¿CASTIDAD? NO, GRACIAS

Hace unos días, el obispo mexicano de San Cristóbal de las Casas (estado de Chiapas), Felipe Arizmendi, responsabilizó a “la invasión de erotismo presente en los medios de comunicación” de los abusos cometidos por el clero ya que, ante tal aluvión de estímulos, no es fácil “mantenerse en el celibato y en el respeto a los niños”, subrayando que el libertinaje sexual que se vive actualmente es uno de los detonantes de los escándalos de pederastia que en los últimos meses asolan el panorama de la iglesia católica.

Desde luego con estas manifestaciones no ha conseguido aplacar las críticas por los abusos sexuales y casos de pederastia cometidos por el clero, sino todo lo contrario, pues han aumentado el número de personas, organizaciones e instituciones políticas y sociales, así como representantes de gobiernos que han respondido indignados por este incontinente verbal.

Parte de su argumentación podría tener base real al señalar que la iglesia católica pondrá mayor énfasis en mejorar la educación sexual de sus sacerdotes, pese a que el medio ambiente no es propicio sino contrario a la castidad. Se refiere a Internet que lo invade todo y por ello es difícil que alguien se sustraiga a un ambiente tan erotizado. Ante un libertinaje social generalizado como el que existe actualmente, hay más posibilidades de actos de pederastia, no solo en la Iglesia sino en la familia, en las escuelas y en muchos otros ambientes.

Y es cierto que las posibilidades que ofrece la libertad sexual pueden esconder actos violentos o contrarios a la propia libertad, aunque no estoy de acuerdo en que sea la libertad la que promueva esos abusos, esa violencia, ese ejercicio del dominio y del poder, sino las bases sobre las que se socializaron, se formaron y se educaron las personas que conculcaron los derechos y la libertad de los otros. Ahí es donde debe buscar el origen de de los abusos de los sacerdotes, y ahí es donde precisamente entra la castidad coercitiva e impuesta mediante el celibato al clero.

El secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone, el agitador que ha relacionado pederastia y homosexualidad, decía estos días a su paso por Cataluña que el voto de celibato es una tradición positiva y su incumplimiento puede conllevar consecuencias que después son muy dolorosas y lo dañan todo. Es cierto, las consecuencias se muestran no sólo con los casos de abuso sexual de menores por el clero en Europa y  Estados Unidos, sino en las regiones donde el catolicismo está creciendo más rápido como América Latina, Asia y, sobre todo, África, donde según Peter Schineller, un sacerdote jesuita que ha pasado veinte años en África, la transgresión de la castidad entre los sacerdotes va desde el acoso, la violación y el sexo consentido, hasta engendrar hijos. Schineller señala que en África los adultos con hijos tienen una posición social más alta que los adultos sin hijos. Además, los sacerdotes a menudo están aislados, separados, y las tentaciones son muy fuertes.

En una investigación llevada a cabo en 2001 por la National Catholic Reporter y publicada el nueve de marzo, se puede leer en el Memorándum presentado por Sor Marie McDonald (de Misioneros de Nuestra Señora de África), que el acoso sexual e incluso violación de las hermanas por sacerdotes y obispos es supuestamente común. A veces, cuando una hermana se queda embarazada el sacerdote insiste en el aborto. La hermana por lo general es despedida de su congregación, mientras que el sacerdote es trasladado a otra parroquia. Otro problema es que muchas hermanas son económicamente dependientes de los sacerdotes que solicitan favores sexuales a cambio de su ayuda financiera. Además, los sacerdotes se aprovechan de la dirección espiritual para pedir esos favores sexuales.

El abuso sexual de las religiosas es el principal problema de la iglesia católica en África y son varias las causas apuntadas en los informes procedentes de las congregaciones diocesanas, como el voto de celibato/castidad, que no es de gran valor en aquellos países donde el matrimonio es el objetivo principal, aunque como el precio de la novia es demasiado alto, la opción alternativa que se presenta a las jóvenes es la vida religiosa.

Otra causa proviene del status inferior de la mujer en la sociedad y en la iglesia. A una hermana le resulta imposible rechazar a un sacerdote que le pide favores sexuales, pues han sido educadas para estar al servicio y obedecer al varón que se ve como una figura de autoridad. Como los sacerdotes recibieron una formación teológica más avanzada, pueden utilizar falsos argumentos para justificar sus solicitudes de sexo, como este de: Ambos somos célibes consagrados. Esto significa que prometimos no casarnos. Sin embargo, podemos tener relaciones sexuales sin romper nuestros votos.

Por otra parte, las monjas también tienen un lugar único en el panorama sexual, en un universo donde el SIDA está muy extendido. Para muchos, el sexo con monjas se piensa que es seguro; algunos incluso se imaginan que podría tener efectos positivos o poderes curativos.

Pero quizás, lo peor de los abusos cometidos con las mujeres religiosas en África ha sido, como en el caso de los abusos a menores en otras partes del mundo, la conspiración del silencio en torno a esta cuestión. El encubrimiento de la violación de menores y el abuso sexual de religiosas, proviene de la consideración que tiene la jerarquía católica sobre la violación y el abuso como un pecado, en lugar de cómo un crimen. De ahí la insistencia en el perdón, el arrepentimiento y la terapia de los pecadores, en lugar de la investigación, persecución y expulsión de los delincuentes. En el fondo tratan de mantener la reputación de la jerarquía eclesiástica por encima del deber para con su iglesia, utilizando la autoridad que una religión secular les proporciona para ocultar sus más oscuros y terribles secretos.

Pese a que el Vaticano siempre ha tenido conocimiento de todos estos pecados y delitos, su respuesta ha sido el ocultamiento de los hechos y la exaltación de la castidad. En 2005, cuando Benedicto XVI viajó a África se refirió a la cuestión del celibato de manera explícita. Instó a los obispos allí para abrirse plenamente a servir a los demás como lo hizo Cristo, abrazando el don del celibato. Sin embargo ya hemos contado en otra ocasión (“Pedofilia o barbarie”), que hasta que en 1073 Gregorio VII impuso el celibato, en esos diez siglos de vida cristiana, además de San Pedro otros seis papas vivieron en matrimonio y hasta once papas fueron hijos de otros papas o miembros de la iglesia. Por tanto, ¿porqué fundamentar el funcionamiento de la estructura eclesiástica en el celibato y la castidad? ¿Debe una persona ser casta para ejercer el cargo de sacerdote? ¿Se puede condenar a un, o a una joven adolescente a no conocer jamás el desarrollo normal de su cuerpo, a no tener contactos emocionales o sexuales sin temor?

Sean cuales sean las respuestas, lo cierto es que la sexualidad de sacerdotes, obispos y cardenales no remite con los votos de castidad, y está expuesta, como señalaba el obispo de Chiapas al medio ambiente erotizado que hace muy difícil sustraerse a las tentaciones del abuso y la violencia sexual. Si de verdad quieren acabar con los abusos en el seno de la iglesia católica y convivir en un plano de igualdad, dignidad y respeto, no lo duden, pronuncien bien alto este lema: ¿Castidad? No, gracias.

PEDOFILIA O BARBARIE

Escribí esto el pasado treinta y uno de marzo antes de viajar a Cuenca para conocer las turbas.

Vuelve a la palestra el inefable obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, uno más de la larga lista de miembros de la jerarquía católica española que se despachan a gusto cuando les toca hablar de los comportamientos sexuales de los españoles. Bernardo Álvarez ya se soltó con unas perlas hace dos años cuando a propósito de los curas pedófilos dijo que hay menores de edad que “consienten” mantener relaciones sexuales, añadiendo que “incluso, si te descuidas, te provocan”.

Vamos, que las víctimas son los prelados inocentes que se ven en su casta vida atacados por el deseo de la carne, el mayor de los pecados capitales, por culpa de unos niños que provocan con sus cuerpos deseosos de ser violados.  Además, parece que habiendo confesado el pecado, podían verse eximidos de la justicia terrenal, como recuerda este obispo cuando indica “que la confesión es un sacramento sometido a sigilo sagrado, y que por tanto no se puede usar para desvelar estos abusos”. Vaya morro, de este modo no hay caso judicial como no haya confesión pública. Incluso el obispo no puede ser tratado de encubridor del delito, pues actúa según mandato sacramental. Qué bien, un pecado, dos delitos y ninguna expiación.

También el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, condenó en una homilía los abusos de menores cometidos por algunos religiosos, pero denunció que estos casos se presenten “como si fuera un pecado del clero católico” con el fin de extender “la sospecha de que cualquier cura o fraile puede ser presunto pederasta”. En esta línea señaló que “abusar de los más pequeños de modo torpe y cobarde es uno de los pecados más deleznables”, y quienes han cometido tales pecados deben dar cuenta “ante Dios y ante los tribunales”. Menos mal que por lo menos señala la obligación de dar cuenta ante la Justicia; sin embargo, la sospecha de que se queja este arzobispo no es menos obligada, pues proviene precisamente del ocultamiento del delito que han realizado los miembros de la jerarquía. Y esta sospecha de ocultamiento alcanza a numerosos curias de Europa, América y Oceanía que han preferido mirar hacia otro lado durante décadas, criminalizando socialmente a las víctimas que se atrevieron a contar algo para romper el silencio establecido por la jerarquía católica. Una sospecha que pese a quien le pese, parece alcanzar incluso a su cabeza Josep Ratzinger

Precisamente para salvar la cabeza de Benedicto XVI, (ex inquisidor, ex teólogo ultraconservador y ex soldado de la Wehrmacht), al obispo de Tenerife no se le ha ocurrido otra cosa que asegurar que tras las últimas denuncias de abusos sexuales contra sacerdotes hay un interés malévolo de desprestigiar a la Iglesia Católica y al Papa. Y para ello recuerda que los casos de abusos y malos tratos a niños se dan principalmente en las familias y, claro, no por eso vamos a sospechar de todas las familias.

Está visto que con un obispo tan avispado no hay manera de hincarle el diente a esto de la pedofilia y la jerarquía católica, aunque aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid ¿por qué ese empeño en mantener el celibato de monjas y sacerdotes?, si por hacer voto de castidad no van a dejar de mantener una actividad sexual como cualquiera; por desgracia ocultándola y degradándola, salvo esos sacerdotes valientes que se casan, o los más estrafalarios que se anuncian en páginas de contactos, o los más pudientes como el cardenal de París que murió en un elegante prostíbulo.

Hasta que en 1073 Gregorio VII impuso el celibato, en esos diez siglos de vida cristiana, además de San Pedro otros seis papas vivieron en matrimonio y hasta once papas fueron hijos de otros papas o miembros de la Iglesia. Contaba el escritor argentino Tomás Eloy que la decisión de imponer el celibato se utilizó principalmente como un medio para evitar que los bienes de los sacerdotes casados fueran heredados por sus hijos y viudas y no por la Iglesia.

Acabáramos, yo creo que a estas alturas, diez siglos después, ya han acumulado el mayor patrimonio existente en el orbe de la tierra y va siendo hora de que manifiesten su sexualidad de una manera natural, dejen de prohibir el uso de preservativos, de violentar a las jóvenes gestantes para que no aborten, y permitan vivir y morir sin su celo redentor. Creo que ya es suficiente con estos días de barbarie en que la jerarquía eclesiástica volverá a ocupar las calles y algunas conciencias. Una vez más.