HIJOS DE PAPEL

Como viene ocurriendo todas las mañanas cuando me encuentro esquivando a los transeúntes que en posesión de un móvil circulan mirando la pantalla y escribiendo con soltura sus mensajes de whatsapp, me pregunto qué urgencia les lleva a responder o iniciar una conversación tan temprano.

Es cierto que a todos nos gusta escribir, más todavía a esos 750.000 analfabetos que se contabilizaban en 2022 y que no disponían de esta habilidad para estructurar y ordenar el pensamiento, evocar la vida y transmitir información sobre sus sentimientos y deseos. Y es que con la escritura nos sentimos vivos y creativos, no importa el medio sobre el que escribamos a pesar de que la escritura sobre papel se encuentra en retroceso frente a los medios digitales.

Aprendimos a escribir sobre el papel, inicialmente en aquellos cuadernos de caligrafía, o más adelante en diarios personales o a través de incipientes poemas o relatos cortos como los cuentos e historias que leíamos. Pero para las generaciones digitales, el envío de cartas y postales, por ejemplo, no se corresponde con sus medios de comunicación actuales a través de las redes sociales y la fotografía y, sin embargo, en uno u otro periodo la comunicación se ha mantenido a través de la escritura, desde la más contenida de los 140 caracteres de twitter hasta la más dilatada en un libro de autoedición.

Recuerdo que hace ya un tiempo, cuando residía en un pueblo de montaña relativamente aislado, tuve la visita extraordinaria de unos familiares a los que les propuse enseñarles aquellas cosas que me habían decidido por este tipo de vida alejado de los cánones urbanos que imperaban por entonces. Cuando les estaba mostrando el ajardinamiento de los terrenos incultos, una tía materna observó la acacia y las adelfas que había plantado y a modo de sentencia me señaló que las personas, para trascender su existencia, deben hacer tres cosas en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Acababa de tener un hijo, había plantado un árbol y casi como un reproche porque había abandonado los estudios en la Facultad, me restregaba que todavía no había escrito un libro. El transcurso del tiempo me traería un segundo y, cuando ya no lo esperaba, un tercer hijo, así como la plantación de numerosos árboles desde la semilla, la baya, rama o plantón y, también, unos cuantos libros, aunque como mi tía me advirtió (que buen oráculo), el primer libro no se editaría hasta mucho después de licenciarme.

Es curioso esto de la trascendencia. Yo mismo no he tenido nunca esa percepción cuando escribía, si bien es cierto, que siempre se escribe con el fin de que otros te lean. De hecho, la escasa producción poética que he realizado hasta ahora es porque ha sido dirigida a una sola destinataria, y cuando ésta dejaba de interesarse yo dejaba de escribirle. Los libros, sin embargo, han tenido destinatarios desconocidos y, por tanto, su elaboración no estaba mediatizada por ellos sino por mi capacidad de creación, o por mi interés en su alumbramiento. Por esto, los libros son como hijos de papel, aunque hijos de papel en su creación y alumbramiento, porque en su crecimiento y desarrollo han tenido la cualidad de reunir a un sinfín de personas que los han ahijado y adoptado. En cualquier caso, todos escribimos pensando en el lector o lectores de nuestros mensajes, ideas e historias que nos interesa comunicar. Y el fin no es otro que el de trascender nuestra existencia cotidiana y salvarnos del olvido. Como dice Stefan Zweig (“Mendel el de los libros”. Barcelona, 2009), los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido. Pero si bien no le quito razón a Zweig, ya hace muchos años que grabé el título de una película de Agustín Diaz Yanes, como el pensamiento que guía mi conducta en relación con las historias y libros escritos, y es que “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”.

Aunque precisamente contra el olvido giró en 2009 un hijo de papel al que puse de nombre: Las maestras. Un análisis sobre la identidad de género y trabajo. Porque, como cualquier embarazo, nueve meses después de haber entregado los originales a la parte contratante y trabajado en sintonía con la editorial, salió por fin a la luz el ejemplar editado a golpe de antojos y mucho cariño. No fue un parto extraño, pues en muchas ocasiones me he encontrado con que el tiempo de incubación ha durado diez y hasta doce meses, así que por una vez todo ha discurrido con cierta normalidad editorial.

Quizás, como siempre ocurre con los que no son genios o artistas, el proceso de creación fue lo más costoso, y me ocupó, no tanto tiempo como pensamiento; pues si bien contaba con los materiales de campo desde hacía más de seis meses y también había reunido, tras numerosas lecturas, buena parte de la documentación que luego utilizaría, la necesidad de dar orden y sentido literario a aquél cúmulo de informaciones, datos y relatos biográficos en poco menos de dos meses, me llevó a un estado insomne en el que mi cerebro no se permitía un descanso. Efectivamente, en la primera semana de marzo había regresado de Senegal y pocos días después recibí la nota imperativa que me fijaba el 23 de abril como fecha límite para entregar originales.

Este frenesí para cubrir de páginas el índice que me había impuesto y que me obligaba a redactar un número determinado de hojas diarias, fue el que dio al traste con mis rutinas de sueño y descanso. Ocurrió que en cuanto había luz diurna me levantaba con nuevas ideas que había trabajado en una especie de duermevela, seguía durante todo el día escribiendo y tratando de cumplir disciplinadamente con el número de páginas y, salvo descansos adecuados a las horas de alimento y siesta, me mantenía pegado entre la pantalla del ordenador y las montañas de papeles, libros y artículos que ocupaban toda la mesa, de manera aparentemente desordenada.

Dos semanas después de haber iniciado esta espartana vida de creación caí en un estado de ansiedad que me llevó a la consulta de mi doctora de cabecera, la cual me recetó un potente somnífero cuyas consecuencias, pese a las advertencias, no supe entonces medir. Ocurrió que tras dos semanas tomando el somnífero había logrado un cierto equilibrio entre los tiempos dedicados al sueño y a la creación y, como siempre he sido reacio a medicarme, dejé de tomar los somníferos radicalmente sin guardar los protocolos indicados por la doctora, produciéndome lo que ya me advirtió que podría ocurrir: el denominado efecto rebote; es decir, que volví al estado insomne inicial. Aun así, acabé con tiempo suficiente para dedicarle dos semanas a pulir y mejorar algunos párrafos, vocablos y el sentido del texto final.

De este modo pude cumplir con la parte más difícil en la creación de este hijo de papel y, aunque no quise saber ya más del texto, aún tuve que volver a leerme las pruebas de imprenta dos veces más, buscar la parte ilustrada y gráfica que acompañaría el texto y, finalmente, dar el visto bueno al vestido con el que se presentaría en sociedad. Fue por entonces que me prometí no volver a escribir nunca más un libro, dedicarme a los hijos biológicos y a las plantas de mi jardín y, cuando me hiciera muy mayor, poner un huerto con el que ver pasar las estaciones. Promesa que he incumplido, si tengo en cuenta que he dejado de cultivar un huerto, mientras cultivo a un hijo y escribo otro libro.

LAS ABUELAS

Esta mañana me he despertado con una desgraciada noticia, arribada en un mensaje telefónico, que decía escuetamente: «Mi abuela ha muerto esta madrugada«. Y he sentido profundamente esta muerte a pesar de que no la conocía y que tan sólo tenía una información distraída en el tiempo que hablaba de una metástasis.

Desde hace muchos años las abuelas y los abuelos han sido mis principales informadores acerca de cómo era el mundo que desconocía y de como este se había configurado con ellos como actores principales. Viajaba por las aldeas y pueblos más o menos ocultos, más o menos insólitos, y cuando me veían portando un cuaderno de notas no se imaginaban que yo les iba a inquirir por su actividad cotidiana, por las cosas de cada día, por aquellas cosas a las que nadie ni ellos mismos prestaban interés. Y eso es lo que hizo que me granjeara su amistad, principalmente el de las abuelas, pues hasta entonces nadie les había concedido importancia, ni había manifestado el interés que yo demostraba con mis preguntas por sus quehaceres habituales, por sus ritos y ceremonias. Gracias al reconocimiento y al apoyo que me brindaron en cuantas aventuras investigadoras intervinieron aquellos viejos, creo que nació en mi este afecto especial por ellos, por sus cosas, por su memoria, por sus actividades, por su vida.

Pero este afecto por las cosas de los viejos yo creo que no hubiera sido sincero si no hubiera participado del cariño y el amor con que me obsequiaron mis abuelas desde mi más tierna infancia. Tuve como todos dos abuelas: la paterna y la materna, pero ambas fueron polos opuestos en el desarrollo de mis sentimientos y mis emociones. Porque si una me dedicó en exclusiva todos sus afanes y todos sus sentimientos, la otra apenas me dedicó el tiempo suficiente para las reprimendas y desahogos con los que exteriorizaba sus frustraciones vitales.

Mi abuela materna (la yaya) residía de continuo en casa de mi madre desde que falleciera el abuelo, sin que eso alterara la que había sido su residencia en los últimos años cuando procedentes de Barcelona llegaron como en otras ocasiones para pasar tan sólo una temporada, pero se quedaron hasta su muerte. Esta abuela era el polo opuesto de la otra en todos los sentidos, era gorda y la otra estaba en los huesos, pero la gran diferencia estaba en las manifestaciones de carácter afectivo, pues era seca, un poco agria en sus formas y hasta un tanto amargada en la relación que mantenía con su hija, mi madre. Era muy tacaña, nunca puso una moneda en mi mano para comprar pan, ni tampoco un billete en las manos de mi madre para ayudar en la economía doméstica. Todo lo ahorraba, pero de espíritu miserable, lo guardaba en una gran faja a la que había cosido un doble fondo donde introducía los billetes. Las operaciones financieras las hacía a puerta cerrada adelantándose a los demás en el baño, donde se deshacía de la impedimenta con el fin de desvestirse, volver a colocarse la faja de ahorros y calzarse el camisón. Esta miseria la conservó durante toda su vida y sólo cuando falleció descubrimos con qué envolvía su cuerpo. Mi madre pese a tantas miserias que tuvo que aguantar con una madre nada ejemplar, repartió con sus hermanos aquel tesoro inaudito que forjó en aquellos años de convivencia en la casa de su hija.

No obstante su tragicómica vida le guardaba un respeto reverencial, pues así disponía sus encuentros en los que apenas tenía cabida el diálogo o los sentimientos. Gustaba reírse de mis locuras, pero aparentando siempre contrariedad por mi modo de entender la vida, incluso por denotar interés por su pasado, por los distintos miembros de una familia extensa entre los que contaba con una bisabuela centenaria. Pues bien, por entonces conocía a una de sus hermanas, una tía-abuela a cuya casa acudía en la Semana Santa, porque disponía de un balcón privilegiado desde el que contemplaba los magníficos cuadros de penitentes encadenados, encordados y crucificados que se disponían en orden procesional. Ya he dicho que no pude arrancarle mucho acerca de su pasado en el pueblo, ni tampoco de su estancia en Barcelona. Toda la información que logré fue intermediada por mi madre, la cual respetuosamente guardaba el mismo silencio para las cosas de su madre, y para las cosas de antes (los avatares de la guerra) por imposición de la abuela.

Pero por otra parte, estaba mi abuela paterna, la cual perdió en un lapso de tiempo muy corto a su único hijo varón y a su marido, y quedó al cargo de tres hijas y de paso al único nieto varón (por entonces yo tenía cuatro años). Quizás fue la muerte temprana de mi padre o quizás fue el hecho de ser el único varón que quedaba en la familia, el caso es que esta abuela me tomó con un empeño especial, y en mí depositó todas sus gracias. Fue una mujer trabajadora que ya al punto de la mañana salía caminando hasta el entonces hospital militar (hoy juzgados), donde ella trabajaba como jefa de la cocina que alimentaba a los pacientes encamados. Alguna vez me acerqué con ella para verla trabajar y aquel mundo me parecía irreal, pues en la mesa de trabajo junto a las cocinas centrales se apiñaban más de doscientos moldes de flanes de huevo que mi abuela había dejado preparados el día anterior. Tenía dos ayudantes que hacían las labores más rutinarias como pelar patatas, cortar verduras, limpiar pescado, trocear carne o todo aquello que mi abuela disponía en ese rancho diario que alimentaba al hospital militar. Por la tarde, una vez recogida y limpia la cocina desandaba el camino matutino y llegaba a casa, donde inmediatamente organizaba las cenas, no sólo de la familia, sino también de los chóferes de la Estellesa (la línea de autobuses que unía Logroño con Pamplona), y que pernoctaban a media pensión en casa de la abuela.

La abuela paterna ya he dicho que era el polo opuesto de la materna. Era capaz de quitarse el alimento de la boca para dármelo en exclusiva. Preparaba los platos y los postres que más me gustaban, aquellos en los que mi abuela podía descubrirme una arruga de felicidad; y no contenta con esto, siempre estaba pendiente de darme un achuchón de besos en cuanto me descuidaba. Con el tiempo me aficioné a vivir en casa de la abuela, en parte porque a mi madre no le importaba compartir los afectos y los cariños con esta mujer que le devolvía la imagen de quien un día fue su esposo, y en buena medida porque hacía más feliz a la abuela las pocas horas que podía estar a su lado.

Recuerdo que en casa de la abuela había un patio donde el abuelo había construido un gallinero para más de doscientas gallinas con las que yo me divertía experimentando los más crueles juegos. También había árboles frutales y flores, y cuando aburrido de juegos en la calle me acercaba a este otro mundo,  surgía en mi el hombre que tanto echaron en falta las mujeres que tuvo la casa de la abuela. Arrancaba rastrojos, preparaba ramos de flores, limpiaba el gallinero, recogía los huevos, subía a la higuera y desprendía los higos más dulces. Un universo infantil que el Ayuntamiento expropiaría con los años, para dar salida a las nuevas edificaciones que se apelotonaron en las traseras de la casa de mi abuela, una vez las monjas de la Enseñanza vendieron el solar-huerta que tenían al otro lado de la tapia.

Cuando llegaba la noche, tras pedir permiso en casa, me quedaba a cenar y dormir con la abuela. Dormíamos en una camita estrecha abrazados. Mi abuela decía que yo era como una estufa: «Este hijo me da más calor que una estufa«, y es que siempre he desprendido mucho calor de mi cuerpo y a mi me encantaban sus manos y sus pies fríos que templaban mis infantiles ardores. Claro que la abuela se despertaba muchas noches con accesos de tos, provocados según ella por los bronquios, culpables de su mala salud y que atemperaba todos los años tomando las aguas termales en Cestona. En aquellas ocasiones esperaba su vuelta con interés porque siempre se acordaba de comprar las famosas galletas obleas de Marquina, unas galletas que se deshacían como el aire en el paladar.

No serían los bronquios los culpables de su muerte, sino la inesperada situación de soledad a la que se vio arrastrada, cuando ya jubilada desaparecieron de casa sus hijas y hasta cierto punto su nieto, que ya adolescente buscaba lejos de la casa familiar otros amores, sabiendo que dejaba atrás a las mujeres con las que había crecido en un entorno de afecto y cariño. Yo creo que cuando llegó la ambulancia no era consciente de la gravedad de su enfermedad. Como un pajarito expiró a las pocas horas de su estancia en el hospital y no pude hablar más con ella. Una vida de cariño y afecto, una vida entregada a los demás, una vida de trabajo sin descanso, una vida de generosidad sin límites. Una vida de la que soy deudor. Gracias abuela.

EL DISCIPLINAMIENTO DE LOS CUERPOS

A rebufo del particular mensaje del vicepresidente de Castilla y León, Juan García-Gallardo, que anunció diversas medidas antiabortistas a través de un protocolo de actuación que tendría por objetivo convencer a las mujeres que se plantearan abortar de no hacerlo, entre otras el apoyo psicológico clínico, las ecografías en 4D, el latido del bebé y mayores garantías de protección de datos en la objeción de conciencia, han surgido numerosas réplicas en editoriales y publicaciones de todo tipo, la mayoría vinculadas con la crítica ideológica al partido de extrema derecha VOX.

Sin embargo, muy pocas de estas réplicas han incidido en el hecho de que cualquier medida antiabortista o a favor de la ley de interrupción voluntaria del embarazo (el aborto es libre hasta la semana 14 de gestación y, a partir de ahí y hasta la semana 21, podrá realizarse una interrupción por causas médicas, como malformación del feto o peligro para la vida de la madre), en realidad están tratando del cuerpo de la mujer. Del cuerpo de la mujer que durante siglos se ha visto sometido a cambios y modificaciones relacionados con los contextos sociales e históricos en los que se desenvolvieron.

Viene esto a cuento de una relectura de Michel Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber), donde se conjuga el ejercicio del poder con la disciplina de los cuerpos y la regulación de la población. El disciplinamiento es un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo. De las consecuencias de su aplicación no hay mejor exponente que la España del siglo XX cuando se proyectó una concepción que identificaba la sexualidad de modo funcional con la procreación, particularmente con la genitalidad, jurídicamente con el matrimonio, conductualmente con la heterosexualidad, genéricamente con el varón, y cronológicamente con el joven/adulto.

A pesar de que un mínimo de conocimiento, contacto con la realidad y espíritu crítico desbancan estas limitaciones, no por ello dejamos de observar que la imposición social de los cuerpos ha permanecido y permanece. Seguimos dominados por una experiencia de siglos en los que se aprendió a disciplinar nuestros cuerpos y a restringir las opciones de nuestra sexualidad.

LEY FAMILIAS MONOPARENTALES

Hoy día sabemos que la tipología de familias no se concreta en la tradicional familia nuclear y familia numerosa, pues del mismo modo que la sociedad y la cultura han ido progresivamente dando paso a una gran diversidad, el concepto y la tipología de las familias también han ido variando en el último lustro, dando lugar a las familias biparentales, con y sin hijos, familias homoparentales, reconstituidas, familias de acogida, adoptivas, familias extensas y familias monoparentales.

Son estas últimas las que más han crecido (el 3% según la última Encuesta Continua de Hogares de 2020). Y son mayoritariamente (81,9%), sostenidas por mujeres, solas o con hijos, por lo que sería mejor denominarlos hogares “monomarentales”. Y son estos hogares donde más ha crecido la pobreza, según el Informe AROPE sobre el Estado de la Pobreza en España (2022), que señala como el 45,5% de todas las personas que viven en familias monoparentales están en riesgo de pobreza, cifra que es más del doble de la tasa media de todos los hogares. También en La Rioja ha habido un importante crecimiento de este tipo de familias (hasta 12.900 según la ECH de 2020), representando como en el resto del Estado una de las más vulnerables por el riesgo de exclusión social de sus componentes, en su mayoría mujeres con un hijo menor.

Precisamente y dada la falta de una legislación acorde a esta situación, el Gobierno de La Rioja aprobó hace un año (22 de diciembre de 2021), el Proyecto de Ley de Familias monoparentales, y lo remitió al Parlamento de La Rioja para su tramitación y aprobación con el fin de proteger mediante prestaciones sociales este tipo de familias, a la vez que atendía la manifiesta discriminación de género. Sin embargo, ha pasado un año de tramitación parlamentaria sin que este proyecto de ley haya sido debatido, y mucho menos aprobado. Y si tenemos en cuenta que en unos pocos meses se abrirá el periodo electoral, es muy posible que esta ley no vea la luz en esta legislatura, de modo que la desigualdad social y la discriminación de género persistirán sin visos claros de solución.

FAMILIAS Y LEYES

En días pasados se habló de la llegada del invierno demográfico, por la caída de la natalidad y el aumento de las expectativas de vida. Los analistas apuntan al conjunto de factores que intervienen en la caída de la natalidad y su complejidad para no ofrecer soluciones, si bien no pueden dejar de lado que son las mujeres quienes en definitiva son las protagonistas de este declive o crecimiento de la población, al ser quienes detentan la capacidad reproductora de la sociedad. Ahora bien, las mujeres no toman sus decisiones reproductivas a la ligera, si no que tienen en cuenta las circunstancias personales y de futuro a las que se deben enfrentar con el alumbramiento de un nuevo ser y, estas condiciones, solas o combinadas, son muchas y muy variadas y aquí no tengo espacio para dar cuenta de todas ellas, pero sí de aquellas que determinan las leyes, como la Ley de Familias, que supuestamente iba a ser aprobada en el último Consejo de ministros, pero que se ha quedado esperando en el cajón de futuros.

Esta ley que forma parte del acuerdo de presupuestos para el año 2023, supondrá nuevos permisos retribuidos para el cuidado de hijos y familiares que faciliten, especialmente a las mujeres trabajadoras, la conciliación familiar y la crianza de los hijos. Es tan sólo un pequeño apoyo, pero al menos reconoce la situación de vulnerabilidad y desamparo en la que se encuentran muchas familias en riesgo de exclusión.

Más necesario sería acabar con la injusta discriminación en el ámbito de las familias monoparentales. Esta discriminación respecto a las familias biparentales se muestra en los permisos de nacimiento que, si ya desde enero de 2021 igualaron las dieciséis semanas de la madre biológica con las del otro progenitor, no ocurre lo mismo en el caso de las familias monoparentales que deberían disponer de 32 semanas. La desigualdad en materia de derechos de las familias monoparentales sigue pendiente, pese a que con la ley de Familias se avance en el reconocimiento de éstas como familias numerosas cuando dispongan de dos hijos. En La Rioja llevamos ya un año en trámite parlamentario

HOMBRES CONTRA LA VIOLENCIA MACHISTA

Sabemos que la desigualdad tiene su origen en pautas culturales, sociales y religiosas que perpetúan la condición de inferioridad que se otorga a la mujer en la familia, el trabajo y la sociedad. Y si asistimos a un cambio y transformación de la masculinidad es gracias a las conquistas de la revolución feminista y a los valores de la igualdad y la coeducación, que han acabado con los viejos roles de la mujer ama de casa abnegada y el hombre dominante que trabaja fuera de casa y alimenta la familia.

El reconocimiento de la dignidad humana implica considerar que varones y mujeres nacemos como sujetos iguales en derechos y deberes, que podemos desarrollar las mismas capacidades y habilidades, realizar las mismas tareas productivas y participar paritariamente sin otras diferencias que las que provienen de nuestra individualidad. En este momento es necesaria una actitud solidaria entre ambos géneros que permita que las relaciones en el ámbito doméstico sean simétricas e igualitarias a través de la  incorporación de los hombres a las tareas del quehacer doméstico y las responsabilidades familiares.

El ámbito privado o doméstico es donde mejor se expresan los logros acerca de la igualdad entre los géneros, porque si bien algunos hombres han emprendido la ardua y costosa tarea de equiparar su dedicación en condiciones de igualdad a la mujer (dadas las resistencias del conjunto de los hombres, como de aquellas mujeres que ven en la apropiación del espacio privado y doméstico por parte de los hombres una pérdida de su identidad de género), también es cierto que este sigue siendo el espacio de poder de la mujer, el espacio donde mejor se expresa la relación patriarcal de una sociedad dualizada, que ha cedido el espacio público, fuente de recursos y poder, a la primacía del hombre. Así mismo son necesarias las políticas institucionales que revaloricen el trabajo reproductivo (cuidado de la infancia, personas enfermas y mayores…) e impulsen un reparto equilibrado de la carga de trabajo entre varones y mujeres. Entretanto se puede hablar de coexistencia de múltiples situaciones, desde las propiciadas por un proceso de aculturación de género y adopción de roles masculinos, hasta las más tradicionales y conservadoras que mantienen la “jornada interminable” y el eterno status de género domesticado.

Mientras esto no se produzca seguiremos percibiendo a multitud de hombres que no han logrado transformar y adaptar los roles tradicionales, continuando instalados en un machismo atávico que les impide aceptar las nuevas realidades de igualdad de género, tanto en el ámbito público como en el doméstico, que ha conducido en muchos casos a un aumento de los divorcios, cuando no de la violencia y la muerte. Y es que la violencia contra las mujeres no ha cesado en los últimos años pese a que la lucha por la igualdad ha tomado carta de naturaleza en la sociedad. La causa fundamental que provoca esta violencia reside en el modelo de sociedad que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad respecto al hombre, así como en los patrones culturales discriminatorios hacia la mujer; es decir, las mujeres son las víctimas primordiales de una violencia ejercida por hombres, significando, por tanto, una violencia sexista y machista. Además, no es una violencia que se de en el ámbito familiar o doméstico, sino que es una violencia que se produce en la pareja, haya o no convivencia de por medio.

Sabemos que para el conjunto de los varones no es fácil aceptar públicamente la violencia y la desigualdad si no son ellos quienes la han promovido. Frecuentemente no la viven tanto como un conflicto individual cuanto como un conflicto social, enmarcado en la agresión a su propia identidad e imagen social como colectivo genérico. De ahí que sea necesario que los hombres como colectivos asuman su responsabilidad en la existencia de las desigualdades y la violencia. Hace falta políticas de igualdad dirigidas a los hombres que faciliten el cambio hacia posiciones más favorables a la ruptura con el modelo tradicional masculino. Hacen falta referentes sociales que nos permitan superar el machismo atávico, porque de ese modo ganaremos en autoestima y desarrollo personal, nos reencontraremos con nuestras emociones, ganaremos en autonomía personal y funcional. Tendremos una sexualidad más completa y satisfactoria y ganaremos en salud. Descubriremos una nueva paternidad más cercana, responsable y solidaria. Disfrutaremos de mejores relaciones de pareja y, sobre todo, nos convertiremos en personas más justas y solidarias.

A esa tarea se emplaza a todos los hombres contrarios a la existencia de desigualdades de género y  contra la violencia machista, en la convocatoria de una Rueda de Hombres que tendrá lugar en la plaza del Ayuntamiento de Logroño el jueves 21 a las 19,30, bajo el lema “EL SILENCIO NOS HACE CÓMPLICES. VIVAMOS SIN VIOLENCIA”,  y que nos permitirá manifestar nuestra voluntad de acabar con la desigualdad y la violencia de género, fortaleciendo la visibilización de otra masculinidad.

NO FUTURO

Ayer, víspera sanjuanera, temprano, me han sacado de la cama unas llamadas telefónicas inquiriendo por mi opinión acerca del bajón en los indicadores de natalidad el pasado 2009. Como además de dormido, un virus maligno me ha dejado temporalmente sin acceso a la información con la que parecían haberse sobresaltado los medios (TV y radio), he tenido que recurrir al bar próximo donde un café humeante y la prensa me han puesto sobre aviso.

Todo parece que tras unos años de leve crecimiento de la natalidad y de los índices de fecundidad (centésimas), la tendencia apuntaba hacia lo que ocurre en los países del norte de Europa donde se da un cierto equilibrio en la población que permite el relevo generacional; y aunque lejos aún, España, con el apoyo inesperado de las mujeres extranjeras y unas expectativas de seguridad laboral y crecimiento económico, podía augurar un futuro en el que aun sin alcanzar las cotas piramidales del baby-boom, o las propias del relevo generacional (2,1 hijos por mujer en edad fértil), sí caminaba hacia una sociedad más equilibrada en su pirámide o, mejor dicho, en su polígono demográfico.

Hoy, sin embargo, el brusco descenso de la natalidad ha disparado todas las alarmas mediáticas, pues es cierto que con el increíble y maravilloso aumento de las expectativas de esperanza media de vida, podría ocurrir que una de cada tres personas y no una de cada cuatro como sucede en la actualidad, podría ser mayor de sesenta y cinco años, lo cual desequilibraría las bases sobre las que se asienta nuestro Estado del Bienestar. Un desequilibrio agudizado por el hecho de que no toda la población potencialmente activa trabaja (ahora mismo dos de cada cuatro mujeres y tres de cada cuatro hombres), lo cual podría provocar que cada activo soportase a un no-activo (mayores de sesenta y cinco y menores de dieciséis años), algo difícil de sostener en una sociedad expansiva en servicios.

Las causas de este descenso de la natalidad en 2009 son tanto coyunturales (2008 fue el año en que se declaró oficialmente la crisis  y también el año en que se gestaron o se podían haber gestado los nacimientos del 2009), como estructurales (las mujeres españolas no proyectan el nacimiento de su primer hijo hasta que no tienen cierta seguridad –afectiva, laboral y de vivienda-, y por lo tanto dilatan esta decisión hasta los últimos años de su periodo fértil; por su parte las mujeres extranjeras tienden a integrarse en la sociedad de acogida y por tanto convergen con las mujeres autóctonas en sus expectativas).

Así pues, el descenso estaba cantado, pues el leve crecimiento sostenido en los últimos años sólo se podía apuntalar con una política decididamente familista, y eso en este país ni ha ocurrido ni va a ocurrir hasta que posiblemente nos encontremos en un nuevo ciclo de crecimiento económico y se tome en consideración una política que estimule la natalidad y el sostenimiento de la población.

A veces se aduce que las mujeres españolas al incorporarse al mercado laboral han subordinado las expectativas de maternidad a su carrera profesional. Y es cierto, pero puntualizando, pues las mujeres que trabajan son poco más de la mitad de la población activa femenina, todo lo contrario de lo que ocurre en los países nórdicos donde trabajan tantas o más que hombres y, sin embargo, tienen índices de fecundidad hasta cuatro y cinco décimas supriores a los de las españolas. Qué ocurre?, pues que sus empleos son buenos y seguros, es decir, son de calidad y ofrecen reconocimiento y fijeza. Ocurre también que reciben el apoyo de sus parejas, las cuales se corresponsabilizan en el cuidado, crianza y educación de sus hijos (algo que aún no conocemos los españoles mas que en el cine). Ocurre que la administración y las empresas apoyan la conciliación familiar mediante toda clase de servicios para la guarda, crianza y educación de los hijos, mediante horarios laborales flexibles adaptados a las necesidades de los padres, remunerando el tiempo ocupado con los hijos y guardando el empleo para cuando los padres se reintegran al trabajo. En fin, una serie de medidas ajenas a la política y la sociedad española, que aún sigue depositando en la mujer todas las expectativas de sostenimiento generacional.

El No Futuro surgió cuando grupos de jóvenes vieron que su futuro era negro, faltaba el empleo, la vivienda y las oportunidades, rebelándose contra todo lo establecido. En España, parece que son las mujeres quienes han dicho basta y se han vuelto punkies proclamando el No Futuro.

¿CASTIDAD? NO, GRACIAS

Hace unos días, el obispo mexicano de San Cristóbal de las Casas (estado de Chiapas), Felipe Arizmendi, responsabilizó a “la invasión de erotismo presente en los medios de comunicación” de los abusos cometidos por el clero ya que, ante tal aluvión de estímulos, no es fácil “mantenerse en el celibato y en el respeto a los niños”, subrayando que el libertinaje sexual que se vive actualmente es uno de los detonantes de los escándalos de pederastia que en los últimos meses asolan el panorama de la iglesia católica.

Desde luego con estas manifestaciones no ha conseguido aplacar las críticas por los abusos sexuales y casos de pederastia cometidos por el clero, sino todo lo contrario, pues han aumentado el número de personas, organizaciones e instituciones políticas y sociales, así como representantes de gobiernos que han respondido indignados por este incontinente verbal.

Parte de su argumentación podría tener base real al señalar que la iglesia católica pondrá mayor énfasis en mejorar la educación sexual de sus sacerdotes, pese a que el medio ambiente no es propicio sino contrario a la castidad. Se refiere a Internet que lo invade todo y por ello es difícil que alguien se sustraiga a un ambiente tan erotizado. Ante un libertinaje social generalizado como el que existe actualmente, hay más posibilidades de actos de pederastia, no solo en la Iglesia sino en la familia, en las escuelas y en muchos otros ambientes.

Y es cierto que las posibilidades que ofrece la libertad sexual pueden esconder actos violentos o contrarios a la propia libertad, aunque no estoy de acuerdo en que sea la libertad la que promueva esos abusos, esa violencia, ese ejercicio del dominio y del poder, sino las bases sobre las que se socializaron, se formaron y se educaron las personas que conculcaron los derechos y la libertad de los otros. Ahí es donde debe buscar el origen de de los abusos de los sacerdotes, y ahí es donde precisamente entra la castidad coercitiva e impuesta mediante el celibato al clero.

El secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone, el agitador que ha relacionado pederastia y homosexualidad, decía estos días a su paso por Cataluña que el voto de celibato es una tradición positiva y su incumplimiento puede conllevar consecuencias que después son muy dolorosas y lo dañan todo. Es cierto, las consecuencias se muestran no sólo con los casos de abuso sexual de menores por el clero en Europa y  Estados Unidos, sino en las regiones donde el catolicismo está creciendo más rápido como América Latina, Asia y, sobre todo, África, donde según Peter Schineller, un sacerdote jesuita que ha pasado veinte años en África, la transgresión de la castidad entre los sacerdotes va desde el acoso, la violación y el sexo consentido, hasta engendrar hijos. Schineller señala que en África los adultos con hijos tienen una posición social más alta que los adultos sin hijos. Además, los sacerdotes a menudo están aislados, separados, y las tentaciones son muy fuertes.

En una investigación llevada a cabo en 2001 por la National Catholic Reporter y publicada el nueve de marzo, se puede leer en el Memorándum presentado por Sor Marie McDonald (de Misioneros de Nuestra Señora de África), que el acoso sexual e incluso violación de las hermanas por sacerdotes y obispos es supuestamente común. A veces, cuando una hermana se queda embarazada el sacerdote insiste en el aborto. La hermana por lo general es despedida de su congregación, mientras que el sacerdote es trasladado a otra parroquia. Otro problema es que muchas hermanas son económicamente dependientes de los sacerdotes que solicitan favores sexuales a cambio de su ayuda financiera. Además, los sacerdotes se aprovechan de la dirección espiritual para pedir esos favores sexuales.

El abuso sexual de las religiosas es el principal problema de la iglesia católica en África y son varias las causas apuntadas en los informes procedentes de las congregaciones diocesanas, como el voto de celibato/castidad, que no es de gran valor en aquellos países donde el matrimonio es el objetivo principal, aunque como el precio de la novia es demasiado alto, la opción alternativa que se presenta a las jóvenes es la vida religiosa.

Otra causa proviene del status inferior de la mujer en la sociedad y en la iglesia. A una hermana le resulta imposible rechazar a un sacerdote que le pide favores sexuales, pues han sido educadas para estar al servicio y obedecer al varón que se ve como una figura de autoridad. Como los sacerdotes recibieron una formación teológica más avanzada, pueden utilizar falsos argumentos para justificar sus solicitudes de sexo, como este de: Ambos somos célibes consagrados. Esto significa que prometimos no casarnos. Sin embargo, podemos tener relaciones sexuales sin romper nuestros votos.

Por otra parte, las monjas también tienen un lugar único en el panorama sexual, en un universo donde el SIDA está muy extendido. Para muchos, el sexo con monjas se piensa que es seguro; algunos incluso se imaginan que podría tener efectos positivos o poderes curativos.

Pero quizás, lo peor de los abusos cometidos con las mujeres religiosas en África ha sido, como en el caso de los abusos a menores en otras partes del mundo, la conspiración del silencio en torno a esta cuestión. El encubrimiento de la violación de menores y el abuso sexual de religiosas, proviene de la consideración que tiene la jerarquía católica sobre la violación y el abuso como un pecado, en lugar de cómo un crimen. De ahí la insistencia en el perdón, el arrepentimiento y la terapia de los pecadores, en lugar de la investigación, persecución y expulsión de los delincuentes. En el fondo tratan de mantener la reputación de la jerarquía eclesiástica por encima del deber para con su iglesia, utilizando la autoridad que una religión secular les proporciona para ocultar sus más oscuros y terribles secretos.

Pese a que el Vaticano siempre ha tenido conocimiento de todos estos pecados y delitos, su respuesta ha sido el ocultamiento de los hechos y la exaltación de la castidad. En 2005, cuando Benedicto XVI viajó a África se refirió a la cuestión del celibato de manera explícita. Instó a los obispos allí para abrirse plenamente a servir a los demás como lo hizo Cristo, abrazando el don del celibato. Sin embargo ya hemos contado en otra ocasión (“Pedofilia o barbarie”), que hasta que en 1073 Gregorio VII impuso el celibato, en esos diez siglos de vida cristiana, además de San Pedro otros seis papas vivieron en matrimonio y hasta once papas fueron hijos de otros papas o miembros de la iglesia. Por tanto, ¿porqué fundamentar el funcionamiento de la estructura eclesiástica en el celibato y la castidad? ¿Debe una persona ser casta para ejercer el cargo de sacerdote? ¿Se puede condenar a un, o a una joven adolescente a no conocer jamás el desarrollo normal de su cuerpo, a no tener contactos emocionales o sexuales sin temor?

Sean cuales sean las respuestas, lo cierto es que la sexualidad de sacerdotes, obispos y cardenales no remite con los votos de castidad, y está expuesta, como señalaba el obispo de Chiapas al medio ambiente erotizado que hace muy difícil sustraerse a las tentaciones del abuso y la violencia sexual. Si de verdad quieren acabar con los abusos en el seno de la iglesia católica y convivir en un plano de igualdad, dignidad y respeto, no lo duden, pronuncien bien alto este lema: ¿Castidad? No, gracias.

NO HAY NADA NUEVO

No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer bajo los cincuenta mil folios del sumario del caso Gürtel. No hay nada nuevo por que nadie ha sido condenado y, sin embargo, cada vez hay más pruebas que señalan al Partido Popular financiándose gracias a la trama de corrupción que se ha instalado en las regiones, naciones y autonomías donde gobierna. No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer, sino callar y esperar como muy bien hace su líder don Tancredo, que sólo piensa en “esperar si queremos gobernar porque ninguna trama corrupta nos ha quitado clientela electoral; además, los corruptos son ellos, es decir los que se aprovechan de la ingenuidad y buena voluntad de los gobiernos populares. Y, en todo caso, los que ya ha sido condenados por corruptos; es decir, los socialistas”.

No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer, pues Garzón será sentado en el banquillo y juzgado por acusación de Manos Limpias (con la democracia se han limpiado la sangre con que se tiñeron durante la dictadura), y se declaran de Falange (también la democracia reconvirtió la identidad de asesinos), el único partido fascista europeo que sobrevive a las dictaduras que alimentó. No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer, la justicia prevalecerá y, con Garzón inhabilitado, una vez más dictadores, mafiosos, terroristas, corruptos, narcotraficantes y otros poderosos saldrán libres y dispuestos a no dejarse atrapar por una policía cada vez más eficaz.

No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer en la campaña de declaración de la renta de este año, pues aunque señale la casilla de otros fines sociales, la jerarquía católica percibirá del Estado más que si gobernara Franco o Aznar. La cifra presunta y estimada que el Estado ha cedido directamente a la iglesia católica, en 2009, puede haber superado los 6.800 millones de euros, de los cuales sólo doscientos cincuenta y dos pertenecen a la asignación tributaria del IRPF. No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer con un gobierno socialista que no va a denunciar el concordato (al menos por preconstitucional), que paga los despidos improcedentes de profesores de religión que se amancebaron o se divorciaron y no practicaron la pederastia, que soporta la excomunión de los diputados si no legisla como señala el portavoz obispal, que reniega del laicismo en la escuela y en los actos públicos e institucionales, porque al parecer no es laico sino aconfesional, es decir, de la poderosa confesión dominante.

No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer, entre y con la jerarquía eclesiástica, y si se producen abusos de menores es principalmente en el seno de las familias y tan sólo un pequeño porcentaje en las instituciones religiosas. No hay que escandalizarse ni condenar a unos pocos ministros de la iglesia católica por pequeñeces y, si me apuran, tampoco a quienes ejercen la violencia de género. De este parecer legitimador es el arzobispo de Granada, Javier Martínez, cuando señala que el mayor crimen contra la humanidad, incluso más repugnante que aquellos que cometieron los nazis, es la práctica del aborto; una práctica femenina, de las mujeres y, por tanto, merecedoras del abuso y la violencia sobre sus cuerpos que ejerzan los varones, legitimados como están por este jerarca católico.

No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer en el huerto riojano, donde gobierna el gran hortelano de las identidades perdidas y el efecto frontera, el vino y la lengua, el espárrago navarro y la pera de Rincón, del totum revolotum de una Arcadia feliz. Y no hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer en el solar logroñés, pues el pelotazo urbanístico del monte El Corvo se ejecutará aunque se oponga el Ayuntamiento y los logroñeses. Además se consumará el castigo económico a la capital un año más, hasta que los electores equivocados le devuelvan el poder a este partido liderado por una Cuca más popular y menos camorra, “no vaya a ser que se vuelvan a equivocar estos capullos”.

No hay nada nuevo y por tanto no hay nada que hacer. Bueno, algo sí se puede hacer: ver el partido del Madrid-Barça con putas y bolleras, gays y transexuales, borrachos y drogadictos, honestos y dialogantes, comunitarios y extracomunitarios, musulmanes y ortodoxos, vascos y catalanes y con todo el que presente alguna novedad sobre la mirada desvaída y rancia del poder.

SEXO EN PRIMAVERA

Esto lo escribí el pasado veinticinco de marzo de 2010 después de asistir en el Ateneo a un debate sobre Foucault y la inmanencia del poder

Ha llegado la primavera, el momento en que la naturaleza transforma los capullos en flores y en el que las hormonas parecen despertar de su letargo invernal. Pero no es de sexo exclusivamente de lo quiero hablar, sino del cuerpo, de la percepción que tenemos del cuerpo, de la conciencia que tenemos de nuestro cuerpo. Hay gente que todavía no ha descubierto su cuerpo porque no lo encuentra o percibe, o porque no le gusta, porque quiere modificarlo, porque no se identifica, porque se mira en otros cuerpos, en los modelos de juventud de belleza estandarizada y no en el suyo.

Y es que los cuerpos, como la sexualidad o el pensamiento, se han visto sometidos a cambios y modificaciones relacionados con los contextos sociales e históricos en los que se desenvolvieron. Viene esto a cuento de una relectura de Michel Foucault (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber), y el inicio de la era del “biopoder” donde se conjuga el ejercicio del poder con el diciplinamiento de los cuerpos y la regulación de la población. El biopoder es un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo y su mejor estrategia será el dispositivo de sexualidad. De las consecuencias de su aplicación no hay mejor exponente que la España del siglo XX cuando se proyectó una concepción que identificaba la sexualidad de modo funcional con la procreación, particularmente con la genitalidad, jurídicamente con el matrimonio, conductualmente con la heterosexualidad, genéricamente con el varón, y cronológicamente con el joven/adulto.

A pesar de que un mínimo de conocimiento, contacto con la realidad y espíritu crítico desbancan éstas limitaciones, no por ello podemos dejar de observar que este alineamiento estratégico ha permanecido y permanece en los intereses y manifestaciones sexuales de muchos individuos, no cómo una opción elegida, sino como la única posibilidad de vivir la propia sexualidad y de cómo debe ser vivida por los demás. Seguimos dominados por una experiencia de siglos en los que se aprendió a disciplinar nuestros cuerpos y a restringir las opciones de nuestra sexualidad. Si hacemos caso de Claude Lèvi-Strauss, el tabú del incesto es el origen de toda sociedad y en todas encontraremos algún tipo de regla o norma que prohíbe mantener relaciones sexuales con ciertos parientes. Ahora bien, ni las normas son iguales en todas partes, ni la determinación del grupo de parentesco, ni la terminología que identifica a los parientes, por lo que estamos hablando de una construcción social más basada en la prohibición y en la restricción de las relacione sexuales.

La biopolítica en el ejercicio del poder, determina la funcionalidad de los cuerpos gobernados, instruyendo (disciplinando) acerca de los deseos y las manifestaciones afectivas y sexuales de modo que estos respondan a los cánones establecidos de carácter productivo y reproductivo. Frente a estas limitaciones que reducen las experiencias sexuales al área genital y a la relación coital, se encuentra la subversión de los cuerpos, que mediante el ejercicio de una sexualidad libre, aumenta nuestra capacidad de comunicación, afectividad, placer, complicidad y ternura.

Señalaba mi amiga Victoria Hernando hace unos años (Giró, 2005), que  las actitudes hacia la sexualidad, las preferencias y las manifestaciones afectivas y sexuales se han convertido en la cuna de numerosos mitos y mensajes sociales que tanta discriminación y daño han causado a hombres y mujeres. Así, por ejemplo, el hombre debía de manifestarse siempre dispuesto a la relación sexual y coital, siendo el responsable de tomar la iniciativa y parecer experimentado aunque no lo fuera. Debía permanecer fiel a un modelo que le atribuye vigor, fuerza y la responsabilidad del orgasmo propio y de la pareja. Su imagen debía ser la de alguien racional, ambicioso, controlador y protector que sabe lo que hay que hacer en cada momento. Acorde con éste retrato robot la hombría se demostraba más adecuadamente si se tiene éxito social o se persigue y si se mantienen relaciones sexuales con muchas mujeres y éstas son atractivas y más jóvenes. El hombre podía practicar la masturbación pero especialmente en la adolescencia y años más jóvenes. No debía expresar jamás los sentimientos de miedo, inadaptación, rechazo o abandono aunque si podía manifestar rabia o agresividad. En oposición, el hombre resultante de este planteamiento no debía ceder, jugar, dejarse llevar por los sentimientos, ser honesto con respecto a sus necesidades sexuales, dejarse acariciar, mantener relaciones sexuales no genitales, ser vulnerable, débil, receptivo, pasivo en las relaciones y no debía, entre otras múltiples indicaciones, responsabilizarse del control de natalidad. En la pareja puede buscar lícitamente ser admirado, obedecido o incluso el afianzamiento social.

A partir de aquí resulta sencillo imaginar el rol asignado al sexo femenino y la construcción de su sexualidad. Entre otras cosas, la mujer debía mostrarse insegura y tímida en las relaciones sexuales, sobre todo en las primeras ocasiones. Debía ser fuente de ternura, placer, comprensión y cariño. Mostrarse solícita siempre que el varón lo desee independientemente de su deseo. La masturbación, en su caso, simplemente no existe y no debía manifestar experiencia ni deseo sexual aunque lo haya. Puede hablar de sentimientos siempre que hagan referencia al miedo, la lástima, la culpa… pero no aquellos sentimientos que tengan que ver con valores asociados al varón como la ambición, la cólera o el resentimiento y, cómo no, le está permitido llorar en público.

Afortunadamente la primavera ha llegado y el sexo ha estallado en múltiples formas y colores. Aprendamos a reconocer, estimar, amar, desear nuestros cuerpos como la mejor estrategia para combatir los males del capitalismo posmoderno.