia y franca expresión sería dura o malsonante. Y efectivamente resulta duro y malsonante decir que los residuos nucleares de alta actividad son materiales radiactivos que van a durar decenas de miles de años hasta que la radiactividad baje lo suficiente como para que dejen de ser peligrosos, y por eso es mejor utilizar, para denominar a un cementerio nuclear de estas características, el eufemismo de  un Almacén Temporal Centralizado de residuos nucleares de alta actividad.

Está claro que si a alguien, o a un Ayuntamiento (Ascó, Yebra o Villar de Cañas), se le pide un almacén temporal para dejar unas varillas del uranio que se usa como combustible en las centrales nucleares, no piensa que esa temporalidad se extienda más allá de una generación (aproximadamente treinta años), pues en ese caso estaríamos hipotecando la vida y el futuro de nuestros pueblos. Más bien se piensa que será un almacenamiento durante algún tiempo, más o menos fugaz, pero desde luego no eterno.

Sin embargo, leo que en las varillas del combustible gastado de los reactores se encuentran sustancias como el plutonio 239 (con una vida media de 24.400 años), el neptuno 237 (con una vida media de nada menos que 2 .130.000 años), y el plutonio 240 (con una vida media de unos pocos 6.600 años).

Esta claro que así no se vende un cementerio a perpetuidad, como la condena que se quiere imponer en el código penal. Es mejor utilizar, el eufemismo de la temporalidad. Claro, que a lo mejor me equivoco y realmente piensan en un periodo temporal; es decir, hasta que puedan llevárselo o dejárselo en depósito a alguno de estos países sometidos y sin gobierno, tipo Haiti o Guinea, o en terrenos como Guantánamo, que lo mismo sirve para un roto que para un descosido.

En España, Enresa, la Empresa Nacional de Residuos Radiactivos que gestiona los residuos nucleares, parece que paga un canon de alquiler a Francia, de unos 40.000 euros diarios, con el fin de que se haga cargo del almacenamiento (no se si temporal), de estos residuos, porque las piscinas especiales subterráneas que hay en las propias centrales nucleares se encuentran básicamente saturadas. Y claro, aquí también vale el eufemismo, esta vez en forma de dádivas económicas y de empleo para quien se haga cargo del muerto radiactivo.

Y con estas mimbres, cómo es posible que todavía haya quien piense en aumentar nuestro parque nuclear, o que diga que hay que abrir un debate que termine por convencer a los no convencidos eufemísticamente de que es la propuesta energética del futuro (claro que descontando el futuro). No sería mejor ir cerrando las nueve centrales, que bastante caras nos han salido y nos siguen saliendo, porque esto desde luego no lo pagan las empresas eléctricas propietarias de las centrales; y dejar el desecho generado en el ciclo nuclear, la basura atómica, en el mismo lugar que la ha generado.

A la postre no sabemos todavía cuánto tiempo seguirán siendo las centrales, promotoras de contaminación radioactiva. Lo que sí sabemos es que Chernóbil y kilómetros a la redonda, son temporalmente inhabitables, más o menos, por los siglos de los siglos.

IDENTIDAD CIVICA, RACISMO Y DISCURSO ELECTORAL

Este artículo se publicó en Rioja2.com el veinte de enero de 2010. Entonces aparecieron dos ayuntamientos reclamando no empadronar a inmigrantes irregulares. Eso era un aperitivo por que sus verdaderas aspiraciones estaban próximas a las del Ku-Kus-Klan

No me considero parte de un colectivo que practica el buenismo. Soy más bien un malo con conciencia ciudadana o con identidad cívica, aunque el término puede que sea contradictorio. Por que los malos son siempre los cobardes y criminales con poder para someter a los ciudadanos, a los que consideran débiles piezas de un entramado socioeconómico que hay que disciplinar.

El caso es que no soy practicante del buenismo como me definen algunos amontillados y agrestes amigos, simplemente señalo con convicción que la discriminación y el racismo son hijos del miedo y la ignorancia. Miedo al otro, al diferente, al extranjero; e ignorancia y alienación por una representación de la inmigración plagada de estereotipos negativos, paternalistas y discriminatorios.

Se aduce que la identidad catalana, riojana, española o europea, se ha construido desde un pasado mítico que conjuga la democracia, el cristianismo, el mercado y el respeto a los derechos humanos; mientras que los otros, a los que se describe como enemigos de la democracia (terroristas), moros o judíos (principalmente musulmanes), pobres y practicantes de toda clase de infamias como poligamia, ablación, lapidaciones, etc., disponen de una identidad desconocida y por ello temida. Desde una perspectiva sociocultural, la identidad del otro se presenta como la un enemigo económico, político, social y cultural al que batir.

Es de este modo como el racismo cumple la función de categorizar, colocar y discriminar a ciertos grupos religiosos, étnicos o sociales; construyendo al mismo tiempo, un discurso que justifica, sostiene y legitima ciertas prácticas orientadas a segregarlos y excluirlos. A lo largo de la historia, los movimientos migratorios y las minorías étnicas han sido siempre objeto de estereotipos criminales, así como fuente de problemas de higiene, salud, contagio y contaminación cultural.

La propuesta de vergonzantes gobiernos municipales de no empadronar a los inmigrantes “sin visado” y clandestinizar a los inmigrantes irregulares, puede tener cierto éxito electoral en un contexto de crisis económica; pero aumentará de inmediato la pobreza de los inmigrantes y su exclusión del espacio público. Al impedir el empadronamiento, no sólo se impide el acceso a los bienes y servicios públicos que los ciudadanos disponemos para el consumo de todos aquellos que los necesiten, sino que también se dinamita el puente que permite, que los que se encuentran en situación irregular, puedan acceder a la legalidad mediante el arraigo social o la regularización colectiva.

Uno de los discursos que mas daño esta haciendo a los inmigrantes, perjudicando su integración social y su relación armoniosa con la sociedad de acogida española, es el discurso de que los inmigrantes están sobreprotegidos y hacen un uso masivo e intensivo de los servicios públicos (son los que se quedan con las viviendas protegidas; como tienen muy mala salud colapsan centros y hospitales, y como además tienen muchos niños están ocupando las aulas de nuestros hijos).

Es un discurso que provoca peligrosamente el desarrollo del prejuicio xenófobo que acaba convirtiéndose en pura gasolina que utilizan en sus incendios los grupos racistas, pero que a efectos electorales vuelca el malestar de los ciudadanos pusilánimes, no contra los políticos como sucede actualmente, sino contra los débiles y oprimidos, contra los extranjeros e inmigrantes excluidos.

Ya  decía al principio que no pertenezco al colectivo que destaca por su buenismo, por que creo en el hombre, es cierto, pero no creo en la clase política. Como señalaba Mark Twain: “No conozco ningún grupo que sea criminal por naturaleza, con la posible excepción de la clase política”.

HACER POLITICA EN AUSENCIA DE POLITICOS

Este artículo se publicó en Rioja2.com el catorce de enero de 2010. Comento los resultados de encuesta que perfilan a los profesionales de la política como uno de los principales problemas de los españoles.

La clase política preocupada y ocupada por intereses electorales, ajenos como están de las demandas y necesidades ciudadanas, embarcados en la bronca y mediatizados por la política clientelar, ignoran la vida ciudadana si no se ven forzados a reconocerla por la huella mediática que les refleja algo de lo que sucede más allá de los despachos. Así lo indican los dos últimos barómetros (diciembre y noviembre) elaborados por el CIS, donde la clase política y los partidos políticos aparecen como el tercer principal problema de los españoles, por detrás del paro y la economía y por delante, nada menos, que del terrorismo, la inmigración, la educación o la vivienda.

Cuando la clase política y los partidos políticos viven ajenos a la ciudadanía esta no sólo muestra su desafecto hacia ellos, sino que aumenta el número de ciudadanos que hacen la política a su alcance; es decir, una política de proximidad, una política bajo, con, de, desde, hacia, hasta, para, por, según, sobre, tras la cosa pública. La ciudadanía comprometida con la sociedad no ha dejado de hacer política nunca, y a ella se van sumando cada vez más grupos, asociaciones, organizaciones y movimientos ciudadanos de toda índole, participando en la vida ciudadana de modo reivindicativo y transformador.

Los grupos de edad más jóvenes, mientras las encuestas ofrecen un panorama desolador hacia la participación en la contienda entre partidos políticos a través de su participación en las citas electorales (pasan de votar), la realidad nos los muestra como uno de los grupos ciudadanos más activos en la transformación y el cambio social. Desde la reivindicación de otro mundo es posible, hasta sus acciones a favor de la educación pública, el laicismo y el respeto hacia los demás; promoviendo relaciones de igualdad entre los sexos, integrando a los excluidos y a los sin papeles en su actividad, luchando contra la especulación inmobiliaria mediante la ocupación; promoviendo la autogestión y la participación y favoreciendo la democracia participativa, han demostrado ampliamente que no son ajenos a la actividad política.

Otros grupos de edad, invisibilizados a causa de políticas asistencialistas de corte electoral; es decir, los mayores de cincuenta y cinco años, también son ciudadanos comprometidos con la conservación y la sostenibilidad de una sociedad justa y solidaria y para ello se inscriben en asociaciones, organizaciones y movimientos sociales de corte solidario en apoyo de los más débiles, los enfermos o los excluidos, entregando buena parte de su tiempo ocioso a estas labores. Sin su concurso, sin su actividad productiva y no remunerada, nuestras ciudades dispondrían de auténticos vertederos humanos. Y sin su concurso tampoco sería posible el sostenimiento del Estado del Bienestar, en un momento en que se insiste tanto en que las míseras pensiones son insostenibles en un sistema de capitalismo avanzado. Ellos (principalmente las mujeres) más que ningún otro grupo colaboran en el sistema de servicios sociales cuando el Estado no llega a cubrir la demanda básica.

Y qué ocurre en el huerto riojano, pues más de lo mismo; es decir, prácticamente nadie cree que los representantes públicos sean muy honestos con la ciudadanía y sólo uno de cada cuatro, un  24%, los considera bastante honestos. Por el contrario, la gran mayoría de los riojanos (70,8%) califica a los dirigentes políticos de poco o nada honestos según los datos del último barómetro de opinión elaborado por la consultora Riocenter. La última muestra de desafecto político hacia los ciudadanos ha sido la bronca organizada por los kikos neocatecumenales y las cucas camorras en torno a un calendario municipal. Como no disponen de cultura política, ni saben desarrollar una actividad política con el apoyo y la participación ciudadana, deciden aprovechar el turbio manejo de los medios afines (no haré publicidad de Intereconomía, COPE o Vocento), para enturbiar aún más su paso o paseillo por la política.

Es inevitable, no se les puede pedir coraje a quienes odian la convivencia democrática.

SEXO Y EDAD

Este artículo se publicó en Rioja2.com el siete de enero de 2010. Trato de desmitificar el tabú del sexo entre los viejos.

En un libro sobre envejecimiento (Giró, 2005), Victoria Hernando, una amiga psicóloga, decía que debíamos perder el miedo a considerar la sexualidad como sólo un aspecto más. Hablar de sexualidad adaptada a la edad no causa traumas, a lo sumo, incomprensión; hablar de sexualidad no redunda en una degradación … moral, más bien relaja y flexibiliza planteamientos; hablar de sexualidad no incita a la práctica sexual, redunda en prácticas sexuales más seguras, deseadas y responsables.  Por esto, será bueno que consigamos que el placer, el afecto, las relaciones coitales, las relaciones no coitales, la genitalidad, la no genitalidad, la comunicación en suma, dependa de la voluntad de las personas. Aprendamos que la satisfacción sexual general no tiene hilo directo con el número de coitos, no está sujeta a reglas de edad, no es directamente proporcional al género o a la orientación del deseo. De esta forma, quizá generaciones venideras puedan asumir las ventajas y desventajas (características al fin y al cabo) de pertenecer a un grupo de edad o a un género de forma natural como hacemos en otros aspectos de la vida, sin que el peso de estereotipos sociales negativos nublen el acceso a nuevas y enriquecedoras experiencias relacionales.

Todo esto me ha venido a la memoria cuando he leído que la actriz galesa Catherine Zeta-Jones consideraba que tener un marido maduro como el suyo, el también actor Michael Douglas, veinticinco años mayor que ella, no tiene mas que ventajas. Reconocía que “los jóvenes son más abiertos, alegres y apetitosos. Pero también son más egoístas y egocéntricos. Por eso nunca tuvieron una oportunidad conmigo”. Hay que ver cómo las gasta la mujer del Zorro Banderas.