¡QUE VIENE EL LOBO ¡

Estoy convencido que muchos de ustedes han leído o les han narrado aquella fábula tradicional, cuyo origen puede remontase hasta Esopo, y que nos habla de lo que aconteció a un pastorcito aburrido, que para divertirse gritaba: ¡Que viene el lobo, que viene el lobo¡, y a cuyos gritos sus vecinos acudían con palos y armas para defender el rebaño, descubriendo que todo era mentira y que habían sido engañados por el pastorcito. Y así sucesivamente en distintas ocasiones, hasta que un día, el lobo apareció de verdad y, a pesar de que el pastorcito gritó con todas sus fuerzas, nadie acudió en su ayuda porque creyeron que mentía otra vez. El desenlace fue que el lobo mató a todas las ovejas.

En política, el grito de que viene el lobo es el uso sistemático del miedo como herramienta de poder. Y miedo es lo que nos trasladan, día si y día también, todo tipo de medios, partidos y organizaciones que sostienen el sistema, exagerando las amenazas y normalizando el riesgo de vivir en comunidad. Al instrumentalizar el miedo frente a los otros, persiguen la adhesión de los ciudadanos o su apoyo militante y, en definitiva, su conformidad con una vida insegura y versátil, más propia de un equilibrista social.

Y si bien respondemos inicialmente a esos miedos (guerra y genocidio, aranceles y subida de precios, crisis climática, sanitaria, independentismo, migraciones, etc.), adaptándonos en la medida de nuestras posibilidades para hacerles frente, lo cierto es que, pasado un tiempo, que pueden ser años, y observando que el mundo no se acaba si no que tan sólo se transforma, surge el cansancio, el escepticismo y la apatía, hasta el punto de que una parte de la sociedad se radicaliza y otra se desmoviliza. Unos desean la muerte social del adversario y otros esperan impasibles el desenlace.

Y entonces, cuando el miedo se convierte en el único o en el principal argumento del pastor (el sistema), que miente y sólo busca reírse de nosotros, sucede la paradoja, y es que el lobo llega de verdad y nadie acude a ayudar, porque la sociedad está anestesiada, indiferente y cansada, de modo que el lobo devora nuestra economía, salud, derechos y bienestar con total impunidad.