HACE MUCHO CALOR

Hace falta valor, ven a la escuela de calor. Así decía el estribillo de la canción de Santiago Auserón, donde aparecen imágenes de calles abrasadas por el sol. Y con esas imágenes nos asfixiamos y sofocamos en una nueva ola de calor que supera todas las mediciones anteriores desde que hay registros. Así nos presentan la información meteorológica, cada vez que asistimos a una subida por encima de los 40 grados, dando por descontado que toda la sociedad acepta el cambio climático y el calentamiento global como inevitable, como si no fuera una responsabilidad colectiva la toma de medidas que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero. Ahora bien, no es una responsabilidad común, sino diferenciada en función de si hablamos de gobiernos, empresas, ciudadanos e incluso naciones, pues cada uno de ellos tienen obligaciones concretas según su grado de implicación en el calentamiento global.

Hay algunas personas que han asumido que el debate sobre la evidencia científica del cambio climático se debe más a una agenda ideológica, tachando las medidas para afrontarlo como “fanatismo climático” o “ecologismo pijo”. Es el caso de las organizaciones de extrema derecha, las cuales sostienen que hay que adaptarse en vez de establecer medidas que limiten las emisiones de gases de efecto invernadero, básicamente las procedentes de los combustibles fósiles como el petróleo y el carbón. Y es comprensible que adopten este discurso, toda vez que a nivel global, la geopolítica gire en torno al dominio y posesión de dichos combustibles y su mercado monetario, principalmente los petrodólares, hoy por hoy en manos de Estados Unidos y de su cabeza presidencial Donald Trump, principal valedor de dichas organizaciones de extrema derecha.

En el lado opuesto renacen nueva organizaciones y movimientos que reclaman alternativas al consumo de estos combustibles fósiles, con energías renovables principalmente la solar y eólica, y de las que nuestro país goza ampliamente, así como los biocombustibles. Otras reclaman la protección del medio ambiente, el decrecimiento mediante la reducción del consumo material y energético, así como la simplicidad priorizando la calidad de vida, el tiempo y las relaciones personales. En otro plano, observamos un movimiento que podríamos denominar de neorrurales, para ocupar localidades y lugares que generaciones anteriores abandonaron en beneficio del desarrollo urbano.

TODO NOS DA IGUAL

Hace un calor espantoso. Las temperaturas han aumentado (1,5 grados más). El anuncio del cambio climático ya nos es conocido y hasta asumido. Sin embargo, la necesaria adaptación a estos cambios en un periodo que se ha denominado como de transición ecológica nos es indiferente, porque nos parece que está destinado a las generaciones más jóvenes, que son en definitiva las que les tocará sufrir con intensidad este entorno de cambio climático irreversible. Por esto, a la mayoría de los adultos, los que ya no tenemos veinte años, todo nos da igual.

Y si para amortiguar este calor insoportable nos dicen que habría que hacer más verde la ciudad llenando de árboles sus calles, creando espacios estanciales donde los niños encuentren el sitio que otros conocieron en sus infancia para jugar y relacionarse, y donde crecer sin peligro cerrando el paso a los vehículos motorizados en beneficio del paseo y la bicicleta, nosotros, sin embargo, adoptaremos la postura del avestruz cuando los responsables municipales destruyan el escaso espacio peatonal y ciclista, prometiendo más circulación motorizada y aparcamientos en superficie, de modo que el impulso desarrollista de los años sesenta del pasado siglo se imponga al modelo social más elemental del siglo XXI y de la necesaria transición ecológica. Pese a constatarlo, todo nos da igual.

Y si todos, a pesar de saber que la violencia machista (la que ejercemos los hombres sobre las mujeres a las que consideramos, bien de nuestra propiedad como las cosas, o bien como seres dependientes de nuestra voluntad), sigue abriendo los noticieros y las primeras páginas de prensa con la agresión o la muerte de alguna de ellas, preferimos ponernos la venda en los ojos y pasar página, como si eso sucediera en cualquier lugar desconocido y entre personas ajenas a nuestro entorno, seguirá ocurriendo, porque todo nos da igual.

Y si los dirigentes, aquellos que reclaman nuestra adhesión en sus discursos y anuncios, lo hacen mediante el bulo y la mentira, la falsedad y la superchería, nosotros seguiremos otorgándoles el voto de confianza, a sabiendas de su engaño e impudicia, porque todo nos da igual.