VIVIENDAS ASEQUIBLES

Hay que reconocer que el mercado inmobiliario está haciendo una magnífica labor educativa. Gracias a él, una generación entera ha aprendido conceptos que no figuraban en sus planes de estudio: rentabilidad por metro cuadrado, avales, fianzas, euríbor y esa misteriosa categoría de inmueble llamada «asequible», que suele significar que si estiras los brazos puedes tocar dos paredes a la vez.

Buscar un piso para vivir se ha convertido en una actividad parecida a buscar vida inteligente en otro planeta: hay anuncios, fotografías y muchas expectativas, pero las posibilidades de encontrar algo habitable a un precio razonable son aproximadamente las mismas. Una de las grandes innovaciones de nuestro tiempo, es que, si tienes dinero, puedes acceder a una casa; pero si no lo tienes, puedes demostrar que eres perfectamente capaz de pagarla durante los próximos treinta o cuarenta años, aunque eso ya parece una extravagancia.

El problema es que seguimos teniendo la absurda costumbre de querer vivir cerca del trabajo, incluso próximos a nuestros familiares y amigos. Qué falta de ambición. Con un poco de esfuerzo podríamos dormir perfectamente en otro pueblo o en otra provincia y dedicar horas diarias al desplazamiento.

Por su parte, alquilar exige ahora una pequeña ceremonia de iniciación. Nóminas, contrato, aval, referencias, depósitos y, si se tercia, una declaración jurada de que uno no tiene intención de vivir indefinidamente. Todo para demostrar que puede pagar una cantidad mensual que, curiosamente, se aproxima o supera el 50% de un salario completo.

Y mientras tanto seguimos utilizando la palabra «asequible» con una alegría admirable. Asequible para quién, sería una pregunta interesante. Quizá para un fondo de inversión. Quizá para alguien que considere normal pagar 900 euros por 70 metros cuadrados y describirlo como «una oportunidad».

Resulta extraño que pedir precios razonables se haya convertido en una exigencia radical. Se pide algo bastante menos ambicioso: un lugar digno donde vivir sin que el contrato de compra o alquiler se coma el futuro. Porque una ciudad no puede ser únicamente un escaparate de inmuebles que la mayoría mira desde fuera. Y quizá haya llegado el momento de recuperar una vieja idea, casi revolucionaria: que las casas sirvan para que la gente viva en ellas.

VACIADA SIN REMEDIO

Desde que en 2016 el escritor Sergio del Molino publicara su ensayo “La España vacía” sobre la despoblación del mundo rural, este adjetivo similar al concepto de deshabitado o desocupado, se ha utilizado como referente en la agenda política de ayuntamientos y comunidades para proyectar y desarrollar planes con los que atender la situación de la despoblación rural, pero también como marca de identificación de nuevas agrupaciones políticas que concurren en periodo electoral. Incluso hemos llegado al punto de disponer en el Gobierno de la nación de un ministerio para el reto demográfico y la despoblación.

Tenemos que numerosos y diversos agentes políticos están empeñados en ofrecer soluciones a la pérdida de población del medio rural, ya de por sí muy envejecida. Sin embargo, podemos observar que cuando llegan los meses estivales los pueblos se llenan de vida, con personas de todas las edades, ocupando el conjunto de viviendas disponibles en cada localidad, incluso aquellas que fueron abandonadas en su totalidad pero que hoy han comenzado a recuperarse y dotarse de servicios básicos con los que reiniciar su vida, efímera ciertamente, durante los meses de verano.

Esta aparente contradicción entre el periodo estival y el resto del año nos muestra en primer lugar la falta de vivienda para nuevos moradores que quisieran realizar sus actividades, no necesariamente las tradicionales, en cualquier localidad rural, toda vez que los herederos de esa España vaciada demandan por sus ruinas, corrales, pajares o bodegas, el mismo precio que si estuvieran en el medio urbano. Y ya, si son las casas las que pretenden vender, generalmente con los muebles de quien las habitó hasta fallecer, que ni el pudor les asusta para mostrar en las webs de Idealista o Fotocasa, su precio alcanza lo exagerado, toda vez que casi siempre necesitan reformas que tengan en cuenta la calidad de vida de una vivienda urbana.

Así pues, difícilmente se logrará repoblar nuevamente el ámbito rural si no se da la posibilidad de que nuevos habitantes la integren, pues son los propietarios del vacío los que lo impiden al convertirlo en un producto más del mercado, en este caso inmobiliario.