MENSAJES Y BULOS

Desde la escuela infantil, desde los primeros años en familia, se dota a los niños de la experiencia del lenguaje al descubrirles las palabras y su significado y, sobre todo, cuando construimos mensajes expresivos que van dando sentido a su existencia.
El lenguaje delimita lo que es importante, y de manera invisible también lo que no lo es, lo que debe ser entendido y lo que no. Por eso es tanto o más sustantivo atender a lo que no se dice como a lo que se dice. El contenido está también en la forma.
Ya adultos, la adquisición de cultura y el desarrollo de un pensamiento crítico nos permite formar un juicio propio y fundamentado sin necesidad de aceptar todo pasivamente, lo cual es esencial para la vida personal y profesional.
Así pues, considerando que todos hemos desarrollado mediante la comprensión profunda de la lectura cierto pensamiento crítico, podemos analizar y evaluar la información objetivamente, así como tomar decisiones, resolviendo problemas de forma creativa y evitando ser manipulados.
Ya sabemos que el bulo es la fabricación deliberada de información falsa o engañosa, diseñada para parecer verdadera con el fin de manipular, generar clics o influir en la opinión pública. Se origina aprovechando momentos de crisis, inseguridad o alta demanda de información, siendo propagada rápidamente a través de bots y redes sociales.
Los mensajes son construcciones sociales, y en tanto que construcción social exponen cómo se define el problema, cómo han acontecido unos sucesos determinados, quién debe ser señalado como responsable de los mismos y por qué, estando orientados hacia unos intereses concretos que responden a la puesta en circulación de un determinado punto de vista, que a su vez remite al mantenimiento de unas determinadas relaciones sociales de poder, dominación y explotación.
También, quien construye el discurso, mensaje o noticia, puede escoger interesadamente unas fuentes concretas dejando de lado otras con el objetivo de dar cuenta de una determinada visión de cómo han acontecido los sucesos, logrando el engaño o la manipulación.
Por todo ello, en un universo de imágenes de un minuto y tuits de 280 caracteres, es fundamental armarnos de un pensamiento crítico a través de la cultura.

DESARRAIGO MIGRANTE

Hace pocos días la comunidad senegalesa en España celebraba la victoria de Senegal ante Marruecos en la Copa de África. Una celebración marcada por la diáspora y la identidad, principalmente en las provincias de Barcelona, Madrid, Almería y Girona, donde esta comunidad, básicamente masculina (aproximadamente el 75-80%), está vinculada a sectores como la agricultura, la construcción y el comercio ambulante. Las mujeres senegalesas, aunque son minoría, han experimentado un crecimiento constante en la última década, gracias a los procesos de reagrupación familiar y a una creciente migración femenina autónoma.

No sólo en la comunidad senegalesa, sino también en cualquier otra comunidad migrante, cuando un miembro de una familia emigra, además del costo económico se asumen los costos afectivos, tales como la separación de los cónyuges, el impacto emocional de los hijos que permanecen en el lugar de origen, o de los padres que viven la etapa de la vejez sin la presencia de sus descendientes. Y si bien se siguen manteniendo lazos permanentes con los familiares en el país de origen, aliviando parcialmente el desarraigo de la separación, gracias al desarrollo tecnológico de las comunicaciones y el apoyo de las redes, lo cierto es que las relaciones afectivas se resienten y se viven momentos de crisis, tanto para el miembro de la pareja que se va, como para el que permanece.

Para el hombre que se va, la familia no puede brindarle al emigrante el apoyo psicológico y afectivo que requiere, lo que lo induce a cierta inestabilidad. Y para las mujeres que se quedan, más allá de la soledad tras la separación y del sentimiento de nostalgia que pueden sentir por la separación, se les une en muchos casos el sentimiento ambivalente de sentirse “liberadas” al empezar a gestionar ellas solas el presupuesto familiar –con las remesas que reciben– y a gozar de niveles de autonomía en la organización de su tiempo, inimaginables en el seno de la familia nuclear convencional, en la que la carga de trabajo reproductivo es mayor. De este modo, y para estas mujeres, la salida del cónyuge puede suponer alcanzar cotas de mayor autonomía y afirmación de sus derechos, al asumir la función de gestora de la economía familiar gracias a las remesas.

¡QUE VIENE EL LOBO ¡

Estoy convencido que muchos de ustedes han leído o les han narrado aquella fábula tradicional, cuyo origen puede remontase hasta Esopo, y que nos habla de lo que aconteció a un pastorcito aburrido, que para divertirse gritaba: ¡Que viene el lobo, que viene el lobo¡, y a cuyos gritos sus vecinos acudían con palos y armas para defender el rebaño, descubriendo que todo era mentira y que habían sido engañados por el pastorcito. Y así sucesivamente en distintas ocasiones, hasta que un día, el lobo apareció de verdad y, a pesar de que el pastorcito gritó con todas sus fuerzas, nadie acudió en su ayuda porque creyeron que mentía otra vez. El desenlace fue que el lobo mató a todas las ovejas.

En política, el grito de que viene el lobo es el uso sistemático del miedo como herramienta de poder. Y miedo es lo que nos trasladan, día si y día también, todo tipo de medios, partidos y organizaciones que sostienen el sistema, exagerando las amenazas y normalizando el riesgo de vivir en comunidad. Al instrumentalizar el miedo frente a los otros, persiguen la adhesión de los ciudadanos o su apoyo militante y, en definitiva, su conformidad con una vida insegura y versátil, más propia de un equilibrista social.

Y si bien respondemos inicialmente a esos miedos (guerra y genocidio, aranceles y subida de precios, crisis climática, sanitaria, independentismo, migraciones, etc.), adaptándonos en la medida de nuestras posibilidades para hacerles frente, lo cierto es que, pasado un tiempo, que pueden ser años, y observando que el mundo no se acaba si no que tan sólo se transforma, surge el cansancio, el escepticismo y la apatía, hasta el punto de que una parte de la sociedad se radicaliza y otra se desmoviliza. Unos desean la muerte social del adversario y otros esperan impasibles el desenlace.

Y entonces, cuando el miedo se convierte en el único o en el principal argumento del pastor (el sistema), que miente y sólo busca reírse de nosotros, sucede la paradoja, y es que el lobo llega de verdad y nadie acude a ayudar, porque la sociedad está anestesiada, indiferente y cansada, de modo que el lobo devora nuestra economía, salud, derechos y bienestar con total impunidad.

LA NATALIDAD

Por primera vez en España, la esperanza de vida al nacer supera los 84 años. Este gran éxito vital que nos sitúa entre los principales países con longevidad elevada, junto a Japón, Corea o Suiza, se ve empañado por la agorera previsión de un país sin relevo generacional, dado que la natalidad sigue en un camino descendente.

Y aquí está la paradoja, pues un aumento de la esperanza de vida y, por tanto, descenso de la mortalidad, ha traído aparejado el descenso de la natalidad, del número de nacimientos, los cuales son cada vez más dilatados en el tiempo vital de las familias o de las mujeres. Y es que no hay un control de natalidad tan eficaz como el aumento de la educación y el trabajo de las mujeres fuera del ámbito doméstico, a los que se puede sumar la situación de precariedad económica y el periodo de edad fértil, cuestiones que han llevado a las mujeres a retrasar el nacimiento del primer hijo a una edad media superior a los 32 años, llegando este año al 10% las que tuvieron su primer hijo por encima de los 40 años.

En un momento dado, hubo quienes pensaron que la baja natalidad de las españolas podría ser compensada por la alta fertilidad de las mujeres extranjeras. De hecho, es cierto que la presencia de mujeres extranjeras ha contribuido de forma notable a los nacimientos en España. La tasa de natalidad, es decir, el número de nacimientos por cada 1.000 mujeres es el doble entre las extranjeras que entre las españolas (5,61 frente a 12,04). En 2024, representaron uno de cada cuatro nacimientos y, si consideramos a las madres nacidas fuera de España, la proporción es de uno por cada tres nacimientos.

Su nivel de fecundidad (1,27 hijos por mujer) es muy superior al de las madres españolas (1,07 hijos por mujer en edad fértil); sin embargo, ambas madres siguen colaborando en la baja natalidad española y al descenso demográfico estructural, pues los patrones reproductivos de las mujeres migrantes tienden a ser muy parecidos, y con el tiempo se van asimilando a los de la población autóctona del país que los recibe.

CONSTRUYENDO  ADOLESCENTES

En su afán de ser aceptados, integrados y queridos, los adolescentes hacen de la apariencia el leitmotiv en la organización de sus relaciones sociales. Se identifican e identifican a los suyos, o a los otros, a través de los mensajes implícitos en la forma de vestir, hablar, en sus gustos musicales y en la ocupación del tiempo libre; en definitiva, en la forma de presentarse ante sí mismos y ante los demás.

Y a esta preocupación por la apariencia y la imagen dedican mucho tiempo y esfuerzo, pues de la misma se puede desprender la seguridad suficiente para enfrentarse al mundo de un modo individualizado e independiente, pese a que el aprendizaje de cómo se ven a sí mismos y cómo creen que son vistos por los demás está orientado por las modas. Los adolescentes toman la información necesaria sobre el ser y el deber ser, del conjunto de estilos y modas que, a modo de oferta plural y diversa, los adultos exhiben en campañas promocionales de objetos y mercancías. De este modo, el mercado y sus medios publicitarios son el epicentro de las imágenes y representaciones entre las que los adolescentes deben elegir para organizar el entramado de su personalidad.

El adolescente tiene necesidad de encontrase perteneciendo a distintos grupos de pares, desde el grupo de amigos del Instituto, del barrio, de las vacaciones, de cualquier deporte, los amigos que se dejaron atrás, etc., pues en el proceso de socialización, necesitan abrirse a otros adolescentes, los cuáles también se afirman sobre ciertas señas de identidad, ciertas formas de adscripción al grupo, cierta cultura. Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden al consumo de determinadas marcas, estilos de música, programas de televisión, redes sociales, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con los distintos grupos, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas. Una uniformidad que les une, como en la forma de salir, en el consumo, en las aficiones, etc. Esto que puede parecer trivial y, en algunos casos un comportamiento exagerado, cumple una función primordial: crear los límites y separar los grupos de adolescentes de los grupos de adultos, en definitiva, del mundo impositivo y normativo de los adultos.

NEGOCIO ECOEMBES

Estos días hemos visto en el Espolón y en el Ayuntamiento un enorme cajón amarillo indicando el tipo de envases que deben retirarse en el contenedor amarillo. Es una campaña publicitaria del monopolio Ecoembes, que se encarga de gestionar la recogida, separación y reciclaje de envases domésticos (plásticos, latas, briks, papel y cartón). En la producción de los envases reciclables nos cobra un dinero, igual que cobra de las empresas con la venta de materiales reciclados (por cada envase según peso y material). Además, también reciben subvenciones públicas. De este modo, a pesar de ser sus empresas responsables de la fabricación, distribución o envasado de productos, siempre consiguen ingresos; es decir, un negocio completo por lo comido y lo servido. Una auténtica economía circular.

El monopolio Ecoembes está constituida en un 60% por empresas envasadoras (Danone, Nestlé, Pepsico, Bimbo, Campofrío, Cerveceros, Henkel, Pescanova, etc, entre otras) y en un 40%  por supermercados y grandes distribuidores (Alcampo, Mercvadona, Lidl, El Corte Inglés, Dia, etc., entre otras).

Según Ecoembes, en 2024, sólo el 76,3% de los envases domésticos que sus empresas pusieron en el mercado fueron reciclados; es decir casi una cuarta parte forman parte del paisaje de basura del campo y las ciudades porque no ha sido debidamente recogido. Por su parte, el Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITECO), señala que sólo el 41,3% de las botellas de plástico de bebida puestas en el mercado son recogidas para el reciclaje; es decir más de la mitad de todas las botellas producidas acaban arruinando el medio ambiente.

Ya en noviembre de 2024 el Ministerio señalaba lo siguiente: se deberá implantar, en todo el territorio nacional y en el plazo de dos años, un sistema de depósito, devolución y retorno (SDDR), como los que se observan en casi toda Europa y que consiguen niveles de reciclaje por encima del 90%, totalmente verificadas estas cifras, toda vez que el retorno del valor del envase cobrado en su adquisición es para el comprador y no para Ecoembes, de ahí su oposición a este sistema.

Para la implantación de estos sistemas, además de las botellas de plástico, se podrán incluir otros envases y residuos de envases, de forma que se garantice la viabilidad técnica, ambiental y económica, que esperemos se desarrolle a lo largo de 2026.

MOVILIDAD INSOSTENIBLE

Una mujer se quejaba de un grupo de mujeres que se habían parado para hablar en la calle y le molestaban en su tránsito. Me recordaba a la Ley de Orden Público de la dictadura franquista, cuando la policía daba la orden de “circulen” para evitar la reunión o concentración de tres o más personas. Y es que la calle para esta mujer, así como para la administración municipal, se ha convertido en un territorio que atravesar, por el que circular sin parar, todo lo más, en algún escaparate o en la terraza del café más cercano.

Quienes hemos conocido la ciudad de Logroño como un lugar estancial, donde las calles era el espacio de juego de los pequeños y de relación entre los vecinos y donde los vehículos más usuales eran los de transporte de mercancías, no podemos aceptar que nos dejen espacios mínimos llamados calles, donde nos arraciman y aprietan, sin poder detenernos y hablar, o sentarnos en un banco siempre que haya alguno dispuesto, o a la sombra de un árbol siempre que no lo hayan talado y hormigonado el alcorque. Sabemos que la administración municipal obtine réditos económicos del espacio público, bien por su venta mediante su privatización o bien a través del alquiler, pero debería entender que los espacios públicos tienen dimensiones, no sólo económicas, sino sociales, culturales y políticas, de contacto entre la gente, de relación e identificación, de organización y de actividad.

Es totalmente irracional que Logroño disponga de más de 92.000 vehículos para circular, cuando el número de hogares no supera las 78.000 familias, algunas de las cuales disponen de varios vehículos que exigen y demandan más espacio público por donde circular y aparcar, reduciendo a su mínima expresión el espacio estancial que es, o debería ser, de dominio público y sociabilidad y en el que confluyeran identidades diversas animadas por un uso social colectivo y democrático, y no básicamente privativo.

Así pues, a los gestores de la administración municipal, les digo que no se puede diseñar el espacio público tan sólo en beneficio de intereses privados, sean estos aparcamientos en superficie, o terrazas que jibarizan las aceras. El uso y gestión de lo público no debe hacerse sin la participación de los ciudadanos, sin su concurso, sin la integración de cuantos grupos y colectivos convergen y se relacionan en esos espacios. Logroño no se merece la actual movilidad insostenible.

EL GÉNERO Y LA ESPERANZA DE VIDA

Que las mujeres son más longevas que los hombres es un fenómeno relativamente moderno, pues a principios del siglo XX no existían estas diferencias. Por entonces, la reducción de la mortalidad infantil fue decisiva para ampliar la esperanza de vida, pues las ganancias se libraron a edades tempranas y no como en la actualidad que se libran a edades avanzadas.

Todo parece indicar que los principales factores en la mejora en la esperanza de vida de las mujeres durante el siglo XX, aparte de las tendencias que afectan también a los hombres (nutrición y salubridad), pudieran atribuirse al descenso de la fecundidad, las mejoras en la atención al parto y la dedicación de las mujeres a tareas reproductivas.

Pero más allá del hecho de haber disminuido la mortalidad entre los españoles, se encuentra el debate sobre género y esperanza de vida proveniente de la distinción entre cantidad y calidad de vida, de manera que la diferencia de género en años por vivir no derivaría en ninguna ventaja para las mujeres si se tradujera en años vividos con enfermedad o discapacidad, o con impedimentos para desenvolverse de forma autónoma. Así lo muestran dos indicadores útiles, no para medir cuánto se vive, sino cómo se vive. Son indicadores sobre la esperanza de vida libre de enfermedad crónica y la esperanza de vida en buena salud, y ambas ofrecen resultados más favorables a los hombres.

Si esto es cierto, la diferencia en la autonomía de hombres y mujeres no sería real, sino completamente artificial o construida socialmente, en referencia a las expectativas sociales que pesan sobre uno y otro género, puesto que, si hay enfermedades sociales que se imponen como causas fundamentales de mortalidad, también habría dependencias sociales construidas en función del género.

El planteamiento objetivo sería conocer si estas variaciones entre las expectativas de vida de hombres y mujeres son diferencias, es decir, si se deben a su mera condición biológica de ser hombres y mujeres; o si por el contrario son desigualdades, es decir, si es una cuestión de género acerca de cómo se ha organizado históricamente el trabajo reproductivo.

¿Cómo explicar que ahora las mujeres sean más resistentes que en 1900? La respuesta es que la razón de que la esperanza de vida varíe entre los sexos con el tiempo, se encuentra en los procesos de construcción histórica.

Hasta la primera mitad del siglo XX se atribuyeron las diferencias a que los hombres trabajaban duro y en condiciones penosas; e incluso se creyó que la incorporación de la mujer a la vida laboral acortaría distancias, pues al abandonar la seguridad del ámbito de lo doméstico participaría de los riesgos y peligros propios del ámbito de lo público, reservado hasta entonces a los hombres. Se postulaba que las mujeres, al participar en el trabajo productivo, de alguna manera se masculinizaban adquiriendo hábitos y conductas masculinas, fumando, bebiendo, conduciendo automóviles, sometiéndose a la doble jornada en el trabajo, etc.

Estos argumentos se basan en la pretendida existencia de un efecto protector de la reclusión doméstica de las mujeres (las reinas del hogar); y la asunción de postulados androcéntricos, ya que plantea dos justicias distributivas diferentes, una para el trabajo productivo y otra para el reproductivo. Tratar de explicar la eventual pérdida de la salud de las mujeres por su participación en el sistema productivo, es como intentar argumentar que la culpa es de la víctima por abandonar las tareas reproductivas que socialmente se le habían reservado. Una explicación más justa, consistiría en preguntarnos por la responsabilidad de los varones en la reproducción, lo que podríamos llamar el síndrome de inhibición doméstica de los varones.

La pretendida masculinización de las mujeres, su acceso a la producción está matizada precisamente por el mantenimiento de su vinculación al ámbito doméstico. La doble jornada o jornada interminable, sería el factor más certero en la profundización sobre las desigualdades en las expectativas de vida.

Así pues, si añadimos un poco más de justicia a nuestras sociedades y a nuestras casas, consiguiendo no sólo democracia en lo político sino democracia en lo doméstico, se podría lograr una mejoría sensible en las expectativas de vida. La ganancia en términos de salud y esperanza de vida para ambos géneros sería enorme.

PRECARIEDAD Y MONOPARENTALIDAD

La precariedad se ha incorporado en el lenguaje para definir, principalmente, aquello que tiene poca estabilidad, duración, que es inseguro, llegando en la actualidad a caracterizar muchos aspectos relativos a la vida cotidiana, como al hablar de un determinado tipo de coyuntura, situación o estado de cosas; de la estructura u organización; de los medios y recursos disponibles, así como de la infraestructura o equipamiento; de la ocupación o puesto de trabajo; del espacio, hábitat o lugar para vivir; de la estabilidad y otros estados análogos; de la existencia humana y, en definitiva, de los derechos o necesidades que se consideran básicos para la supervivencia o el desarrollo (salud, economía, nutrición, atención, asistencia, libertad, formación, educación, democracia, protección).

Lo precario se puede interpretar al menos en tres dimensiones: como condición (ser), como situación (estar, vivir, experimentar procesos de precarización), y como medio o recurso (actuar dentro de ámbitos de precarización). Y es en la monoparentalidad donde se dan las condiciones, situaciones y medios propios de la precariedad. Sabemos que las mujeres encabezan el 80% de las familias monoparentales y que estas duplican el riesgo de pobreza severa respecto a las que tienen dos progenitores.

Si la justicia social hace referencia a la necesidad de lograr un reparto equitativo de los bienes sociales, asegurando así la dignidad de todas las personas y la cohesión social, nos encontramos que son muchas, muchísimas las madres que en la actualidad están criando sin políticas mínimas y sin un marco de protección, negando esos derechos no sólo a los progenitores, si no de rebote a las niñas, niños y adolescentes que forman esas familias.

En La Rioja, la Ley de marzo de 2023, ya reconoce que “las familias monoparentales conllevan un importante factor de vulnerabilidad, superior al resto de estructuras familiares, ya que este tipo de familia está expuesta a un mayor riesgo de pobreza, a dificultades para conciliar la vida familiar y laboral y a situaciones de exclusión social”. Sin embargo, el reconocimiento no ha conllevado el desarrollo de las medidas de apoyo necesarias y publicitadas en dicha ley, para superar la precariedad de las trece mil familias riojanas constituidas por un solo progenitor.

Y siguen. Y nos siguen vendiendo humo electoral hsta la próxima legislatura.