SEGURIDAD Y MIEDO

Estoy convencido que muchos de ustedes, cuando se interrumpe la programación de lo que están viendo u oyendo en tv o radio para dar paso a la publicidad, aprovechan para realizar otros menesteres con tal de no participar del bombardeo publicitario. Pues bien, en esas estaba cuando escuché un anuncio de alarmas, donde se presumía de una instalación en la que se depositaba la seguridad de los hijos cuando nos encontráramos fuera del domicilio. Es decir, podríamos visualizar qué estaban haciendo en ese momento y averiguar que no se hallaban en peligro alguno. Como pueden ver, un modo muy sutil de fisgonear y controlar a los nuestros.

Esta va a ser la tercera campaña del miedo que las empresas de seguridad van a utilizar para aumentar el parque de alarmas de España, pese a que ya somos el cuarto país con más alarmas del mundo, y pese a que los índices de delincuencia son muy inferiores a la media europea.

Y es que las campañas de seguridad han dado un salto cualitativo muy importante, pues si hace años, el relato estaba enfocado en prevenir los robos en la vivienda, para lo cual se azuzaba el miedo a la pérdida de los bienes, posteriormente se cambió este miedo al robo por el miedo a la ocupación de la vivienda. En estos últimos años, la colaboración de los medios escritos y de tv en cuyo capital se encuentran presentes, precisamente las mayores empresas de seguridad, han creado y sobrealimentado un alarmismo infundado sobre los casos de “okupas”. Y digo infundado, porque como señalaba en cierta ocasión el magistrado Joaquim Bosch: “estadísticamente es más fácil que te asesinen a que ocupen la casa donde vives”.

Lo cierto es que el fundamento se encuentra en nuestra competencia para asimilar el miedo. Miedo a la pérdida de nuestro de dinero o de los objetos que consideramos de valor, miedo a la pérdida de nuestra vivienda, y ahora, miedo a no conocer lo que ocurre en su interior. Se trata de llevar con nosotros un Gran Hermano de bolsillo, casi como si emuláramos al protagonista de la novela de George Orwell.

oznor