CONSTRUYENDO  ADOLESCENTES

En su afán de ser aceptados, integrados y queridos, los adolescentes hacen de la apariencia el leitmotiv en la organización de sus relaciones sociales. Se identifican e identifican a los suyos, o a los otros, a través de los mensajes implícitos en la forma de vestir, hablar, en sus gustos musicales y en la ocupación del tiempo libre; en definitiva, en la forma de presentarse ante sí mismos y ante los demás.

Y a esta preocupación por la apariencia y la imagen dedican mucho tiempo y esfuerzo, pues de la misma se puede desprender la seguridad suficiente para enfrentarse al mundo de un modo individualizado e independiente, pese a que el aprendizaje de cómo se ven a sí mismos y cómo creen que son vistos por los demás está orientado por las modas. Los adolescentes toman la información necesaria sobre el ser y el deber ser, del conjunto de estilos y modas que, a modo de oferta plural y diversa, los adultos exhiben en campañas promocionales de objetos y mercancías. De este modo, el mercado y sus medios publicitarios son el epicentro de las imágenes y representaciones entre las que los adolescentes deben elegir para organizar el entramado de su personalidad.

El adolescente tiene necesidad de encontrase perteneciendo a distintos grupos de pares, desde el grupo de amigos del Instituto, del barrio, de las vacaciones, de cualquier deporte, los amigos que se dejaron atrás, etc., pues en el proceso de socialización, necesitan abrirse a otros adolescentes, los cuáles también se afirman sobre ciertas señas de identidad, ciertas formas de adscripción al grupo, cierta cultura. Es en este sentido donde no es de extrañar la importancia que conceden al consumo de determinadas marcas, estilos de música, programas de televisión, redes sociales, etc., pues responden a los deseos de uniformidad con los distintos grupos, a través del ajuste a sus normas, comportamientos y modas. Una uniformidad que les une, como en la forma de salir, en el consumo, en las aficiones, etc. Esto que puede parecer trivial y, en algunos casos un comportamiento exagerado, cumple una función primordial: crear los límites y separar los grupos de adolescentes de los grupos de adultos, en definitiva, del mundo impositivo y normativo de los adultos.

LA APARIENCIA Y EL ESPEJO

Ya no me molesto en contestar y explicar la realidad a quienes se equivocan, cuando se dirigen a mi hijo de dos años con mensajes de este cariz: “qué bien estás paseando con el abuelito” o “qué bien te lo pasas con el abuelo”. Y es que, para algunos, mi apariencia es la de un abuelo y no la de un padre. Así que, si bien tengo una edad muy superior a la de su madre, nada menos que veinte años, lo cierto es que cuando me miro al espejo, no veo trazas de envejecimiento más allá de alguna arruga o alguna cana más. Además, el contacto con el peque me rejuvenece psíquicamente, de tal modo que no aprecio los achaques que considero propios de un viejo.

Por otra parte, no miro a los padres jóvenes que se reúnen con sus criaturas en los parques y espacios infantiles como mis iguales, pero sí busco entre mis coetáneos las huellas del envejecimiento. La pinta que tienen y que ven mis ojos, me indica que están envejeciendo muy mal, pues mi aspecto es mucho mejor, o al menos eso me parece. Quizás esa es la cuestión, que el aspecto es cosa que nos parece, pero no es.

En ocasiones he escuchado comentarios de carácter machista acerca de la mujer más joven emparejada con hombre de edad, a la que se le supone algún interés que nada tiene que ver con los sentimientos de amor o felicidad. Y viceversa, también cuando la mujer es de edad y el hombre es mucho más joven. De este modo, los prejuicios que se instalan en nuestra conciencia tienen mucho que ver con la apariencia, con el aspecto de las relaciones entre personas y, sin embargo, somos incapaces de apreciar la realidad que nos representa la mirada al espejo, porque este nos devuelve la figura y el semblante real que nos acompaña en nuestro deambular por la vida. Somos incapaces de aguantar el reflejo que nos devuelve esa mirada al espejo, y preferimos atenernos a la apariencia que los demás tengan a bien asumir como real y verosímil.