MENSAJES Y BULOS

Desde la escuela infantil, desde los primeros años en familia, se dota a los niños de la experiencia del lenguaje al descubrirles las palabras y su significado y, sobre todo, cuando construimos mensajes expresivos que van dando sentido a su existencia.
El lenguaje delimita lo que es importante, y de manera invisible también lo que no lo es, lo que debe ser entendido y lo que no. Por eso es tanto o más sustantivo atender a lo que no se dice como a lo que se dice. El contenido está también en la forma.
Ya adultos, la adquisición de cultura y el desarrollo de un pensamiento crítico nos permite formar un juicio propio y fundamentado sin necesidad de aceptar todo pasivamente, lo cual es esencial para la vida personal y profesional.
Así pues, considerando que todos hemos desarrollado mediante la comprensión profunda de la lectura cierto pensamiento crítico, podemos analizar y evaluar la información objetivamente, así como tomar decisiones, resolviendo problemas de forma creativa y evitando ser manipulados.
Ya sabemos que el bulo es la fabricación deliberada de información falsa o engañosa, diseñada para parecer verdadera con el fin de manipular, generar clics o influir en la opinión pública. Se origina aprovechando momentos de crisis, inseguridad o alta demanda de información, siendo propagada rápidamente a través de bots y redes sociales.
Los mensajes son construcciones sociales, y en tanto que construcción social exponen cómo se define el problema, cómo han acontecido unos sucesos determinados, quién debe ser señalado como responsable de los mismos y por qué, estando orientados hacia unos intereses concretos que responden a la puesta en circulación de un determinado punto de vista, que a su vez remite al mantenimiento de unas determinadas relaciones sociales de poder, dominación y explotación.
También, quien construye el discurso, mensaje o noticia, puede escoger interesadamente unas fuentes concretas dejando de lado otras con el objetivo de dar cuenta de una determinada visión de cómo han acontecido los sucesos, logrando el engaño o la manipulación.
Por todo ello, en un universo de imágenes de un minuto y tuits de 280 caracteres, es fundamental armarnos de un pensamiento crítico a través de la cultura.

SEXO EN PRIMAVERA

Esto lo escribí el pasado veinticinco de marzo de 2010 después de asistir en el Ateneo a un debate sobre Foucault y la inmanencia del poder

Ha llegado la primavera, el momento en que la naturaleza transforma los capullos en flores y en el que las hormonas parecen despertar de su letargo invernal. Pero no es de sexo exclusivamente de lo quiero hablar, sino del cuerpo, de la percepción que tenemos del cuerpo, de la conciencia que tenemos de nuestro cuerpo. Hay gente que todavía no ha descubierto su cuerpo porque no lo encuentra o percibe, o porque no le gusta, porque quiere modificarlo, porque no se identifica, porque se mira en otros cuerpos, en los modelos de juventud de belleza estandarizada y no en el suyo.

Y es que los cuerpos, como la sexualidad o el pensamiento, se han visto sometidos a cambios y modificaciones relacionados con los contextos sociales e históricos en los que se desenvolvieron. Viene esto a cuento de una relectura de Michel Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber), y el inicio de la era del “biopoder” donde se conjuga el ejercicio del poder con el diciplinamiento de los cuerpos y la regulación de la población. El biopoder es un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo y su mejor estrategia será el dispositivo de sexualidad. De las consecuencias de su aplicación no hay mejor exponente que la España del siglo XX cuando se proyectó una concepción que identificaba la sexualidad de modo funcional con la procreación, particularmente con la genitalidad, jurídicamente con el matrimonio, conductualmente con la heterosexualidad, genéricamente con el varón, y cronológicamente con el joven/adulto.

A pesar de que un mínimo de conocimiento, contacto con la realidad y espíritu crítico desbancan éstas limitaciones, no por ello podemos dejar de observar que este alineamiento estratégico ha permanecido y permanece en los intereses y manifestaciones sexuales de muchos individuos, no cómo una opción elegida, sino como la única posibilidad de vivir la propia sexualidad y de cómo debe ser vivida por los demás. Seguimos dominados por una experiencia de siglos en los que se aprendió a disciplinar nuestros cuerpos y a restringir las opciones de nuestra sexualidad. Si hacemos caso de Claude Lèvi-Strauss, el tabú del incesto es el origen de toda sociedad y en todas encontraremos algún tipo de regla o norma que prohíbe mantener relaciones sexuales con ciertos parientes. Ahora bien, ni las normas son iguales en todas partes, ni la determinación del grupo de parentesco, ni la terminología que identifica a los parientes, por lo que estamos hablando de una construcción social más basada en la prohibición y en la restricción de las relacione sexuales.

La biopolítica en el ejercicio del poder, determina la funcionalidad de los cuerpos gobernados, instruyendo (disciplinando) acerca de los deseos y las manifestaciones afectivas y sexuales de modo que estos respondan a los cánones establecidos de carácter productivo y reproductivo. Frente a estas limitaciones que reducen las experiencias sexuales al área genital y a la relación coital, se encuentra la subversión de los cuerpos, que mediante el ejercicio de una sexualidad libre, aumenta nuestra capacidad de comunicación, afectividad, placer, complicidad y ternura.

Señalaba mi amiga Victoria Hernando hace unos años (Giró, 2005), que  las actitudes hacia la sexualidad, las preferencias y las manifestaciones afectivas y sexuales se han convertido en la cuna de numerosos mitos y mensajes sociales que tanta discriminación y daño han causado a hombres y mujeres. Así, por ejemplo, el hombre debía de manifestarse siempre dispuesto a la relación sexual y coital, siendo el responsable de tomar la iniciativa y parecer experimentado aunque no lo fuera. Debía permanecer fiel a un modelo que le atribuye vigor, fuerza y la responsabilidad del orgasmo propio y de la pareja. Su imagen debía ser la de alguien racional, ambicioso, controlador y protector que sabe lo que hay que hacer en cada momento. Acorde con éste retrato robot la hombría se demostraba más adecuadamente si se tiene éxito social o se persigue y si se mantienen relaciones sexuales con muchas mujeres y éstas son atractivas y más jóvenes. El hombre podía practicar la masturbación pero especialmente en la adolescencia y años más jóvenes. No debía expresar jamás los sentimientos de miedo, inadaptación, rechazo o abandono aunque si podía manifestar rabia o agresividad. En oposición, el hombre resultante de este planteamiento no debía ceder, jugar, dejarse llevar por los sentimientos, ser honesto con respecto a sus necesidades sexuales, dejarse acariciar, mantener relaciones sexuales no genitales, ser vulnerable, débil, receptivo, pasivo en las relaciones y no debía, entre otras múltiples indicaciones, responsabilizarse del control de natalidad. En la pareja puede buscar lícitamente ser admirado, obedecido o incluso el afianzamiento social.

A partir de aquí resulta sencillo imaginar el rol asignado al sexo femenino y la construcción de su sexualidad. Entre otras cosas, la mujer debía mostrarse insegura y tímida en las relaciones sexuales, sobre todo en las primeras ocasiones. Debía ser fuente de ternura, placer, comprensión y cariño. Mostrarse solícita siempre que el varón lo desee independientemente de su deseo. La masturbación, en su caso, simplemente no existe y no debía manifestar experiencia ni deseo sexual aunque lo haya. Puede hablar de sentimientos siempre que hagan referencia al miedo, la lástima, la culpa… pero no aquellos sentimientos que tengan que ver con valores asociados al varón como la ambición, la cólera o el resentimiento y, cómo no, le está permitido llorar en público.

Afortunadamente la primavera ha llegado y el sexo ha estallado en múltiples formas y colores. Aprendamos a reconocer, estimar, amar, desear nuestros cuerpos como la mejor estrategia para combatir los males del capitalismo posmoderno.