LA COEDUCACIÓN

Este artículo se publicó en Rioja2.com el veintiséis de noviembre de 2009. Recuerdo que entonces estaba hablando con mis alumnos jóvenes y adultos sobre las relaciones de género y que pocos sabían nada acerca de la coeducación, lo cual me animó a establecer las bases de un debate con este texto.

Un juez de la Audiencia de Cantabria absolvió la pasada semana a un joven de catorce de años de un delito de violencia de género hacia su novia al considerar que era un enamoramiento propio de adolescentes, sin proyecto de futuro, y que por tanto no era equiparable a la relación de pareja que exige el Código Penal. Por su parte, la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, señalaba esta semana que la violencia de género no es una cuestión de edad, corroborándolo a través de datos como el hecho de que sean más del 32% las órdenes de protección que provienen de mujeres menores de treinta años, en casos de violencia de género, o que el 17,7% de los hombres menores de esa edad piensa que ser agresivo les hace más atractivos, una opinión compartida también por un 4% de las mujeres.

Si todos estos jóvenes han nacido en democracia y se han beneficiado de las conquistas sociales de sus padres en materia de igualdad, qué ocurre o qué ha ocurrido para que persistan las actitudes y comportamientos propios del más rancio machismo de los tiempos de la dictadura. A mi modo de ver falta formación, socialización en los valores propios de la coeducación.

Pero para que el modelo educativo igualitario, para que la coeducación tenga impronta entre los jóvenes, no es suficiente que alguien se encargue de impartir clases de igualdad, ni tampoco que se implante una asignatura sobre igualdad en un curso concreto, sino que es necesario que los valores de la igualdad impregnen los programas educativos de cada centro durante toda la vida escolar, de modo que la formación del alumnado tenga siempre un horizonte igualitario. Y también es necesario que en el seno de los hogares se negocie la participación corresponsable en todas las actividades desarrolladas en su interior sin distinción de sexo o edad, pues es en el interior de los hogares donde mejor se puede llevar a cabo esta formación, esta socialización en la igualdad.

Recientemente se preguntó a más de doscientos jóvenes universitarios de entre 18 y 29 años por su participación en las tareas domésticas, y especialmente en la limpieza de los cuartos de aseo y baño, y más de la mitad (hombres y mujeres) no habían llegado a ningún acuerdo de corresponsabilización en dichas tareas, principalmente entre los más jóvenes. Tan sólo entre aquellos que habían iniciado una relación de pareja habían negociado su participación en el desarrollo de estas tareas, sin adscribirlas a un determinado sexo, como sí ocurría entre los más jóvenes, que declaraban no haber realizado otras que las asumidas por mandato. Pero aún hay más, cuando se les inquiere por su educación sentimental y afectivo sexual, pocos, muy pocos la han recibido en sus hogares y ninguno en el sistema educativo, si obviamos las charlas de una hora o los folletos que se dieron en algunos centros.

Hay un gran desconocimiento del valor de la coeducación y sobre todo no hay una praxis de la misma, dejando todo, como la economía, al socaire del mercado que sigue promoviendo el sexismo para la venta de sus productos. Y al socaire de los fundamentalistas de aquellas organizaciones religiosas contrarias a la igualdad, que imparten doctrina, no desde los púlpitos, sino desde los estrados de las escuelas, imponiendo un modelo que hunde sus raíces en la discriminación en función del sexo. Por todo ello es bueno que haya materias cívicas, de moral y ética cívica, como cuando se desarrolle y extienda por todo el curriculum escolar la “Educación para la ciudadanía”, pero también que los principios y los valores de la coeducación impregnen todo el sistema educativo, extendiéndose finalmente a los hogares y las familias.

En cierta ocasión (Giró, 2005) señalaba que la coeducación acepta la diferencia de hombres y mujeres y parte de ellas, pero no las jerarquiza. Integra los aspectos valiosos de ambos géneros y fomenta el desarrollo de todas las personas. En este sentido, la coeducación se fundamenta en el desarrollo de las habilidades para la vida tanto en las chicas como en los chicos, de forma que se puedan compartir corresponsablemente los espacios públicos y privados. Que las chicas asuman los conocimientos que precisan para desenvolverse con éxito en la vida pública, como que los chicos adquieran aquellas habilidades que son imprescindibles para actuar de manera autónoma y solidaria en las distintas esferas de la vida privada. Porque la coeducación es educar a los chicos y chicas de modo que puedan establecer en su momento unas relaciones sin que se genere dependencia de ningún tipo, ni de cuidado personal, ni emocional, y promoviendo que desde la autonomía personal se pueda vivir una interdependencia sana y adulta.

DE LA MUERTE Y TODOS LOS MUERTOS

El 30 de octubre de 2009 se publicó este artículo en Rioja2.com

Estamos a las puertas del día de los muertos. Del día que celebramos a todos los muertos. Ya han comenzado las campañas de venta y adquisición de flores. A los niños y adolescentes, para su formación, se les recuerda que el próximo uno de noviembre se girará visita al cementerio donde se encuentran aquellos parientes fallecidos y que apenas conocieron, pero que es necesario recordar para mantenerlos vivos, al menos en la memoria. Nuestra intención es familiarizarlos con la existencia de la muerte (ellos que disfrutan de tanta vida), pero también familiarizarnos nosotros mismos con el destino, un destino que no nombramos pero cuyo encuentro no podemos soslayar. Y es que hablar de la muerte exige hoy día vencer muchísimas resistencias, pues salvo para góticos y otras tribus reconocidas por los halloween anglosajones, la muerte es un tabú, como lo fue el sexo para las generaciones sometidas a la dictadura y el catolicismo ultramontano.

Tampoco el consumo se ve estimulado a tratar la muerte si entendemos de la fugacidad del tiempo y la vida. Los intereses comerciales promueven la imagen de la eterna juventud y rechazan el proceso de la vida natural, con su inevitable decrepitud, deterioro y desaparición. El único cadáver aceptable es el “exquisito”, protagonizado por aquellas estrellas suicidas de drogas o coches estrellados, que les permite alimentar el mito en forma de iconos de toda especie, que se prodigarán desde los almacenes al por mayor hasta las grandes superficies o las tiendas exclusivas.

Sin embargo, la muerte no es un acto instantáneo y voluntario como el que puedan representar estos cadáveres exquisitos, sino un largo proceso. Un proceso que se inicia desde el mismo momento de nuestra gestación y que nos llevará a un estado diferente de ser, como en una transición. Van Gennep consideraba la muerte como un “rite de passage”, y es que efectivamente, la muerte física marca el comienzo de un nuevo proceso que continúa después, a posteriori. Porque a priori, la muerte está en la propia vida, y el proceso de morir en la determinación de la enfermedad.

Hoy día parece que podemos elegirlo todo, menos la forma y el momento de morir (salvo entre los suicidas). Por medio se encuentran los familiares y los profesionales de la medicina que se inmiscuyen en el proceso de morir de las personas. La muerte no sólo implica al que se va sino también a los que se quedan. Y los que se quedan tratan de burlar a la parca, como si esta tuviera algún sentido en sus decisiones, o como si quien se va a morir no fuera capaz de tomar la decisión acertada o deseada.

Recuerdo que en el pensamiento de mis mayores se oponían dos clases de muerte: la buena y la mala muerte. Una buena muerte se caracterizaba, entre otras cosas, por la rapidez del desenlace, por la inmediatez, por lo inesperado, mientras que la muerte mala significaba semanas, meses o aun años de lenta agonía. La buena muerte, o la muerte feliz, es la que sobreviene sin estridencias durante el sueño, sin que se entere el afortunado. Recuerdo que mi madre, afectada en sus últimos años de una enfermedad respiratoria, sonreía cuando le contaba que podía morir sin darse cuenta a causa de un proceso que comenzaría con una especie de sopor causado por el anhídrido carbónico que le saturaría los pulmones, y acabaría con su vida en un sueño eterno del que no despertaría. Para ella esa era la muerte deseada. Una muerte sin dolor, corta o inesperada, una muerte sin agonía. Porque aún en el caso de que sea una muerte violenta, deseamos que ésta se produzca de manera rápida y sin dolor, porque lo que realmente nos asusta, no es tanto la propia muerte, como el dolor, el sufrimiento o la agonía.

Quien fuera mi profesora de Antropología, María Cátedra, decía que la buena muerte sucede a una cierta edad, cuando el individuo ha completado su ciclo vital (morir de viejo), y el desenlace ocurre sin enfermedades ni violencias, es decir, de una manera «natural». Los que mueren de viejos no padecen una enfermedad específica, sino que simplemente se terminan, es decir, se acaban. Éste tipo de muerte de vejez, o natural, representa a nivel humano la continuación del ciclo general de la naturaleza. Con la vejez empiezan a desaparecer los miedos a la muerte aunque, dependiendo de las circunstancias, se dan diferentes actitudes. Así ciertos ancianos pierden la consciencia total de su próxima muerte, en cuyo caso «no la sienten»; otros, en cambio, se resignan e incluso aceptan la idea y, por último, los que padecen fuertes dolores «piden la muerte».

La aceptación de nuestra humanidad, nos permitirá la consciencia y el conocimiento de la muerte y todos los muertos. In memoriam de todos ellos.