DESARRAIGO MIGRANTE

Hace pocos días la comunidad senegalesa en España celebraba la victoria de Senegal ante Marruecos en la Copa de África. Una celebración marcada por la diáspora y la identidad, principalmente en las provincias de Barcelona, Madrid, Almería y Girona, donde esta comunidad, básicamente masculina (aproximadamente el 75-80%), está vinculada a sectores como la agricultura, la construcción y el comercio ambulante. Las mujeres senegalesas, aunque son minoría, han experimentado un crecimiento constante en la última década, gracias a los procesos de reagrupación familiar y a una creciente migración femenina autónoma.

No sólo en la comunidad senegalesa, sino también en cualquier otra comunidad migrante, cuando un miembro de una familia emigra, además del costo económico se asumen los costos afectivos, tales como la separación de los cónyuges, el impacto emocional de los hijos que permanecen en el lugar de origen, o de los padres que viven la etapa de la vejez sin la presencia de sus descendientes. Y si bien se siguen manteniendo lazos permanentes con los familiares en el país de origen, aliviando parcialmente el desarraigo de la separación, gracias al desarrollo tecnológico de las comunicaciones y el apoyo de las redes, lo cierto es que las relaciones afectivas se resienten y se viven momentos de crisis, tanto para el miembro de la pareja que se va, como para el que permanece.

Para el hombre que se va, la familia no puede brindarle al emigrante el apoyo psicológico y afectivo que requiere, lo que lo induce a cierta inestabilidad. Y para las mujeres que se quedan, más allá de la soledad tras la separación y del sentimiento de nostalgia que pueden sentir por la separación, se les une en muchos casos el sentimiento ambivalente de sentirse “liberadas” al empezar a gestionar ellas solas el presupuesto familiar –con las remesas que reciben– y a gozar de niveles de autonomía en la organización de su tiempo, inimaginables en el seno de la familia nuclear convencional, en la que la carga de trabajo reproductivo es mayor. De este modo, y para estas mujeres, la salida del cónyuge puede suponer alcanzar cotas de mayor autonomía y afirmación de sus derechos, al asumir la función de gestora de la economía familiar gracias a las remesas.

LA CASAMANCE DECLARA LA PAZ

Se han cumplido tres años desde que dejé este blog a consecuencia de la falta de honestidad de quienes por entonces controlaban la cabecera de Rioja2.com y a quien dirigía casi todas mis observaciones con las que comencé a escribir aquí. Además, otro conjunto de enredos me abocaron al silencio. No era cuestión de repetir otros desengaños, así que dejé pasar el tiempo hasta que hoy leo una noticia que me ha llegado al corazón: La Casamance (Senegal), al sur de Gambia, ha declarado finalmente que la guerrilla que se había implantado durante 32 años en la región había decidido dejar la lucha armada.

Y me ha colmado la noticia porque conocí la Casamance hace siete años, en un viaje de placer por las playas paradisíacas de Cap Skirring, y desde las que realicé numerosos viajes al interior en coche o en piragua. En uno de esos viajes, recuerdo un paisaje de bosques, ríos y caminos sin asfaltar, llegamos a una aldea donde parecía reinar el mismo sentido de libertad y seguridad que ya habíamos comprobado en otras, hasta que un enorme árbol tumbado nos cerró el paso y nos obligó a bordearlo; y justo al doblar ese pequeño desvío, veo un todo terreno descubierto con varios militares armados hasta los dientes, que en la espesura me sobresaltaron cuando además observé que uno nos apuntaba con lo que a mi me pareció un potente cañón antiaéreo, por su longitud y por el brillo plateado y metálico con que refulgía.

El chófer que habíamos contratado habló un tiempo interminable con ellos y pareció que nos iban a dejar pasar, pero quien parecía el jefe de esa pequeña tropa insistió en algo. No sabíamos si eran guerrilleros o bien eran militares de la cercana capital Ziguinchor, ni tampoco sabíamos si querían papeles o querían alguna mordida. Todo pasó muy rápido, pero mi impresión es que algún dinero cambió de pantalón y poco después pudimos continuar el camino.

Es una escena que no parece muy impresionante, pues ya habíamos sido advertidos del conflicto y del peligro que suponía la existencia de minas antipersona (de hecho nos prohibieron internarnos en el Parque Nacional de Basse-Casamance), si nos salíamos de los caminos hollados, pero hay algunos detalles que ahora me llegan a borbotones. Uno es la sensación de vida placentera, tranquila y sosegada que se respiraba en la aldea, donde había mucha actividad provocada por los juegos de los niños y el trajinar de las mujeres entre las chozas. Otra es que los sonidos eran los habituales de una zona con exuberancia de fauna y vegetación, y todo ello te embebía en esa sensación de paz.

Como en muchos lugares de La Casamance donde fuimos (Ourong, Oussouye, Kafountine, M´Lomp, Elinkine), encontramos a personas que nos acogieron con tanta cortesía como si se tratara de los amigos de toda la vida. Posiblemente pertenecían todos a la etnia de los Diola, pero nunca nos hicieron ver sus diferencias frente a los Wolof, la etnia mayoritaria de Senegal. Tan sólo aquel instante del encuentro con los militares, me llevó de un salto hasta las imágenes que guardaba de documentales y películas sobre fieros guerrilleros negros, armados hasta los dientes y dispuestos a secuestrar, violar y asesinar al estúpido turista aventurero.

Volví a Senegal dos años después pero ya no pisé La Casamance.

 

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