EL RACISMO CULTURAL

Con el auge de las derechas extremas, no sólo en nuestro país sino en buena parte del hemisferio occidental, los mensajes prejuiciosos, con especial ahinco en las redes sociales, que invitan a tomar por cierto que la identidad nacional está en peligro por la llegada de migrantes procedentes de otras naciones, con otras supuestamente culturas e identidades contrarias a la autóctona, no puedo evitar dar un mensaje de tranquilidad a cuantos participan y se hacen eco de tales prejuicios, quie no son otra cosa sino expresiones del racismo cultural.

El racismo cultural se manifiesta a través de explicaciones que se basan en la irreductibilidad de las diferencias culturales (si bien siempre se apostilla, para no declararse abiertamente racista, que deben respetarse), a causa de la situación de exclusión social de los inmigrantes. Esta postura, en la que se entremezclan prejuicios, presunciones y percepciones que no se ajustan totalmente a la realidad, puede resumirse en frases como “la cultura marroquí es…”, o «las mujeres bolivianas son…», etc.

Para empezar, la construcción de una ciudadanía europea no se realiza sobre la existencia de una homogeneidad cultural de sus ciudadanos, ni tampoco sobre unas relaciones de dominación / subordinación entre las diferentes identidades culturales o étnicas de las diferentes naciones que sustentan el espacio europeo. Es más, hoy día se buscan los lazos o se tienden los puentes necesarios para que la diversidad sea un patrimonio común enriquecedor, contrariamente a la idea de que una relación tan diversa es necesariamente una relación condenada al aislamiento. Tampoco la ciudadanía española está construida sobre una supuesta homogeneidad cultural como demuestran las diferencias de carácter regional tanto a nivel idiomático, como medioambiental o cultural. Valga como ejemplo el aumento en la diversidad de las estructuras familiares que está llevando a una modificación de las normas, y a una aceptación social de los cambios y la innovación (aunque no sin oposición), y que a su vez influyen e incentivan el cambio cultural.

En este sentido, la diversidad de las formas culturales de convivencia aportadas a través de la presencia de familias inmigrantes, no se subraya en oposición a unas estructuras familiares rígidas del país receptor, sino que se integra de manera legítima en la pluralidad de modelos familiares. Además, desconocemos, porque no está probado, qué sociedad resultaría más conflictiva, aquella cuya heterogeneidad se basa en las diferencias étnicas, o aquella cuya heterogeneidad se basa en diferencias de tipo económico o posición social.

La convivencia en la diversidad impele a la interacción entre las culturas, reconociendo derechos y valores de carácter universal como son los Derechos Fundamentales del Hombre. Nuestra cultura no es estática y estable, sino cambiante e interactiva, porque la concepción estática de la cultura deriva a menudo en el esencialismo y el fundamentalismo cultural; y éste es el origen frecuente de la generación de etiquetas y estereotipos culturales, que a su vez constituyen el germen del racismo.

EL ESTIGMA DE LA ENFERMEDAD MENTAL

Si hay algo que caracterizó al siglo XX fue la exaltación de la juventud, pese a que acabó dando el relevo a un siglo XXI cuya característica principal es el envejecimiento mundial de la población. Sin embargo, este nuevo siglo deudor del pasado, ha heredado el mismo culto a la juventud, a la imagen del cuerpo juvenil, saludable, que hace del mismo un icono cultural hacia el que se dirigen todas las miradas. La imagen y su tratamiento identitario es el dispositivo a partir del cual se organizan, no sólo las relaciones sociales sino la autoestima. Así, buena parte de la población desea retardar u ocultar su envejecimiento mediante la cosmética, el deporte, la medicina o la nutrición. La cirugía cosmética contra el envejecimiento pretende conseguir personas sin edad, en un proceso de reforma continua en el que a veces se pierde ante el espejo incluso la propia identidad. 

En esta dirección se buscan soluciones prácticas para cualquier tipo de problema asociado a la vejez, incluidas las enfermedades degenerativas, que si hasta ahora se ocultaban o se consideraban una cuestión familiar, hoy son ya un problema de los poderes públicos y las organizaciones sanitarias de los países desarrollados. Sin embargo esta preocupación social por las enfermedades mentales, no se han resuelto satisfactoriamente los procesos de construcción identitaria de las personas afectadas, manteniendo como en el pasado un estigma que en ocasiones alcanza a los familiares del enfermo.

Si definimos la presencia del estigma a través de tres dimensiones (estereotipos, prejuicios y discriminación) observamos cómo en nuestra sociedad, varias o todas estas dimensiones se encuentran presentes cuando se identifica a una persona como afectada por una enfermedad mental. El estigma, a lo largo de la historia, además de estas dimensiones ha estado ligado fundamentalmente a la discriminación y la exclusión, marcando negativamente al enfermo mental y a su entorno personal y familiar.

En el pasado, las enfermedades mentales han sido tomadas como manifestaciones de carácter mágico o religioso, incluso no identificándolas como enfermedades y atribuyéndoles ese carácter espiritual de posesión por otros espíritus que se manifestaban a través de la persona poseída, en realidad el enfermo mental, al que despersonalizaban, es decir, le arrebataban su identidad.

En la actualidad, el estigma que sufren las personas aquejadas de una enfermedad mental obra sobre ellos despersonalizándolos y aislándolos de su entorno, pues ya no reciben el mismo trato. En general, las personas rechazamos aquello que por desconocido o por imprevisto tememos o nos produce incertidumbre. La ausencia de seguridad que mostramos por el modo de pensar, sentir y obrar de un enfermo mental, consigue la pérdida de relaciones y el aislamiento del mismo tras su inevitable estigmatización. Además, ante la vergüenza y la humillación del enfermo y sus familiares, provocamos que uno y otros adopten una posición de ocultamiento de la enfermedad o del enfermo, aislándolo y profundizando en el estigma con el que se le vincula y aumentando su sufrimiento. De este modo, la estrategia de ocultamiento utilizada a menudo por enfermos mentales o por su entorno familiar, no sólo no ha evitado el estigma sino que ha profundizado en el mismo. Otras estrategias igualmente frecuentes suelen ser la negación del problema, la normalización del mismo a través de intentar ver a los otros como semejantes, y la evitación de aquellas circunstancias que llamarían la atención sobre las diferencias del enfermo y que provocarían la estigmatización del mismo.

En general se desconoce el origen de las enfermedades mentales, y cuando se allega cierto conocimiento, este está contaminado por historias y narraciones de todo tipo más próximas al mito que a la realidad. Se hace uso de categorías como las de normalidad, demencia o cordura que permiten explicar las conductas y el comportamiento de las personas y por extensión reconstruyen su identidad. En estos casos, el etiquetaje es el instrumento utilizado para la identificación de las personas con una enfermedad mental, despersonalizándola, pues dejan de ser sujetos con características propias de la normalidad y se convierten en sujetos aquejados de una patología.

Para los familiares, las conductas, los comportamientos, la pérdida de memoria, la necesidad de cuidado continuo, entre otros, son algunos de los atributos que vuelven diferentes y extrañas a las personas enfermas, que dejan de ser ellas mismas ya que ni siquiera logran autoidentificarse. Al enfermo se le reconoce porque deja de comunicar su realidad personal, sus necesidades, sus intereses; y deja de expresar sus sentimientos, sus afectos o sus gustos para ser sujetos identificados exclusivamente con la posesión de una enfermedad.

Una vez que la persona atraviesa el umbral de lo considerado como normal, deja de ser identificado por su vida o su personalidad para ser tratado como sujeto de una enfermedad despersonalizadora y deshumanizadora que le impide ser él mismo. Y es en este punto cuando el sujeto toma la forma de un cuerpo sin voluntad al que hay que conservar y cuidar. El punto en que deja de ser uno mismo para ser la persona que sus cuidadores deciden que sea; una persona que piensa y actúa por intermediación de sus cuidadores, de acuerdo con la interpretación que hacen estos de su identidad. Hay quien señala que esta forma de actuar de los cuidadores, de carácter despersonalizador para el paciente, puede llegar a considerar el enfermo como carente de las necesidades de las que podría disponer en una situación de normalidad, anulándolo y no dándole satisfacción a cuanto pudiera necesitar realmente. Esta actitud, además se ve reforzada por el discurso del propio colectivo médico que apoya la despersonalización del sujeto enfermo con su diagnóstico.

Algunos cuidadores proceden a tomar la parte por el todo; es decir, hacen extensiva la enfermedad mental al conjunto de la persona, inutilizándola como ser autónomo, independiente y con características propias. Es como si toda su identidad social fuera determinada por la parte significada en el diagnóstico médico. Toman la categoría médica como punto de partida para interactuar y explicar lo que sucede a la persona enferma, relegando la voz del paciente a su cuidado.

Sin embargo, esto no ha ocurrido con la demencia senil, que como nuevo síndrome patológico se inventó la medicina con el fin de representar los desvaríos de la vejez. En este caso, las representaciones populares sobre la enfermedad y el enfermo fueron inicialmente contrarias al etiquetaje médico, pues los desvaríos se encuentran dentro de lo considerado normal dentro de la vejez; y encuentran que es propio de los viejos chochear, desvariar, perder memoria, hacer cosas extrañas. Para los familiares, los aquejados con demencia tienen una enfermedad, pero no entran en la categoría de enfermos, pues la salud de su cuerpo es la normal, la reconocida como normal dentro de las circunstancias personales.