Vengo observando en diferentes aplicaciones, videos xenófobos que presentan la entrada a un centro educativo como si hubieran sido rodados en un país magrebí, pero aclarando a continuación que se trata de una ciudad española y que algo hay que hacer para recuperar la identidad española, como si ésta se hubiera perdido o estuviera en trance de desaparecer. Es el típico mensaje repugnante dirigido a un gran número de ignorantes que estiman que la identidad cultural de los españoles, es decir, ese conjunto de formas de vida, valores, tradiciones y simbología que genera un sentido de pertenencia, es único e inamovible, cuando la realidad cultural nos muestra una inmigración magrebí, latina, europea o asiática instalada de forma duradera en España, que contribuye a los cambios identitarios que hacen de España un país rico en diversidad.
Hora es, pues, de pensar de forma más diversa y menos cerril en la inmigración, pues son ya muchas de sus dimensiones relevantes las que no se ajustan al perfil tópico de varón, árabe o negro, y de la mujer con hiyab, que ha sido dominante hasta ahora en la representación popular y mediática del fenómeno migratorio, pues describimos la inmigración desde una perspectiva de mercado de trabajo, reduciendo la realidad diversa y plural de la inmigración, donde se encuentran nuevas formas de movilidad y existencia transnacional, como los estudiantes e investigadores universitarios extranjeros, jubilados europeos, o la emergencia de jóvenes criados o recriados en familias inmigradas tras el reagrupamiento familiar.
También los orígenes nacionales nos llevan a incurrir en un reduccionismo, pues tratamos de una manera homogénea (culturalmente hablando) a todos los inmigrantes que poseen la misma nacionalidad. Es como si pensáramos que todos los españoles son iguales (vascos y andaluces, gallegos y catalanes, riojanos y extremeños, etc.), cuando la realidad nos dice que las naciones se organizaron sobre una gran diversidad interna. Otro tanto ocurre, cuando denominamos a los procedentes de América como latinoamericanos y a los procedentes de África africanos, o peor, subsaharianos. En este sentido, los españoles habría que denominarlos latinoeuropeos o subárticos. Por tanto, hay que evitar el recurso reduccionista, y pensar más en aquellos términos de diversidad que conforman nuestra identidad.

