LA NATALIDAD

Por primera vez en España, la esperanza de vida al nacer supera los 84 años. Este gran éxito vital que nos sitúa entre los principales países con longevidad elevada, junto a Japón, Corea o Suiza, se ve empañado por la agorera previsión de un país sin relevo generacional, dado que la natalidad sigue en un camino descendente.

Y aquí está la paradoja, pues un aumento de la esperanza de vida y, por tanto, descenso de la mortalidad, ha traído aparejado el descenso de la natalidad, del número de nacimientos, los cuales son cada vez más dilatados en el tiempo vital de las familias o de las mujeres. Y es que no hay un control de natalidad tan eficaz como el aumento de la educación y el trabajo de las mujeres fuera del ámbito doméstico, a los que se puede sumar la situación de precariedad económica y el periodo de edad fértil, cuestiones que han llevado a las mujeres a retrasar el nacimiento del primer hijo a una edad media superior a los 32 años, llegando este año al 10% las que tuvieron su primer hijo por encima de los 40 años.

En un momento dado, hubo quienes pensaron que la baja natalidad de las españolas podría ser compensada por la alta fertilidad de las mujeres extranjeras. De hecho, es cierto que la presencia de mujeres extranjeras ha contribuido de forma notable a los nacimientos en España. La tasa de natalidad, es decir, el número de nacimientos por cada 1.000 mujeres es el doble entre las extranjeras que entre las españolas (5,61 frente a 12,04). En 2024, representaron uno de cada cuatro nacimientos y, si consideramos a las madres nacidas fuera de España, la proporción es de uno por cada tres nacimientos.

Su nivel de fecundidad (1,27 hijos por mujer) es muy superior al de las madres españolas (1,07 hijos por mujer en edad fértil); sin embargo, ambas madres siguen colaborando en la baja natalidad española y al descenso demográfico estructural, pues los patrones reproductivos de las mujeres migrantes tienden a ser muy parecidos, y con el tiempo se van asimilando a los de la población autóctona del país que los recibe.

A VUELTAS CON LA NATALIDAD

Andaba yo preocupado con los gastos que supone la crianza de un hijo, mucho más acuciantes en las familias monoparentales por la falta de empatía de la Administración, que si bien por un lado se asusta ante lo que ellos llaman invierno demográfico, apenas actúan para mejorar la situación de las madres en disposición de tener un hijo y criarlo, pues ante las dificultades económicas derivadas de empleos precarios o mal pagados, de acceso a una vivienda digna, o de seguridad emocional, se suma la incertidumbre en la capacidad económica para criar un hijo, es decir, alimentarlo, vestirlo y darle educación, cuidar su salud y medio ambiente, sin un ápice de colaboración institucional en ese largo periodo que va desde el nacimiento hasta cierta independencia juvenil.

Más allá de la supuesta gratuidad del sistema educativo o del sistema de salud, o los mil euros que recibe la madre por nacimiento, no hay ayudas económicas reales para la crianza y desarrollo de los hijos y, no, no hay empatía por parte de la Administración, que sigue pensando que el descenso de la natalidad es un fenómeno propio de una sociedad moderna que deja en manos de las mujeres la decisión de tener un hijo casi al límite de su edad fértil, allá por los 45 años.

Para enfrentar la cuestión de la natalidad hay que partir del aparente antagonismo que es el envejecimiento. Desde un punto de vista positivo, el envejecimiento se considera como un éxito de la sociedad que a su vez se combina con un punto de vista negativo que es la disminución de las tasas de natalidad, es decir el número de nacimientos vivos por cada 1.000 habitantes durante un año determinado (en La Rioja 6,18 hijos).

Y aquí está la paradoja, pues un aumento de la esperanza de vida y, por tanto, descenso de la mortalidad, ha traído aparejado el descenso de la natalidad, del número de nacimientos, los cuales son cada vez más dilatados en el tiempo vital de las familias o de las mujeres. Y es que no hay un control de natalidad tan eficaz como el aumento de la educación y el trabajo de las mujeres fuera del ámbito doméstico.

El éxito del envejecimiento proviene de la mejora de la asistencia sanitaria y el progreso de la medicina, en la superación de enfermedades y la contención de las epidemias, auténtico obstáculo que frenaba el descenso de la mortalidad, principalmente la infantil. También, el envejecimiento y el aumento en las expectativas de vida han posibilitado un mayor conocimiento y conciencia sobre la planificación y el control de la natalidad permitiendo un cambio en las expectativas que los padres depositaban sobre los hijos, pues estos ya no son considerados como el seguro de vejez.

Además, esto está permitiendo por una vez, y puede que definitivamente, el aumento del nivel educativo y de la actividad profesional de las mujeres, las cuáles reclamaban la igualdad de género y la corresponsabilidad en la crianza y cuidado de los hijos, o mejor dicho del hijo deseado.

En este contexto de baja natalidad, el presidente del Gobierno de La Rioja, Gonzalo Capellán, propuso en el último pleno del Parlamento regional matar moscas a cañonazos, es decir, la ampliación de la edad máxima para acceder a tratamientos de fertilidad en la sanidad pública de los cuarenta a los cuarenta y dos años, olvidando que además de parir un hijo hay que criarlo, y esto sí que necesita ayudas institucionales.

A VUELTAS CON LA NATALIDAD

Cada poco tiempo, cuando se publican estadísticas demográficas, asistimos a un sinnúmero de mensajes plagados de tópicos que apuntan a una supuesta crisis demográfica, mediante una imagen alarmista que aparece dibujada a través de una sociedad sin niños y en la que no se podrán sostener y pagar las pensiones, cuando lo cierto es que estamos asistiendo a una auténtica revolución reproductiva.

Si observamos el cambio en la estructura piramidal de la sociedad, vemos que los niños que nacen ahora en La Rioja no se mueren como antes (en 1975 eran diecisiete por cada mil nacidos vivos mientras que en 2022 han sido cuatro). Por su parte, la esperanza de vida al nacimiento es mucho más alta (al principio del siglo XX no llegaba a los 35 años, mientras que en 2022 alcanzó los 83 años). Al aumentar la esperanza de vida ya no es necesaria la natalidad de antaño. Cuando se han ganado años de calidad de vida, la población rejuvenece. la reproducción debe leerse no sólo como la fecundidad, sino también como los años vividos y en este sentido ha habido una revolución.

Hoy los padres se vuelcan en el cuidado de los hijos en todos los aspectos, y estos hijos se volcarán a la vez en el cuidado de los suyos, hasta que las generaciones apenas pierdan efectivos antes de llegar a la vejez, de modo que las altas fecundidades del pasado se vuelven innecesarias y la mujer se ve liberada de aquella “obligación” reproductora, añadiendo un valor altísimo a cada nueva vida traída al mundo.

Lo que sí nos sigue faltando en esta revolución reproductiva son políticas de conciliación, cambios en el sistema laboral que atiendan a la carrera profesional de las mujeres, al desempleo y la precariedad, a las desigualdades de género y, sobre todo, a políticas públicas que redistribuyan de forma más equitativa los costes asociados a la crianza de los hijos/as –sobre todo en los primeros años– entre las familias y la sociedad, y que promuevan la corresponsabilidad en los cuidados de mujeres y hombres. Pero ese es otro cantar.

FAMILIAS Y LEYES

En días pasados se habló de la llegada del invierno demográfico, por la caída de la natalidad y el aumento de las expectativas de vida. Los analistas apuntan al conjunto de factores que intervienen en la caída de la natalidad y su complejidad para no ofrecer soluciones, si bien no pueden dejar de lado que son las mujeres quienes en definitiva son las protagonistas de este declive o crecimiento de la población, al ser quienes detentan la capacidad reproductora de la sociedad. Ahora bien, las mujeres no toman sus decisiones reproductivas a la ligera, si no que tienen en cuenta las circunstancias personales y de futuro a las que se deben enfrentar con el alumbramiento de un nuevo ser y, estas condiciones, solas o combinadas, son muchas y muy variadas y aquí no tengo espacio para dar cuenta de todas ellas, pero sí de aquellas que determinan las leyes, como la Ley de Familias, que supuestamente iba a ser aprobada en el último Consejo de ministros, pero que se ha quedado esperando en el cajón de futuros.

Esta ley que forma parte del acuerdo de presupuestos para el año 2023, supondrá nuevos permisos retribuidos para el cuidado de hijos y familiares que faciliten, especialmente a las mujeres trabajadoras, la conciliación familiar y la crianza de los hijos. Es tan sólo un pequeño apoyo, pero al menos reconoce la situación de vulnerabilidad y desamparo en la que se encuentran muchas familias en riesgo de exclusión.

Más necesario sería acabar con la injusta discriminación en el ámbito de las familias monoparentales. Esta discriminación respecto a las familias biparentales se muestra en los permisos de nacimiento que, si ya desde enero de 2021 igualaron las dieciséis semanas de la madre biológica con las del otro progenitor, no ocurre lo mismo en el caso de las familias monoparentales que deberían disponer de 32 semanas. La desigualdad en materia de derechos de las familias monoparentales sigue pendiente, pese a que con la ley de Familias se avance en el reconocimiento de éstas como familias numerosas cuando dispongan de dos hijos. En La Rioja llevamos ya un año en trámite parlamentario

NO FUTURO

Ayer, víspera sanjuanera, temprano, me han sacado de la cama unas llamadas telefónicas inquiriendo por mi opinión acerca del bajón en los indicadores de natalidad el pasado 2009. Como además de dormido, un virus maligno me ha dejado temporalmente sin acceso a la información con la que parecían haberse sobresaltado los medios (TV y radio), he tenido que recurrir al bar próximo donde un café humeante y la prensa me han puesto sobre aviso.

Todo parece que tras unos años de leve crecimiento de la natalidad y de los índices de fecundidad (centésimas), la tendencia apuntaba hacia lo que ocurre en los países del norte de Europa donde se da un cierto equilibrio en la población que permite el relevo generacional; y aunque lejos aún, España, con el apoyo inesperado de las mujeres extranjeras y unas expectativas de seguridad laboral y crecimiento económico, podía augurar un futuro en el que aun sin alcanzar las cotas piramidales del baby-boom, o las propias del relevo generacional (2,1 hijos por mujer en edad fértil), sí caminaba hacia una sociedad más equilibrada en su pirámide o, mejor dicho, en su polígono demográfico.

Hoy, sin embargo, el brusco descenso de la natalidad ha disparado todas las alarmas mediáticas, pues es cierto que con el increíble y maravilloso aumento de las expectativas de esperanza media de vida, podría ocurrir que una de cada tres personas y no una de cada cuatro como sucede en la actualidad, podría ser mayor de sesenta y cinco años, lo cual desequilibraría las bases sobre las que se asienta nuestro Estado del Bienestar. Un desequilibrio agudizado por el hecho de que no toda la población potencialmente activa trabaja (ahora mismo dos de cada cuatro mujeres y tres de cada cuatro hombres), lo cual podría provocar que cada activo soportase a un no-activo (mayores de sesenta y cinco y menores de dieciséis años), algo difícil de sostener en una sociedad expansiva en servicios.

Las causas de este descenso de la natalidad en 2009 son tanto coyunturales (2008 fue el año en que se declaró oficialmente la crisis  y también el año en que se gestaron o se podían haber gestado los nacimientos del 2009), como estructurales (las mujeres españolas no proyectan el nacimiento de su primer hijo hasta que no tienen cierta seguridad –afectiva, laboral y de vivienda-, y por lo tanto dilatan esta decisión hasta los últimos años de su periodo fértil; por su parte las mujeres extranjeras tienden a integrarse en la sociedad de acogida y por tanto convergen con las mujeres autóctonas en sus expectativas).

Así pues, el descenso estaba cantado, pues el leve crecimiento sostenido en los últimos años sólo se podía apuntalar con una política decididamente familista, y eso en este país ni ha ocurrido ni va a ocurrir hasta que posiblemente nos encontremos en un nuevo ciclo de crecimiento económico y se tome en consideración una política que estimule la natalidad y el sostenimiento de la población.

A veces se aduce que las mujeres españolas al incorporarse al mercado laboral han subordinado las expectativas de maternidad a su carrera profesional. Y es cierto, pero puntualizando, pues las mujeres que trabajan son poco más de la mitad de la población activa femenina, todo lo contrario de lo que ocurre en los países nórdicos donde trabajan tantas o más que hombres y, sin embargo, tienen índices de fecundidad hasta cuatro y cinco décimas supriores a los de las españolas. Qué ocurre?, pues que sus empleos son buenos y seguros, es decir, son de calidad y ofrecen reconocimiento y fijeza. Ocurre también que reciben el apoyo de sus parejas, las cuales se corresponsabilizan en el cuidado, crianza y educación de sus hijos (algo que aún no conocemos los españoles mas que en el cine). Ocurre que la administración y las empresas apoyan la conciliación familiar mediante toda clase de servicios para la guarda, crianza y educación de los hijos, mediante horarios laborales flexibles adaptados a las necesidades de los padres, remunerando el tiempo ocupado con los hijos y guardando el empleo para cuando los padres se reintegran al trabajo. En fin, una serie de medidas ajenas a la política y la sociedad española, que aún sigue depositando en la mujer todas las expectativas de sostenimiento generacional.

El No Futuro surgió cuando grupos de jóvenes vieron que su futuro era negro, faltaba el empleo, la vivienda y las oportunidades, rebelándose contra todo lo establecido. En España, parece que son las mujeres quienes han dicho basta y se han vuelto punkies proclamando el No Futuro.