DESCONEXIÓN

Tenemos dificultades para desconectar y descansar nuestra mente y ciframos nuestras esperanzas en la llegada del fin de semana o de las vacaciones. También hemos pensado en la probabilidad que tras las elecciones del 28 mayo se habrá acabado el bombardeo constante de mensajes, programas y opiniones de todo tipo (como si no fuera cierto que llevamos ya cuatro años en periodo electoral y además todavía nos faltan las elecciones generales de julio), para de ese modo acabar con el embotamiento de nuestra conciencia.

Pero cuando hablamos de desconectar nuestra mente y cesar el flujo de noticias y anuncios que invaden nuestra vida personal, no estamos pensando sólo en las elecciones y las campañas electorales, sino que estamos soñando en dejar atrás el agotamiento que nos producen las tareas y responsabilidades cotidianas. Porque son las preocupaciones del día a día las que despiertan en nosotros la ansiedad y el estrés que nos impide ese descanso necesario con el que revertir los sentimientos de tristeza o frustración que nos acompaña.

Yo he probado dejar fuera de mi vida ciertos estímulos adocenantes como la televisión, pero no he dejado de escuchar puntualmente programas informativos de radio o la lectura de la prensa. Y, sobre todo, no he dejado de lado las redes sociales como buen adicto a la tecnología. Así que de poco me ha servido dejar de lado un solo medio para desconectar.

Y, sin embargo, recuerdo de mi primera juventud cuando no sufría de insomnio o de dificultad para concentrarme, que pasaba los días realizando actividades placenteras, siendo consciente de lo que hacía y de lo que necesitaba sin el apremio de consumir. Y esto era posible porque pasaba mucho tiempo en relación con los demás y conmigo mismo, escuchándolos y escuchándome, manteniendo la comunicación y en conexión con la naturaleza.

Entiendo que si hoy nos cuesta tanto desconectar e interrumpir el nexo de una vida estresada y que nos ha conducido a ser el país del mundo donde se toman más tranquilizantes (ansiolíticos, hipnóticos, y sedantes), es porque nos hemos desconectado de la naturaleza y, por tanto, de nosotros mismos.

EVIDENCIAS Y SENTIDO COMÚN

Este artículo se publicó en Rioja2.com el 19 de noviembre de 2009. Mi intención fue evidenciar que los políticos hacen alrde de cosas de sentido común entre la ciudadanía, como si con sus anuncios nos cayéramos de un guindo.

No hay nada más sorprendente entre las noticias que ofrecen los medios de comunicación que el modo de presentarlas. La oferta de una visión extraordinaria de cuanto acontece en la vida cotidiana, como si la ciudadanía no se percibiera de los aspectos que la rodean, es apelar a su carencia de juicio, o a su déficit intelectual. Es como si aquellas cosas que forman parte del denominado sentido común, tuvieran que ser tratadas como los objetos propios de una investigación sociológica o como si se tratara de acercarse a un fenómeno insólito e inimaginable.

Los ciudadanos, cuando contemplamos los fenómenos sociales nos contemplamos también a nosotros mismos por cuanto formamos parte de ese mundo. Vivimos en él y lo miramos y nos expresamos sobre él con imágenes y signos que tienen, en cierta forma, una existencia separada de nosotros, pero que constituyen parte de la percepción que tenemos de la realidad y de nosotros mismos con ella. Son, por así decirlo, los componentes fundamentales del sentido común con que nos conducimos en nuestra vida social cotidiana.

Todo este chorreo acerca del sentido común y de cómo éste nos permite discernir acerca de las cosas que ocurren a nuestro alrededor, viene al caso de la noticia que ofrecía esta semana el Consejero de Hacienda sobre la bondad de la inmigración en el desarrollo socioeconómico de La Rioja, tras publicar su primer estudio estadístico. Quizás debiera darle un resumen a su patrón el Presidente Sanz, cuando este manifestaba en vísperas electorales que habrá que limitar la llegada de extranjeros si no queríamos agotar los recursos de nuestros servicios de bienestar. Pues bien, ahora resulta lo evidente, lo que no veía el mensaje populista en sus invitaciones a la xenofobia: que los inmigrantes y extranjeros residentes en La Rioja consumen recursos sociales en menor cuantía que los autóctonos, y que su aportación a las arcas del común de ciudadanos riojanos es muy superior a sus gastos.

Gracias a ellos crece nuestra productividad, nuestro bienestar y nuestro futuro. Y todo esto lo sabíamos desde el momento en que aprovechamos su llegada para solventar la regresión demográfica y cubrir las deficiencias de nuestro sistema de distribución de recursos sociales y de bienestar, como la atención a las personas dependientes, la ocupación de los roles tradicionales de género cuando las mujeres autóctonas se incorporaron al mercado laboral, el empleo indeseado por los trabajadores riojanos, principalmente en la agricultura, la construcción y ciertos servicios, así como su mestizaje a través de los matrimonios mixtos, la diversidad en la escuela, y los elementos de su cultura más favorables a la penetración entre nosotros, como la gastronomía, la música, el baile, etc.

Todo ello son evidencias, propias del sentido común, de un mejor entendimiento y conocimiento de la realidad social y de nosotros mismos. Así que, si alguien descubre el Mediterráneo, que se moje.